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domingo, 5 de mayo de 2019

Francisco: "Los migrantes son una oportunidad para enriquecer al pueblo que los integra".

Audiencia del Papa a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales

“Nuestras obligaciones con los migrantes se articulan en torno a cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar”.

De ahí que un Estado que despierte sentimientos nacionalistas contra otras naciones o grupos de personas “fracasaría en su misión” afirmó

Todas las naciones son el resultado de la integración de sucesivas oleadas de personas o grupos de migrantes y tienden a ser imágenes de la diversidad de la humanidad, estando unidas por valores y recursos culturales comunes y sanas costumbres, recordó

Les pidió que colaboren con él en la difusión de esta conciencia de renovada solidaridad internacional en el respeto de la dignidad humana, el bien común, el respeto del planeta y el bien supremo de la paz


Vatican News

Al dar su bienvenida este mediodía, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, el Papa Bergoglio agradeció a su Presidente, el Profesor Stefano Zamagni, sus amables palabras y por haber aceptado presidir esta Academia. Y recordó inmediatamente que también este año han elegido tratar un tema de actualidad permanente:


"Desafortunadamente – dijo el Santo Padre – tenemos ante nuestros ojos situaciones en las que algunos Estados nacionales implementan sus relaciones en un espíritu más de contraposición que de cooperación” Y añadió que, además, se constata que lasfronteras de los Estados no siempre coinciden con demarcaciones de poblaciones homogéneas y que muchas tensiones se deben a una excesiva reivindicación de soberanía por parte de los Estados, a menudo precisamente en ámbitos en los que ya no son capaces de actuar eficazmente para proteger el bien común.



Desafíos de carácter global para la humanidad


Además, el Pontífice destacó que tanto en su Encíclica 'Laudato si’ como en su Discurso a los Miembros del Cuerpo Diplomático de este año, él mismo ha llamado la atención sobre los desafíos de carácter global a los que se enfrenta la humanidad, tales como el desarrollo integral, la paz, el cuidado de la casa común, el cambio climático, la pobreza, las guerras, las migraciones, la trata de personas, el tráfico de órganos, la protección del bien común y las nuevas formas de esclavitud.


Después de citar a Santo Tomás con su noción de lo que es un pueblo, el Obispo de Roma afirmó que “la Iglesia siempre ha exhortado al amor de su propio pueblo, de la patria, a respetar el tesoro de las diversas expresiones culturales, de las costumbres y hábitos y de los modos justos de vivir enraizados en los pueblos.



El nacionalismo conflictivo levanta muros


Y destacó que la Iglesia ha advertido siempre a las personas, a los pueblos y a los gobiernos acerca de las desviaciones de este apego cuando se dirige a la exclusión y al odio de los demás, cuando se convierte en un nacionalismo conflictivo que levanta muros, es más, incluso en racismo o antisemitismo”.


Por esta razón Francisco no dudó en recordar que “la Iglesia observa con preocupación el resurgimiento, en casi todas partes del mundo, de corrientes agresivas hacia los extranjeros, especialmente los inmigrantes, así como ese nacionalismo creciente que descuida el bien común".


Sí, porque como dijo el Papa, “esto podría comprometer las formas ya consolidadas de cooperación internacional”, haciendo que se corra el riesgo de “socavar los objetivos de las Organizaciones internacionales como espacio de diálogo y de encuentro para todos los países en un nivel de respeto mutuo, y obstaculizar el logro de los Objetivos de desarrollo sostenible aprobados unánimemente por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 25 de septiembre de 2015”.
El Estado está al servicio de las personas


También reafirmó que es doctrina común que el Estado está al servicio de la persona y de los grupos naturales de personas como la familia, el grupo cultural, la nación como expresión de la voluntad y de las costumbres profundas de un pueblo, el bien común y la paz. Y dijo que sin embargo, “con demasiada frecuencia los Estados están subordinados a los intereses de un grupo dominante, sobre todo por razones de beneficio económico, que oprime, entre otras, a las minorías étnicas, lingüísticas o religiosas que se encuentran en su territorio”.


Y desde esta perspectiva y a modo de ejemplo Francisco agregó que el modo con que una nación acoge a los migrantes revela su visión de la dignidad humana y su relación con la humanidad. En efecto – prosiguió diciendo el Papa – “toda persona humana es miembro de la humanidad y tiene la misma dignidad”. Y “cuando una persona o una familia se ve obligada a abandonar su propia tierra, debe ser acogida con humanidad”.






Acoger, proteger, promover e integrar


Por eso recordó que muchas veces ha dicho que “nuestras obligaciones con los migrantes se articulan en torno a cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar”. Sabiendo que “el migrante no es una amenaza para la cultura, las costumbres y los valores de la nación que lo acoge”. Y que también él tiene el deber de integrarse en la nación receptora. Precisando, sin embargo que “integrarse no significa asimilar, sino compartir el tipo de vida de su nueva patria, aunque siga siendo él mismo como persona, portador de su propia historia biográfica”.


De este modo – añadió Francisco – el migrante podrá presentarse y ser reconocido como una oportunidad para enriquecer al pueblo lo integra. De manera que “es tarea de la autoridad pública proteger a los migrantes y regular los flujos migratorios con la virtud de la prudencia, así como promover la acogida de manera que las poblaciones locales reciban formación y se les aliente a participar conscientemente en el proceso de integración de los migrantes que son acogidos”.


El Papa Francisco les dijo además que la cuestión migratoria, que es un dato permanente de la historia de la humanidad, anima la reflexión sobre la naturaleza del Estado nacional, teniendo en cuenta que todas las naciones son el resultado de la integración de sucesivas oleadas de personas o grupos de migrantes y tienden a ser imágenes de la diversidad de la humanidad, estando unidas por valores y recursos culturales comunes y sanas costumbres. De ahí que, según el Pontífice, un Estado que despierte los sentimientos nacionalistas de su propio pueblo contra otras naciones o grupos de personas “fracasaría en su misión”, sabiendo, por la historia, “adónde conducen estas desviaciones”.


Tras referirse al principio de subsidiariedad, el Papa manifestó que es de esperar que, por ejemplo, no perdamos en Europa la conciencia de los beneficios de este camino de acercamiento y armonía entre los pueblos emprendido después de la Segunda Guerra Mundial. Y recordó que en América Latina, Simón Bolívar impulsó a los líderes de su tiempo a forjar el sueño de una Patria Grande que sepa y pueda acoger, respetar, abrazar y desarrollar la riqueza de cada pueblo. “Esta visión cooperativa entre las naciones – dijo Francisco – puede hacer avanzar la historia relanzando el multilateralismo, opuesto tanto a los nuevos impulsos nacionalistas como a una política hegemónica”.


Entre otros temas relacionados el Pontífice aludió a evitar la amenaza de recurrir a los conflictos armados, al diseño de una globalización imaginada como esférica, que nivela las diferencias y sofoca la localización, y a la implementación de una globalización "polifacética", que apoye una sana lucha por el reconocimiento mutuo entre la identidad colectiva de cada pueblo y nación y la propia globalización, según el principio de que todo está por encima de las partes, a fin de llegar a un estado general de paz y armonía.


Por último el Papa los animó a perseverar en su búsqueda de procesos para superar lo que divide a las naciones y a proponer nuevos caminos de cooperación, especialmente con respecto a los nuevos desafíos del cambio climático y la nueva esclavitud, así como el excelso bien social que es la paz.


Llamándolos queridos amigos, “como habitantes de nuestro tiempo, cristianos y académicos de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales”, el Santo Padre les pidió que colaboren con él en la difusión de esta conciencia de renovada solidaridad internacional en el respeto de la dignidad humana, el bien común, el respeto del planeta y el bien supremo de la paz. Y tras bendecirlos de corazón les dijo que los acompaña con su oración, a la vez que les pidió que también ellos no se olviden de rezar por él.




martes, 6 de mayo de 2014

Piketty, el economista “capital”.


Un economista francés llamado Thomas Piketty es el nuevo hijo predilecto del New York Times y la élite intelectual estadounidense, que lo ha adoptado como su talismán. Su último libro El Capital en el siglo XXI, que todavía no se ha traducido al castellano, contiene 970 páginas en su edición francesa y “llevarlo debajo del brazo se ha convertido en la nueva herramienta de conexión social en ciertas latitudes de Manhattan” según The Guardian. El libro se ha convertido en el más vendido en Amazon la última semana y escala posiciones en la lista de best-sellers americanos.


Thomas Piketty, actual director de estudios en la EHESS (Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, en sus siglas en francés) y profesor en la Escuela de Economía de París, ha publicado numerosos artículos de investigación en las mejores revistas internacionales, así como una decena de libros. También es autor de trabajos históricos y teóricos consagrados a la relación entre desarrollo económico y repartición de la riqueza. Trabajos que han puesto en cuestión radicalmente la hipótesis optimista de Simon Kuznets -el economista ruso estadounidense cuya hipótesis decía que el crecimiento era suficiente para reducir la desigualdad- y a poner en evidencia la importancia de las instituciones políticas y fiscales en la dinámica histórica de la repartición de la riqueza.

La tesis de Piketty pone de manifiesto, con datos que tardó 15 años en recopilar y rigurosas estadísticas, que de seguir así las cosas nos dirigimos hacia una situación insostenible de acumulación de riqueza en unas pocas manos y de aumento de las desigualdades. Dicho de otra forma, en el actual sistema económico la riqueza heredada siempre tendrá más valor que lo que un individuo pueda ganar en una vida. En consecuencia, el capitalismo es incompatible con la democracia y con la justicia social. Y añade más: los muy ricos deberían pagar un mínimo de un 80% de impuestos. También dice: hablar del 1% contra el 99% no es cosa de estudiantes y exaltados del movimiento Occupysino un hecho incontrovertible. Sin embargo, lejos de declararle enemigo público, en New York lo consideran hijo predilecto.
La gran tesis de Piketty es que la tendencia de todo rico es a hacerse todavía más rico porque el mercado le empuja inexorablemente y que esa ley inquebrantable arrastra a la sociedad hacia la oligarquía. El economista que como dicta la tradición francesa tiene una buena base de lecturas, cita a Jane Austen y Honoré de Balzac para demostrar cómo en el siglo XVIII y XIX lo normal para las clases altas era no trabajar y sostener la riqueza familiar a través del matrimonio. Ahora, ésta vuelve a ser la norma y creer en la meritocracia del capitalismo no es sólo ingenuo sino erróneo. Los periodos de creciente igualdad del siglo XX fueron un mero accidente, en su opinión, producto de las exigencias de la guerra, el poder del trabajo organizado, los impuestos, la innovación tecnológica y la demografía. Las sociedades occidentales anteriores a la Primera Guerra Mundial efectivamente estaban dominadas por una oligarquía cuya riqueza era heredada, y el libro de Piketty argumenta de forma convincente que estamos en plena vuelta hacia ese estado de cosas.

Thomas Piketty con su libro ha logrado agitar las conservadoras aguas del pensamiento único político y económico. Primero porque alerta del riesgo para la convivencia y para la propia supervivencia del capitalismo llamado democrático que supone el imparable aumento de la desigualdad. Cada vez la riqueza se concentra en menos manos y cada vez es mayor el poder de las grandes corporaciones multinacionales. En un entorno macroeconómico de bajo crecimiento, como el que llevamos viviendo y sufriendo desde el estallido de la última burbuja inmobiliaria y financiera, hay más dificultades para la redistribución, para la equidad y para la igualdad de oportunidades. El futuro para miles de millones de personas, no sólo en los países pobres o en vías de desarrollo, también en occidente, se parece más al penoso y superado escenario vital del siglo XIX que a las más iluminadas utopías que habían previsto para dentro de pocos años el fin de la alienación del ser humano de la mano de la ciencia, la técnica y el progreso.

Piketty demuestra que las grandes fortunas del siglo XXI tienen los mismos apellidos que las del siglo XX y XIX. Algo que no puede sorprendernos en España, justo cuando hemos sabido que treinta de las familias más poderosas urdieron sus primeros millones bajo el manto protector del franquismo, hace ya varias décadas. Familias que se muestran contrarias a cualquier medida de política económica que frene la austeridad y los recortes, y que ponga en peligro la actual concentración de poder económico en sus manos. Si Piketty está en lo cierto, y hasta ahora nadie le ha rebatido, estaría justificada una mayor fiscalidad sobre las grandes fortunas y los grandes patrimonios, ya que no responden al espíritu emprendedor de sus propietarios, sino más bien a la pertenencia a ricas sagas familiares. Una propuesta sensata permitiría una mayor redistribución de la riqueza de la mano de la justicia social, algo que pone los pelos de punta a los multimillonarios de la tierra.


Piketty, en palabras del Nobel Paul Krugman, no es ni mucho menos el primer economista en señalar que estamos sufriendo un pronunciado aumento de la desigualdad, y ni siquiera en recalcar el contraste entre el lento crecimiento de los ingresos de la mayoría de la población y el espectacular ascenso de las rentas de las clases altas. No, la auténtica novedad de El capital es la manera en que echa por tierra el más preciado de los mitos conservadores: el empeño en que vivimos en una meritocracia en la que las grandes fortunas se ganan y son merecidas.

La reseña de The Wall Street Journal, como era de esperar, destaca el Nobel, se las arregla para enlazar la demanda de Piketty de que se aplique una fiscalidad progresiva como medio de limitar la concentración de la riqueza con los males del estalinismo. Aun así, las ideas también son importantes, ya que dan forma a la manera en que nos referimos a la sociedad y, en último término, a nuestros actos. Y el pánico a Piketty muestra que a la derecha se le han acabado las ideas, en opinión de Krugman.

Fuente: Atrio

lunes, 20 de agosto de 2012

Capitalismo y asistencialismo.




El capitalismo es el modelo político-económico que predomina en el funcionamiento de nuestros países. Su lógica y “racionalidad” se centra irreductiblemente en la búsqueda denodada del lucro y la acumulación, sobre la base de la expoliación de la productividad del trabajo de otros. Un modelo bien distinto tendríamos si los objetivos de la producción no fueran la mera ganancia, sino la satisfacción de las necesidades sociales.
Como dijera Adam Smith, aquel economista y filósofo escocés del siglo XVIII, “el mercado es incompatible con la ética, porque cualquier acción moral voluntaria contradice las propias reglas del mercado y simplemente termina por desplazar al empresario moralizante”.
Cabría igualmente un par de reconocimientos: a) el capitalismo ha contribuido al desarrollo de la sociedad, aunque simultáneamente condujo a reproducir desigualdades estructurales; y b) nuestros países han venido padeciendo un doble sufrimiento, por la presencia del capitalismo y también por la falta de desarrollo capitalista. Por ejemplo, el carácter parasitario y ocioso de nuestra tradicional oligarquía, que se constituyó como una suerte de “clase capitalista no burguesa”, obstaculizó el desarrollo industrial del país, manteniendo en muchos casos relaciones de tipo cuasi feudal. La enorme riqueza, obtenida por las grandes extensiones de campos y por la renta diferencial de la tierra, condujo a estos sectores a evidenciar un comportamiento exento de “dinamismo burgués” y antiindustrialista. Con semejantes ganancias, los terratenientes no estaban interesados en reinvertir sus beneficios.
Tal vez, de este origen “naturalmente perezoso”, nuestras “burguesías nacionales” hayan encontrado una suerte de modelo productivo a imitar, ligado a la búsqueda de ganancias desmedidas, con un mínimo de riesgo e inversión o bien aprovechando protecciones, prebendas, abusos y saqueos sobre el Estado para que respaldara sus intereses privados, por sobre el bienestar del conjunto de la sociedad. Con frecuencia, esta violación de la esencia misma del funcionamiento capitalista, ligada a la inversión y al riesgo, constituye una conducta irreductible: quieren ganar fortunas –y además en el menor tiempo posible– sin correr prácticamente ningún tipo de riesgos.
De todos modos, este capitalismo, aún escuálido y atrasado, genera cierto desarrollo aunque –a la par, por supuesto– habilita el mantenimiento de la pobreza y la desigualdad. Si la acumulación por parte de un sector social se basa en la apropiación diferenciada de la riqueza y en una distribución desigual, la construcción y cristalización de sectores ricos y pobres se transforma en algo “natural”, inherente a las propias características del modelo de funcionamiento social. De ello deriva la existencia de sociedades duales, con polos opuestos de altísima concentración de riqueza por un lado y de enorme concentración de exclusión y pobreza por el otro. Cuando aumentan la pobreza y la indigencia y se acrecienta la conflictividad social poniendo en riesgo la estabilidad y continuidad del sistema social, se tiende a recurrir a determinadas formas de repartijas escasas para paliar mínimamente las situaciones extremas, en la perspectiva del control social, del disciplinamiento y de la construcción de sujetos subordinados y dependientes. El asistencialismo emerge, entonces, como una particular excrecencia del propio sistema capitalista imperante.
El no reconocimiento de los problemas sociales como derechos humanos suprimidos o restringidos y la distribución mínima para sólo atenuar y controlar los conflictos sociales generados por las carencias extremas constituyen la base de las propuestas asistencialistas. Se trata, en concreto, de repartija y control ideológico-político hacia la reproducción del orden social vigente. Surge, entonces, el interrogante de cómo interferir en la perversa lógica de las prácticas asistencialistas. Consideramos que se puede y se debe concretar por medio de la acción del Estado, a través de vigorosas políticas públicas de redistribución de riqueza que garanticen derechos, en la perspectiva de contribuir a la autonomización de los sujetos, lo cual –a su vez– fortalece el funcionamiento democrático y el tránsito hacia la construcción de una sociedad más justa. Se requiere de un Estado que, aun capitalista, opere decididamente como regulador y garante pleno del interés general de la sociedad, y en particular de los sectores más vulnerados, por sobre el interés privado de los sectores del capital.
En suma, un Estado que, aún sin trastrocar de raíz la lógica central del capitalismo, pueda sentar las bases para ir construyendo una democracia sólida con derechos sociales extendidos, lo cual configurará estratégicamente otro tipo de sociedad, otro tipo de sistema social, que no tenga que apelar al infame e inmoral asistencialismo.
* Profesor de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).