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viernes, 9 de marzo de 2012

Los deberes humanos.



Por Susana Merino.
Buenos Aires.
La Asamblea General de las Naciones Unidas acaba de aprobar una Declaración sobre los defensores de los derechos humanos dirigida no solo a los Estados y a los defensores de los derechos humanos sino a todos los habitantes del planeta considerados como igualmente responsables de su cumplimiento. Y está bien que así sea.
Sin embargo si nos detenemos a pensar, advertiremos muy pronto que poco o nada se dice en la actualidad de esas y de otras responsabilidades que también nos competen. Ya en los tiempos bíblicos, aparece por primera vez la noción del otro, del prójimo, de aquel  a quién nos une un destino común. Cuando después   de la muerte de  Abel, a manos de Caín, Yahvé lo interpela, preguntándole: “¿Dónde está tu hermano?” y este le responde “No lo sé ¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?”  Una respuesta que, sin duda, nadie podría calificar de antigua o superada, sino que sigue teniendo más bien  una reconocible cotidianeidad lo que de algún modo nos recuerda que debemos ser  corresponsables no solo de la debida consideración y el respeto a los derechos humanos de nuestros congéneres  sino también de la supervivencia  de nuestra generación  y de  la de las generaciones futuras, en la que es hoy nuestra casa común.
Próximamente, en la prevista Cumbre Rio+20 se propondrá que la ONU apruebe la Carta Universal de los Derechos de la Naturaleza, sobre la base del documento elaborado por la Conferencia de los pueblos realizada en Cochabamba (Bolivia) y adoptada por las constituciones de Bolivia y Ecuador. Y cuyo objetivo es sin duda proteger y conservar nuestro hermoso e irreemplazable planeta azul.
Si aceptamos, sin embargo, que la naturaleza o Gaia, como la bautizara James Lovelock, por sugerencia de su amigo el escritor William Golding y cuyo nombre evoca el de la diosa griega de la tierra, es como él mismo la definiera “un todo coherente donde la vida, su componente característico se encarga de regular sus condiciones esenciales tales como la temperatura, composición química y salinidad en el caso de los océanos” y “en el que todas sus partes están tan relacionadas como las células de nuestro cuerpo” es indudable que los derechos de la naturaleza no difieren de los de los seres humanos en cuanto al prudente respeto en que debe basarse la intervención humana  en ese organismo vivo del que inexorablemente formamos parte.
De modo que cuando se habla de los derechos de la naturaleza estamos aludiendo elípticamente a nuestras propias responsabilidades con relación a ella, puesto que como decía Gandhi en una Carta de 1947 a las Naciones Unidas "Mi madre, que era ignorante pero tenía un gran sentido común, me enseño que para asegurar los derechos es necesario un acuerdo previo sobre los deberes"  Y es en estos deberes en los que deberíamos poner el acento.
Es cierto que según la definición de Lovelock la tierra es un organismo vivo pero un organismo que si bien se rige por leyes sabiamente estructuradas, carece de la racionalidad y de los mecanismos necesarios como  para ejercer su propia defensa o delegarla expresamente en quienes pudieran hacerlo.  Es decir que nosotros como seres pensantes no deberíamos siquiera plantearnos la posibilidad de hallarnos empeñados en su destrucción  como lamentablemente lo estamos haciendo.
Creo que tanto nuestra supervivencia como la del planeta dependen de la adopción o la recuperación de pautas éticas que parecen haber desaparecido de nuestro bagaje cultural mientras que contrariamente se han seguido manteniendo con envidiable persistencia en las comunidades indígenas. Dice Leonardo Boff “¿Cuáles son la ética y la moral vigentes hoy? Las del capitalismo. Su ética dice: bueno es lo que permite acumular más con menos inversión y en el menor tiempo posible. Su moral concreta reza: emplear la menor cantidad de gente posible, pagar menos salarios e impuestos y explotar mejor la naturaleza. Imaginemos cómo sería una casa y una sociedad (ethos) que tuviesen tales costumbres (moral/ethos) y produjesen caracteres (ethos/moral) igualmente conflictivos. ¿Sería todavía humana y benéfica para la vida? Aquí está la razón de la grave crisis actual”
En consecuencia pareciera hora de hablar no tanto ya de derechos sino de “obligaciones humanas" porque nuestro mundo no podrá seguir funcionando por mucho tiempo más si no reflexionamos sobre esta perentoria necesidad y no  arbitramos los medios para impedir que la codicia se convierta en un nuevo Leviatán, algo que ya está sucediendo en algunas regiones del planeta y que es una de las causas  más distorsivas del hambre y de la miseria en el mundo. 
De obligaciones y de  deberes humanos en   relación a las actividades extractivas, a la deforestación, a la eliminación de la biodiversidad, a los monocultivos, a la explotación irracional del suelo cuyos ciclos de recuperación solo podrían medirse en miles o millones  de años… es decir transformando nuestro acendrado y egoísta individualismo en algo así como una especie de alter-eco-centrismo en el que prime la valoración del otro y la del medio con el que estamos recíprocamente destinados a compartir la vida.
La vida en sociedad impone a cada uno de sus miembros ciertas obligaciones. Ciertas normas de conducta  que implican no perjudicar los intereses de los demás según derechos previamente establecidos y contribuir además a su mantenimiento y a la defensa de los bienes comunes, de modo que si el accionar de uno o de un grupo de individuos es perjudicial para el conjunto de la sociedad, esa sociedad tiene derecho a juzgarlos y a sancionarlos, impidiéndoles en primer término la continuidad de su accionar.
Cuando los conculcados son los actualmente llamados “derechos de la naturaleza” es indiscutible que toda la sociedad a través de sus gobiernos debe exigir la cancelación inmediata de esas actividades  pues debe constituir un deber inalienable de las políticas de estado asumir la defensa de las riquezas naturales de su jurisdicción e impedir el deterioro ambiental que esas actividades pudieran ocasionar al medio físico y a la salud de sus habitantes.
El teólogo José M. Mardones, señala con acierto en su libro “El hombre económico, orígenes culturales” que “El problema ecológico de deterioro de la naturaleza y la misma vida en general cuestionan radicalmente la lógica del desarrollo y del crecimiento continuo, se impone una nueva cultura de la austeridad y de relaciones no explotadoras con la naturaleza. Finalmente el problema del sentido y de una ética cívica para la convivencia humana nos confronta con la desecación de las tradiciones y la pérdida de orientaciones normativas compartidas. Necesitamos recuperar el sentido personal y colectivo de la vida más allá del pragmatismo funcionalista del tener, poseer o consumir. Nuestra sociedad ansía sentido para vivir más allá de las razones económicas”
De modo que sin un rescate ético de los valores fundamentales que garantizan la vida, sin el ejercicio ciudadano del respeto y consideración hacia el prójimo, incluida la seguridad de su sustento actual y futuro, sin asumir las responsabilidades que nos competen en la defensa de la naturaleza, cuyos “derechos” solo pueden ser sostenidos por nuestros deberes y nuestras obligaciones morales hacia su carácter de madre nutricia o pachamama, es muy probable que el destino de la humanidad se halle condenado a un aciago e incierto porvenir.+ (PE)
PreNot 9871
120309

Fuente: Ecupres

miércoles, 16 de marzo de 2011

¿EVOLUCION O REVOLUCION?


Por Susana Merino.

Buenos Aires.

Hace ya muchos años, cuarenta, cincuenta, sesenta, no sé tantos o más que los que tengo que los grandes gurúes de la economía nos habían venido prometiendo que la copa desbordaría y que todos seríamos felices y comeríamos perdices… ¿Cuántas generaciones han pasado “sobre” los puentes, esperando, confiando, creyendo que el prometido crecimiento económico alcanzaría para que todos pudiéramos disfrutar de una vida digna? ¿Cuántas generaciones deberán aparecer y extinguirse todavía si seguimos alentando esa falacia?

Aunque la torta esté llegando a los límites de un crecimiento que le está imponiendo forzosamente la naturaleza, el afán por hacerla cada vez más grande lo ignora y nada tiene que ver, como dice el economista chileno Manfred Max-Neef (1), con la “justicia social” sino que lo que buscan empresarios, políticos y gobernantes es “seguir manteniendo la misma proporción que les fuera otorgada por el sistema” aunque tienda a evidenciarse cada vez más una reducción de la parte de la torta correspondiente a los más pobres.

Nada cambiará mientras no nos decidamos a comprender que la solución está en, cito nuevamente a Max-Neef “pasar de la mera explotación de la naturaleza y de los más pobres del mundo a una integración e interdependencia creativa y orgánica” de “un gigantismo destructivo a una pequeñez creativa”

Existen ya muchos y variados síntomas de que tanto la humanidad como la madre tierra están buscando un equilibrio largamente amenazado por la codicia, la sobreexplotación, el sometimiento de los más débiles y aunque algunas manifestaciones naturales como los terremotos, las erupciones volcánicas, los huracanes no sean producto directo de la intervención humana son voces de alerta que nos recuerdan que nuestra suficiencia, nuestra soberbia son nada frente a la potencia oculta de la naturaleza y a su potencial hartazgo por el maltrato a que venimos sometiéndola desde hace varios siglos.

Cuando hace ya poco más de veinte años el Consenso de Washington estableció las reglas aún vigentes con que el neoliberalismo orientó e introdujo sus políticas en casi todo el mundo, no hubo la menor mención sobre las probables consecuencias que esas directivas acarrearían a la sociedad ni al planeta:

Disciplina fiscal, Reordenamiento de las prioridades del gasto público, Reforma Impositiva, Liberalización de los tipos de interés, Cambio competitivo. Liberalización del comercio internacional, Liberalización de la entrada de inversiones extranjeras directas, Privatización, Desregulación, Derechos de propiedad.

Este simple enunciado pone en evidencia que nadie recordó ya “el derrame de la copa”, que nadie mencionó que el objetivo fundamental, el crecimiento sostenido, redundaría en beneficio de los países y de las comunidades más pobres, algo inimaginable desde luego, por cuanto ese conjunto de directivas estaban orientadas a desregular el mercado laboral, a entregar la explotación de los recursos naturales de los países subdesarrollados a las empresas transnacionales, a reducir los gastos de los estados en políticas sociales, poniéndolas bajo la instrumentación y el control de dos grandes organizaciones burocráticas supraestatales el F.M.I. y el Banco Mundial.

Y ya que el derrame de la copa de la riqueza no solo no se ha dado espontáneamente sino que por el contrario se han establecido condicionamientos para que eso no suceda, pareciera que el mundo, el mundo sometido, el mundo marginado, la humanidad desplazada de su propio suelo ha decidido desde hace ya más de una década, desde Seattle en 1999, para ponerle una fecha, tomar al toro por las astas y comenzar a desarrollar tareas de concientización, de movilización, de convocatorias, de análisis, de diagnóstico y de propuestas para poner en marcha una verdadera ¿evolución?, ¿revolución? .

Para mí allí reside el problema. Ya nadie, salvo quienes empecinadamente ciegos pretenden conservar sus privilegios, puede negar la proximidad de grandes cambios que incluirán la moral, la ética, la política, la ecología, la economía… Sobre todo estas dos últimas tendrán que recordar su raigal parentesco y marchar juntas nuevamente hacia un destino común para pasar como dice el teólogo brasileño Leonardo Boff de la era tecnozoica a la ecozoica, “manteniendo los ritmos de la Tierra, produciendo y consumiendo dentro de sus límites y poniendo el principal interés en el bienestar humano y en el de toda la comunidad terrestre”. Porque de mantener sus actuales desacuerdos estaríamos frente a esa temida catástrofe planetaria que predicen los más tremendistas.

Yo creo que la humanidad no tiene vocación suicida y que más temprano que tarde encontraremos los caminos que nos conduzcan hacia esa transformación que de alguna manera nos anticipa Edgar Morin cuando dice que “debemos llegar a una metamorfosis post histórica a una civilización planetaria cuya forma es imposible prever”

Las actuales insurrecciones populares de los países árabes, las todavía tímidas manifestaciones de estudiantes y de trabajadores en Wisconsin y Ohio (EE.UU.), las incontables reacciones populares frente a la destrucción ecosistémica que producen los emprendimientos mineros a cielo abierto en todos los países del área andina, desde Centro América hasta la Patagonia, las reacciones populares en la misma Europa frente a la desocupación y la reducción de los beneficios sociales, son todos síntomas, indicios, anticipos de una toma de conciencia que irá globalizándose gradual o aceleradamente. Pero que pareciera estar decididamente en marcha.

¿Evolución o revolución? Quisiera apostar por una evolución consciente y aceptada porque no todas las revoluciones terminan exitosamente o generan los cambios necesarios pero por sobre todas las cosas porque en las revoluciones la sangre la ponen siempre los más débiles, los más pobres, los más necesitados aquellos a quienes en primer lugar deberían alcanzar los cambios que soñamos.+ (PE)

(1) Manfred Max-Neef “ La economía descalza” Editorial NORDAN, 1986.

PreNot 9396

Fuente: ECUPRES

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