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sábado, 5 de mayo de 2012

“Mi hijo se ha condenado eternamente!”



por Juan María Tellería Larrañaga
Yo mismo salvaré a tus hijos (Isaías 49, 25b BTX)
Mientras compartimos con todos nuestros amables lectores esta reflexión, no dejan de venirnos a la mente recuerdos e imágenes de ciertas situaciones que hemos vivido o hemos presenciado y, todo hay que decirlo, nos han hecho daño, moralmente hablando. Rememoramos en primer lugar a aquella señora de edad, creyente convencida y miembro de una pequeña congregación rural de nuestro país, que atravesaba por unos momentos de gran desánimo debido al reciente deceso de su esposo (también creyente) por suicidio, tras un largo proceso de profunda depresión; pero el desaliento de aquella hermana en la fe aún se había acentuado cuando el pastor de su iglesia, joven y recién llegado allí, lo primero que había hecho al saludarla y conocer la situación por la que estaba atravesando fue asegurarle, con gran vehemencia teológica y una salva interminable de versículos bíblicos, que su esposo estaba irremisiblemente condenado por su cobardía y su vergonzosa manera de poner fin a una vida que había recibido del Creador y sobre la que no tenía ningún derecho.
O también a aquella otra mujer creyente de otra congregación, que con infinita tristeza en la voz y en los ojos decía claramente a quienes conversaban con ella al concluir un culto lo terriblemente apenada que se sentía porque, tal como le recordaban de continuolos dirigentes de su congregación local, su hijo estaba perdido para siempre: había abandonado la Iglesia y vivía casado “en el mundo”, sin educar a sus hijos en la Palabra de Dios. ¡No había remisión para él!
Es triste escuchar a creyentes que pasan por este tipo de experiencias, desde luego. Pero lo que resulta realmente trágico es la comprobación palpable del espíritu condenatorio que existe en ocasiones en medios cristianos, tanto que algunos de los que se consideran responsables olíderes locales parecieran deleitarse con la idea de que personas creyentes se pierdan eternamente por no haber estado a la altura de ciertos requisitos o por no haber mostrado en su vida una serie de características definitorias y concluyentes de lo que significa ser un miembro comprometido de la Iglesia. Me pregunto muchas veces si no tendremos en nuestro entorno evangélico un gran porcentaje de lectores asiduos de la Biblia, pero otro muy pequeño de auténticos cristianos.
Digámoslo con claridad: el Evangelio de Jesucristo NO es un mensaje de condenación, sino de Salvación. Salvación con mayúscula. Aunque las Escrituras muestren profusión de textos en los que se evidencian los juicios de Dios contra la infidelidad o la ingratitud humana, pasajes que de ninguna manera podemos (¡ni debemos!) obviar, una lectura atenta del conjunto de la Biblia nos conduce irrevocablemente a la esperanza. El creyente cristiano está llamado a vivir en esperanza y a gozarse del don de la Gracia de Dios en Jesús que nos permite anticipar aquí y ahora la plenitud de nuestra redención.
Cuando los miembros de una comunidad determinada, ya sea grande o pequeña, urbana o rural, compuesta por gentes adineradas o sencillas, de una denominación u otra, se congregan en el Día del Señor para escuchar la Palabra de Dios y adorar a Cristo en comunión con él y entre los creyentes, lo hacen esperando salir confortados. A lo largo de la semana, cada uno brega con sus propios problemas, ya sean domésticos, laborales, económicos o estrictamente personales. El servicio de culto ha de constituir una ocasión especial, una auténtica recuperación de fuerzas, un respiro, una “recarga de pilas”, como dice un amigo mío muy querido. Es cierto que los problemas no nos van a abandonar; no desaparecerán por arte de magia; al contrario, estarán esperándonos a la salida del templo para acompañarnos otra vez a lo largo de la nueva semana. Pero al menos, esos momentos de escucha de la Palabra de Dios, de participación en el Sacramento y la oración y adoración conjunta, han de constituir un hito de especial relevancia, un alto en el camino, una inyección de ánimo.
Poco se puede animar a nadie cuando desde el púlpito se hace una proclama de condenación contra los propios creyentes, o cuando la Biblia se utiliza exclusivamente como un martillo con el que machacar a personas que lo que necesitan es todo lo contrario. A personas que van a la iglesia buscando consuelo. ¿De qué sirve luego condenar con tanta saña, como a veces se hace, a otras denominaciones históricas por sus errores y su falta de amor?
Sinceramente lo digo, no tengo argumentos válidos para condenar eternamente a nadie que, aun siendo creyente, haya puesto fin a su propia existencia en este mundo. Sin duda que no es lo mejor que se puede hacer con un don tan grande como la vida, que hemos recibido de Dios y que solo a él compete ponerle término. Pero cuando alguien, sumido en una depresión profunda, que no es sino una enfermedad mental muy grave, acaba consigo mismo, ¿puedo asegurar con total seguridad que haya quedado por ello excluido de la misericordia de Dios? ¿Y puede considerarse, no ya cristiano, sino simplemente humano, espetarle a un familiar de un suicida que ese ser querido está irremisiblemente condenado?
Por otro lado, ¿cómo puedo yo saber que un creyente que, por las circunstancias que fueren (las comprenda o no), haya abandonado la Iglesia se ha perdido para siempre? ¿Conozco tal vez el fin de sus días o todos los procesos de su mente o su razonamiento como para emitir con tanta seguridad juicios tan absolutos?
¿Soy yo Dios acaso para poder dictaminar sentencias eternas con tanta claridad?
El hilo conductor de las Escrituras me impulsa a transmitir ánimo, no desaliento. El mensaje del Evangelio de Cristo me impele a hablar de una salvación que es cierta, que es segura para los hijos de Dios, no de condenación. El Dios que se revela en las páginas de la Biblia se me muestra como Padre que quiere lo mejor para sus hijos, no como un enemigo o un saqueador de su propia heredad. Jesús nuestro Señor nos insta a no juzgar para que no seamos juzgados. Porque finalmente, la última palabra en relación con la vida o la muerte, en este mundo o en el otro, la tiene él. No la tengo yo. Ni ningún otro.
Incluso cometiendo errores tan graves como los que comentamos en esta reflexión, los creyentes estamos en buenas manos. En las mejores. Nuestra misión es vivir, compartir y proclamar esperanza porque nuestro Señor es el Salvador.


jueves, 2 de febrero de 2012

Consejería de la persona. Restaurando desde la comunidad cristiana.



Escrito el 02 febrero 2012 por Pedro Álamo
(Introduccción al nuevo libro “Consjería de la persona”, escrito por Pedro Álamo. Editorial Clíe)
No es fácil hablar de restauración debido a nuestras propias limitaciones personales, a que tenemos experiencias de fracaso, visiones parciales de la vida, obstáculos psicológicos que nos impiden comprender la verdadera dimensión de lo que Dios es capaz de hacer en medio de su pueblo.
Podemos conocer muchas teorías; incluso, intentar aplicarlas. Pero, al tratarse de personas, nos damos cuenta de que no hay una constante universal aplicable a todos los seres humanos.
Pedro Álamo
Cada uno de nosotros es único, tiene un bagaje, un trasfondo, unos condicionantes particulares, tanto familiares como personales y sociales que nos predisponen para pensar y actuar de formas radicalmente distintas a como lo harían otros e, incluso, a como lo haríamos nosotros mismos en otras circunstancias y momentos de la vida.

Dicho de otra forma, lo personal (físico, mental y espiritual) y lo social (ya sea la familia u otras personas con las que nos relacionamos) se afectan mutuamente estableciendo unas coordenadas que configurarán las respuestas que damos frente a las presiones a que nos vemos sometidos. Cambiando uno de esos parámetros (estado de ánimo, circunstancias familiares o laborales, enfermedad física…), puede verse afectada toda la cadena de respuestas que somos capaces de dar y esto se produce de manera inconsciente.
Para ilustrarlo de alguna forma, en la industria gráfica moderna, la impresión digital trabaja a partir de cuatro colores (CMYK); si queremos conseguir un color plano, como por ejemplo, el naranja, siempre tenemos que hacerlo a partir de la mezcla de los cuatro colores y cualquier variación en uno de ellos, aunque sea leve, afecta al resultado final. De la misma manera, la personalidad de un individuo se forma a partir de un gran número de parámetros y cualquier variación en uno de ellos afecta al resultado final; por eso todos somos tan diferentes, incluso dentro de una misma familia.
Por ello, será necesario recurrir a la Palabra de Dios para vislumbrar lo que el Creador nos propone tratando de no desvirtuar su legado.
Ahora bien, nadie que se atreva a hablar de restauración puede hacerlo desde una actitud prepotente, como si nunca hubiera descendido a las puertas del infierno. Solo se puede hablar de restauración desde la experiencia de pecado, con la conciencia alerta para no olvidar lo que todos nosotros somos: pecadores en proceso de restauración por la gracia de Dios. En este sentido, merecería la pena recordar las veces que hemos caído y qué proceso hemos seguido para volvernos a levantar y caminar con dignidad, como hijos de Dios.
Por ejemplo, ¿qué posibilitó que David, en cuyos salmos nos deleitamos, fuera restaurado por el Señor y continuara reinando después de haber adulterado, mentido y asesinado a uno de sus leales súbditos? ¿Cómo pudo Pedro escribir las cartas del Nuevo Testamento que llevan su nombre después de haber negado a Jesús y fuera señalado por Pablo como un hipócrita diciendo que era digno de condenar?
Israel vivió experiencias amargas en el desierto después de ser liberado de Egipto. Dios tuvo que batallar con un pueblo duro de cerviz. El desierto se convirtió en una experiencia vital para el pueblo de Dios, donde aprendió quién era el Señor y qué esperaba de los suyos. Allí, en el desierto, el alma podía ser muy fértil y el espíritu se mantenía despierto, expectante, para contemplar la gloria de Dios guiando a su pueblo hacia el reposo prometido.
Así las cosas, desierto y tierra prometida no se pueden separar, como tampoco se puede entender la liberación sin la esclavitud… De igual manera, ¿cómo podremos concebir la restauración sin la caída?
¡Si la Iglesia fuera capaz de comprender la verdadera dimensión de la restauración cristiana! Si la Iglesia tomara conciencia de que no está para juzgar a los demás, sino para ejercer misericordia, la restauración sería posible. La humildad es la mejor compañera de la restauración ya que, a partir de ahí, nos acercamos al otro con la actitud correcta, dispuestos a socorrerle en momentos de debilidad, incluso de rebeldía y, por qué no, de pecado.
Ahora bien, ¿quién ha de ser restaurado? ¿Quién ha de restaurar? ¿Qué procesos podemos establecer? ¿Hay principios activos en la Escritura que nos puedan orientar hacia este ministerio tan olvidado? ¿Qué síntomas nos permiten atisbar posibilidades de recuperación espiritual? ¿Qué impide la restauración eficaz?
Fijémonos que estamos hablando de la restauración de las personas, no de las cosas. Esto significa que entran en juego un sinfín de elementos que, en ocasiones, son difíciles de controlar. Además, presuponemos que puede haber avances y retrocesos en ese proceso de rehabilitación en el que todos estamos involucrados y que los errores que podamos cometer pueden dejar una huella muy penetrante en nuestra memoria personal y colectiva.
¡Cuántas personas se han distanciado de la Iglesia por haberse aplicado un procedimiento equivocado, una medicina incorrecta! Por supuesto, no estamos dudando de la buena intención de los miembros de la iglesia y de los pastores; pero, cuando alguien abandona, hemos de preguntarnos: ¿habremos hecho algo mal?, ¿podríamos haber actuado de otra forma?, ¿hemos sido lo suficientemente flexibles en esta situación?, ¿hemos tenido la paciencia necesaria y adecuada?, ¿hemos evidenciado el amor suficiente?…
En estos momentos, solo puedo acordarme de los años en que yo mismo desarrollé pautas y procesos equivocados en el ministerio pastoral que condujeron a resultados negativos en la restauración de algunas personas. La inexperiencia, la ignorancia, la falta de humildad, las presiones religiosas, los prejuicios… ¡Cuántas veces he lamentado esto! Pero aun así, nos ha de consolar pensar que, allí donde nosotros no lleguemos, allí donde nosotros nos equivoquemos, estará la buena mano de nuestro Dios que es capaz de arreglar lo que hemos estropeado. No obstante, sabedores de nuestras limitaciones, hemos de esforzarnos en poner todo el esmero y diligencia para servir a los demás con la mayor eficacia, con el mejor de los cuidados, no sea que cometamos un error y sea casi irreparable.
Pensemos en la vulnerabilidad de un enfermo. Depende enteramente de lo que el médico le indique. Un error en el diagnóstico, o en la medicación o en el proceso de recuperación, puede ser dramático. Aquí no caben improvisaciones; los descuidos se pagan muy caros.
Lo mismo ocurre en la vida espiritual. La negligencia puede acarrear grandes pérdidas personales y eclesiales. Por ello, vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio, al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor.[1]

Se puede adquirir el libro en:

[1] 2ª Pedro 1.5-7.

Sobre Pedro Álamo


Pedro Álamo es Bachiller en Teología, Licenciado en Psicología, Pastor y Profesor de Teología hasta el año 2001. Actualmente ejerce como delegado comercial en una Compañía de servicios tecnológicos para editoriales. Autor de "La iglesia como comunidad terapéutica", publicado por la Editorial Clie y "Llamados a restaurar", pendiente de edición. Miembro de la Iglesia Betel, en L'Hospitalet de Llobregat, Barcelona. Ha participado en tertulias radiofónicas sobre temas especializados de Teología en Onda Rambla, Barcelona.