viernes, 21 de diciembre de 2018

La casa común.



Gabriel Mª Otalora

La persona religiosa que camina en dirección a su vocación se ve forzada, con frecuencia, a modificar el rumbo. A veces solo es necesario un cambio en la forma de hacer las cosas. Pero para lograrlo, necesita fe además de tesón. Cuando se dan ambas -fe y tesón- descubrimos que cada mañana atesora una bendición escondida en el camino de aprendizaje y maduración que es la vida, proyectada en origen para convertirse en la mejor posibilidad de cada persona.

Pero si la fe y el tesón no se riegan suficiente y adecuadamente, lo que predominará no es la construcción del sentido vital sino la identificación de Dios con nuestra propia cultura y con los dioses particulares que facilitan el desarrollo del poder por encima de la actitud de servidor (minister). Entonces se quiebran el ejemplo y la confianza, que son las dos bases de cualquier convivencia humana sana, también entre cristianos. El ejemplo genera confianza y ambos incardinan la base del verdadero liderazgo humano, el que irradiaba Jesús con amor (auctoritas). En este sentido, uno de los campos peor arados por la institución eclesial es el de los seglares, mayoritarios en número, pero tratados en clave de minoría de edad religiosa durante muchos siglos.

Las consecuencias han sido graves al constatar que la institución eclesial es más importante que el Mensaje: imponer en lugar de convencer (zelotismo), clericalismo (paternalismo que busca poder), encastillamiento con los suyos (casta selecta), abuso de autoridad, dureza de corazón… y las dos conductas que más disgustaron a Jesús: hipocresía y falta de misericordia. Cuando sale a la luz algo tan terrible como la pederastia, la mal llamada prudencia trata de preservar la institución incluso frente al Papa Francisco, verdadero azote de la hipocresía que escandaliza a cualquier persona de buena fe. Ocurrió algo parecido con las finanzas vaticanas. Ahora resulta difícil separar tantos años de malas praxis de la buena noticia de Jesús.

El Papa sorprendió con su Carta al Pueblo de Dios, publicada en plena crisis de la pederastia norteamericana, denunciando al elitismo y autoritarismo eclesial, da igual si ha sido por los clérigos o los laicos, porque favorecen los abusos en la Iglesia. El Papa llega a afirmar que el clericalismo es autoritarismo. Nadie puede acaparar o ignorar la acción del Espíritu en los demás. Esa es la gran tentación de una jerarquía centrada en sí misma: creer que el Espíritu tiene que pasar necesariamente por ella para actuar, dinamizar y dirigir a su Iglesia. Es la gran tentación también del laicado que no se compromete en las realidades que el Evangelio señala, cuando muchas personas actúan cristianamente desde su agnosticismo o ateísmo manifestando al Espíritu sin saberlo.

El homo sapiens debería ser llamado homo religiosus (Robert R. Marett) ya que lo sagrado es un elemento en la estructura de la conciencia humana a pesar de que el clericalismo ha entrado en crisis y que los laicos y laicas tenemos que sacudirnos pasividades, comodidades e inhibiciones para dedicar tiempo al compromiso activo en la comunidad cristiana y en la sociedad para fomentar un verdadero liderazgo de servicio. La crisis de vocaciones ha agravado el problema, porque no hay vocaciones sacerdotales ¡ni laicales! y la misión de evangelizar solo se produce con el ejemplo.

Sobre la distribución de los dones del Espíritu nada indica que estén repartidos solo entre los varones. Todo creyente hombre o mujer, judío o gentil, esclavo o liberto, recibe los dones que lo capacitan. Pablo encuentra a cristianas en los lugares de misión y él las respeta a la vez que reconoce y admira su labor. Los prejuicios androcéntricos han intentado rebajar la importancia paulina de la mujer pero “Ya no hay hombre ni mujer porque todos vosotros sois uno en Cristo”. Conocemos incluso la existencia de ministerios femeninos en las comunidades cristianas y nuestro santoral, sin ir más lejos, cita a 27 diaconisas: santas Tatiana, Susana, Justina, Irene…

Todos estamos llamados a seguir a Cristo y evangelizar según el espíritu de las bienaventuranzas desde los diversos carismas. Es falsa la división clásica que separaba a los cristianos en dos sectores: el llamado a una vida de perfección en la consagración de los tres votos (pobreza, castidad y obediencia) y el de la mayoría laical como cristianos de segunda categoría. No hay estados más o menos perfectos desde la Última Cena. A partir de entonces, Cristo es el gran mediador y maestro que reúne en su persona a los tres: Sacerdote, Profeta y Rey. Y quienes recibimos el bautismo somos proclamados como tales ante el obispo cuando nos confirma los tres derechos y deberes evangélicos adquiridos por el bautismo: testimonio, misión y servicio.

La casa de Dios, es de todos y todas por igual; solo es cuestión de tiempo el que así sea.

(*) Gabriel Mª Otalora, autor de La revolución pendiente; la Iglesia vista por un laico. Prólogo de Juan María Laboa. Editorial San Pablo, 2018.

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