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jueves, 17 de noviembre de 2011

En el altar vacío, ¿Ateos o Creyentes?




Jaume Patuel.
Mataró. Cataluña.

El título del presente artículo es la conjunción de los títulos de dos libros que acabo de leer, El Altar Vacío de Antonio Rodríguez Madina y ¿Ateos o Creyentes? Conversaciones entre Gianni Varrimo, Michel Onfray y Paolo Flores d´Arcais.
El primer libro, de forma novelada, es la vida de una persona ordenada de sacerdote, la cual pasa al estado laico o secularizado. Esta  novela es como un paradigma que incluye muchas experiencias de diversas personas en una sola.

Vicisitudes, frustraciones, indecisiones enfrentadas, en primer lugar, con su interior para poder mantener una coherencia donde el Espíritu tiene que estar por encima las leyes, las normas. Y en segundo lugar, frente a la institución donde el derecho canónico, los dogmas pueden, no siempre, ahogar la capacidad de los que gobiernan, los cuales actúan más de acuerdo con aquello que piensan que con lo que sienten y son.

La narración es un buen reflejo de esta contradicción en el interior de la institución. Dicho con otras palabras, refleja la lucha de las personas que han de tomar una decisión vital que les obliga a renunciar a una dimensión por derecho canónico y no por el valor evangélico: el ejercicio de una alteridad en tanto que responsables de una comunidad, pero compartida con otra persona. Esta mentalidad eclesiástica, que no eclesial. hace –y es la realidad que se contempla hoy en día– que los altares se vayan vaciando. De aquí “el altar vacío”,  el título del libro.

Un indicador claro, a mi entender, del final de un paradigma  o modelo religioso. Final de la Edad Media. Sea el estilo románico, la inmanencia. Sea el estilo gótico, la transcendencia. Sean las iglesias actuales donde continúa habiendo rejas aunque invisibles, separando el altar del pueblo; el altar está vacío. Este paradigma ha perdido su valor sagrado y simbólico. Es arte. 

No en vano, se pueden contemplar iglesias recicladas en bibliotecas o museos o mercados o restaurantes o lugares administrativos o cerradas y estropeándose. Además, estas grandes obras de arte, patrimonio del pueblo, piden un mantenimiento y restauración, ya que son monumentos y momentos  de la historia humana.

Expresan la vivencia de la Comunidad. Pero, sea lo que sea, el tiempo lo dirá, el valor simbólico del altar está vigente. Puede haber un altar vacío material, pero el altar interior, vacío o lleno, está en manos de cada persona. Un altar interior, un lugar interior. Esta dimensión interior que todo ser humano tiene. Y la tiene para vivirla. La realización o vivencia total de una persona.

El altar es la dignidad interior de todo ser humano. Altar que ha de ser respetado. Y como dice un pensador, parece que a partir del 1989, al poner en práctica la idea de la globalización, este valor ha estado siempre ignorado. No ha entrado en la consideración globalizante.

Y esta ambivalencia de ser o no ser la dignidad, todavía en el segundo libro.  Un diálogo entre ¿Ateos o creyentes?,  entablado entre tres filósofos: Vattimo, Onfray, D’Arcais. Diálogo que tiene razón de ser en función de un altar vacío de una iglesia, pero no de la vida del ser humano.

A mi entender, también es un diálogo propio de la Edad Media.  Altar lleno, ¿hay Dios? Altar vacío, no hay Dios. El diálogo debería ir en pro de la dignidad humana. Todo ser humano tiene esta dimensión profunda gratuita, pero necesaria.  No es una creencia. Es un dato antrópico. Existencial. Constatado. Las neurociencias dan fe de esta dinámica en el cerebro de toda persona que medita, reza, silencia su mundo interior. No es cuestión de creerlo o no: ateo o creyente. Es ponerse con decisión a vivirlo.

La poesía, la música, el arte pueden dar lugar a muchas discusiones teóricas e incluso científicas. Pero, ¿dejará o no de existir la poesía, el arte o la música?  La realidad estética continuará siendo una dimensión gratuita, pero necesaria para una antropología integral. Hoy en día, en otro modelo o paradigma, la dignidad humana tiene que ser el nuevo altar. En el mundo globalizado el valor más alto o básico para construir algo más que nuevos edificios, dinámicos, de transición, debiera ser el que todo ser humano pueda vivir, ser libre y ser respetado.

Pero, probablemente, o sin tan probablemente, aún estamos en una encrucijada donde cabalgan modelos diferentes y a veces opuestos. Y en nombre del “altar vacío” o de ausencia de diálogos, y de hecho es así, se impone una visión única para la nueva construcción del mundo. Un poder familiar, social, civil, administrativo, político, eclesiástico y no digamos económico (un altar vacío) que no busca la verdad, sino imponer una verdad, la suya, como la sola y única válida. Una época totalmente continuista de de Edad media y moderna (¿ateos o creyentes?)

Por lo tanto, para adentrarnos en un nuevo paradigma humano donde no preocupe ni el altar vacío ni el diálogo racionalista sino encontrar el lugar del nuevo altar y dialogar razonablemente en pro de su libertad existencial: la dignidad humana.

Libertad que está totalmente amenazada por los nuevos poderes tanto en nombre de los sistemas religiosos  como de los cientificotécnicos donde se intenta que todo ser humano sea “un hombre técnico” o “informático”, es decir, mucha información pero sin formación, sin propio pensar.

Muchas creencias cerradas y mucha técnica, pero en ningún momento un hombre de símbolos, pensamiento y lenguaje personales. Una libertad para una creatividad, innovación, nuevos conocimientos que consideren al ser humano en su dignidad, profundidad y singularidad.+ (PE/Atrio)

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Fuente: ECUPRES

domingo, 17 de abril de 2011

El altar del dios desconocido.


RAFAEL ARGULLOL 16/04/2011 En el desconcierto de nuestros días siempre resurge la misma duda: ¿estamos ante un nuevo Renacimiento o ante una nueva Edad Oscura? Los más pesimistas no tienen dudas con respecto a la inminencia de un tiempo tenebroso, y ven en signos e indicios el anuncio inminente de la catástrofe, en tanto que los más optimistas -o simplemente menos pesimistas- se tranquilizan presagiando una era dorada, gracias especialmente a la ciencia y a la técnica.


Lo cierto es que hay argumentos para reivindicar ambas posiciones, y quizá esto sea lo propio de cada época y de cada presente: la ambigüedad extrema del futuro y la imposibilidad de formular profecías, a no ser que uno se ampare en doctrinas religiosas o ideológicas, que siempre tienen una perspectiva visionaria del porvenir. Bajo la advocación de un dios -fuera este de la religión o de la ideología-, el hombre se atreve al pronóstico porque la doctrina que abraza necesariamente le reclama un futuro mejor, cuando menos a largo plazo (el cristianismo ofrecía la salvación; el comunismo dibujaba la igualdad; la Ilustración se consolaba de las penurias del presente con promesas de libertad y progreso).


El problema surge cuando el dios está ausente, y el altar vacío. Cuando los templos, también laicos, están deshabitados, como sucede en nuestros días, el pronóstico se hace imposible. ¿A qué juego vamos a apostar si ni siquiera sabemos las reglas del juego? Cuando el altar está vacío podemos, como máximo, adorar a los ídolos del presente -en los estadios, por ejemplo, o en los festejos lúdicos-, pero nos representa una gran temeridad, o nos produce una insoportable pereza, ir más allá de esto.


Y esta indolencia, esta apatía, para bien o para mal, nos deja indiferentes ante lo que pueda suceder en un futuro siempre demasiado lejano y con escasas ilusiones de intervención en su modelaje. Si nos interesara el pasado -que tampoco nos interesa demasiado, en estricta simetría con nuestro desinterés por el porvenir- descubriríamos hasta qué punto es decisivo el tipo de dios que ocupará el altar vacío.


Porque de lo que no hay duda es de que siempre hay un dios desconocido que acaba ocupando el trono de los viejos dioses. Hace 2.000 años Pablo de Tarso vio esto con una claridad difícil de superar. Entre sus muchos méritos el mayor era la capacidad de observación, fruto de su extraordinaria energía nómada.


San Pablo, como todo observador lúcido de un mundo en transición, sabía que las ideas y los mitos circulaban con las caravanas y se discutían en las tabernas y posadas del camino. No hubo caminante capaz de competir con Pablo de Tarso, de quien se calcula que entre la conversión al cristianismo, cuando se dirigía a Damasco, y su martirio en Roma recorrió 30.000 kilómetros. De la Arabia profunda a Macedonia, de Corintio a Roma, y según alguna leyenda también a España. Viajaba casi siempre a pie, solo o con algún discípulo, a un promedio de 30 kilómetros por día. San Pablo, hombre de convicciones firmes, no era un gran orador, pero al parecer, con su actitud y su fe, tenía una enorme capacidad de persuasión.


Se impuso en las ciudades de Oriente Medio y Asia Menor. Sin embargo, tuvo grandes dificultades en Atenas. Konstantino Kavafis, en un precioso poema, ha evocado el enfrentamiento entre el predicador cristiano y los filósofos atenienses. Aunque Atenas era ya tan solo una pequeña ciudad de provincias del Imperio Romano seguía contando con potentes escuelas estoicas, epicúreas y cínicas.


Los filósofos, grandes argumentadores, desarmaban al infatigable Pablo. Hasta que este tuvo una ocurrencia genial: recordó haber visto, a las afueras de la ciudad, el altar al dios desconocido. En realidad, en la antigua Grecia, este tipo de altares no eran insólitos y en ellos se conmemoraba a los dioses sin nombre propio, un poco como en nuestra Fiesta de Todos los Santos o en nuestra Tumba al Soldado Desconocido.


Pero Pablo se agarró a lo que le pareció una oportunidad y explicó que él, precisamente, anunciaba la venida de aquel dios desconocido. La estratagema surgió, al parecer, cierto efecto entre los oyentes y, aunque san Pablo abandonó Atenas sin el predicamento obtenido en otras ciudades, había logrado colocar la piedra angular del edificio en construcción.


El altar estaba vacío pero pronto se llenaría con un nuevo dios que despertaría el entusiasmo de las multitudes. Antes que Kavafis, otro poeta, Giacomo Leopardi, se había preguntado cómo una doctrina del talante de la cristiana, mucho menos sofisticada que la clásica, había terminado por imponerse en todo el Imperio Romano, y cómo fervorosos pero poco avezados predicadores, encabezados por Pablo de Tarso, habían desplazado a maestros de la palabra y del discurso de la talla de los filósofos griegos.


La respuesta la da el propio Leopardi: este mundo -el de los filósofos griegos-, pese a su decadencia imparable, era todavía brillante pero carecía de lo que el poeta italiano califica como valores de ilusión.


En otras palabras, estaba falto de fuerza en medio de su exquisitez. Era un mundo sin ilusión, sin mística, la refinada sombra de una grandeza perdida. No estaba en condiciones de hacer frente a una invasión espiritual entusiasta. Por el contrario, al mundo predicado por san Pablo, tosco en muchos aspectos, le sobraba entusiasmo y era capaz de ofrecer a la multitud el espejismo de la salvación.


Tenía valores de ilusión, tenía fuerza: podía hacerse con el altar del dios desconocido. Lo ocuparía durante los 2.000 años siguientes, si bien en una parte de este periodo tuvo que compartirlo con otras ideologías que se presentaron como nuevos dioses. Las utopías sociales o ilustradas, por ejemplo. Hoy día da la impresión de que las cosas han vuelto al punto en que las encontró el infatigable viajero Pablo de Tarso cuando, al acercarse a Atenas, divisó el altar del dios desconocido e interpretó, con razón, que el trono estaba vacío.


Ninguna fuerza crea valores de ilusión, acaso con la excepción de la codicia; pero la codicia, por sí sola, únicamente reproduce el baile alrededor del Becerro de Oro al ritmo de un frenético presente continuo. En el horizonte, aparentemente, no hay pretendientes capaces de ocupar el altar vacío.


Podría suceder que el altar ya se hubiera quedado vacío para siempre y que nos hayamos adentrado en una humanidad ajena a las ilusiones, por apatía, por escarmiento o por sano escepticismo.


Sin embargo, también es posible -y probable- que ahora mismo, a pesar de nuestra ignorancia al respecto, se esté incubando el nuevo aspirante a ocupar el altar del dios desconocido. Y que de la naturaleza de ese dios dependa que nos encaminemos a una Edad Oscura o pongamos rumbo hacia un Renacimiento. Rafael Argullol es escritor.


Fuente: ATRIO

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