jueves, 3 de marzo de 2011

Leo Boff: La poetisa, la mística y la gata.


La Iglesia católica italiana viene presentando a lo largo de su historia una contradicción fecunda. Por un lado está la fuerte presencia del Vaticano, representando a la Iglesia oficial con su masa de fieles mantenidos bajo un vigilante control social por las doctrinas y especialmente por la moral familiar y sexual. Por otro, está la presencia de cristianos, laicos y laicas, no alineados, resistentes al poder monárquico e implacable de la burocracia de la Curia romana, pero abiertos al evangelio y a los valores cristianos; sin romper con el papado, aunque críticos de sus prácticas y del apoyo que da a regímenes conservadores e incluso autoritarios.

Así tenemos en el siglo XIX la figura de Antonio Rosmini, fino filósofo y crítico del antimodernismo de los Papas. En tiempos recientes identificamos a figuras como Mazzolari, Raniero La Valle, Arturo Paoli, la eremita Maria Campello. Entre todos destaca Adriana Zarri, eremita, teóloga, poetisa y eximia escritora. Además de varios libros, escribía semanalmente en el diario Il Manifesto y quincenalmente en la revista de cultura Rocca.


Era durísima con respecto al actual curso de la Iglesia bajo los papas Wojtyla y Ratzinger, a quienes acusaba directamente de traicionar los intentos de reforma aprobados por el Concilio Vaticano II (1962-1965) y de volver a un modelo medieval de ejercicio de poder y de presencia de la Iglesia en la sociedad. Falleció el 18 de noviembre de 2010 con más de 90 años.


La visité algunas veces en su eremitorio cerca de Strambino en el norte de Italia. Vivía sola en un enorme y vetusto caserón, lleno de rosas y con su querida gata Archibalda. Tenía una capilla con el Santísimo expuesto donde se recogía varias horas al día en oración y profunda meditación.

En nuestras conversaciones, ella quería saber todo sobre las comunidades eclesiales de base, del compromiso de la Iglesia en la causa de los pobres, de los negros y de los indígenas. Tenía un especial cariño por los teólogos de la liberación, al ver la persecución que sufrían por parte de las autoridades del Vaticano que los trataban, según ella, «a bastonazos», mientras que usaban guantes de seda con los seguidores del cismático Mons. Lefèbvre.

Su último artículo, publicado tres días antes de su muerte, se lo dedicó a su querida Archibalda. Con ella, como pude testimoniar personalmente, tenía una relación afectuosa, como de íntimos amigos. Aquello que nuestra gran psicoanalista junguiana Nise da Silveira describió en su libro Gatos, la emoción de convivir, lo confirmó Zarri: «el gato tiene la capacidad de captar nuestro estado de ánimo; si me ve llorando, inmediatamente viene a lamer mis lágrimas». Cuentan que la gata estuvo junto a ella mientras expiraba. Al ver llegar a los amigos para el velatorio se enrollaba, nerviosa, en la cortina de la sala. Poco antes de que cerrasen el féretro, como si supiese la hora, entró discretamente en la capilla.

Alguien, sabiendo del amor de la gata por Adriana Zarri, la cogió por el cuello y la acercó al rostro de la difunta. La miró largamente; parecía que lagrimeaba. Después se puso debajo de féretro y permaneció allí en absoluta quietud.

Esto me hace recordar a nuestra gata Blanquita. Parece una niña frágil y elegante. Se apegó de tal manera a mi compañera Márcia que la acompaña siempre y duerme a sus pies, especialmente cuando tiene algún disgusto. Capta su estado de ánimo y procura consolarla restregándose contra ella y maullando suavemente.

Adriana Zarri dejó escrito su epitafio que vale la pena reproducir: «No me vistan de negro: es triste y fúnebre. Ni de blanco, porque es soberbio y retórico. Vístanme de flores amarillas y rojas, y con alas de pajarillos. Y Tú, Señor, mira mis manos. Tal vez me han puesto un rosario, o una cruz. Pero se equivocaron. En las manos tengo hojas verdes y sobre la cruz, tu resurrección. No coloquen sobre mi tumba un mármol frío, con las mentiras acostumbradas para consolar a los vivos. Dejen que la tierra escriba, en primavera, un epitafio de yerbas. Allí se dirá que viví y que espero. Entonces, Señor, tú escribirás tu nombre y el mío, unidos como dos pétalos de amapolas».
La escritora y mística de los ojos abiertos, Adriana Zarri, nos mostró cómo vivir y morir bella y dulcemente.


Leonardo Boff
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¿Cómo te llamas?


Hace una semana, comentaba mi pena –más que sorpresa– al constatar que ningún alumno en el aula de la Universidad conocía la historia de Eva, ni la historia de Saray la Princesa, ni la de Hagar la esclava egipcia y la de Ismael, su hijo libre, padre de innumerables hijos aún esclavos. Y casi seguro que tampoco conocen la historia de Caín y Abel, y menos aun la de Jacob y Esaú, o la de Noemí y su nuera extranjera Ruth, o la de Tobías y su hijo Tobit y el buen ángel Rafael, o la de Daniel en el foso de los leones. Ni siquiera la historia de María y José y de su hijo, un tal Jesús. Nombres, nombres. Si recorriéramos todos los archivos del mundo con todos los nombres, sería como recordar la historia universal desde la creación, o incluso desde antes. Y no cesaríamos de reír y de llorar.

Todos los nombres tienen su historia –o su mito, que es otra forma de decir lo real en forma de relato–, una historia con un pasado que es presente, con un presente que es futuro. No solo somos aquello que somos (y ¿quién sabe exactamente lo que somos?), sino también aquello que fuimos, y somos incluso aquello que seremos. Y tu nombre propio es ese lugar hecho de carne, tu propia carne, donde se dan cita el pasado que fuiste y el futuro que también eres en todos aquellos que llevarán tu nombre y seguirán tu estela. Es una pena que nuestros jóvenes universitarios ignoren la historia de sus nombres, y no sepan remontar el curso de su vida, como un río, hacia sus fuentes, donde todos nos encontraríamos, al igual que las mujeres de la Biblia se encuentran junto a los pozos con sus futuros esposos. Todas las historias del pasado forman nuestra historia, tan plural y única, tan diversa e idéntica a la vez. Son historias como la nuestra, es más, son nuestra propia historia.

Pienso que todos los padres, al igual que buscan con cariño para sus hijos las frutas más saludables y los colegios más humanos, con el mismo cariño deberían buscar en los atlas, en las enciclopedias, en los libros sagrados y en todos los libros la historia de los nombres que pusieron a sus hijos, y enseñársela a la vez que las primeras palabras, y contársela desde niños al igual que los cuentos, para abrirles los ojos acerca de lo más atroz y de lo más bello. Si tu hija se llama Ana, explícale que significa “Gracia” y cuéntale que, antes de que hubiera reyes en Israel, hubo una mujer que lloraba mucho porque se creía estéril, pero siguió confiando y concibió al profeta Samuel. Y que hubo otra Ana, profetisa ella, de la tribu de Aser, que a sus ochenta y cuatro años fue la primera persona que reconoció a Jesús como liberador, cosa que le llenó de tanta alegría que no pudo guardársela para sí. Y no importa que tus hijas o hijos no lleven esos bellos nombres bíblicos ni los nombres de tantas santas y santos cristianos. Todos los nombres y todas las historias son igualmente sagradas. Naira, Nahia, Lara, Yadira, Aimar, Haritz, Hodei, Hibai… Si tu hijo se llama Haritz (que en vasco significa “roble”) u Hodei (“nube”) o Hibai (“río”), cuéntale que el río vuelve a la nube, a veces incluso antes de llegar al mar, y que cuando la nube llueve, el roble se alegra y que gracias a sus hojas todos podemos respirar, y que de lo más alto del roble, ya en febrero, la malviz anuncia la primavera. Y dile también que nadie todavía ha logrado explicar por qué canta la malviz en lo más alto de la rama y por qué, por el contrario, el zarcero se oculta en la espesura, siendo su canto tan brillante como es. (Por cierto, ya canta la malviz en el bosquecillo de Sansinenea, al lado de casa).

Tu hijo crecerá y es probable que algún día vaya a la Universidad. Me gustaría que nunca perdiera el deseo de preguntarse y saber más acerca de su nombre. Y que todas las ciencias y todos los saberes de la Universidad le ayudaran a satisfacer, es decir, a avivar ese deseo. Que todas las ciencias y los saberes todos fueran lo que siempre han sido: otras tantas maneras de sorprenderse y seguir preguntando, de mirar la realidad y admirarla, de cuidar la vida y de curar sus muchas heridas. Que la telemática, la nanoingenieria y la neurobiología no solo enseñaran cómo está hecha la materia, sino cómo eso que llamamos “materia” es en realidad misteriosa “mater” y “matriz” de eso que llamamos “espíritu”, que fluye en el agua, reverdece en el roble, canta en la malviz y cuenta historias en la boca de una madre. Que todas las ciencias enseñaran no ya a dominar y explotar la naturaleza, sino a cuidarla en todas sus formas, una de las cuales somos nosotros, los seres humanos con nuestros nombres propios. Y que todas las ciencias, también por supuesto las prodigiosas matemáticas, tuvieran como primer objetivo enseñar a contemplar activamente y a cuidar contemplativamente el universo como inmensa comunión de relaciones desde el origen sin origen hasta el fin sin fin. ¿Para qué si no la Universidad, la universalidad de los saberes?

Perdóneseme una digresión. Edgar Morin, filósofo, sociólogo, sabio multidisciplinar (o transdisciplinar), ha señalado los siete objetivos fundamentales que ha de tener el saber en general y el saber universitario en particular:

  • primero, curar la ceguera del conocimiento, ayudar a detectar y subsanar los errores de nuestras ideas y de nuestros mitos sobre el propio saber;
  • segundo, garantizar el conocimiento pertinente, procurar una “inteligencia general” que nos permita guiarnos en el universo cada vez más inabarcable de la información que nos invade;
  • en tercer lugar, enseñar la condición humana, nuestra triple condición de individuos, de sociedad y de ciudadanos del planeta global;
  • en cuarto lugar, enseñar la condición terrenal, ese auténtico sentimiento de pertenencia a nuestra Tierra, nuestra última y primera patria;
  • en quinto lugar, enfrentar las incertidumbres, educar para vivir serenamente en un mundo en el que la incertidumbre crece en la misma proporción que el saber;
  • en sexto lugar, enseñar la comprensión y la tolerancia del otro, para formar juntos una vasta democracia planetaria y abierta;
  • en séptimo lugar, enseñar una ética universal del género humano, más allá de la ética individual y más allá de la ética de un pueblo, una cultura, una religión (pero también, aunque no lo diga Edgar Morin, más allá de una ética centrada en el bien de la especie humana, pues resulta cada vez más palmario que no puede haber ética humana fuera de una ética ecológica cuyo criterio sea el máximo bien posible de todos los seres de la creación, desde el agua y el roble hasta la malviz y el humano).

Sólo un saber así nos capacitaría para responder a la pregunta más sencilla y primera: ¿cómo te llamas? Estos últimos años en la Universidad, a vueltas con Bolonia, nos han apremiado con guías de aprendizaje, competencias e indicadores, y así tendrá que ser. Pero creo que Edgar Morin estaría de acuerdo en que la principal competencia que la Universidad debe desarrollar, tanto en alumnos como también en profesores, es aquella que nos permita responder, de manera siempre fragmentaria y provisional, pero en nombre propio, a la pregunta por nuestro propio nombre. El nombre que tenemos lo hemos recibido. La historia la hemos heredado. Pero a cada uno le toca hacerlo propio, restaurarlo y transmitirlo. A cada uno nos está destinado, como está escrito en el libro del Apocalipsis o Revelación, “un maná escondido y una piedrecita blanca con un nombre nuevo, que solo conoce el que lo recibe” (Ap 2,17). El maná me será obsequiado por el cielo, pero habré de buscarlo cada mañana en la intemperie. El nombre nuevo y único me será regalado, pero habré de esforzarme cada día en responder humildemente a la pregunta decisiva por mi propio ser y por el de todos los seres: ¿Cómo te llamas?

José Arregi

Para orar. ¿Quién? (Luis Guitarra)

¿Quién escucha a quién cuando hay silencio?
¿Quién empuja a quién, si uno no anda?
¿Quién recibe más al darse un beso?
¿Quién nos puede dar lo que nos falta
¿Quién enseña a quién a ser sincero?
¿Quién se acerca a quién nos da la espalda?
¿Quién cuida de aquello que no es nuestro?
¿Quién devuelve a quién la confianza?
¿Quién libera a quién del sufrimiento?
¿Quién acoge a quién en esta casa?
¿Quién llena de luz cada momento?
¿Quién le da sentido a la Palabra?
¿Quién pinta de azul el Universo?
¿Quién con su paciencia nos abraza?
¿Quién quiere sumarse a lo pequeño?
¿Quién mantiene intacta la Esperanza?.
¿Quién está más próximo a lo eterno:
el que pisa firme o el que no alcanza?
¿Quién se adentra al barrio más incierto
y tiende una mano a sus “crianzas”?
¿Quién elige a quién de compañero?
¿Quién sostiene a quién no tiene nada?
¿Quién se siente unido a lo imperfecto?
¿Quién no necesita de unas alas?

Fuente: ATRIO

Las iglesias, las ONG y los gobiernos deben esforzarse en combatir el SIDA, dice el CMI.


Después de tres decenios de la pandemia del SIDA, resulta evidente que las iglesias, los organismos no gubernamentales y los gobiernos tienen que multiplicar sus esfuerzos para combatir la enfermedad y sus efectos, dijo el órgano rector central del Consejo Mundial de Iglesias (CMI) durante su reunión de febrero de 2011.

ALC/CMI
Ginebra, martes, 1 de marzo de 2011

El CMI, en una de sus iniciativas programáticas más eficaces, ha creado y distribuido unos 50.000 ejemplares de libros con el fin de afrontar los duros desafíos pastorales y teológicos del SIDA en África.

Después de un cuarto de siglo de llevar a cabo esta iniciativa de publicación y educación, el Comité Central CMI se refirió esta semana a “la fisonomía cambiante de la pandemia” y estimuló a las iglesias miembros a que perseveren en sus esfuerzos y hagan suya la visión del programa de las Naciones Unidas ONUSIDA: “Cero nuevas infecciones, cero discriminación, cero muertes relacionadas con el SIDA”.

El Comité Central hizo sus observaciones por medio de una breve declaración o una “nota” en la que destaca la labor de la iniciativa ecuménica sobre el VIH y el SIDA en África (Ecumenical HIV and AIDS Initiative in Africa, EHAIA), que comenzó en 2002 en el ámbito del programa del CMI sobre salud y sanación en cooperación con la Conferencia de Iglesias de toda África.

La iniciativa de publicar libros va aumentando gracias a la red de capacitación y distribución centrada en cinco oficinas regionales de África – Nairobi, Lomé, Kinshasa, Harare y Luanda –, que coordinan la formación pastoral y conectan los programas con los seminarios.

“Comprensión teológica inspirada y rigurosa”

La EHAIA es rigurosamente contextual y tiene por objeto acompañar a las iglesias y a las instituciones teológicas para que lleguen a ser "competentes en el VIH”, dice la coordinadora del proyecto Rvda. Dra. Nyambura Njoroge.

"La serie de libros”, afirmó, “aporta una contribución decisiva mediante una comprensión teológica del VIH y el SIDA, que es inspirada y rigurosa. Incluye también una capacitación apropiada de los clérigos y laicos, así como el fortalecimiento de la capacidad de las iglesias para comprometerse en la acción local encaminada a vencer los desafíos que acompañan al VIH y el SIDA”.

Entre los principales recursos de la serie cabe señalar los volúmenes que tratan del estigma del SIDA, las perspectivas teológicas de salud y enfermedad, la sexualidad y el género, programas de estudios para seminarios y los desafíos específicos que se plantean para los jóvenes, el cuidado pastoral y la política pública.

Hoy en día los jóvenes de más de 14 años representan el 40% de las nuevas infecciones de adultos en todo el mundo, y más del 90% de todas las nuevas infecciones entre los niños se registran en el África Subsahariana, según estadísticas de las Naciones Unidas.

Pese a los progresos que se realizan en la lucha contra el VIH y el SIDA, la declaración del CMI cita los nuevos problemas que plantean los niños nacidos con el VIH que se acercan a la madurez sexual, las parejas en las que uno o los dos cónyuges conviven con el VIH, y también las necesidades de millones de viudas, viudos y huérfanos.

A pesar de que el mundo ha realizado grandes progresos en la atención, prevención y tratamiento, “hay más de 33 millones de personas que viven con el VIH”, dice la declaración; esta cifra incluye a 10 millones de personas que esperan todavía un tratamiento.

Desde la primera aparición de la pandemia hace 30 años, se estima que 60 millones de personas han resultado infectadas con el VIH, de las cuales más de 25 millones han muerto. Sólo en 2008, se estima que 2,7 millones de personas resultaron infectadas con el VIH y murieron 2,0 millones de personas por enfermedades relacionadas con el SIDA, según datos de las Naciones Unidas.

Hasta ahora, la epidemia ha dejado huérfanos a más de 14 millones de niños en el África Subsahariana.

25 años estimulando la atención médica y pastoral

El compromiso del CMI en la lucha contra el VIH y el SIDA se remonta a 1986, en que varias iglesias y la Organización Mundial de la Salud se dirigieron al a la sazón secretario general, Rev. Dr. Emilio Castro, con el fin de luchar contra el estigma del SIDA que desalentaba la recaudación de fondos para la atención médica y pastoral de las personas afectadas por la enfermedad.

Los esfuerzos y las asociaciones CMI, centrados en la sensibilización y la educación, han ido creciendo mediante la edición de publicaciones, la creación de redes y la capacitación. El primer manual sobre atención pastoral apareció en 1991.

El compromiso cada vez mayor con las iglesias y las instituciones teológicas condujo a la publicación de la serie de libros y a la realización de los esfuerzos de acompañamiento de la EHAIA. Desde 2001, la Alianza Ecuménica de Acción Mundial ha asumido las responsabilidades de la tarea de sensibilización.


Fuente: Acción Ecuménica

miércoles, 2 de marzo de 2011

Argentina: Asume primera abogada especialista en derecho indígena en la Defensa Pública.


Servindi, 2 de marzo, 2011.- Ayer, en la ciudad de Esquel, asumió funciones Delia Susana Pérez, la primera abogada adjunta especializada en Derecho Indígena dentro de la Defensa Pública de la Argentina.

Con este acontecimiento, el Estado avanza en garantizar el acceso a la justicia de los indígenas, y contribuye a visibilizar el tema en el Poder Judicial.

El acto tuvo lugar en la Oficina Judicial Penal de los Tribunales, en la provincia de Chubut. Ahí, el defensor general de la ciudad, Arnaldo Hugo Barone puso en funciones al Defensor Jefe de la Circunscripción Judicial de Esquel, Gerardo A. Tambussi, quien a su vez, luego tomó juramento a la letrada.

El acontecimiento se enmarca en un proceso impulsado por la Defensa Pública desde hace algunos años, que busca defender los derechos de los integrantes del Pueblo Mapuche-Tehuelche del Chubut.

Para lograr este propósito, se difunde y capacita a operadores judiciales sobre los derechos de los Pueblos Indígenas. Asimismo, los Defensores Públicos especializados en la defensa de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC) abordan la problemática, asesorando y patrocinando a personas o comunidades indígenas.

La asunción representa un gesto importante, sobre todo si se considera que recientemente retomó sus funciones el juez Oscar Colabelli, quien fue separado de su cargo acusado de ordenar una brutal represión contra la comunidad “Vuelta del Río”.

Reconocimiento de la propiedad de las tierras

Algunos de los derechos más vulnerados de las comunidades nativas de la zona son: la posesión y propiedad comunitaria de las tierras que tradicionalmente ocupan y la participación en la gestión de los recursos naturales de los territorios donde habitan, que se indican en el artículo 34 de la Constitución del Chubut.

Por esa razón, la Defensa Pública reafirma la necesidad reconocer las tierras que actualmente ocupan, y las que debieron abandonar, en ocasiones obligados por maniobras ilegales e ilegítimas.

El defensor general de Chubut, Arnaldo Hugo Barone, explicó que los casos más graves de títulos de tierras otorgados, omitiendo la existencia de comunidades, se produjeron después de 1958.

Fuente: Servindi

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Nicolás Castellanos: 'El Vaticano no es referente para nosotros los creyentes'


"Un discípulo de Jesús no puede vivir en un Palacio"


La Iglesia ocupa el último lugar en credibilidad en el mundo de

los jóvenes"


El obispo emérito de Palencia Nicolás castellanos, que renunció a su cargo para dedicarse a las misiones en Bolivia y creó laFundación Hombres Nuevos, ha asegurado que "la Iglesia hoy no es un referente" en los países desarrollados y que el Vaticano tampoco lo es para los creyentes.

En declaraciones a la Ser, Nicolás Castellanos ha asegurado que cuando vuelve de España lo hace "triste por la Iglesia".

En su opinión, "la Iglesia hoy no es un referente" en los países del Norte, mientras que en los países del Sur, como Bolivia, es la institución de mayor credibilidad.

Es más, ha agregado que "la Iglesia ocupa el último lugar en credibilidad en el mundo de los jóvenes", según los datos recogidos por la encuesta sobre los jóvenes de la Fundación Santa María.

Sin embargo, el obispo emérito de Palencia ha defendido el papel y el mensaje "liberador, sanador y humanizador" de la Iglesia pero ha asegurado que "hay que ver por dondeconectamos con esa sociedad multicultural, plural, multirreligiosa para que el mensaje liberador de Jesús llegue a todos".

"El Vaticano no es el referente para nosotros, los creyentes", ha señalado, al tiempo que ha asegurado que sí lo es el Evangelio de Jesús y, en los últimos tiempos, el Concilio Vaticano II, al igual que en América Latina lo son las grandes asambleas de los obispos de Medellín, Puebla o Santo Domingo.

También ha criticado la riqueza de algunos sectores de la Iglesia, argumentando que "un discípulo de Jesús no puede vivir en un Palacio", sino que debe vivir lo más sencillamente posible.

"No acumulando, sino sencillamente compartiendo, que es la palabra clave en mi vida y todos los discípulos de Jesús, compartir y ser solidario", ha añadido.

En relación con el presidente de Bolivia, Evo Morales, el padre Castellanos ha asegurado que "nunca se ha interesado por el proyecto" que la Fundación Hombres Nuevos ha desarrollado en aquel país.

Asimismo, ha apuntado que el barrio de El Plan 3.000, que tiene 300.000 habitantes -el 60% pobres y 40% en la miseria- no ha visto ninguna mejora desde que está Morales. "Ni en este barrio ni en el país", ha subrayado.

La Fundación Hombres Nuevos, creada en 1999, trabaja en los barrios más marginales de Santa Cruz de la Sierra, capital de Bolivia, una ciudad habitada por un millón y medio de personas de las que el 70 por ciento viven en la más absoluta pobreza y donde hay más de 15.000 niños que viven en la calle.

En este tiempo Hombres Nuevos ha creado más de 60 escuelas, numerosas instalaciones deportivas y de ocio, una facultad de teatro y un vivero de microempresas con capacidad para 25 negocios. (RD/Efe)

Fuente: Religión Digital.com