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viernes, 1 de abril de 2011

Ordenar mujeres en la Iglesia a los ministerios: afirmación de la igualdad deseada por Dios entre hombres y mujeres.


Leopoldo Cervantes-Ortiz, México

¿O es que acaso estamos sirviendo en una Iglesia ―la cúpula― corrompida y extasiada por la ambición de poder en todos los sentidos, sin importarle realmente la causa de Cristo?[1]

Eva Domínguez Sosa

1. Una iglesia más democrática e inclusiva

Uno de los problemas que las iglesias han enfrentado es la articulación entre la participación de hombres y mujeres en igualdad de circunstancias. El sueño de una iglesia más democrática, esto es, de una comunidad en donde el servicio, la misión y el poder se ejerzan y practiquen de la manera más horizontal posible se ha cumplido apenas parcialmente. Y es que a veces la tendencia es a posponer o disimular las prioridades en el sentido de que la composición de las iglesias es plural y reclama respuestas y acciones concretas. Hay que ver cómo, en el ámbito sociopolítico, se habla de la necesidad de establecer “cuotas” o una proporción cada vez más equitativa en la presencia de mujeres y cómo pasan los años y el número mínimo de mujeres en puestos públicos no se cumple. Parece que este tipo de decretos verticales no consiguen afianzarse por múltiples razones, entre ellas, se dice, porque no hay suficientes mujeres calificadas. ¿Y cómo las va a haber si el círculo perverso de la marginación, el hostigamiento y la descalificación hacen que, por ejemplo, la remuneración ni siquiera sea la misma? El sistema está hecho y funciona para impedir que las mujeres tengan acceso a los espacios de decisión porque su presencia en ellos es un peligro que pone en riesgo, se afirma también (muchas veces implícitamente) su estabilidad. Lamentablemente, democracia no es sinónimo de inclusión y por eso la lucha no termina sino hasta que se alcanzan prácticas comunitarias justas y equitativas.

La necesidad de que las mujeres reciban el reconocimiento y la dignificación de su trabajo eclesiástico con el mismo estatus de los pastores, sacerdotes, ancianos y diáconos, puede y debe ser planteada en el marco de las transformaciones sociales de las últimas décadas, a partir de las cuales resulta inexplicable la ausencia del conglomerado femenino en puestos dirigentes o clave. La innegable fortaleza que las mujeres dan a las iglesias, más allá del estereotipo de la sensibilidad específica que complica en ocasiones la comprensión de su participación efectiva, no se ha traducido del todo a la institucionalización. La existencia de órdenes femeninas en el catolicismo, al no encontrar equivalentes en las demás iglesias, hace que dicho trabajo cumpla una labor de invisibilización sistemática a pesar de que representen espacios de poder y desarrollo de proyectos muy específicos. Porque no deja de ser incómodo el hecho de que las altas jerarquías sigan impulsando la cultura de la marginación religiosa por cuestiones de género mediante la imposición de “machos consagrados” (consejeros o representantes) que supervisan la ortodoxia y el apego a los lineamientos oficiales.

Para superar esta problemática, la perspectiva bíblica, histórica y teológica que preside la investigación de Osiek y Madigan sobre las Mujeres ordenadas en la Iglesia primitiva podría desactivar, si se utiliza bien, la resistencia de las instituciones eclesiásticas que se resisten a incluir a las mujeres en su nómina, dado que al acudir a las fuentes de las dos tradiciones antiguas de la Iglesia se cubren aspectos que no siempre se utilizan cuando se quiere defender o atacar la ordenación de las mujeres a los ministerios eclesiásticos.[2] El primer paso, la clarificación lingüística de los términos usados para referirse a las mujeres con cargos dentro de la Iglesia inicial, es básico para deslindar, desde las palabras mismas del Nuevo Testamento, la forma en que debe entenderse la presencia de las mujeres: presbíteras y diaconisas, con la carga semántica que podía (y puede aún) enmascarar tendencias misóginas susceptibles de manipular las conciencias para reproducir indefinidamente el orden patriarcal establecido.

2. La imagen de Dios perdida y recuperada

Según el primer relato de la creación del Génesis, la humanidad fue creada por Dios en una dualidad que representó, durante mucho tiempo, un misterio biológico. Las diversas culturas han coincidido en que, mediante una cadena de procesos de sometimiento, la mayor fuerza muscular masculina hay sido el sostén de los sistemas de sometimiento de la presencia femenina. No obstante, el propio texto, en su búsqueda de explicar el misterio de los dos géneros, acepta y proclama la igualdad en el origen divino de los hombres y mujeres. Dios decidió crear al ser humano “a su imagen y semejanza”, es decir, parecido a él, incluyendo a las mujeres en este parecido (1.26-27). Porque a la pregunta: “¿Quién se parece más a Dios: ¿los hombres o las mujeres?”, la respuesta ha sido más que evidente en la vida práctica de la humanidad. La narración del Génesis continúa hasta que aparece la otra versión de los hechos, la sacerdotal, en la que contra todas leyes de la biología, la mujer procede del cuerpo del varón. Esta versión suplementaria, procedente de otra tradición teológica, tenía como propósito justificar la sumisión femenina mediante un argumento que en su época era irrebatible, pero cuya fuerza simbólica debe ser leída hoy justamente en términos de la complementariedad humana y no ya como una afirmación tajante, como la de Pablo siglos después, en el sentido de que como la mujer fue creada después y pecó primero, debe aceptar su estatus supuestamente inferior como voluntad de Dios (I Ti 2.13-15).

3. Las discípulas y apóstolas de Jesús: de la invisibilidad a la misión

De modo que, entre líneas, bien podría decirse que Tamar, Rahab, Rut y Betsabé, además de las no mencionadas, son madres espirituales, no sólo de las mujeres del llamado “Nuevo Testamento”, sino de todo el pueblo de Dios, pues su invisibilización implica borrar buena parte de la memoria histórica de la fe. Entre las mujeres anónimas de los evangelios están la suegra de Pedro, la mujer con flujo de sangre, la hija de Jairo, la mujer sirofenicia, la viuda pobre y la mujer que unge a Jesús en Betania, la samaritana, la mujer no apedreada, la esposa de Pilato, entre otras. Todo ello sin contar el resto de los libros. Pero en las menciones “canónicas”, el grupo no es pequeño: María, la madre de Jesús, Marta y la otra María, sus amigas, María Magdalena, apóstola y amiga, y, en los Hechos y las epístolas, Febe, Priscila, Lidia, Julia, Trifena y Trifosa, también entre muchas.[3]

Con todo, cuando Elisabeth Schüssler-Fiorenza realizó su reconstrucción feminista de los orígenes del cristianismo, el modelo de mujer que le sirvió como punto de partida fue quien ungió a Jesús en Mr 14.1-9, debido a la conclusión del propio texto: “Dondequiera que se proclame la Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho, para memoria de ella”. He aquí la palabra clave, memoria, porque como bien explica esta autora: “La profética acción simbólica de la mujer no forma parte de lo que la mayor parte de los cristianos han retenido del Evangelio. Incluso su nombre se ha perdido para nosotros. Allí donde se proclama el Evangelio y se celebra la Eucaristía se cuenta otra historia: la del apóstol que traicionó a Jesús. Se recuerda el nombre del traidor, pero se ha olvidado el de la discípula fiel por el mero hecho de ser una mujer”.[4]

Pero el análisis va más allá y Schüssler explica que en Juan la mujer es identificada con María de Betania, pero que el relato enfatiza su carácter de pecadora.

Según la tradición fue una mujer quien nombró a Jesús [como hacían los profetas con los reyes] por medio de su profética acción-símbolo. Era una historia políticamente peligrosa. [...]

Marcos despolitiza así la historia de la pasión de Jesús, desplazando, primero, la responsabilidad de su muerte de los romanos a las autoridades judías y, segundo, definiendo teológicamente el mesianismo de Jesús como título de sufrimiento y muerte[5]

El matiz relacionado con las discípulas es bastante claro:

Mientras, según Marcos, los principales discípulos varones no comprenden este mesianismo sufriente de Jesús, lo rechazan y finalmente le abandonan; las discípulas que han seguido a Jesús de Galilea a Jerusalén se revelan de inmediato como el auténtico discipulado en el relato de la pasión. Ellas son las verdaderas seguidoras (akolouthein), comprendiendo que su ministerio no era la soberanía y la gloria sino diakonia, “servicio” (Mr 15.41). De esta manera, las mujeres aparecen como las verdaderas ministros y testigos cristianos. La mujer anónima que señala a Jesús con una profética acción-símbolo [....] es el paradigma del verdadero discípulo. Mientras que Pedro había confesado, sin comprenderlo realmente, “Tú eres el ungido”, la mujer, ungiendo a Jesús, reconoce claramente que su mesianismo significa sufrimiento y muerte.[6]

De modo que aunque los autores masculinos de los textos dejaron en el anonimato a varias mujeres, el propio pasaje subraya la importancia de la acción de la mujer y así el paradigma femenino del seguimiento de Jesús es un hecho irrefutable porque, como comenta también Schüssler Fiorenza: “Mientras los autores post-paulinos intentan estabilizar la frágil situación social del discipulado de iguales insistiendo en la dominación patriarcal y en las estructuras de sumisión —y esto no sólo en relación con la casa sino también en relación con la Iglesia— los escritores del Evangelio se sitúan en el otro extremo de la ‘balanza’. Insisten en la conducta y el servicio altruistas como praxis y ethos apropiado del liderazgo cristiano”.[7] Y eso es precisamente lo que hacen por su lado Marcos y Juan, pues ambos enfatizan el servicio y el amor como centro del ministerio de Jesús y exigencia principal del discipulado.

Marcos usa tres verbos para definir el discipulado femenino: le seguían en Galilea, le servían y “habían subido con él a Jerusalén” (15.41). En otras palabras, tomaron la cruz con y como él, aceptaron el riesgo de ser ejecutadas (8.34). Ellas verdaderamente abandonan todo y le siguen en el camino amargo y trágico de la cruz. Marcos presenta a las mujeres al pie de la cruz como los primeros testigos apostólicos más eminentes. Al final del evangelio, aparecen como ejemplos del discipulado sufriente y del verdadero liderazgo, no ligado al ejercicio del poder según la manera establecida. La comunidad cristiana post-pascual “debe luchar para evitar el esquema de dominación y sumisión que caracteriza el entorno socio-cultural. Aquéllos que están más lejos del centro del poder religioso y político, los esclavos, los niños, los gentiles, las mujeres, se convierten en el paradigma del verdadero discípulo”.[8]

4. La necesidad de una sana relectura bíblica como norma interpretativa actual

A partir del bautismo de mujeres convertidas, éstas entran en un proceso de reconstrucción existencial, donde no deja de haber conflictos, influidos por la ansiedad escatológica del momento, como en el caso del matrimonio Ananías-Safira. La relación vida cotidiana-vida eclesial se da en términos lineales, donde la segunda invade a la primera proyectándola hacia los fines de la promoción del Reino de Dios. La expansión de la Iglesia se dará a partir de las casas, es decir, de espacios familiares que van a sustituir la artificiosidad de los templos. Si el espacio doméstico se entiende todavía hoy como un reducto privilegiado de lo femenino, el hecho de utilizar las casas para los servicios litúrgicos y para la experimentación de la vida comunitaria, reivindica lo femenino en la medida en que las anfitrionas eran las encargadas de darle vida a la Iglesia. Incluso gente como Lidia, que aparece sin una figura masculina a su lado (Hch 16.13-15), va a diferenciarse por dos características: era una rica comerciante, es decir, empresaria; y tenía el don de “forzar a aceptar”. Dado que Pablo aparece desde los Hechos como un personaje fundamental, vale la pena situar su experiencia en relación con la mujer y las prácticas liberadoras de la Iglesia apostólica en ese documento:

Pablo al convertirse entra en una comunidad donde no existe distinción religiosa alguna entre el hombre y la mujer. Los apóstoles jamás dudaron en bautizar a las mujeres. El Espíritu Santo desciende por igual sobre hombres y mujeres. Estas son discípulas de Jesús con iguales derechos que los hombres. Las mujeres hacen de anfitrionas en las asambleas, pues la liturgia se celebra en las casas. La madre de Juan Marcos es testigo de ello en Jerusalén. Y ellas poseen carismas, cuyo ejercicio no es coartado en modo alguno por las autoridades oficiales. Se puede leer Hch 21.9: Felipe, el evangelista, uno de los siete, tenía cuatro hijas vírgenes que profetizaban.[9]

En este sentido, podría hablarse, incluso, que Pablo tuvo que convertirse o, al menos, adaptarse a la nueva situación de las mujeres en el pueblo de Dios. No obstante, sus discípulos radicalizan la oposición a este estatus y promueven la “normalización” del mismo mediante algunos textos que se han vuelto paradigma del rechazo al papel dirigente de las mujeres en la Iglesia. Genest relee algunos de ellos como sigue:

El marido es el jefe de la mujer..., sí, pero si la mujer procede del hombre, también el hombre mediante la mujer, y todo viene de Dios (I Cor 11.12).

Que las mujeres se callen..., sí pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta deshonra su cabeza (I Co 11.5), texto en el que no se reprueba el hecho de orar en alta voz, de profetizar, de tomar la palabra en la asamblea. El reproche se dirige exclusivamente a la modalidad de esta acción pública, a tener la “cabeza descubierta”.

No permito que enseñe la mujer [I Tim 2.12]..., sí pero profetizar consiste en edificar, en el sentido de construir; por consiguiente, en aportar una forma de enseñanza proveniente del Señor.

La seducción no comenzó por Adán..., sí pero así como por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte (Ro 5.12 y la larga comparación de los dos a Adán que jamás va de Eva a Jesucristo). La responsabilidad de la caída reace sobre Adán como jefe, como personalidad que engloba a toda la raza humana. En la mentalidad de los pueblos de la Biblia, una mujer jamás tendría peso suficiente para producir una flexión en la historia de la humanidad.[10]

Además, en el ambiente que conoció Pablo, las mujeres gentiles vivían una emancipación mayor que la permitida a las judías y, como señala Genest, resultaría muy difícil evitar que ellas ejercieran su iniciativa en las iglesias, una vez convertidas a Jesucristo. Pablo tenía que haberlo entendido mejor que los apóstoles palestinenses. Con esto nos situamos ya en el terreno de la eclesialidad, el cual se finca en los supuestos antropológicos que manejaba Pablo respecto de la mujer, y que le han granjeado tanto enemigas como amigos. El tratamiento tan afectuoso que Pablo manifiesta hacia varias hermanas de la comunidad de Roma en los ya clásicos saludos de Romanos 16, Filipenses 4.2 y Filemón 2, atestigua su aprecio por las funciones que ellas ejercían dentro del trabajo eclesial. Es bien claro que Pablo había encomendado a estas mujeres unas responsabilidades más relevantes que las que en la actualidad se les asignan a las cristianas del siglo xx. En 110, Plinio el Joven, en una carta dirigida al emperador Trajano, se refiere al arresto de dos cristianas importantes llamadas ministrae, sometidas a tortura por su carácter de esclavas: ¡ministras y esclavas, simultáneamente, en el seno de la comunidad cristiana!

5. Mujeres ordenadas en la historia de la Iglesia

La invisibilización de que han sido objeto las mujeres en la historia de la iglesia como proyecto masculino debe dar paso hoy al reconocimiento formal de los hitos en los cuales su liderazgo y ministerio fue una realidad y de que ellos pueden servir también para dignificar su colaboración al servicio del Reino de Dios en el mundo. El famoso teólogo alegórico Orígenes interpretaba así un pasaje como Romanos 16.1:

“Os recomiendo a Febe...”. Este pasaje enseña con autoridad apostólica que las mujeres también están constituidas (constituti) en el ministerio de la Iglesia (in ministerio ecclesiae), oficio en el que se estableció a Febe en la iglesia de Cencreas. Pablo, con grandes elogios y alabanzas, enumera incluso sus magníficas obras… Y por ello este pasaje enseña dos cosas de igual manera y su significado se ha de interpretar, como ya hemos dicho, como que las mujeres han de considerarse ministras (haberi... feminas ministras) de se debe admitir en el ministerio (tales debere asumi in ministerium) a quienes han prestado sus servicios a muchos; por sus buenas obras se merecen el derecho de recibir alabanza apostólica.[11]

En esta línea, otra práctica importante, en el ámbito reformado, de relectura de la tradición, es el libro Women, Freedom and Calvin, de Jane Dempsey Douglass, ex presidenta de la Alianza Reformada Mundial y profesora del Seminario de Princeton, donde aproxima críticamente la visión de las mujeres acerca de la libertad eclesiástica en la teología calvinista.[12] Un reseñista de este volumen cita las palabras de Georgia Harkness, quien escribió en 1931: “No es accidente que la Iglesia Presbiteriana haya rechazado ordenar mujeres... Calvino mismo no lo habría hecho”.[13] Y agrega que Dempsey Douglass “argumenta que el abordaje de Calvino al material bíblico sobre el papel de las mujeres en la iglesia ‘puede usarse en apoyo de la ordenación de las mujeres’”. La autora no convierte a Calvino en un ardiente feminista, pero reconoce que Calvino “estaba abierto al cambio futuro sobre bases teológicas, aun cuando estaba dominado por los prejuicios de una sociedad patriarcal”. [14] Señala también que este libro estaba llamado a ser “el estudio básico sobre los puntos de vista de Calvino acerca del papel de la mujer en la Iglesia pues coloca la obra del reformador “en el contexto amplio de su sentido dinámico del orden”.[15]

Dempsey Douglass resume su estudio diciendo que “la persistente enseñanza de Calvino acerca del silencio de las mujeres en la Iglesia es un asunto limitado a los tiempos apostólicos más que una ley divina para cualquier época y que es un ejemplo de su apertura hacia un cambio mayor en el futuro”.[16] Estas alusiones a la apertura de Calvino “sugieren que él previó una transformación gradual en los órdenes natural y eclesiástico llevada a cabo por los valores del Reino”.[17]Calvino “previó circunstancias en las cuales la extraordinaria predicación de las mujeres podría ocurrir como el distante y reciente pasado. La interpretación de nuestras circunstancias, no previstas por él, a la luz del material bíblico, ha llevado a la mayoría de los cristianos a creer que la predicación por parte de las mujeres es parte de la normalidad actual de la iglesia”.[18]

En un análisis inquietante, Marcella Althaus-Reid ha señalado las fases del desarrollo de la teología feminista y su relación con la ordenación de las mujeres. Según ella, a una etapa inicial, la teología feminista de la primera ola, cuyo paradigma fue el de la igualdad de papeles, le siguió la teología feminista de la liberación, que destacó el género y cuestionó, desde el Tercer Mundo, el marco liberal de las teologías feministas. La tercera fase radicaliza su análisis y va más allá del género, al plantear cómo las identidades sexuales han sido dictaminadas desde el patriarcalismo[19] En este esquema, afirma, la ordenación no debería ser un tema por discutirse en pleno siglo XXI, pues parece mentira que después de tanto tiempo no se haya reconocido cabalmente cómo “una teología se compone de una compleja mezcla de ideologías en pugna o contradicción, como en el caso de algunas teologías liberales que incluyen el sometimiento de la mujer en la iglesia, cuando el mercado exige su participación plena”. De ahí que, agrega “algunas mujeres hayan dicho que las iglesias les producen esquizofrenia: les exigen una conducta que no pueden aplicar en el mundo, donde se desempeñan, por ejemplo, como profesionales”.[20] Sus observaciones sobre las teologías feministas son incisivas:

La teología de género tuvo y tiene su agenda. No contribuyó a una crítica de la teología sistemática. La teología feminista de liberación (TFL) leyó la Biblia sin el liberalismo que nutría a muchas compañeras en otras partes del mundo, pero no cuestionó los conceptos de gracia, de redención. Releyendo la Biblia se buscó la presencia de Dios en la vida de las mujeres pobres, oprimidas y silenciadas de la Escritura y de la iglesia, sin percibir que la búsqueda estaba ya condicionada en la misma Escritura. Ahora bien, más que la ordenación de las mujeres, el tema de la TFL de la primera ola fue el reconocimiento de las mujeres que trabajaban en comunidades de base, en solidaridad con los pobres.[21]

6. Convertirse a “la causa de las mujeres”

Una iglesia que tuvo entre sus iniciadores a una misionera reconocida como lo fue Melinda Rankin requiere hoy dar una respuesta en términos de confesión y conversión. Confesión, por los años de silencio a que ha confinado a las mujeres. Y conversión para que, mirando hacia adelante, las circunstancias puedan cambiar. De otra manera, seguirá viéndose como una labor de segunda categoría la enorme labor que realizan las mujeres precisamente como misioneras, maestras y obreras en todo el campo presbiteriano. Las estudiantes egresadas de las escuelas y seminarios bíblicos necesitan tener claro el horizonte de fe y acción al que el Señor Jesucristo las ha llamado. De ahí la urgencia de que una adecuada determinación sobre el asunto coloque a la INPM en condiciones de aceptar que ha escuchado la voz de Dios a través de la presencia y acción de las mujeres guiadas por el Espíritu Santo.

Si hacemos caso al llamado del Señor, se abre toda una veta para alimentar nuestra confesión al pensar en el rostro de Dios que transmitimos al impedir que muchas de sus hijas lo representen oficialmente en la Iglesia… Algunos datos históricos vienen en nuestro auxilio, no tanto para hacer menos doloroso el mea culpa, sino para tratar de abrir los ojos ante las realidades cambiantes que nos han tocado de cerca en México y América Latina. Hace varios años, el doctor Eliseo Pérez Álvarez, como parte de un recuento de mujeres en la historia de la Iglesia, rescató el nombre de la primera alumna egresada del Seminario Teológico Presbiteriano de México (STPM), Eunice Amador de Acle, en 1951, dos años antes de que se otorgara el voto a las mujeres en México.[22]

Y qué decir de Evangelina Corona Cadena, ex costurera y diputada federal entre 1991 y 1994, cuyo testimonio acerca de la ordenación al ancianato sacude conciencias cada vez que lo presenta y da fe de su prolongada militancia cristiana.[23] La Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos (PCUSA) ordenó en 2007 a Rosa Blanca González, otra egresada del STPM, como Ministra de la Palabra y de los Sacramentos como parte de un proceso de integración a los ministerios hispanos, exteriormente, pero también para culminar un desarrollo personal que no necesariamente contemplaba de haber seguido militando en la INPM.[24] Eva Domínguez Sosa, egresada también del STPM, fue ordenada en la Iglesia Evangélica Española en 2010, y en una reciente visita por su lugar de origen se supo que fue vetada por la Iglesia Presbiteriana para predicar como invitada en alguna iglesia o congregación.

De modo que estamos ante una oportunidad histórica para atender las nuevas circunstancias a las que nos llama el Señor Dios, soberano de vidas, dueño del Universo entero, y único conductor absoluto de Su iglesia en el mundo.



[1] L. Cervantes-Ortiz, “Una confirmación del llamamiento de Dios. Entrevista a Eva Domínguez Sosa”, en Lupa Protestante,6 de marzo de 2010, www.lupaprotestante.com/index.php/opinion/2097-entrevista-con-eva-dominguez-sosa-ordenada-recientemente-por-la-iglesia-evangelica-espanola.

[2] Carolyn Oziek y Kevin J. Madigan, Mujeres ordenadas en la Iglesia primitiva. Una historia documentada. Estella, Verbo Divino, 2006 (Aletheia, 2).

[3] Cf. E. Tamez, Las mujeres en el movimiento de Jesús, el Cristo. Quito, CLAI, 2003. En este libro, la autora cuenta la historia asumiendo la voz de Lidia, lideresa de la iglesia apostólica.

[4] E. Schüssler Fiorenza, En memoria de ella. Una reconstrucción teológico-feminista de los orígenes del cristianismo.Trad. María Tabuyo. Bilbao, Desclée de Brouwer, 1989 (Iglesia y sociedad, 18), p. 15.

[5] Ibid., p. 16.

[6] Idem.

[7] Ibid., p. 377.

[8] Ibid., p. 386.

[9] O. Genest, “Pablo y el feminismo”, en Varios autores, La Biblia, libro para hoy. Madrid, Paulinas, 1987, p. 127.

[10] Ibid., pp. 122-123.

[11] Cit. por C. Osiek y K. Madigan, op. cit., pp. 35-36.

[12] J. Dempsey Douglass, Women, Freedom & Calvin. Philadelphia, Westminster Press, 1985. Cf. Reseña de David Foxgrover en Theology Today, vol. 43, núm. 2, julio de 1986, en http://theologytoday.ptsem.edu/jul1986/v43-2-bookreview2.htm.

[13] David Foxgrover en Theology Today, vol. 43, núm. 2, julio de 1986, en http://theologytoday.ptsem.edu/jul1986/v43-2-bookreview2.htm.

[14] Idem.

[15] Idem.

[16] J. Dempsey Douglass, op. cit., p.

[17] D. Foxgrover, op. cit.

[18] Idem.

[19] M.M. Althaus-Reid, “Sobre teologías feministas y teologías indecentes: panorama de cambios y desafíos”, enCuadernos de Teología, Buenos Aires, Instituto Universitario ISEDET, vol. XXII, 2003, pp. 123-133.

[20] Ibid, p. 124.

[21] Ibid, pp. 127-128.

[22] Cf. E. Pérez-Álvarez, “Teología de la faena; un asomo a los ministerios cristianos desde la Iglesia Apostólica hasta la Iglesia Imperial”, en Tiempo de hablar. Reflexiones sobre los ministerios femeninos. México, Presbyterian Women-Ediciones STPM, 1997, p. .

[23] E. Corona Cadena, Contar las cosas como fueron. México, Documentación y Estudios de Mujeres, 2007.

[24] Cf. Mary Giunca, “La esposa de un pastor presbiteriano mexicano será ordenada en la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos”, en Boletín Informativo del Centro Basilea de Investigación y Apoyo, núm. 26, abril-junio de 2007, p. 28,http://issuu.com/centrobasilea/docs/bol26-abr-jun2007.


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miércoles, 19 de enero de 2011

Teología y ordenación de las mujeres en la Iglesia: tradición, conversión y cambio.


Leopoldo Cervantes Ortiz, México

Entonces Jesús se sentó, llamó a los doce discípulos y les dijo: “Si alguno de ustedes quiere ser el más importante, deberá ocupar el último lugar y ser el servidor de todos los demás”.[1]

Marcos 9.35, Traducción en Lenguaje Actual

La historia de la Iglesia, desde el primer siglo apostólico hasta nuestros días, muestra un doble y constante movimiento: por un lado, las tentativas de las mujeres por participar en la difusión del mensaje evangélico y, en sentido opuesto, los esfuerzos de los hombres por impedírselo.[2]

Suzanne Tunc

1. Un mea culpa necesario, forzoso, de conciencia…

Pocas cosas hay más tradicionales en el ámbito de la espiritualidad cristiana que la confesión. Ciertamente, en el espectro protestante, no dirigida a nadie sino a Dios y, por lo tanto, confinada al espacio privado, aunque litúrgicamente sea también una práctica colectiva, ya sea en la forma del mea culpa o de otras variantes como el salmo 51. Como ha dicho la teóloga Uta Ranke- Heinemann: “De los innumerables pecados cometidos a lo largo de su historia, de ningún otro deberían de arrepentirse tanto las Iglesias como del pecado cometido contra la mujer”.[3] Y nada más necesario, ciertamente, a la hora de acercarnos a un asunto tan sensible como el del rechazo oficial en el seno de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México (INPM) a la ordenación de las mujeres, en nombre, nada menos, que de la voluntad divina consignada en las Sagradas Escrituras.

Porque la actitud espiritual que debe presidir estas reflexiones, discusiones y debates es justamente la del arrepentimiento y la conversión por el estado que guarda en este momento la persistente cerrazón al respecto por parte de la minoría masculina de la INPM, gracias al poder que ejerce desde los inicios históricos de la misma.

Y es que si echamos una mirada a la historia sin dejarnos guiar por un “criterio de género”, la pregunta sobre quién ha sido, hasta el momento, la figura con mayor proyección teológica a nivel mundial que ha surgido de dicha iglesia en este país, tendríamos que responder que esa persona es mujer, que no estudió sus bases en un aula del Seminario de la INPM, ni se postuló nunca para ser pastora a sabiendas de que no se aceptaría su solicitud ni se reconocería su vocación ollamamiento. Tampoco donde ha vivido la mayor parte de su vida y adonde llegó a ser rectora de la institución que la vio desarrollarse ha ejercido las labores pastorales, lo cual no le ha impedido ser una de las voces teológicas latinoamericanas de primera línea. Con todo esto en mente, no hay que olvidar que en septiembre de 1975 participó en el Primer Congreso de Teología Reformada, apenas un año después de haber dado a la luz pública el primero de los frutos de su formación académica, un diccionario del griego del Nuevo Testamento. En aquella ocasión habló precisamente como pionera que fue de la reflexión teológica femenina, de los caminos que se abrían en este terreno y de sus posibilidades para la Iglesia de la época.[4] En octubre de 1979, también en México, D.F., haría lo mismo en otro foro adonde estuvo presente la cubana Ofelia Ortega, primera pastora presbiteriana ordenada en América Latina.[5]

Evidentemente, me estoy refiriendo a la doctora Elsa Tamez Luna. Invito a escuchar su testimonio acerca de esos años formativos, donde se mezclan sentimientos y recuerdos encontrados:

Si hoy me dedico a la educación y producción teológica, mucho tiene que ver la iglesia en la cual crecí. Una iglesia presbiteriana, pequeña. […] A pesar de ser ideológicamente conservadora, allí aprendí a ser persona con palabra, a ser líder, y sobre todo a estar muy cerca de Dios. La iglesia era como un segundo hogar en donde se aprendía mucho pero también se jugaba todo el tiempo. Ahora, como teóloga, me doy cuenta de tantas concepciones erróneas que escuché.Caigo en la cuenta, por ejemplo, de que ese Dios cercano era intimista e imparcial. […]

Muy joven, a los 18 años, ingresé a estudiar Teología en el Seminario Bíblico Latinoamericano, ubicado en Costa Rica. Ni pude estudiar en México simplemente porque en la iglesia presbiteriana las mujeres no teníamos acceso a los estudios superiores de teología, sólo los varones.[6]

Si hacemos caso a estas palabras, se abre toda una veta para alimentar nuestra confesión al pensar en el rostro de Dios que transmitimos al impedir que muchas de sus hijas lo representen oficialmente en la Iglesia… Algunos datos históricos vienen en nuestro auxilio, no tanto para hacer menos doloroso el mea culpa, sino para tratar de abrir los ojos ante las realidades cambiantes que nos han tocado de cerca en México y América Latina. Hace varios años, el doctor Eliseo Pérez Álvarez, como parte de un recuento de mujeres en la historia de la Iglesia, rescató el nombre de la primera alumna egresada del Seminario Teológico Presbiteriano de México (STPM), Eunice Amador de Acle, en 1951, dos años antes de que se otorgara el voto a las mujeres en México.[7]

Y qué decir de Evangelina Corona Cadena, ex costurera y diputada federal entre 1991 y 1994, cuyo testimonio acerca de la ordenación al ancianato sacude conciencias cada vez que lo presenta y da fe de su prolongada militancia cristiana.[8] La Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos (PCUSA) ordenó en 2007 a Rosa Blanca González, otra egresada del STPM, como Ministra de la Palabra y de los Sacramentos como parte de un proceso de integración a los ministerios hispanos, exteriormente, pero también para culminar un desarrollo personal que no necesariamente contemplaba de haber seguido militando en la INPM.[9]

Hace pocos días escuché de viva voz, hace unos días, el testimonio de una egresada del Seminario que fue recientemente ordenada como pastora en una iglesia hermana de la Península Ibérica y a quien había entrevistado a larga distancia para una publicación virtual. Allí, expresó también sus sentimientos y aspiraciones y la forma en que fueron canalizadas con su traslado a otro país e iglesia.[10] Me refiero a Eva Domínguez Sosa, quien ha transitado todos los caminos exigidos por la INPM en los ámbitos femenil, misionero, musical y teológico. Otros nombres de egresadas del STPM se suman también a esta lista: Amparo Lerín Cruz, quien está en medio del proceso que eventualmente desembocará en su ordenación; Luisa Guzmán, quien desde el Centro de Estudios Ecuménicos colabora con diversos movimientos sociales; y Verónica Domínguez, quien ha asumido una sólida labor pastoral en el campo juvenil.

De modo que, ante estos casos relevantes y con aspectos ambiguos debido a la forma en que estas mujeres han asimilado su llamado divino, pero quizá más ante los anónimos y distantes, producto del silencio a que han sido condenadas muchas siervas auténticas del Señor Jesucristo, los hombres de la INPM debemos inclinar la cabeza ante Dios y ante ellas en una actitud de confesión, arrepentimiento y conversión.

2. Fortalezas y debilidades de una postura tradicional

El supuesto problema eclesiástico de la ordenación de las mujeres a los ministerios debería remitirnos, con toda claridad espiritual, psicológica y sociológica al verdadero problema: la forma en que las feminidades y masculinidades (en plural) se experimentan en contacto con las realidades propiciadas e iluminadas por la fe, a fin de que se vivan de maneras saludables, no patológicas. El rechazo sistémico (y sistemático) a este proceso como algo “normal” o formal en la INPM sería así, un signo o síntoma de una patología eclesiástica relacionada con el uso del poder en la iglesia, pues como bien señala Hugo Cáceres en un trabajo sobre la masculinidad de Jesús: “…el golpe más duro que recibió el patriarcado fue la auto-revelación de Dios en la fragilidad de la encarnación y la crucifixión que puso de lado el poder y dominio que han caracterizado a la masculinidad occidental”.[11] Este punto de partida, que va más allá del esquema clero-laicado e implica la forma en que debe entenderse antropológicamente la salvación, descubre varios énfasis que ubican la ordenación en el plano de la indefinida resolución de las luchas de poder entre personas del mismo sexo, pues como agrega Cáceres:

Género, poder y sexualidad están definidos inseparablemente en la sociedad. No se puede postular que el asunto de género no tiene nada que ver con el poder en las instituciones; tal como es percibido el género (fuerte, débil, cerebral, afectivo) tiene su repercusión en las estructuras de poder. Igualmente la sexualidad (activa, pasiva, arriba, abajo) es manifestación clara de dominio en las relaciones. La autoridad fundamenta su poder en principios de género para desarrollar una racionalidad que la sostenga.[12]

La masculinidad de los varones de la Iglesia, quienes nos asumimos como los únicos con derecho a ser portadores del mensaje evangélico de manera oficial, se asimila al sistema patriarcal dominante, el cual, lo mismo que en la época de Pablo y de Jesús, no consideraba de ningún modo la posibilidad de compartir el poder que detentaba. Jesús mismo, como varón que se confrontó en diversas ocasiones con la otredad representada por mujeres que cuestionaron, así fuera tímidamente, su papel como representante de Dios, practicó un modelo alternativo de masculinidad que no se ha querido ver como parte prioritaria de su mensaje y acción:

…el modelo de masculinidad que personificó y enseñó Jesús estaba en abierta contradicción con los valores de masculinidad dominantes en el imperio romano. Su propuesta fue sorprendentemente novedosa y desafiaba los patrones de conducta establecidos para un varón aceptable en el mundo mediterráneo antiguo. Al mismo tiempo hace hincapié en el modo cómo en pocas décadas después de iniciado el movimiento de Jesús, el modelo de masculinidad y la consecuente organización social que proponía la ortodoxia cristiana —como en Ef y 1 Tim— se adaptó decididamente a los modelos socialmente aceptables en el imperio y pasó de ser una novedosa propuesta social a convertirse en una defensora de principios de género ajenos a la predicación y actuación del Maestro galileo.[13]

Estaríamos hablando, entonces, de una “masculinidad tóxica” que ha enfermado la praxis cristiana, deformándola especialmente en lo relacionado con la representación, los oficios o ministerios autorizados, debido a que habiéndose hecho del poder desde los inicios del cristianismo y practicado una progresiva “invisibilización” y “borramiento” de la labor de las mujeres al servicio del Evangelio, como han demostrado Suzanne Tunc y Diana Rocco Tedesco, entre otras autoras.[14] La primera escribe al respecto:

Lo primero que aparece es la eliminación progresiva de las mujeres, desde el final del periodo post-apostólico, de los “ministerios” en vías de formación. Efectivamente, poco a poco la “secta” judía nueva tuvo que adoptar los modos y costumbres de la sociedad patriarcal en que vivía. […]

Las excepciones que hemos encontrado, debidas a la iniciativa de las mujeres en la evangelización, sólo fueron posibles gracias a la amplitud de horizontes que tuvo Pablo. Las mujeres tenían que desaparecer. En consecuencia, textos sucesivos irán encargándose rápidamente de volver a poner las cosas en orden. Son los llamados “Códigos de moral doméstica” y, luego, las Pastorales, donde sólo aparecerán las “viudas” y los “diáconos”.[15]

Así se puede apreciar que uno de los frentes históricos de este penoso proceso es el de la redacción y canonización del Nuevo Testamento, en donde una interpretación sesgada del nombre de una apóstola como Junia, no ha vacilado ¡en cambiarla de sexo! para tratar de demostrar que las mujeres no habrían alcanzado el espacio de los ministerios formales mientras vivió el apóstol Pablo, un hombre que tuvo que luchar a brazo partido contra otros hombres (a quienes denominó “súper-apóstoles”) a fin de que le reconocieran la legitimidad de su ministerio. Cristina Conti ha demostrado cómo se llevó a cabo este acto ideológico de “transexuación” en contra de una mujer plenamente identificada como tal en el ámbito cristiano antiguo:

Al final de su carta a los romanos, el apóstol Pablo envía sus saludos a unos parientes suyos, Andrónico y Junia, agregando que son “ilustres entre los apóstoles” (Rom 16:7). Muchos traductores vierten el nombre de la persona que acompañaba a Andrónico como Junias, un nombre masculino. Sin embargo, el nombre Junias no existe en la onomástica griega, en cambio el nombre femenino Junia aparece frecuentemente en la literatura y en las inscripciones. Cuando estudiaba en el seminario, tuve el privilegio de tomar un curso con Bruce Metzger como profesor invitado. El Dr. Metzger es miembro del comité editor del Nuevo Testamento Griego. Recuerdo que un día le pregunté sobre el tema de Junia y él me dijo que efectivamente se trataba de una mujer y que su nombre era Junia, porque el nombre masculino Junias simplemente no existe. ¿Por qué, entonces, se ha traducido ese nombre como si fuera un nombre masculino? Y lo que es tal vez peor, ¿por qué el Nuevo Testamento Griego, incluso en su última edición (NTG27) sigue apegado a la forma masculina Iouniân, el acusativo del masculino Junias (un nombre que no existe)? […]

En la Iglesia Ortodoxa Griega, se tiene en gran estima a Andrónico y a su esposa Junia. Se cree que ambos recorrieron el mundo llevando el evangelio y fundando iglesias. Santa Junia es celebrada el 17 de mayo.[16]

Si en verdad quisiéramos apegarnos a la llamada “tradición reformada” y prestar atención seriamente a autoridades tan importantes dentro de la misma como el propio Juan Calvino y Jean-Jacques von Allmen, por sólo citar dos nombres, deberíamos reafirmar algunas de sus apreciaciones sobre la presencia y acción de las mujeres en la Iglesia y negarles la ordenación a los ministerios, especialmente el pastoral. ¿Por qué? Porque los ímpetus de la inclusión y la exclusión siempre han convivido, no siempre conflictivamente, en el seno de las iglesias cristianas de todas las épocas. En el caso del protestantismo, como bien ha demostrado el sociólogo Jean Paul Willaime, la doctrina tan invocada del “sacerdocio universal de los creyentes” ha disputado la supremacía ideológica y cultural con las tendencias hacia el fundamentalismo (clericalismo) escondidas en el principio de la Sola Scriptura.[17] Jane Dempsey Douglass ha demostrado que, a pesar de todo, Calvino abrió la puerta hacia la inclusión de las mujeres en los ministerios a causa de las derivaciones de su visión sobre el ministerio cristiano.[18] Von Allmen, en los años 60 del siglo XX, aun oponiéndose a la ordenación femenina, aportó una perspectiva sólida y autocrítica en términos de la presencia de la gracia:

Se aborda muy mal el problema tratándolo desde el ángulo de los derechos que se reivindican. Nadie, ni hombre ni mujer, tienen el derecho de ser pastor. Esto es siempre una gracia, y si esta gracia confiere a quien la recibe algunos derechos, sólo es para que pueda ejercerse en condiciones convenientes. […]

No pertenece a la Iglesia apoderarse de la gracia como de una presa para administrarla después a su gusto; se trata, más bien, de que ella sepa que puede devolver gracia por gracia recibida, y para que ésta no se altere, es la gracia recibida la que debe devolver.[19]

La interpretación autoritativa (y con demasiada frecuencia, autoritaria) ha creado y desplegado con el paso de los siglos una tradición bastante cuestionable que por supuesto se niega a ceder espacios a quienes ha relegado al silencio y la marginación. No se advierte con ello, desde una óptica derivada del vaciamiento de Cristo (kénosis) que la renuncia al poder en todas sus manifestaciones forma parte de una opción evangélica advertida incluso por los estudiosos de la masculinidad, como Walter Riso, quien señala. “La liberación masculina no es una lucha para obtener el poder de los medios de producción, sino para desprenderse de ellos. La verdadera revolución del varón, más que política es psicológica y afectiva. Es la conquista de la libertad interior y el desprendimiento de las antiguas señales ficticias de seguridad”.[20]Habría que aprovechar la reconstrucción de aquellas tradiciones sobre ordenación de mujeres de las cuales dan fe varios libros “apócrifos” y que en otros tiempos fueron confinadas a las “iglesias heréticas” de los primeros siglos.[21] En este sentido, es fundamental el trabajo realizado por Kevin Madigan y Carfolyn Osiek en su volumen Mujeres ordenadas en la Iglesia primitiva,[22] que documenta muy bien nombres y registros de diversas iglesias institucionales en el mundo grecorromano. Muchos de esos movimientos fueron espacios de resistencia, como destaca Tunc, pues las mujeres lucharon contra las prohibiciones y la marginación en su afán por servir al Señor.

3. ¿Reivindicación, conversión o cambio?: el dilema de una Iglesia hiper-masculinizada

Las diversas motivaciones que puede tener la Iglesia para cambiar su perspectiva en cuanto a la ordenación de las mujeres atraviesan diversos niveles de comprensión de la creencia calvinista en la acción de Dios en la Iglesia y la sociedad, pues aunque se afirma que “el mundo es el escenario de la gloria de Dios”, paradójicamente no se acepta que la influencia de los cambios acontecidos en “el mundo”, así sean muy positivos, deba aplicarse automáticamente como muestra de que Dios desea transformar ambos espacios. Se insiste en creer que la Iglesia debe ser el motor de cambio para el mundo, pero no lo contrario, lo cual contradice claramente la visión reformada de una acción divina encaminada a establecer el Reino de Dios en el mundo. Pero, en ese esquema ideal (e idealizante) sólo la Iglesia puede ser vanguardia del Reino de Dios, por lo que la ruptura entre ambos espacios debe mantenerse como condición para hacer visible, en las prácticas religiosas y espirituales de la Iglesia, los valores del Reino.

El desarrollo contemporáneo de la teología reformada, eclesial y académicamente, ha llevado este tema hasta el punto en que, con base en algunos antecedentes, coloca la definición sobre las ordenaciones femeninas en el terreno de las decisiones locales (basta con revisar el reciente documento sobre la ordenación de la Federación de Iglesias Protestantes Suizas[23]) pero también ha anunciado, en el portal de la nueva Comunión Mundial de Iglesias Reformadas (CMIR), que la determinación de las iglesias miembros al respecto puede llegar a ser un factor vinculante para dicha membresía en el futuro. Uno de sus documentos básicos se refiere explícitamente al asunto y habla de que este organismo promoverá abiertamente la ordenación femenina entre aquellas iglesias que aún no la llevan a cabo. Para la CMIR, como debería ser para nosotros también, esto se llama justicia de género.[24]

Además, en continuidad a su antecedente, la Alianza Reformada Mundial (ARM), ha lanzado un material de estudio, ahora para hombres, que busca contribuir a la concientización de las iglesias no sólo en el tema de la ordenación sino en la necesidad de equiparse eclesialmente (convertirse) hacia una nueva etapa de relaciones entre hombres y mujeres en la iglesia.[25] Previamente a la 24ª Asamblea General de Accra, Ghana, en 2004, la ARM publicó el material Celebrando la esperanza de la plenitud de vida: desafíos para la Iglesia, en donde se recogen testimonios de mujeres de diversas regiones del mundo. Esto se suma a los esfuerzos previos de promoción lanzados en 1993 y 1999, dos recopilaciones de ponencias de autores de diversas partes del mundo, entre las que destacan las de Elsa Tamez y Salatiel Palomino, por México.[26]

En síntesis, que el llamado a la conversión llega desde diferentes lugares y con diversos tonos y matices, y no habría que esperar a que nuestra iglesia entre a una situación de Processus confessionis, es decir, de reconocimiento progresivo, educación y confesión, que la pondría en entredicho hasta que decida vincularse al proceso de reconocimiento de los ministerios ordenados de las mujeres, tal como ya lo han hecho la mayoría de las iglesias, como sucedió con algunas iglesias reformadas sudafricanas en relación con la segregación racial en los años 80 y con la convocatoria para discutir el tema de la destrucción de la creación en 1997. Parecería que el propio Dios está colocando en muchos lugares sus señales de advertencia para la integración de sus hijas al servicio formal en la Iglesia y que nos llama, a hombres y mujeres por igual, a convertirnos, no a una moda más o a un tema de actualidad, sino como lo hizo con el apóstol Pedro en el libro de los Hechos, a una serie de conversiones que implican, para el caso de las mujeres, a una conversión hacia sí mismas, y para los varones, a convertirnos a la otredad para descubrir un rostro de Dios más humano, cercano y solidario.

Curso: Ministerio y ordenación de la mujer, Presbiterio del Estado de México
Iglesia San Pablo, Zaragoza 55, col. Pilares, Toluca, Estado de México

15 de enero de 2011



[1] Cf. la Biblia Isha, edición de la TLA con notas referidas a la mujer, un esfuerzo notable por acercar a los y las lectoras a una reflexión histórica, crítica y contextual.

[2] S. Tunc, También las mujeres seguían a Jesús. 2ª ed. Santander, Sal Terrae, 1999 (Presencia teológica, 98), p. 109.

[3] Cit. por J.G. Bedoya, “Ella como pecado”, en El País, Madrid, 3 de septiembre de 2010,www.elpais.com/articulo/sociedad/pecado/elpepisoc/20100903elpepisoc_1/Tes

[4] El libro que recogió las ponencias (Cecilio Lajara, comp., Un pueblo con mentalidad teológica. México, El Faro, 1976) no incluye su participación.

[5] Cf. Varias autoras, Mujer latinoamericana. Iglesia y teología. México, Mujeres para el Diálogo, 1981. Cf. el testimonio de O. Ortega en J.J. Tamayo y J. Bosch, eds., Panorama de la teología latinoamericana. Estella, Verbo Divino, 2000, pp.

[6] E. Tamez, “Descubriendo rostros distintos de Dios”, en J.J. Tamayo y J. Bosch, op. cit., Estella, Verbo Divino, 2000, pp. 647-648. Énfasis agregado.

[7] Cf. E. Pérez-Álvarez, “Teología de la faena; un asomo a los ministerios cristianos desde la Iglesia Apostólica hasta la Iglesia Imperial”, en Tiempo de hablar. Reflexiones sobre los ministerios femeninos. México, Presbyterian Women-Ediciones STPM, 1997, p. .

[8] E. Corona Cadena, Contar las cosas como fueron. México, Documentación y Estudios de Mujeres, 2007.

[9] Cf. Mary Giunca, “La esposa de un pastor presbiteriano mexicano será ordenada en la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos”, en Boletín Informativo del Centro Basilea de Investigación y Apoyo, núm. 26, abril-junio de 2007, p. 28,http://issuu.com/centrobasilea/docs/bol26-abr-jun2007.

[10] Cf. L. Cervantes-Ortiz, “Entrevista con Eva Domínguez Sosa, recientemente ordenada por la Iglesia Evangélica española”, en Lupa Protestante, 6 de marzo de 2010, www.lupaprotestante.com/index.php?option=com_content&task=view&id=2097.

[11] H. Cáceres, “La masculinidad de Jesús. Recuperando un aspecto olvidado del seguimiento de Cristo”, p. 181, enwww.clar.org/clar/index.php?module=Contenido&type=file&func=get&tid=3&fid=descarga&pid=50.

[12] Ibid., p. 190.

[13] Ibid., p. 182.

[14] Cf. D. Rocco Tedesco, Mujeres, ¿el sexo débil? Bilbao, Desclée de Brouwer, 2008 (En clave de mujer…).

[15] S. Tunc, op. cit., pp. 109-110. Énfasis agregado. Cf. E. Tamez, “Visibilidad, exclusión y control de las mujeres en la Primera carta a Timoteo”, en RIBLA, núm. 55, www.claiweb.org/ribla/ribla55/visibilidad.html.

[16] C. Conti, “Junia, la apóstol transexuada”, en Lupa Protestante, 15 de noviembre de 2010,www.lupaprotestante.com/index.php?option=com_content&view=article&id=2266:junia-la-apostol-transexuada-rom-167&catid=13&Itemid=129. Cf. Eldon Jay Epp, Junia: the first woman apostle. Minneapolis, Fortress Press, 2005.

[17] Cf. J.-P. Willaime, La precarité protestante. Sociologie du protestantisme contemporain. Ginebra, Labor et Fides, 1992; e Idem, “Del protestantismo como objeto sociológico”, en Religiones y Sociedad, México, Secretaría de Gobernación, núm. 3, 1998, pp. 124-134.

[18] J. Dempsey Douglass, Women, freedom and Calvin. Filadelfia, The Westminster Press, 1985. Cf. Idem, “Glimpses of reformed women leaders from our history”, en U. Rosenhäger y S. Stephens, eds., “Walk, my sister”. The ordination of women: reformed perspectives. Ginebra, Alianza Reformada Mundial, 1993 (Estudios, 18), pp. 101-110.

[19] J.-J. von Allmen, Ministerio sagrado. Salamanca, Sígueme, 1968, pp. 139-140.

[20] W. Riso, Intimidades masculinas. Lo que toda mujer debe saber acerca de los hombres. Bogotá, Norma, 1998, p. 18. Énfasis original.

[21] S. Tunc, op. cit., pp. 110, 121-126.

[22] K. Madigan y C. Osiek, eds., Mujeres ordenadas en la Iglesia primitiva. Una historia documentada. Estella, Verbo Divino, 2006 (Aleteheia, 2).

[23] Cf. Ordination from the perspective of the Reformed Church. Berna, Federación de Iglesias Protestantes Suizas, 2009 (IFSCPC, 10).

[24] “Gender Justice and Partnership”, en www.wcrc.ch/node/487.

[25] Cf. Patricia Sheerattan-Bisnauth y Philip Vinod Peacock, eds., Created in God’s image. From hegemony to partnership. A Church manual on men as partners. Ginebra, CMIR-CMI, 2010,www.wcrc.ch/sites/default/files/PositiveMasculinitiesGenderManual_0.pdf. Un primer volumen fue: Created in God’s image. From hierarchy to partnership. A Church manual for gender awareness and leadership development. Ginebra, Alianza Reformada Mundial, 2003.

[26] Cf. E. Tamez, “No longer silent: a Bible study on 1 Corinthians 14.34-35 and Galatians 3.28”, en U. Rosenhäger y S. Stephens, op. cit., pp. 52-62; y S. Palomino López, “En busca de aceptación y reconocimiento: las luchas de las mujeres en el ministerio”, en Mundo Reformado, núms. 1-2, marzo-junio de 1999, pp. 51-66.


Fuente:Lupa Protestante

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