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miércoles, 12 de agosto de 2015

Hiroshima y Nagasaki 70 años después de la bomba atómica.



Hace 70 años, el 6 de agosto de 1945, el mundo cambió para siempre. Ese día, Estados Unidos lanzó por primera vez en la historia un arma nuclear contra población civil, la de Hiroshima, en Japón. Tres días más tarde lanzó la segunda y, hasta ahora, última bomba atómica utilizada contra objetivos humanos en Nagasaki, Japón. Cientos de miles de personas murieron, muchas sufrieron quemaduras graves y miles fueron víctimas de los efectos de largo plazo del envenenamiento por radiación. Muchos sobrevivientes de las dos terribles explosiones, denominados “hibakusha” en japonés, aún están vivos y cuentan sus experiencias. Mientras que el mundo ha evitado ataques nucleares desde aquellos días de 1945, la amenaza de una potencial devastación nuclear permanece aún latente. Sin embargo, de las cenizas de estas dos terribles explosiones surgió un movimiento a favor de la abolición de las armas nucleares que sigue llevando adelante su campaña pacifista para eliminar estas armas.

“Cuando tenía doce años Japón estaba en guerra y fue obviamente hacia el final de la guerra que el país experimentó los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki”, me dijo Kenzaburo Oe el año pasado en Tokio, Japón. Oe tiene 80 años, obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1994 y es uno de los intelectuales y activistas humanitarios más respetados de Japón. “En el momento, por supuesto, la bomba atómica significó para mí, y también para mi madre y nuestras familias y para todas las personas, una gran conmoción. En aquel entonces, fue la peor catástrofe que jamás habíamos visto, por lo que el sentimiento de tener que sobrevivir a esto, de superar esto y de renovarse fue grandioso”.

La obra de Kenzaburo Oe es conocida en todo el mundo, pero el autor afirma que lamenta no haber escrito jamás una novela sobre la bomba atómica. Reconoce el gran mérito de los sobrevivientes de los ataques en mantener vivas las historias: “Los habitantes de Hiroshima que padecieron el peor sacrificio fueron, por supuesto, las decenas de miles de personas que murieron al instante. Sin embargo, hubo muchos sobrevivientes. Después del fin de la guerra y de las bombas, en los cinco años posteriores, Japón estaba ocupado militarmente (por Estados Unidos) y en ese momento no era posible para los hibakusha, que es como llamamos a los sobrevivientes de las bombas atómicas, crear cualquier tipo de organización propia. Recién cinco años después de que se lanzaran las bombas, los sobrevivientes pudieron por primera vez crear su propia organización. En aquel entonces, su único eslogan era jamás permitir que esto se repitiera, jamás permitir que haya nuevos hibakusha”.

Desde entonces, los hibakusha han ocupado un lugar central en el movimiento pacifista japonés y adoptaron como símbolo un origami en forma de grulla de la paz. Sadako Sasaki tenía apenas dos años cuando Hiroshima sufrió el impacto de la bomba. Sadako sobrevivió, pero a los 12 años le diagnosticaron leucemia, una de las enfermedades provocadas por la radiación de la bomba. Un amigo del hospital le dijo que si hacía mil grullas de papel se le concedería un deseo. Con la esperanza de vencer su enfermedad, Sadako comenzó a crear las intrincadas aves de papel. Murió el 25 de octubre de 1955.

No obstante, el movimiento pacifista de Japón sigue con vida. Muchos japoneses se siguen organizando para reclamar la abolición de las armas nucleares, pero también para que se eliminen las plantas nucleares. Kenzaburo Oe dijo al periódico francés Le Monde: “Hiroshima debe quedar grabado en nuestra memoria: es una catástrofe aún más dramática que los desastres naturales porque fue provocada por el ser humano…Mostrar el mismo desinterés por la vida humana en las plantas nucleares es la peor traición a la memoria de las víctimas de Hiroshima”, afirmó el autor. El movimiento a favor del cierre permanente de las plantas nucleares de Japón parecía estar a punto de triunfar después del desastre ocurrido en Fukushima en marzo de 2011. Sin embargo, el gobierno conservador del primer ministro Shinkzo Abe, que asumió el poder inmediatamente después del desastre, ha prometido reavivar la energía nuclear en el país y tiene el proyecto de volver a poner en funcionamiento antiguas plantas inactivas e incluso, de construir nuevas.

Del otro lado del mundo, en Los Álamos, Nuevo México, el lugar donde se fabricó la bomba atómica, se sigue realizando investigación para la fabricación de nuevas y supuestamente “mejores” armas nucleares. Para conmemorar el 70° aniversario de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, activistas por la paz realizarán una convención en la ciudad cercana de Santa Fé, así como vigilias en la entrada del ultrasecreto laboratorio de investigación sobre armas nucleares de Los Álamos. Como activista por la paz y referente social de larga trayectoria, el padre John Dear afirma: “Le dijimos a Dios: lo que tardaste 15.000 millones de años en crear, podemos destruirlo en 15 minutos”.

Las palabras de Dear se suman a las de uno de los artífices de la bomba, J. Robert Oppenheimer. Oppenheimer era físico y director del Proyecto Manhattan, el monumental proyecto científico estadounidense que desarrolló las bombas. La primera bomba atómica fue detonada el 16 de julio de 1945 en el desierto de Nuevo México, en un lugar especialmente elegido para hacer la prueba llamado Trinity. Al observar la explosión y la nube de humo con forma de hongo que esta generó, Oppenheimer recordó las palabras de Visnú en el texto sagrado hindú Bhagavad-guita: “Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”.

Hiroshima es un monumento a la locura de las armas nucleares. El año pasado, al caminar por el predio del Museo de la Paz de Hiroshima pude ver el Monumento a la Paz de los Niños, erigido en homenaje a Sadako Sasaki y a los miles de niños víctimas de las explosiones. El monumento está adornado con miles de grullas de papel. En la base está grabado un llamamiento a todos nosotros: “Este es nuestro grito, esta es nuestra plegaria: paz en el mundo”.

(Traducción al español del texto en inglés: Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org)

- Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro "Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos", editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

© 2015 Amy Goodman

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Fuente: alainet.org

lunes, 6 de agosto de 2012

En la sombra de Hiroshima.


El 6 de agosto, aniversario de Hiroshima, debería ser un día de reflexión sombría, no sólo acerca de los sucesos terribles de esa fecha en 1945, sino también sobre lo que revelaron: que los seres humanos, en su dedicada búsqueda de medios para aumentar su capacidad de destrucción, finalmente habían logrado encontrar una forma de acercarse al límite final.
Los actos en memoria de ese día tienen un significado especial este año. Tienen lugar poco antes del 50 aniversario del “momento más peligroso en la historia humana”, en palabras de Arthur M. Schlesinger Jr, historiador y asesor de John F. Kennedy, al referirse a la crisis de los misiles cubanos.
Graham Allison escribe en la edición actual de Foreign Affairs que Kennedy “ordenó acciones que él sabía aumentarían el riesgo no sólo de una guerra convencional, sino también de un enfrentamiento nuclear”, con una probabilidad que él creía de quizá 50 por ciento, cálculo que Allison considera realista. Kennedy declaró una alerta nuclear de alto nivel que autorizaba a “aviones de la OTAN, tripulados por pilotos turcos (u otros), a despegar, volar a Moscú y dejar caer una bomba”.
Nadie estuvo más asombrado por el descubrimiento de los misiles en Cuba que los hombres encargados de misiles similares que Estados Unidos había emplazado clandestinamente en Okinawa seis meses antes, seguramente apuntados hacia China, en momentos de creciente tensión.
Kennedy llevó al presidente soviético Nikita Krushov “hasta el borde mismo de la guerra nuclear y él se asomó desde el borde y no tuvo estómago para eso”, según el general David Burchinal, en ese entonces alto oficial del personal de planeación del Pentágono.
Uno no puede contar siempre con tal cordura. Krushov aceptó una fórmula planteada por Kennedy poniendo fin a la crisis que estaba a punto de convertirse en guerra. El elemento más audaz de la fórmula, escribe Allison, era “una concesión secreta que prometía la retirada de los misiles estadunidenses en Turquía en un plazo de seis meses después de que la crisis quedara conjurada”. Se trataba de misiles obsoletos que estaban siendo remplazados por submarinos Polaris, mucho más letales.
En pocas palabras, incluso corriendo el alto riesgo de una guerra de inimaginable destrucción, se consideró necesario reforzar el principio de que Estados Unidos tiene el derecho unilateral de emplazar misiles nucleares en cualquier parte, algunos apuntando a China o a las fronteras de Rusia, que previamente no había colocado misiles fuera de la URSS. Se han ofrecido justificaciones, por supuesto, pero no creo que soporten un análisis. Como principio acompañante de esto estaba que Cuba no tenía derecho de poseer misiles para su defensa contra lo que parecía ser una invasión inminente de Estados Unidos.
Los planes para los programas terroristas de Kennedy, Operación mangoose (mangosta), establecían una “revuelta abierta y el derrocamiento del régimen comunista” en octubre de 1962, mes de la crisis de los misiles, con el reconocimiento de que “el éxito final requerirá de una intervención decisiva de Estados Unidos”.
Las operaciones terroristas contra Cuba son descartadas habitualmente por los comentaristas como “travesuras insignificantes de la CIA”. Las víctimas, como es de suponerse, ven las cosas de una forma bastante diferente. Al menos podemos oír sus palabras en Voces desde el otro lado: Una historia oral del terrorismo contra Cuba, de Keith Bolender.
Los sucesos de octubre de 1962 son ampliamente aclamados como la mejor hora de Kennedy. Allison los ofrece como “una guía sobre cómo restar peligro a conflictos, manejar las relaciones de las grandes potencias y tomar decisiones acertadas acerca de la política exterior en general”. En particular, los conflictos actuales con Irán y China.
El desastre estuvo peligrosamente cerca en 1962 y no ha habido escasez de graves riesgos desde entonces. En 1973, en los últimos días de la guerra árabe-israelí, Henry Kissinger lanzó una alerta nuclear de alto nivel. India y Pakistán han estado muy cerca de un conflicto atómico. Ha habido innumerables casos en los que la intervención humana abortó un ataque nuclear momentos antes del lanzamiento de misiles por informes falsos de sistemas automatizados. Hay mucho en que pensar el 6 de agosto.
Allison se une a muchos otros al considerar que los programas nucleares de Irán son la crisis actual más severa, “un desafío aún más complejo para los formuladores de política de Estados Unidos que la crisis de los misiles cubanos”, debido a la amenaza de un bombardeo israelí. La guerra contra Irán está ya en proceso, incluyendo el asesinato de científicos y presiones económicas que han llegado al nivel de “guerra no declarada”, según el criterio de Gary Sick, especialista en Irán. Hay un gran orgullo acerca de la sofisticada ciberguerra dirigida contra Irán.
El Pentágono considera la ciberguerra como “acto de guerra”, que autoriza al blanco a “responder mediante el empleo de fuerza militar tradicional”, informa The Wall Street Journal. Con la excepción usual: no cuando Estados Unidos o un aliado es el que la lleva a cabo. La amenaza iraní ha sido definida por el general Giora Eiland, uno de los máximos planificadores militares de Israel, “uno de los pensadores más ingeniosos y prolíficos que (las fuerzas militares israelíes) han producido. De las amenazas que define, la más creíble es que “cualquier enfrentamiento en nuestras fronteras tendrá lugar bajo un paraguas nuclear iraní”.
En consecuencia, Israel podría verse obligado a recurrir a la fuerza. Eiland está de acuerdo con el Pentágono y los servicios de inteligencia de Estados Unidos, que consideran la disuasión como la mayor amenaza que Irán plantea. La actual escalada de la “guerra no declarada” contra Irán aumenta la amenaza de una guerra accidental en gran escala. Algunos peligros fueron ilustrados el mes pasado, cuando un barco estadunidense, parte de la enorme fuerza militar en el Golfo, disparó contra una pequeña nave de pesca, matando a un miembro de la tripulación india e hiriendo a otros tres.
No se necesitaría mucho para iniciar otra guerra importante. Una forma sensata de evitar las temidas consecuencias es buscar “la meta de establecer en Oriente Medio una zona libre de armas de destrucción masiva y todos los misiles necesarios para su lanzamiento, y el objetivo de una prohibición global sobre armas químicas” -lo que es el texto de la resolución 689 de abril de 1991 del Consejo de Seguridad, que Estados Unidos y la Gran Bretaña invocaron en su esfuerzo por crear un tenue cobertura para su invasión de Iraq, 12 años después.
Esa meta ha sido un objetivo árabe-iraní desde 1974 y para estos días tiene un apoyo global casi unánime, al menos formalmente.
Una conferencia internacional para debatir formas de llevar a cabo tal tratado puede tener lugar en diciembre. Es improbable el progreso, a menos que haya un apoyo público masivo en Occidente. De no comprenderse la importancia de esta oportunidad se alargará una vez más la fúnebre sombra que ha oscurecido el mundo desde aquel terrible 6 de agosto.
(Tomado de La Jornada)