jueves, 21 de junio de 2018

El fermento político de los cristianos primitivos (2).


Desposeídos de prestigio social y poder, los primeros cristianos desarrollaron un valor teológico y ético que para el mundo circundante representaba más bien un estigma: la paciencia. 

AUTOR Carlos Martínez García 

Su entorno social y cultural consideraba que era un defecto. En contraste, para los cristianos de los siglos previos a la constantinización de la Iglesia la paciencia era una virtud que resultaba del seguimiento de Cristo. 
Continúo comentando el volumen de Alan Kreider, historiador y teólogo anabautista/menonita, La paciencia. El sorprendente fermento del cristianismo en el Imperio romano (Ediciones Sígueme, Salamanca, 2017). 

Considero que él muestra contundentemente cómo las primeras generaciones cristianas desposeídas de prestigio social y poder desarrollaron un valor teológico y ético que para el mundo circundante representaba más bien un estigma. Kreider analiza y cita el pensamiento de varios pensadores/pastores cristianos, sobre todo del tercer siglo, que se ocuparon de reflexionar, escribir y enseñar acerca de la paciencia. 

Vale reiterar lo que mencioné en la entrega anterior: paciencia no era, y no es, sinónimo de quietismo ni de inactividad resignada. Paciencia, para los cristianos y cristianas estudiados por el autor de la obra, tenía que ver con la confianza y esperanza depositada en Dios mientras que a los discípulos les correspondía comportarse en semejanza al ejemplo dado por Cristo. 

En el mundo cultural que les tocó vivir a los cristianos de los siglos primero al cuarto, un valor prestigiante era el de la fuerza y la capacidad de someter mediante ella a los demás. Es así, apunta Kreider, que cuando “por lo general los escritores latinos de la Antigüedad empleaban el término patientia, no pensaban en héroes, sino en subalternos y en víctimas. 

La paciencia aparecía, pues, como una virtud propia de gentes insignificantes que no tenían más remedio que soportar las acciones y las decisiones de otros. Para tales sujetos –los que carecían de poder, los pobres y con frecuencia las mujeres– la patientia resultaba ignominiosa. La paciencia era la respuesta de aquellos que no tenían la posibilidad de establecer sus propias metas o de tomar decisiones propias. En particular, la paciencia era la respuesta de los esclavos, para quienes era una actitud inevitable, no una virtud” (p. 37). 

En consecuencia, la paciencia no es resignación e impotencia, sino confianza en Dios y la certeza de vencer el mal haciendo el bien (Romanos 12:21). Los cristianos iban a contracorriente de sociedades en las cuales se veneraba, se rendía culto a la violencia, al sojuzgamiento y desprecio por los débiles. En un mundo así, no dejarse conquistar por los valores prevalecientes y dominantes era inaudito, muestra de incapacidad y repugnante debilidad. 

Para fortalecer a las comunidades cristianas en cultivar la virtud de la paciencia, Tertuliano escribió en al año 204 la obra De patientia. En ella, resume Kreider, el personaje que desarrolló su ministerio en Cartago (que se ubica actualmente en Túnez) dejó asentado que “Dios soporta a los ingratos y avariciosos que adoran a los ídolos. No los fuerza a creer sino que, ‘en virtud de su paciencia, espera atraerlos hacia sí’. Y el camino que eligió para alcanzar esa meta fue la encarnación. ‘Dios sufrió encarnándose’, lo que revela una actitud paciente”. 

 Tal actitud, la de la paciencia, era inconcebible en las construcciones mentales/valorativas cautivadas por el sentido de conquista: “¡Qué extraña es la historia de Jesús y qué diferente de las hazañas de Hércules, a quien Cicerón ponía como modelo! Tertuliano incluye un relato sobre Jesús, cuyos trabajos (a diferencia de los de Hércules) no requería matar, capturar y robar, sino que mantuvo un perfil bajo, fue objeto de reproches, no permitió que se forzara a las personas, compartió mesa con todos, se negó a solicitar un ejército de ángeles que lo defendiera, rehusó recurrir a la espada para vengarse, curó al siervo de su enemigo y así maldijo para siempre el uso de la espada. Mientras Jesús estuvo colgado de la cruz, se burlaron de él y lo escupieron. 

Nadie nunca vivió una paciencia semejante” (p. 39). La paciencia, en conjunto con otras virtudes cristianas, tendría que servir de fermento para ir creando un distinto piso cultural y diferente al normalizado por la organización social de entonces. La fermentación podría subvertir el orden prevaleciente e ir posicionando nuevos valores políticos. Kreider cita al respecto al teólogo germano Adolf Harnack: fermento remite a “fuerzas vitales misteriosas y efervescentes, microorganismos que cooperan de una forma que trasciende el entendimiento humano” (p. 26). 

Cipriano, en el año 256, escribió un tratado en el cual infundía aliento a las iglesias cristianas y les llamaba para que hicieran carne sus creencias cotidianamente, porque no se trataba de dar deslumbrantes discursos ni hacer gala de consumada retórica, más bien “nosotros, queridísimos hermanos, somos filósofos no de palabras grandilocuentes, sino de hechos, profesamos la sabiduría no vistiéndonos con una capa, sino consiguiendo la realidad misma de las cosas; apreciamos más ser virtuosos que parecerlo, no hablamos de cosas grandes sino que las ponemos en práctica (p. 29). 

En el recorrido histórico que hace Alan Kreider resalta la paciencia como virtud y recurso para incidir en la vida de la polis con el fin de reconfigurarla. Las comunidades cristianas investigadas por el autor sí hacían política, y la llevaban a efecto desde abajo, sin los recursos entonces usados para desde las instancias del gobierno normar las vidas de la población. A las generaciones referidas les era ajena la idea y práctica de conquista, y tampoco usaron lenguaje militarista para conceptualizar a los demás como objetivos a ser conquistados. 

Al ser pacientes, constructores de paz, seguían el camino de Cristo y se preparaban para hacerle frente a un contexto adverso. Palabras como las de Romanos 5:3-5 debieron ser aliciente para proseguir en la ruta: “nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”. 

Uno de los frutos del Espíritu Santo es la paciencia (Gálatas 5:22-25), rasgo de carácter de las nuevas criaturas en Cristo que se resisten a imponer valores conductuales que otros y otras no quieren hacer suyos. Hay que reflexionar en esto, particularmente cuando en distintos lugares la neo cristiandad desenvaina la espada y está sucumbiendo ante la tentación constantiniana. 

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