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miércoles, 22 de mayo de 2019

La ciencia y la consciencia.


por Jaime Richart, Antropólogo y jurista

La Ciencia, como la Divinidad, es cuestión de fe. El ser humano, en sociedad, y más allá de la percepción del yo, está compelido a la fe constantemente. A su fe en la Ciencia como en los científicos, en la Religión como en sus pastores, en la Información como en los periodistas, en la Justicia como en los juristas, en la Política como en los políticos, en la Economía como en los economistas, en la Medicina como en sus doctores. Y así sucesivamente. Y ello pese a que entre sí discrepen los científicos, los teólogos, los periodistas, los economistas, los políticos, los juristas y los médicos, y el objeto de la fe sea el resultado del acuerdo de unas minorías…

Allá por los años treinta empezó a difundirse la, al parecer, falsa idea atribuida a Albert Einstein de que en el estado de vigilia normal de la conciencia sólo una décima parte del cerebro está en actividad. Idea que, de haber sido cierto que fue expresada por Einstein, fue desautorizada por la ciencia neurológica posterior.

La ciencia… ¿pero qué ciencia? ¿la que cierra filas para relatar al mundo los descubrimientos y verdades que cuadran con lo que interesan a unos cuantos por razones varias? ¿o la Ciencia no vertebrada, la de humanos aislados, genios o no, conocidos o anónimos, que descubren lo que a menudo niega la Ciencia bajo control? 

En todo caso, cada vez que me llega una noticia científica en portada o en suelto, o simplemente veo de una revista científica, pienso: bien, ya veremos qué dice al respecto dentro de quince o veinte años. Pues estoy cansado de haber ido asistiendo a lo largo de mi vida observadora, al ridículo espectáculo del decir y desdecirse de la ciencia, la médica incluida, que no es muy diferente de lo que hacen los políticos españoles en campaña y fuera de ella. Ello, con independencia de que ciertos fundamentos y principios sean útiles permitiendo funcionar sistemas enteros, incluida la cosmología. Pero una cosa es que una verdad sea útil, y otra que sea certera y para siempre. Principios y fundamentos, por cierto, que a menudo desplazan a otros que quedan en evidencia. Lo que me hace recordar esta otra inconcusa frase precisamente del Einstein ya muy entrado en años: “dos y dos son cuatro hasta nueva orden”. O lo que le dijo una noche a un compañero de paseo: “¿dejará de existir la luna cuando dejemos de mirarla?”. Esto, aparte de lo sabido acerca de muchos descubrimientos y experimentos a lo largo de la historia de la alquimia y luego de la ciencia que son rechazados porque trastocarían los razonamientos establecidos.

El caso es que tres personajes de las laderas de la Ciencia: Gurdjieff, Abellio y Meyrinck nos ponen en guardia. Gurdjieff, al decir que hemos de soñar despiertos. Abellio, que hemos de procurar la percepción de mi percepción, la transfiguración, la llave que nos hará dueños de la naturaleza interior. Y Meyrinck, que velar lo es todo…

Tengo pocas convicciones. Se nota. Quizá solo ésta: no tenemos una sola inteligencia. Tenemos varias. Y si sostenemos que sólo tenemos una, ésa será un promedio de las demás. Howard Gardner distingue ocho tipos de inteligencia. Hay quien habla de doce. Pues bien, combinando todos los datos, podríamos establecer estas premisas: quizá tengamos activado todo el cerebro según teorías actuales, pero es innegable que, para cualquier observador medio los niveles de consciencia -al menos de consciencia permanente- varían mucho entre unos individuos y otros. Yo diría que varían más que los evanescentes grados de inteligencia y el cociente intelectual que, útiles para medir ciertas capacidades el empleador para elegir al empleado, al igual que otras verdades científicas y tecnológicas, tienen un valor mucho más relativo en otros órdenes que no pertenezcan a la neurología y a la psicología…

En todo caso, cuando hablamos de un genio o de un superinteligente, de alguien con un cociente intelectual elevado nos referimos a un individuo con una o más de esas inteligencias que afirmo, hipertrofiada. De modo que, aparte otros factores, si el nivel de consciencia más o menos habitual, normal, está en el 1, en muchos individuos es letárgico y está por debajo del 1, y en otros casos está por encima del 1, sin que sea preciso tener a estos últimos por más inteligentes pero sí más lúcidos, estos están cuanto menos en el nivel 2.

Pues bien, en este nivel de la consciencia nos encontramos quienes escribimos en estos soportes digitales de absoluta libertad de expresión: tal es la intensidad y orden de nuestro raciocinio, tal es nuestra voluntad de objetividad y los esfuerzos por lograrla, tales son las combinaciones sintácticas y logísticas similares a los cálculos del jugador de ajedrez medio, antes de dar jaque mate a los aletargados, a los dormidos y a los pardillos… ¿Y sabéis por qué?, porque estamos despiertos y en nuestros análisis tomamos la distancia precisa para no dejarnos afectar por el ruido, por el griterío, por la tontuna de políticos y periodistas, ni tampoco por el empaque de la Justicia. Ni tampoco embaucados por la rotundidad que se imprime a las noticias salidas de la Ciencia. Desde luego, si la cristiandad vivió 1.600 años equivocada manteniendo el geocentrismo, qué fuerza moral nos obliga a creer que no vivimos equivocados negando la tierra plana o la tierra hueca, por ejemplo. A fin de cuentas, el verdadero progreso de la humanidad no viene por la precisión de los aparatos medidores, si no por las intuiciones, el ingenio y las habilidades del individuo aislado. En definitiva, por vías del espíritu… Y quien diga lo contrario es porque, como digo al principio, cree en la ciencia. Allá él. Nada gana ni nada pierden, tanto quienes afirman como quienes niegan. Al final, cuestión de fe… Detrás de toda la complejidad de que se rodea a la fabricación de la bomba atómica hay que saber que la liberación de la energía atómica se consigue disolviendo sal de uranio en agua pesada. Y el agua pesada se obtiene destilando el agua ordinaria durante 25 o 100 años. Un individuo eventualmente combinado con otro, la obtendría fácilmente.

Debieran saberlo los políticos antes de hablar y de rendirse en la intimidad a esta verdad, para evitar decir y hacer ese sinfín de necedades a que, en España, nos tienen acostumbrados. Y debiera saberlo también la Ciencia, la Ciencia en equipo, esa Ciencia que no pocas veces carece de conciencia…

lunes, 6 de mayo de 2019

¿Qué clase de progreso deseamos?



Jaime Richart, Antropólogo y jurista

A la pregunta: ¿somos los únicos?, viene a añadirse esta otra: ¿somos los últimos? ¿se detiene la evolución en el hombre? ¿no estará ya formándose el Ser Superior? ¿no estará ya entre noso­tros? Y este Superior, ¿tenemos que imaginarlo como un indivi­duo o como un ser colectivo, como la masa humana entera en vías de fermentar y coagularse, arrastrada toda ella al logro de la con­ciencia de su unidad y de su ascensión?

De verdad, cuando se oyen estas cosas, echando una ojeada al planeta y a sus perturbaciones gravísimas climáticas y tróficas, y al mundo de las naciones, de sus jerarcas, de sus intrigas, de sus in­tereses, de sus disparates, ¿podemos creer que el ser humano se está elevando por encima de sí mismo? ¿podemos afirmar que está adquiriendo facultades que no tenía, salvo la de potenciar su habilidad para generar incontables juguetes comunes a niños y adultos y otras fruslerías?

Porque ¿cuál es la medida del ser humano? La sociología y la psicología han evolucionado mucho más despacio que la física y las matemáticas. Es el individuo del siglo XIX, y luego del XX, y luego el del XXI, el que se encuentra de pronto en presencia de un mundo diferente. Pero, el de la sociología y de la psicología del siglo XIX, XX y XXI, ¿es el hombre verdadero? Nada menos seguro. Después de la revolución intelectual provocada por el Dis­curso del método, después del nacimiento de las ciencias y del espíritu enciclopédico, después de la gran aportación del raciona­lismo y del cientificismo optimista del siglo XIX, nos hallamos en un momento en que la inmensidad y la complejidad de lo real, que acaba de descubrirse, deberían modificar necesariamente lo que pensábamos hasta hoy de la naturaleza del conocimiento humano, conmover las ideas sobre las relaciones del hombre con su propia inteligencia; en una palabra, exigir una actitud muy dife­rente de lo que todavía ayer llamábamos actitud moderna.

Sin embargo, en multitud de aspectos da la impresión de que el conocimiento humano, más allá del pretencioso o temerario pro­nunciamiento categórico acerca de la materia que sea: desde la cosmología hasta la dietética, desde la geología hasta el dia­gnóstico de enfermedades y su tratamiento en permanente ensayo, etc, el conocimiento sólido, el que vale no para una época sino para siempre, apenas ha progresado. Me refiero, no al conoci­miento enciclopédico sino al de la naturaleza de las cosas y de uno mismo. Y si ha progresado y en la medida que haya avan­zado, poco o nada modifica los comportamientos individuales que siguen sujetos a la idiosincrasia de los pueblos, que no se despe­gan del egoísmo extremo, en unos casos, y de la generosidad ex­trema hacia los animales pero a menudo en detrimento de los humanos, en otros. Que si ha progresado, de poco le sirve al indivi­duo, cada día en conjunto más infeliz, más dependiente de lo superfluo, menos capacitado para encajar el dolor, menos tole­rante ante los reveses de la vida…

No deseo, no deseamos, quizá miles de millones de seres huma­nos en el mundo, más progreso material, fútil e irrelevante, solo aplicado en definitiva a prolongar un poco más la vida aunque sea penosísima, al acortamiento de las distancias, y a la comodidad que propicia la molicie. Deseo, deseamos, un progreso de la ampli­tud de miras, un progreso que consiste en considerar a los de­más seres humanos como un miembro más de nuestro cuerpo; que, en la conducta de las especies animales superiores que coope­ran entre sí veamos y actuemos en consecuencia, el sendero definitivo que conduce a la verdadera y segura ascensión del ser humano hacia su integración en ese Ser Superior, en ese Todo ab­solutamente por encima de sus elementos por separado…

1 Mayo 2019

sábado, 14 de mayo de 2016

Espiritualidad laica y Pentecostés.


José María García Mauriño

La espiritualidad laica ve así la fiesta de Pentecostés
La espiritualidad es el arte de vivir, de respirar, de acoger y de infundir espíritu. Las instituciones religiosas ya no tienen el monopolio de la verdad y del bien, de lo que hemos de creer y de lo que hemos de hacer. Es la espiritualidad emancipada de la tutela de la vida religiosa institucional,

Y la fiesta de Pentecostés la vemos así:

El espíritu de todo ser humano, de todo hombre y mujer, es patrimonio de toda la humanidad. No pertenece en exclusiva a ninguna religión, a ninguna ideología. Es la fuerza de su dignidad, la energía de los Derechos humanos que anida en el interior de cada persona. Hemos de invocar su presencia humanizadora al mundo entero, tan necesitado de humanización.

En este mundo no hay paz. Los hombres y mujeres se matan de manera ciega y cruel. No sabemos resolver nuestros conflictos sin acudir a la fuerza destructora de las armas. Nos hemos acostumbrado a vivir en un mundo ensangrentado por las guerras. Que este espíritu, esta fuerza del ser humano, despierte en nosotros el respeto a toda persona, a todos los pueblos. Debemos hacernos constructores de paz. No nos abandonemos al poder del mal.
Muchos de nosotros y nosotras vivimos esclavos del dinero. Atrapados por un sistema que nos impide caminar juntos hacia un mundo más humano. Los poderosos son cada vez más ricos, los débiles cada vez más pobres. Este espíritu humano liberará en nosotros la fuerza para trabajar por un mundo más justo. Ojalá nos hagamos más responsables y solidarios. No caigamos en manos de nuestro egoísmo.

La humanidad está rota y fragmentada. Una minoría de hombres y mujeres disfrutamos de un bienestar que nos está deshumanizando cada vez más. Una mayoría inmensa muere de hambre, miseria y desnutrición. Entre nosotros crece la desigualdad y la exclusión social. La fuerza del espíritu humano despertará en nosotros la compasión que lucha por la justicia. Nos enseñará a defender siempre a los últimos. No nos dejará vivir con un corazón enfermo.
Muchos viven sin conocer el amor, el hogar o la amistad. Otros caminan perdidos y sin esperanza. No conocen una vida digna, sólo la incertidumbre, el miedo o la depresión. Esperamos que el espíritu humano reavive en nosotros la atención a los que viven sufriendo. Que nos enseñe a estar más cerca de quienes están más solos. Que nos cure de la indiferencia.

Muchos de nosotros y nosotras no conocen el amor ni la misericordia. Se alejan de la humanidad porque tienen miedo. Nuestros jóvenes ya no saben hablar otro lenguaje. Los valores éticos se van borrando de las conciencias. Queremos despertar en todos y todas, la fe y la confianza en la humanidad.
La mayoría de nosotros, hombres y mujeres del mundo no sabemos cuidar de la vida. No acertamos a progresar sin destruir, no sabemos crecer sin acaparar. Estamos haciendo de este mundo un lugar cada vez más inseguro y peligroso. En muchos va creciendo el miedo y se va apagando la esperanza. No sabemos hacia dónde nos dirigimos. Esperamos contra toda esperanza que este espíritu humano nos haga caminar hacia una vida más sana, más justa y solidaria. La esperanza es propia de los que luchan, no de los que se quedan en casa. Otro mundo posible nos está esperando.

lunes, 12 de agosto de 2013

Los transgénicos destruyen la biodiversidad dañando al ser humano.


Sylvia Ubal

Adital

Científicos y ambientalistas indignados por este premio Nobel a Monsanto.

Robert T. Fraley, vicepresidente ejecutivo de Monsanto, de la trasnacional conocida como la gigante de los transgénicos, fue galardonado con el prestigioso Premio Mundial de la Alimentación, por su mejora de la oferta mundial. ¿Cómo puede ser que se conceda un galardón a una compañía que ha sido denunciada en el mundo entero, porque sus productos son considerados altamente dañinos para la salud?

Vivimos en un mundo al revés, en el que se premia a las multinacionales de la agricultura transgénica, mientras acaban con la agricultura y la agrodiversidad. El día 19 de junio, se dieron a conocer los ganadores del Premio Mundial de la Alimentación 2013, lo que algunos llaman el Nobel de Agricultura, que se otorgó a tres ejecutivos de compañías de la industria transgénica, Robert T. Fraley, vicepresidente ejecutivo de Monsanto y director de tecnología, compartirá los 250 mil dólares del Premio Mundial de la Alimentación con los científicos Mary-Dell Chilton de Syngenta y el tercer galardonado ha sido Marc Van Montagu de la Universidad de Gante (Bélgica), autores de un método que permite insertar genes ajenos en las plantas y que promueven un modelo agrícola que genera hambre, pobreza y desigualdad.

Los mismos argumentos, imagino, que llevan a conceder el Nobel de la Paz a quienes fomentan la guerra. Como dice el escritor Eduardo Galeano, en su libro ‘Patas arriba’ (1998), “…se premia al revés: se desprecia la honestidad, se castiga el trabajo, se recompensa la falta de escrúpulos y se alimenta el canibalismo”.
Con la concesión del premio, a empresas como Monsanto y Syngenta, el jurado promueve la concentración del poder en manos de unas pocas empresas multinacionales, y a su vez nos envía una muy mala señal para el futuro de la seguridad alimentaria y la agricultura al dar la voz a desarrollos tecnológicos que, están destruyendo la biodiversidad, aumentando la dependencia de los agricultores a semillas y productos químicos y que aplican la titularidad de patentes multinacionales, e ignora la evidencia mundial que ha demostrado por miles de años, que la agricultura ecológica puede mejorar la productividad y beneficiar a los suelos y la biodiversidad, sin obligar a los agricultores a comprar las semillas y productos químicos caros.
Los transgénicos destruyen la biodiversidad dañando al ser humano
No sólo son los transgénicos son inseguros, se están destruyendo la biodiversidad, aumentan la dependencia de los agricultores a semillas y productos químicos y conducen a la aparición de súper plagas y súper malezas.

Son una receta para la inseguridad alimentaria y la insustentabilidad. Numerosos estudios publicados han demostrado que los productos transgénicos son altamente dañinos para la salud y pueden causar cáncer, infertilidad e incluso malformaciones en los fetos.

Monsanto produce desde pesticidas tóxicos prohibidos como el DDT, los bifenilos policlorados, (Pcb’s, uno de los contaminantes más nocivos jamás fabricados) hasta armas químicas como el agente naranja, utilizada en la guerra de Vietnam. En las últimas tres décadas se ha dedicado a la industria agroalimentaria, produciendo el herbicida más vendido del mundo, el glifosato, más conocido como Roundup, y a la biotecnología, comercializando organismos genéticamente modificados, los transgénicos.

Nos quieren hacer creer que las actuales políticas, son las que nos han conducido a la presente situación de crisis alimentaria, la realidad nos demuestra, a pesar de los discursos oficiales, que el actual modelo de agricultura y alimentación es incapaz de dar de comer a la gente, cuidar de nuestras tierras y de aquellos que trabajan el campo. Hoy, a pesar de que, según datos del instituto GRAIN, la producción de alimentos se ha multiplicado por tres desde los años 60, mientras que la población mundial desde entonces tan solo se ha duplicado, 870 millones de personas en el mundo pasan hambre. Hambre, en un planeta de la abundancia de la comida.

La FAO advierte, en los últimos 100 años desapareció el 75% de la diversidad agrícola La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) reconoce que en los últimos cien años han desaparecido el 75% de las variedades agrícolas. Nuestra seguridad alimentaria no está garantizada, al depender de un abanico cada vez más reducido de especies animales y vegetales. En definitiva, se promueven aquellas variedades que más se adecuan a los estándares de la agroindustria (que pueden viajar miles de kilómetros antes de llegar a nuestro plato, que tengan un buen aspecto en las estanterías del supermercado, etc.).
Se nos dice que para acabar con el hambre en el mundo hay que producir más alimentos y que en consecuencia es necesaria una agricultura transgénica. Pero hoy de comida no falta sino sobra.

No tenemos un problema de producción, sino de acceso. Y la agricultura transgénica no democratiza el sistema alimentario; al contrario, privatiza las semillas, promueve la dependencia campesina, contamina la agricultura convencional y ecológica e impone sus intereses particulares al principio de precaución que debería de prevalecer.

Comunidad científica y ambientalistas indignados por este premio Nobel
Marie Monique Robin, autora del libro y el documental ‘El mundo según Monsanto’ (2008), lo deja claro: estas empresas quieren “controlar la cadena alimentaria” y “los transgénicos son un medio para conseguir este objetivo”. Premios como los concedidos a Monsanto y Cigüeñita son una farsa, y que están contribuyendo a los problemas que nos mantienen encerrados en un mundo donde cientos de personas pasan hambre mientras hay abundancia de comida y la agricultura, al dar la voz a desarrollos tecnológicos que, aplicando la titularidad de patentes multinacionales, buscan establecer un modelo de agricultura que socava la sustentabilidad y la democracia.

Científicos y activistas de todo el mundo se sienten indignados y expresaron su conmoción frente a la selección de los ganadores El premio envía una muy mala señal para el futuro de la seguridad alimentaria, estas empresas, manifiestan que especialmente los más afectados por sus productos son los países más desfavorecidos, al hambre y la escasez hay que sumar la dependencia que tienen los agricultores de las semillas, productos fitosanitarios y otras herramientas que se utilizan en los cultivos transgénicos. Ponen como ejemplo el caso dramático de la India, muchos agricultores estaban endeudados con las compañías biotecnológicas y al no poder hacer frente a los pagos se suicidaban

Frances Moore Lappé (EE.UU., RLA 1987), autor de “Dieta para un pequeño planeta”, comentó: “Los galardonados con el Premio Mundial de la Alimentación están contribuyendo a los problemas que nos mantienen encerrados en un mundo donde cientos de personas pasan hambre mientras hay abundancia de comida “.
[Fuente: Barómetro Internacional].

Fuente: Red Mundial de Comunidades Eclesiales

jueves, 5 de mayo de 2011

Lo divino en lo humano.


Luis Marcos Tapia, Chile

El cristianismo se presenta muchas veces como una religión que ha exacerbado la separación entre lo humano y lo divino. Dios se muestra como absolutamente trascendente, separado de toda la realidad humana y, aunque se dice que esta separación no es original, sino que se debe a la “caída” del ser humano, parece olvidarse que el ser humano es creado a imagen del mismo Dios. Debido al “pecado original” la naturaleza humana, y con ella toda la realidad mundana, dejan de ser apropiadas para la “santidad” de Dios. Dios tiene que apartarse y condenar. Esta visión de la realidad deja un “gusto” negativo a toda la vida y realidad humana en general y lo único correcto a hacer es morir a lo humano y terreno para alcanzar lo divino. De ahí que ser cristiano se entienda muchas veces como algo opuesto a ser humano.

Sin embargo, si partimos mirando el relato de Jesús y su vida, y no ponemos en primer lugar el relato negativo que la iglesia nos ha trasmitido, se comienza a ver algo muy distinto. Jesús es aquel que desde su humanidad manifiesta su divinidad. Todo lo que dice y hace nos indica que perdemos el camino hacia lo divino cuando miramos exclusivamente al cielo y no bajamos nuestros ojos hacia los niños, los enfermos, los pobres, la hierba, los peces, los lirios del campo, los pájaros, las ovejas, la viña, los árboles, sus frutos, y, por supuesto, el pan y el vino.

Jesús nos muestra que cuando perdemos de vista la tierra, cuando perdemos de vista al prójimo, perdemos de vista a Dios. Ser cristiano es amar la tierra y el ser humano hasta las últimas consecuencias, tal como Dios en Jesús. Sólo cuado miramos y amamos como Jesús podemos decir que tenemos comunión con él y su Padre. Servir a Dios y servir al ser humano se pueden equiparar, tal como Jesús lo hizo al enseñarnos el gran mandamiento de amar a Dios y amar al prójimo.

Las luchas que ha tenido el protestantismo sobre si el ser humano participa de su salvación con su aprobación y apertura a la fe o si es Dios quien lo hace todo desde su soberana decisión y pre-elección dejan de tener sentido cuando ya no vivimos en el dualismo divino/humano. No se puede contraponer el esfuerzo humano por hallar a Dios y la revelación y salvación que Dios pone en marcha. Desde una perspectiva cristiana es Dios mismo que inspira en el hombre que lo busque y la autonomía del agente humano no excluye la acción divina sino que la presupone. Dios y el hombre no son dos realidades externas sino que Dios, sin dejar de ser trascendente, es inmanente en lo humano/terreno.

Las categorías de lo sagrado y lo profano se trastocan. Ser cristiano es ser radicalmente humano. (Küng) La salvación no es vivir “otra cosa” sino “eso mismo” pero radicalizado, planamente humanizado y, por tanto, divinizado. Vivir en la salvación es mirar la tierra y la humanidad y ver en ellas el Reino, la casa, el jardín, el huerto de Dios.

Fuente: Lupa Protestante

martes, 26 de abril de 2011

Leo Boff: La enfermedad llamada ser humano.



Esta frase es de F. Nietzsche y quiere decir que el ser humano es un ser paradójico, sano y enfermo: en él viven el santo y el asesino. Bioantropólogos, cosmólogos y otros afirman: el ser humano es a un mismo tiempo sapiente y demente, ángel y demonio, dia-bólico y sim-bólico. Freud dirá que en él hay dos instintos básicos: uno de vida que ama y enriquece la vida y otro de muerte que busca la destrucción y desea matar. Importa enfatizar que en él coexisten simultáneamente las dos fuerzas. Por eso, nuestra existencia no es simple sino compleja y dramática. En ocasiones predomina la voluntad de vivir y entonces todo irradia y crece. En otros momentos gana la partida la voluntad de matar y entonces se producen violencias y crímenes como el que ocurrió recientemente en Río de Janeiro.

¿Podemos superar este desgarro en el ser humano? Fue la pregunta que A. Einstein planteó a S. Freud en una carta del 30 de julio de 1932: « ¿Existe la posibilidad de dirigir la evolución psíquica al punto de tornar a los seres humanos más capaces de resistir a la psicosis del odio y de la destrucción?» Freud respondió con realismo: «No existe la esperanza de suprimir de modo directo la agresividad humana. Lo que podemos hacer es recurrir a vías indirectas, reforzando el principio de vida (Eros) contra el principio de muerte (Thanatos). Y terminaba con una frase resignada: «hambrientos, pensamos en el molino que muele tan lentamente que podríamos morir de hambre antes de recibir la harina». ¿Será este nuestro destino?

¿Por qué escribo estas cosas? Por causa del demente que el día 5 abril mató a balazos a 12 estudiantes inocentes de entre 13-15 años y dejó 12 heridos en una escuela de un barrio de Río de Janeiro. Ya se han hecho un sinnúmero de análisis, y se han sugerido innumerables medidas como la de restringir la venta de armas, montar esquemas de seguridad policial en cada escuela y otras. Todo eso tiene su sentido. Pero no toca el fondo de la cuestión. La dimensión asesina, seamos concretos y humildes, habita en cada uno de nosotros. Tenemos instintos de agredir y de matar. Está en la condición humana. Poco importan las interpretaciones que le demos. La sublimación y la negación de esta anti-realidad no nos ayudan. Hay que asumirla y buscar formas de mantenerla bajo control e impedir que inunde la conciencia, fortalecer el instinto de vida y asumir las riendas de la situación. Freud lo sugería: todo lo que hace crear lazos emotivos entre los seres humanos, todo lo que civiliza, toda la educación, todo arte y toda competición por lo mejor, trabaja contra la agresión y la muerte.

El crimen perpetrado en la escuela es horripilante. Los cristianos conocemos la matanza de los inocentes ordenada por Herodes. Por miedo a que Jesús, recién nacido, fuera más tarde a arrebatarle el poder, mandó matar a todos los niños de los alrededores de Belén. Los textos sagrados traen las expresiones más conmovedoras: «En Ramá se oyó una voz, mucho llanto y gemidos: es Raquel que llora sus hijos y no quiere ser consolada porque ya no existen» (Mt 2,18). Algo parecido ocurrió con los familiares de las víctimas.

Este hecho criminal no está aislado de nuestra sociedad. Esta no es que tenga violencia, es peor, está montada sobre estructuras permanentes de violencia. Aquí valen más los privilegios que los derechos. Marcio Pochmann en su Atlas Social do Brasil nos trae unos datos estremecedores: El 1 % de la población (cerca de cinco mil familias) controlan el 48% del PIB y el 1% de los grandes propietarios detenta el 46% de todas las tierras. ¿Se puede construir una sociedad de paz sobre semejante violencia social? Estos son aquellos que abominan hablar de reforma agraria y de modificaciones en el Código de la Floresta. Valen más sus privilegios que los derechos de la vida.

El hecho es que en las personas perturbadas psicológicamente, la dimensión de muerte, por mil razones subyacentes, puede aflorar y dominar la personalidad. No pierden la razón. La usan al servicio de una emoción torcida. El hecho más trágico, estudiado minuciosamente por Erich Fromm (Anatomia de la destructividad humana, 1975) fue el de Adolf Hitler. Desde joven fue tomado por el instinto de muerte. Al final de la guerra, al constatar la derrota, pide al pueblo que destruya todo, envenene las aguas, queme los suelos, liquide los animales, derribe los monumentos, se mate como raza y destruya el mundo. Efectivamente él se mató y todos sus seguidores próximos. Era el imperio del principio de muerte.

Corresponde a Dios juzgar la subjetividad del asesino de la escuela de estudiantes. A nosotros condenar lo que es objetivo, el crimen de gravísima perversidad, y saber localizarlo en el ámbito de la condición humana. Y usar todas las estrategias positivas para hacer frente al Trabajo de lo Negativo y comprender los mecanismos que nos pueden subyugar. No conozco otra estrategia mejor que buscar una sociedad justa, en la cual el derecho, el respeto, la cooperación, la educación y la salud estén garantizados para todos. Y el método que nos indica Francisco de Asís en su famosa oración: llevar amor donde reina el odio, perdón donde hubiere ofensa, esperanza donde hay desesperación y luz donde dominan las tinieblas. La vida cura la vida y el amor supera en nosotros el odio que mata.
Fuente: ServiciosKoinonia.org