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domingo, 16 de junio de 2019

Complejidad del mundo de los pobres.



Gustavo Gutiérrez

La teología de la liberación ha procurado desde el comienzo no reducir la pobreza al aspecto económico, por importante que éste sea.
Así, se describió al pobre como el «insignificante», como aquél que es considerado como un «no-persona», a quien, de hecho, no se le reconocen sus derechos como ser humano. Los Situación y tareas de la teología…Los pobres son personas sin peso social, que cuentan poco en la sociedad y en la Iglesia. Es así como son vistos, o más bien no vistos.

Pues, como excluidos, resultan invisibles en el mundo actual. Los motivos son diversos: por supuesto los de orden económico, pero además el color de la piel, ser mujer, pertenecer a una cultura despreciada o apreciada sólo por su exotismo, que viene a ser lo mismo. Al hablar, desde decenios, de los «derechos de los pobres» nos referíamos a todas esas dimensiones de la pobreza.

Una segunda perspectiva, presente también desde los comienzos, fue la de ver al pobre como «el otro» de una sociedad que se construye contra sus derechos más elementales, ajena a sus valores. Así resulta que la historia leída desde ese «otro», por ej. a partir de la mujer, se convierte en otra historia. Pero ese re-leer la historia se convertiría en pura especulación si no incluyese el re-hacerla. En ese orden de cosas y pese a los obstáculos y limitaciones que se oponen a ello, es firme el convencimiento de que son los mismos pobres los que deben asumir su destino. Al respecto habría que retomar el hilo de la historia desde que un hombre y teólogo -Bartolomé de las Casas- se planteaba ver las cosas «como si fuese indio». Sólo liberando nuestra mirada de prejuicios y de inercias podremos descubrir al «otro».

No basta, pues, con tener conciencia de esa complejidad. Hay que advertir su fuerza interpeladora y hay que considerar la condición del pobre como «otro» en toda su desafiante realidad. Gracias a que nos hemos comprometido con el mundo de la pobreza, en ese proceso nos encontramos con la vivencia -de un modo u otro- de la fe cristiana. La reflexión teológica se nutre de esa experiencia cotidiana y, a su vez, la enriquece.

Hoy se está trabajando arduamente en algunos aspectos importantes de esa complejidad. En esta línea se sitúan los esfuerzos por pensar la fe a partir de la situación secular de despojo y marginación de los diversos pueblos indígenas de nuestro continente y de la población negra incorporada violentamente a nuestra historia desde hace siglos. Hemos sido testigos del vigor que adquiere la voz de estos pueblos, de la riqueza cultural y humana que son capaces de aportar, así como de las facetas del mensaje cristiano que nos permiten descubrir. Sin contar con el diálogo con otras concepciones religiosas que pudieron sobrevivir y que, pese a ser hoy minoritarias, son igualmente respetables, pues son seres humanos los que están comprometidas con ellas y que, sin recrearlas artificialmente, las conservan en su propio acerbo cultural y religioso.

Son también particularmente exigentes y nuevas las reflexiones teológicas que provienen de la inhumana y, por consiguiente, inaceptable condición de la mujer en nuestra sociedad, en especial la que pertenece a los estratos sociales y étnicos a los que acabamos de referirnos. Dichas reflexiones son realizadas sobre todo por mujeres, pero nos cuestionan a todos, en especial cuando se hace una relectura bíblica desde la condición femenina. No se trata, como algunos acaso piensen, de defender antiguas culturas fijadas en el tiempo y que el devenir histórico habría superado. La cultura es creación permanente. Lo vemos en nuestras ciudades, crisol de razas y culturas en sus niveles más populares, pero a la vez espacio de crueles y crecientes distancias entre los diferentes sectores sociales que las habitan. Este universo en proceso, que en gran parte arrastra y transforma los valores de las culturas tradicionales, condiciona la vivencia de la fe y constituye un punto de partida histórico para la reflexión teológica.

No obstante, el discurso sobre la fe no debe perder de vista el terreno común del que parte y en el que discurre nuestra reflexión teológica: el de los «insignificantes », el de su liberación integral y el de la buena nueva de Jesús dirigida preferentemente a ellos. Hay que evitar que la necesaria y urgente atención a los sufrimientos y esperanzas de los pobres dé lugar a búsquedas ineficaces de cotos teológicos privados, que sería fuente de exclusividades y desconfianzas. En lo esencial, se trata del combate cotidiano por la vida, la justicia y los valores culturales y religiosos de los desposeídos. También por su derecho a ser iguales y al mismo tiempo diferentes.

No todas las corrientes teológicas que vienen de esa situación caben bajo el mismo epígrafe. Pero los evidentes lazos históricos entre ellas, así como el horizonte común del complejo mundo del pobre dentro del que se mueven, nos permite verlas como expresiones fecundas de las tareas actuales de la reflexión teológica desde los desheredados del continente.

Globalización y pobreza
Decía Paul Ricoeur: «No estamos con los pobres si no estamos contra la pobreza», o sea, si no rechazamos la condición que abruma a una parte tan importante de la humanidad. No se trata de un rechazo meramente emocional. Hay que conocer lo que motiva la pobreza a nivel social, económico y cultural. Esto no se puede hacer sin los instrumentos de análisis de las ciencias humanas. Pero, como toda ciencia, ellas trabajan con hipótesis que pretenden explicar la realidad. Lo cual significa que han de cambiar ante fenómenos nuevos. Es lo que hoy sucede con el neoliberalismo que llega aupado por una economía cada vez más autónoma de la política (y, por supuesto, de la ética) gracias al fenómeno de la globalización.

Aunque proviene del mundo de la información, la globalización repercute en el terreno económico y social, y en otros campos de la actividad humana. El término es engañoso. Nos hace creer que nos encaminamos hacia un mundo único, cuando en realidad actualmente entraña la exclusión de una parte de la humanidad del Situación y tareas de la teología… 11 circuito económico y de los beneficios de la sociedad del bienestar. Millones de personas son convertidas así en inservibles o desechables después de uso: todas las que han quedado fuera del ámbito de la información. Con el agravante de que esta polarización se produce por el modo como estamos viviendo hoy un fenómeno como la globalización que no tiene por qué tomar necesariamente el curso actual de una desigualdad creciente. Y sabemos que sin igualdad no hay justicia.

El neoliberalismo postula un mercado sin restricciones, que se regule por sí mismo. Y acusa a la solidaridad social no sólo de ineficaz frente a la pobreza, sino de ser una de sus causas. Nos encontramos ante un rechazo de principio que deja a la intemperie a los desposeídos de la sociedad. Una de las más duras consecuencias de esa ideología es la deuda externa, que tiene maniatadas a las naciones pobres y que creció desmesuradamente gracias a las tasas de interés fijadas por los mismos acreedores. La condonación de la deuda externa constituye el punto más importante propuesto por Juan Pablo II para celebrar, en todo su profundo sentido bíblico, el jubileo del año 2000.

La deshumanización de la economía que tiende a convertirlo todo, incluso las personas, en mercancías ha sido denunciada por una teología que señala el carácter idolátrico, en sentido bíblico, de este hecho. Curiosamente asistimos hoy a un intento de justificación teológica del neoliberalismo que compara, por ej., las multinacionales con el siervo de Yahvé: ellas serían atacadas y vilipendiadas, cuando de ellas vendría la justicia y la salvación. Se impone, pues, una reflexión teológica a partir de los pobres. Si ella ha de tener en cuenta la autonomía propia de la disciplina económica, no puede olvidar su relación con el conjunto de los seres humanos y, por consiguiente, las exigencias éticas. No hay que perder de vista que el rechazo más firme a las posiciones neoliberales se da por razón de los contrasentidos de una economía que olvida cínicamente y, a la larga, suicidamente al ser humano y, en especial, a los que carecen de defensa en este campo, o sea, a la mayoría de la humanidad. Está en juego la ética que exige descubrir los mecanismos perversos que distorsionan desde dentro esa actividad humana que llamamos economía y que no tiene por qué causar estragos en la humanidad.
A este capítulo pertenecen también las perspectivas abiertas por las corrientes ecológicas ante la destrucción, suicida también, del medio ambiente. Ellas nos han hecho más sensibles a todas las dimensiones del don de la vida y nos han ayudado a ampliar el horizonte de la solidaridad, que comprende un respectuoso vínculo con la naturaleza.

Profundización en la espiritualidad

Desde sus primeros pasos, la espiritualidad ocupó siempre un primer plano en la teología de la liberación. Albergamos la profunda convicción, alentada por la obra de M.D. Chenu, de que, detrás de toda inteligencia de la fe, hay una manera de seguir a Jesús. Los Evangelios hablan de seguir a Jesús y ser discípulos suyos. Es en el seguimiento y en el discipulado en lo que consiste la auténtica espiritualidad. Éste es uno de los puntos centrales de la comprensión de la teología como reflexión sobre la praxis, que es el corazón del discipulado. Tiene imbricadas dos grandes dimensiones: la oración y el compromiso histórico. Nos lo recuerda el Evangelio cuando afirma que no basta con decir «Señor, Señor» si no se hace «la voluntad del Padre » (Mt 7,21). Cobra así sentido la afirmación de que «nuestra metodología es nuestra espiritualidad ».

Recientemente asistimos a un florecimiento de una espiritualidad de la liberación. Es que, en medio de un proceso histórico que sabe de logros y tropiezos, la experiencia espiritual del pueblo pobre ha madurado. Esto no significa un repliegue respecto a opciones de orden social, lo cual sería desconocer la radicalidad de ir al fondo de las cosas, allí donde se anudan amor a Dios y amor al prójimo. Es en esa hondura donde se sitúa la espiritualidad. Tenía razón Rilke cuando decía que Dios se encuentra en nuestras raíces.

En el núcleo de la opción preferencial por el pobre hay un elemento espiritual de experiencia del amor gratuito de Dios. El rechazo a la injusticia y a la opresión está anclada en nuestra fe en el Dios de la vida. Por esto no sorprende que esta opción haya sido rubricada, como en el caso de Mons. Romero y de muchos otros cristianos y cristianas en América Latina, por «el signo martirial». En realidad, hay muchas maneras de vivencias de la cruz que marcan la vida cotidiana del continente.

Es maravilloso el itinerario espiritual de un pueblo que vive su fe y mantiene su esperanza, en medio de una vida cotidiana hecha de pobreza y exclusiones, pero también de proyectos y de una mayor conciencia de sus derechos. Los pobres de América Latina han emprendido la ruta de la afirmación de su dignidad de hijos e hijas de Dios, en la que se da el encuentro con el Señor, crucificado y resucitado. Estar atento a esa experiencia espiritual, recoger sus versiones orales y escritas se convierte en una tarea primordial de nuestra reflexión teológica. Usando una expresión de San Bernardo, llamamos a ese momento «Beber del propio pozo». Sus aguas nos permitirán constatar la profundidad de la fe de los pueblos pobres de nuestro continente. Esto confirma lo que decíamos al comienzo: el pueblo latinoamericano es, mayoritariamente, pobre y a la vez creyente.

En el corazón de una situación que los excluye y maltrata y de la que quieren liberarse, los pobres creen en el Dios de la vida. Como decían en nombre de los Situación y tareas de la teología… 13 pobres del Perú nuestros amigos Víctor (hoy fallecido) e Irene a Juan Pablo II durante su visita al país (1985): «Con el corazón roto por el dolor, vemos que nuestras esposas gestan en la tuberculosis, nuestros niños mueren, nuestros hijos crecen débiles y sin futuro», y añadían: «pero, a pesar de todo esto, creemos en el Dios de la vida».

Para concluir: aunque hemos puesto el acento en la interpelación que viene del mundo de la pobreza, pensamos que la reflexión teológica del mundo cristiano tiene que enfrentar los tres retos mencionados e incluso hacer ver sus relaciones mutuas. Para ello hay que evitar la tentación de encasillarse asignando dichos desafíos a los diversos continentes: el de la modernidad al mundo occidental, el de la pobreza a América Latina y África y el del pluralismo religioso a Asia. Naturalmente hay énfasis propios, según las diversas áreas de la humanidad. Pero, en la actualidad, estamos llamados a una tarea teológica que emprenda nuevas rutas y mantenga con mano firme tanto la particularidad como la universalidad de la situación que vivimos. Ese cometido no podrá llevarse a cabo sin una gran sensibilidad a las diversas interpelaciones y con un diálogo -respectuoso y abierto- que asuma como punto de partida las condiciones de vida y la dignidad de los seres humanos, en particular, la de los pobres y excluidos.

Ellos son para nosotros, cristianos, reveladores de la presencia de Dios en Jesucristo, en medio de un mundo que es fruto del amor de Dios.

P. Gustavo Gutiérrez, OP
Publicado en Revista “Reflexión y Liberación” n° 112
Santiago de Chile

viernes, 28 de febrero de 2014

El padre de la Teología de la Liberación, ovacionado en el Vaticano.


Gustavo Gutiérrez: "Los mismos pobres tienen que ser los agentes de su liberación"
"Si uno dice que hay conflicto, uno no es marxista, sino que mira la realidad""

Redacción, 27 de febrero de 2014.- Periodista Digital

Es el padre de la Teología de la Liberación, condenada durante décadas y ahora rehabilitada en la persona y en la vida del Papa Francisco con quien, según diversas fuentes, se encontró este martes Gustavo Gutiérrez, antes de la presentación del libro "Pobre y para los pobres. La misión de la Iglesia", escrito por el prefecto Müller con la aportación del teólogo peruano y prólogo de Bergoglio. El sacerdote fue el gran protagonista, recibiendo una sonora ovación.

Tras la misma, Gutiérrez conversó de modo informal con algunos periodistas, precisando que "los teólogos de la liberación no fueron marxistas", aunque sí reconoció que hubo "gente comprometida y que tenían una base teológica". "Los mismos pobres tienen que ser los agentes de su liberación", incidió el teólogo, quien quiso dejar claro que ni Juan Pablo II ni Benedicto XVI condenaron jamás su teología, sino que solicitaron una "contextualización". 

Interrogado por Zenit sobre quienes eran los que desviaban la teología de la liberación dándole una matriz marxista, el sacerdote peruano respondió: "No Boff, no Sobrino, no Juan Luis Segundo, no Ronaldo Muñoz, o sea, diría que los teólogos no" y añadió que "claro, hubo gente muy comprometida antes y que tenían una base teológica, pero no eran los que hacían teología". 

Añadió que "muchos de ellos era gente muy generosa, lo que no significa tener razón". Y añadió que "un seguimiento político hubo en algunos países". Y cuando se dice dimensión política precisó que se entiende "una dimensión política extraviada, incorrecta y hay siempre gente así". 

El padre Gutiérrez consideró además, que hoy existe un clima más favorable, "sí, porque se saben mejor algunas cosas, en teología las ciencias sociales antes no aparecían nunca. Hace más de cuarenta años cuando nació la teología de la liberación estas estuvieron presentes y no solamente la filosofía. Hoy en día los estudios bíblicos están llenos de sociología y nadie dice nada, porque se acostumbraron", dijo. 

Respondiendo a una periodista indicó que "el clima y el contexto ha cambiado mucho, los temas de la teología de la liberación están más presentes", como "pobreza, justicia". En particular dijo, "la idea que los mismos pobres tienen que ser los agentes de su liberación, y este fue un punto que estuvo desde el inicio de la teología de la liberación". 



Si pudiera volver hace cuarenta años atrás, ¿haría las mismas cosas o cambiaría algo? "Nunca lo he pensado -respondió Gutierrez, porque las cosas que uno vive no dependen solamente de uno, creo que no haría lo mismo, porque ésto significaría que el ambiente habría sido el mismo". Y sobre lo hecho concluyó: "Nunca lo he lamentado". 

Interrogado por Angela Ambroggetti, de Korazym, sobre Juan Pablo II y Ratzinger, y cuál tuvo más problemas con la teología de la liberación, el sacerdote peruano calificó el encuentro en Roma con Ratzinger hace siete años atrás, en el 2007, como "muy bueno". 

Añadió que "Ratzinger era más teólogo, comprendía más y eso ha sido muy importante. Yo honestamente puedo decir que su comprensión caminaba porque sabía de que se trata, desde el inicio" porque sabía "que no era la idea del marxismo". 

"Nunca me preguntó nada sobre marxismo -dijo el padre Gutierrez- porque sabía que no tiene nada de eso. Basta tener un poco de cultura para saber que si uno dice que hay conflicto, uno no es marxista, sino que mira la realidad". Y añadió que el diálogo con el cardenal que estaba a cargo en esos años de la Doctrina de la Fe "era de esa categoría". 

"Con Juan Pablo II --dijo el teólogo peruano-- fue distinto, lo vi una sola vez en mi vida, y fue muy bromista, me dijo que pensaba que yo era más alto (el padre Gutierrez es de estatura pequeña) y al final me puso la mano en el hombro y me dijo 'siga, siga'. Aunque no sé que me quiso decir con eso...". 

"Con Ratzinger --prosiguió el padre de la teología de la liberación-- el diálogo comenzó siendo él cardenal, tengo una experiencia positiva. Luego termina eso con una carta que envía a mis superiores indicando que el diálogo ha terminado de manera satisfactoria", y quiso precisar que "además era diálogo y no un proceso". 

¿Es este un momento particular en la Iglesia? "Como momento hay que reconocer que no lo habíamos tenido. Solamente los diarios trataban sobre estos temas, depende también de qué medios. Pero un momento de Iglesia como es hoy, eso no lo habíamos conocido". Con un papa, dijo, "que critica el pensamiento único y todo eso". 

Cuando le indicaron "que usted fue muy útil para que Müller conozca la situación de la pobreza en Perú", y le interrogaron "pero quizás también Müller le ayudó a limpiar la teología de la liberación". El padre Gutierez dijo: "Limpiar no, pero muy útil sí, porque la ha puesto en un contexto, ha convertido eso, porque la teología de la liberación tiene un fundamento de espiritualidad muy grande desde el comienzo". Y precisó que "eso lo debo al teólogo Dominique Chenot, eso lo recibí en mi formación inicial y eso me ha marcado mucho. Porque estoy convencido que la teología nace en la vida diaria de la Iglesia". 



Concluyó indicando que hoy tiene relaciones epistolares y personales con otros padres de la teología de la liberación y que ellos han tomado temas diversos, por ejemplo Leonardo Boff que entró talmente de lleno en el tema de la ecología, que ya no hace ni falta que él entre. 

Al concluir recordó que él fue párroco por 25 años y se siente tal, y que "a la vejez viruelas" puesto que está enseñando Perú y en dos lugares en el exterior.

Fuente: Periodista Digital

domingo, 24 de noviembre de 2013

"Del lado de los pobres" por Gustavo Gutiérrez y Gerhard Müller.


San Pablo publica «Del lado de los pobres», de Gustavo Gutiérrez y Gerhard Müller.

Francisco recibió al teólogo peruano en el Vaticano cuando se presentó la edición italiana

Reflexionan sobre la importancia de la teología de la liberación para la Iglesia hoy.

(SP).- San Pablo publica Del lado de los pobres, un libro escrito por dos teólogos provenientes de dos mundos experienciales muy diferentes: Gustavo Gutiérrez, peruano, considerado el fundador de la teología de la liberación, y Gerhard Ludwig Müller, obispo alemán que ocupa actualmente la prefectura de la Congregación para la Doctrina de la Fe.


Publicado originalmente en Alemania y en Perú, el libro se presentó en Italia el pasado mes de septiembre, con la presencia de ambos autores. Con este motivo, el papaFrancisco recibió en audiencia privada a Gustavo Gutiérrez y concelebró con él en la residencia Santa Marta. El gesto del Papa ha sido visto como un espaldarazo a esta corriente teológica que contiene muchos aspectos positivos, como la opción preferencial por los pobres, rasgo fundamental del pontificado del papa Francisco.

Gustavo Gutiérrez, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2003, destaca por la denuncia de la injusticia y la opresión de los pobres y, a diferencia de otros autores de la teología de la liberación, no ha sufrido censuras del Vaticano. Gerhard Ludwig Müller ha sido profesor de Teología Dogmática en la Universidad de Munich, miembro de la Comisión Teológica Internacional y obispo de Ratisbona hasta que Benedicto XVI lo llamó a ser prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.



Para leer el artículo completo, pincha aquí:

domingo, 13 de octubre de 2013

Fundador de la T.L. afirma que la pobreza todavía es un gran desafío para la Iglesia.


Uno de los creadores de la Teología de la Liberación, el sacerdote dominicano radicado en Perú, Gustavo Gutiérrez, se ha mostrado bastante confiado en la reconciliación de esa corriente teológica, surgida en América Latina a mediados de los años 1970 con miras a una “Iglesia de los Pobres”, con los altos dignatarios del Vaticano. Señales claras de ese acercamiento surgieron de su audiencia reciente con el Papa Francisco. En entrevista con Mauro Castagnaro, de la revista italiana Jesús Italia, Gutiérrez afirmó que cuando el actual Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Don Gerhard Müller, se pronuncia favorablemente sobre sus escritos, su evaluación es que no habla sólo de las reflexiones de Gutiérrez, sino de las de la Teología de la Liberación como un todo, porque las posiciones de los teólogos son esencialmente las mismas.
Como no podría dejar de ser, el Papa Francisco también fue pauta en la entrevista. El cuestionamiento giró entorno de la opinión del teólogo sobre el deseo del Papa de que la Iglesia sea “una Iglesia pobre para los pobres”, y acerca de los desafíos que rondan al pontífice. Para Gutiérrez, el hecho es que el Papa ama a los pobres porque leyó el Evangelio y lo comprendió.
“Puede hasta ser que él conozca la teología de la liberación y, si ella le ayudó a aprovechar esa importante perspectiva cristiana, ¡mejor! Pero el desafío de los pobres está hace mucho tiempo presente en el horizonte de la Iglesia, si no, no se entendería el martirio que hemos experimentado en América Latina, empezando por obispos como Enrique Angelelli, en Argentina, Óscar Romero, en El Salvador, y Juan Gerardi, en Guatemala. Construir esa ‘Iglesia pobre para los pobres’ es una gran apuesta”, dijo.
El sacerdote afirmó también que decir que la pobreza es un gran desafío para la Iglesia implica hacer cambios. Por eso, en cada país, la Iglesia debe afirmar con mayor fuerza “la importancia de que las necesidades de los pobres sean la principal preocupación política”.
Cuando se le preguntó sobre su posicionamiento en relación con la reflexión cristiana a partir de cuestiones teológicas que abordan la mujer, el indio, el homosexual, entre otros, el sacerdote latinoamericano explica que a él siempre le pareció importante disponer de una noción general, que es la del “insignificante”, “pues es posible ser insignificante por falta de dinero, pero también por el color de la piel o por el hecho de hablar mal la lengua dominante en un país, como ocurre en Perú a la mitad indígena de la población”. El sacerdote agrega: “Cuando yo hablo de los ‘pobres’, sin embargo, no me refiero sólo a aquellos que tienen un ingreso bajo, sino también ‘a quienes no cuentan, no tienen peso social’, a quienes están marginados u olvidados”. En su libro’ Teología de la Liberación’ Gutiérrez abordó etnias y culturas despreciadas, y después de 1975 habló sobre la mujer, definiéndola como “doblemente oprimida, en tanto pobre y mujer”, pero en su momento no se profundizó en el asunto, lo que sí fue realizado por algunas teólogas.
Castagnaro preguntó a Gutiérrez sobre la afirmación del sacerdote brasilero Frei Betto, en el sentido de que en los últimos años, llegaron al poder en América Latina líderes vinculados a la “opción por los pobres” y a la Teología de la Liberación. Sobre esto, su posicionamiento es de desconfianza, pues a pesar de las convicciones y referencias religiosas de algunos políticos a la teología de la liberación, “¡no es un club o un partido político en el cual nos inscribimos! Por eso, yo no creo que pueda decirse que un presidente de una República esté ligado a ella”, sin embargo, Gutiérrez puntualiza que no tiene dudas de que la Iglesia latinoamericana en los últimos 40 años influenció mucho a la sociedad.
Otro punto abordado durante la entrevista fue el período en que el teólogo estuvo “en la mira del Vaticano” y cómo él vivió ese momento. Gutiérrez recordó cuán desagradable era saber que él era definido como alguien que se infiltró en la Iglesia para destruirla.”¡Que alguien diga que no está de acuerdo es normal, pero aquella acusación era alocada! La controversia, además de esto, tenía una fuerte dimensión mediática en Perú; en ella se involucraban obispos y personalidades políticas. Yo dialogué mucho, no convencí a nadie de mis posiciones, pero tal vez ellos se dieron cuenta de que aquello que creían sobre mí no era verdad”, explicó, recordando que siempre buscó saber el mérito de las críticas en su contra.
Traducción: Daniel Barrantes – barrantes.daniel@gmail.com

lunes, 1 de abril de 2013

Monseñor Romero y la iglesia de los pobres.





Óscar Arnulfo Romero, fue arzobispo de San Salvador desde 1977 y durante su ministerio denunció públicamente la violencia política y las violaciones a los derechos humanos que se vivían en su país. El 24 de marzo de 1980 fue asesinado cuando oficiaba una misa en la capilla del hospital de La Divina Providencia en la colonia Miramonte de San Salvador.
Organizaciones populares y religiosas de El Salvador conmemoraron el pasado domingo el 33 aniversario del asesinato del obispo mártir monseñor Oscar Arnulfo Romero y su legado por los pobres y perseguidos.
La Comisión de la Verdad de Naciones Unidas, que investigó las violaciones a los derechos humanos durante el conflicto armado (1980-1992), concluyó en 1993 que el crimen fue organizado por el fundador de la Alianza Republicana Nacionalista (Arena), el mayor Roberto D’Aubuisson. D’Aubuisson dio la orden de asesinar al Arzobispo e instrucciones precisas a miembros de su entorno de seguridad, actuando como “escuadrones de la muerte”, de organizar y supervisar la ejecución del asesinato, precisa el documento (p.132).
Un día antes del atentado, el domingo 23 de marzo de 1980, monseñor Romero hizo en su homilía un ferviente llamado a la dictadura militar a cesar la persecución del movimiento popular reivindicativo. “En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”, expresó.
Los homenajes a Romero se prolongaron durante los últimos días por la fundación que lleva su nombre y la Universidad José Simeón Cañas (UCA), jesuita, también desarrolló un programa de actividades en su memoria.
El presidente Mauricio Funes, quien considera a Romero el guía espiritual de la nación y durante cuya administración se han hecho los primeros homenajes oficiales al religioso, rindió la víspera tributo al obispo mártir. El nombre de Monseñor Romero significa opción preferencial por los pobres, significa la justicia por la que luchamos y, sobre todo, la verdad que nos permitirá alcanzar la paz que todos anhelamos, afirmó Funes. El mandatario subrayó que “fue en vida la voz de los que no tienen voz y ahora, después de su martirio, siempre será así”. Recordó que el crimen fue ejecutado “bajo órdenes de mentes asesinas de la época, de gente que quería callar la voz de Monseñor, que quería borrar con esa muerte su palabra a favor de los pobres, de los vulnerables”. “Aún seguimos esperando que la justicia llegue al fondo del caso y revele esa verdad, que no solo se debe a los familiares de Monseñor, sino a la Iglesia Católica y a todo el pueblo salvadoreño”, expresó (1).
JON SOBRINO, S.J., director del Centro Monseñor Romero de la UCA de San Salvador, ha subrayado que “viendo el sufrimiento de los salvadoreños dijo Monseñor Romero: “No abandonaré a mi pueblo”. Y no fueron palabras vanas. Solía decir: “Con ustedes correré todos los riesgos”. Y al presidente del país que le ofrecía protección le contestó solemnemente: “Quiero decirle que, antes que mi seguridad personal yo quisiera seguridad y tranquilidad para 108 familias y desaparecidos. Un bienestar personal, una seguridad de mi vida no me interesa mientras mire en mi pueblo un sistema económico que tiende cada vez más a abrir esas diferencias sociales”. De su dolor habló Monseñor en las homilías. “Hermanos, ya me duele mucho el alma de saber cómo se tortura a nuestra gente”. Y las homilías las preparaba así. “Le pido al señor durante toda la semana, mientras voy recogiendo el clamor del pueblo y el dolor de tanto crimen, la ignominia de tanta violencia, que me dé la palabra oportuna para consolar, para denunciar, para llamar al arrepentimiento”.
Creaba, estrujaba el lenguaje, para que aflorase su dolor. “Esta semana se me horrorizó el corazón cuando vi a la esposa con sus nueve niñitos pequeños que venía a informarme. Según ella lo encontraron con señales de tortura y muerto. Ahí está esa esposa y esos niños desamparados”.
Arremetió contra los criminales, y más allá de la justicia legal y restaurativa conminó a hacerse cargo de la vida de esos nueve niños: “Yo creo que el que comete un crimen de esa categoría está obligado a la restitución. Es necesario que tantos hogares que han quedado desamparados como este reciban ayuda. El criminal que desampara un hogar tiene obligación en conciencia de ayudar a sostener ese hogar”. Y la buena noticia de ese pueblo. En ese pueblo sufrido Monseñor Romero encontró luz, cariño y amor. “Siento que el pueblo es mi profeta”. “El obispo siempre tiene mucho que aprender de su pueblo”. “Entre ustedes y yo hacemos esta homilía”. “Con este pueblo no cuesta ser buen pastor”. “Me glorío de estar en medio de este pueblo”.
Razón tenía el padre Ellacuría cuando dijo: “Con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador” (2).

Celebraciones el mundo

Religiosos y referentes de los derechos humanos, como el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, participaron el pasado sábado 23 de marzo de diversos actos en Roma (Italia) para recordar el 33 aniversario del asesinato del obispo salvadoreño, Oscar Romero.
Las actividades comenzaron hace algunos días, pero el acto central se efectuó ayer y hoy con la realización de un encuentro público en el Capitolio, titulado “Martirologio Latinoamericano”, una misa y un celebración ecuménica realizada bajo el lema de “Oscar Romero símbolo de los mártires de la justicia y de la paz”.
Pérez Esquivel afirmó que el religioso salvadoreño es “un mártir y profeta de la iglesia” cuyo mensaje fue “ser coherente entre el decir y el hacer con el Evangelio”.
Estas celebraciones para recordar a Romero son de larga tradición en Roma, ya que comenzaron hace varios años por iniciativa del entonces Director de la Caritas romana, monseñor Luigi Di Liegro, se informó oficialmente en comunicado del CIPAX. Además, en Roma existe una iglesia -la basílica San Bartolomeo all’Isola- que dedica sus altares a los “Mártires del Siglo XX y XXI”, y donde se pueden ver las imágenes de sacerdotes, religiosas y laicos muertos por el terrorismo de Estado en Latinoamérica (3).
Ángel González, colaborador del Movimiento Latinoamericano Molacnats, me ha comentado que “en Diciembre de 1980, niños de los sectores populares de los barrios del Norte de Barquisimeto, Venezuela agrupados en el Movimiento de Acción de los Niños (MOANI) organizaron una marcha por la Paz, en solidaridad con el pueblo Salvadoreño y en memoria del Santo Mártir de ese país, quien defendió la dignidad de los pobres, denunció las masacres cometidas por las fuerzas armada y el gobierno nacional apoyado por el gobierno de los Estado Unidos. Recordamos en esta Semana Santa la pasión, muerte y resurrección en el pueblo, de un verdadero profeta quien con su sangre regó las tierras de nuestra América latina donde hoy germinan los frutos de lucha, dignidad y libertad. Viviremos y Venceremos!”.
Gustavo Gutiérrez, sacerdote, teólogo y padre de la Teología de la Liberación, se une a la búsqueda de justicia que anima la lucha de Monseñor Romero con esta reflexión para la semana santa.
“¿Tú eres rey?”, pregunta Pilatos a Jesús en un texto del evangelio de Juan que volveremos a leer esta Semana Santa. Jesús no lo niega, pero precisa: “Mi reino no es de este mundo”. Pilatos, astuto, no se engaña, le dice: “¿Entonces tú eres rey?”. Una cuestión que es, más bien, un aserto. Jesús asiente: “Yo soy rey”. Esa afirmación le costará la vida. Sus acusadores aprovecharán para gritar que ello va contra la autoridad del emperador romano, por esa razón, y no sin intención burlona, pondrán la inscripción INRI en la cruz.
Pero ¿qué ha querido decir Jesús al sostener que su reino ‘no es de este mundo’? ¿Se trataría de un reino ahistórico, alojado exclusivamente en un más allá de nuestro tiempo? Según el testimonio de los evangelios, el reino está presente desde ahora entre nosotros, en ruta a su plenitud, incluso nos enseñó a pedir “que tu reino venga”. Jesús dice a Pilatos que es rey, pero de un reino muy distinto al que el gobernador representa. No es mundano, no usa el poder para dominar y defender privilegios, sino para servir. Servir, ante todo, a los últimos de la sociedad, a los olvidados. Sin duda, se requiere de medios eficaces para transformar situaciones en las que no se respeta la dignidad humana y los derechos humanos de los más débiles; eso sí constituye un poder, pero, desde las enseñanzas del evangelio, deber ser siempre un poder generoso y humilde de servicio. No como el de “los grandes de este mundo” que “tratan despóticamente” y “abusan de su poder”. “Que no sea así entre ustedes”, les dice Jesús a sus discípulos (Marcos 10,42). Una advertencia hoy para todos, incluida la propia Iglesia.
Hacer memoria de la muerte y resurrección de Jesús debe ser una ocasión para respirar a pleno pulmón y experimentar el don de la vida que celebramos en estos días. No nos dejemos ganar por el escepticismo frente a la necesidad de cambios personales y a la posibilidad de construir una sociedad justa y humana, en la que todos tengan un lugar digno y justo. Aprender a estar alertas frente a todo tipo de maltrato y discriminación, y ser conscientes de la parte de responsabilidad que nuestra dejadez y repliegue culpable sobre nosotros mismos pueden tener en esos hechos, son condiciones indispensables para un cambio. Al renovar nuestra esperanza en el misterio pascual que celebraremos muy pronto, renovemos igualmente la capacidad de estar atentos a todo lo que vulnere a los seres humanos, imágenes de Dios para un creyente, por quienes Jesús entregó su vida”, concluye Gustavo Gutiérrez (4).

Monseñor Romero y el nuevo papa Francisco

El papa Francisco acaba de decirnos que sueña con una “Iglesia pobre y para los pobres”, para eso necesitamos, como lo ha dicho también, reconocer que el auténtico poder de la Iglesia consiste en servir a los pobres.
El premio nobel por la paz Adolfo Pérez Esquivel encontró el Papa Francisco en Vaticano y asistió en Roma a una misa y a otra ceremonia en memoria del obispo salvadoreño. “Con el Pontífice hemos hablado de nuestros mártires, semillas de vida que han dado la propia vida por otras personas. Romero era un gran profeta, es un mártir de la Iglesia”, dijo. “Estamos muy contentos con la elección del papa Francisco. Por primera vez ha sido elegido un pontífice latinoamericano y eso llevará a la Iglesia a salir del eurocentrismo” comento Pérez Esquivel a los periodistas reunidos en la sede del Serpaj (Servicio Paz y Justicia) en Roma.
Espero que el Papa Francisco pueda reconocer que el Reino de Dios en la Tierra fue construido también por sacerdotes que fueron injustamente expulsados por el orden de los salesianos, como por ejemplo Alejandro Cussianovich (Perú) y Gerardo Lutte (Bélgica-Italia), como acabo de denunciar en el artículo “Le pape François et une église des les pauvres “que he publicado en la agencia ALAI (5) y en el Fórum des Alternatives (6).
Concluyo con las palabras de JON SOBRINO, S.J., director del Centro Monseñor Romero de la UCA de San Salvador: “Este año el aniversario de Monseñor Romero coincide con la elección de un nuevo papa, Francisco. Para terminar quiero decir brevemente dos cosas: la primera es mi deseo de que en él los pobres encuentren siempre compasión. Que el papa nos ayude a nosotros a ser compasivos con los pobres. Y que nosotros ayudemos al papa a ser compasivo con ellos. La segunda es presentarle algunos deseos. Menciono cuatro que me parecen importantes, y que espero sean de su agrado:
1. Que proclame que la Iglesia es Iglesia de los pobres, y que escuche con alegría el aplauso de Juan XXIII, quien descansa en paz en una tumba cercana a su aposento papal.
2. Que de una vez por todas enaltezca a la mujer y resuelva valientemente el problema de la mujer en la iglesia. Y que con las mujeres dentro la Iglesia sea mejor partera de humanidad.
3. Que no abandone la modesta cruz que lleva al pecho. Y que comience a dar pasos para dejar de ser jefe de Estado. Y así, que haga de la iglesia un pueblo que camina, con tanteos, hacia Dios.
4. Que canonice sin necesidad de repetir fórmulas y sin quedar aprisionado en normas, a todos los mártires y a todas las mártires de la justicia en el seguimiento de Jesús. Y si busca un nombre para que todos ellos y ellas tengan nombre, desde aquí le ofrecemos muy humildemente el nombre de Monseñor Romero y el nombre de los mártires de El Mozote. Y que él añada muchos otros nombres de hombres y mujeres -y de pueblos crucificados- que han dado su vida por amor como Jesús crucificado y como el siervo sufriente de Yahvé. Con todos ellos y con todas ellas Dios ha pasado por este mundo.

Que Monseñor Romero le ayude al papa Francisco. Y que nos ayude a todos nosotros a parecernos a Jesús de Nazaret”, concluye p. Jon Sobrino (7).
NOTAS
·http://www.andes.info.ec/personaje/conmemoran-trigesimo-tercer-aniversario-asesinato-monsenor-romero.html
·http://www.redescristianas.net/2013/03/25/en-el-xxxiii-aniversario-del-martirio-de-monsenor-romero-homilia-del-padre-jon-sobrino-el-22-de-marzo-en-la-capilla-de-la-uca/
·http://www.cipax-roma.it/oscar_romero.asp
·http://puntoedu.pucp.edu.pe/opinion/la-semana-santa-y-los-pobres/
·http://alainet.org/active/62630
·http://www.forumdesalternatives.org/fr/le-pape-francois-et-une-eglise-des-les-pauvres
·http://www.redescristianas.net/2013/03/25/en-el-xxxiii-aniversario-del-martirio-de-monsenor-romero-homilia-del-padre-jon-sobrino-el-22-de-marzo-en-la-capilla-de-la-uca

[* Operador de redes internacionales para la defensa de los derechos humanos en Latinoamérica. Co-fundador del Observatorio sobre Latinoamérica SELVAS. Trabaja en Latinoamérica desde 2001 con experiencias en Guatemala, Ecuador, Perú, Colombia, Venezuela, Brasil. Investigador, panelista y autor de varios libros].

sábado, 30 de marzo de 2013

Gustavo Gutiérrez: “Hagamos realidad el sueño del Papa de una Iglesia pobre y para los pobres”.


Religión Digital


El auténtico poder de la Iglesia, servir a los pobres”
El fundador de la TL se preguntó si la iglesia está dispuesta a seguir al Papa
“¿Estamos, como cristianos y como Iglesia, dispuestos a morir a nuestras propias ventajas y a ciertas consideraciones sociales por solidaridad con los más pobres?

El sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, padre de la Teología de la Liberación (TL), exhortó a los católicos a hacer realidad el sueño del papa Francisco de “una iglesia pobre y para los pobres” renunciando a ciertas ventajas, en su primera reflexión pública sobre el nuevo pontífice.

“El papa Francisco acaba de decirnos que sueña con una ‘Iglesia pobre y para los pobres’, para eso necesitamos, como lo ha dicho también, reconocer que el auténtico poder de la Iglesia consiste en servir a los pobres”, dijo Gutiérrez en un texto publicado por la Pontificia Universidad Católica de Perú.
El fundador de la TL se preguntó si la iglesia y los fieles están dispuestos a seguir al Papa para hacer realidad esa sueño.
“¿Estamos, como cristianos y como Iglesia, dispuestos a morir a nuestras propias ventajas y a ciertas consideraciones sociales por solidaridad con los más pobres, en los que encontramos a Jesucristo, muerto y resucitado por todos”, escribió Gutiérrez, hoy de 85 años y sacerdote dominico.
“Si no es así, aunque hayamos pasado por la Semana Santa, ella no habrá pasado por nosotros”, aseguró Gutiérrez en el texto “La Semana Santa y los pobres”, publicado en la revista institucional de la universidad, un centro de estudios enfrentado al Vaticano desde el papado de Benedicto XVI (2004-2013).
La TL surgió en América Latina hace más de cuatro décadas con el objetivo de renovar el mensaje central de la religión católica en una de las regiones con mayores desigualdades del mundo.
El Vaticano, bajo el pontificado del papa Juan Pablo II (1978-2004), acusó de marxista a la TL por resaltar la opción preferencial de Dios por los pobres y sancionó a varios sacerdotes vinculados a ella, como el brasileño Leonardo Boff o el nicaragüense Ernesto Cardenal.
La ofensiva del Vaticano contra la TL se tradujo en el nombramiento de obispos conservadores en América y en subrayar que la iglesia optaba por los pobres, pero no tenía una “opción preferencial por los pobres” como pregonaba la TL, una idea que Roma atribuía al análisis sociológico y a la lucha de clases.
Gutiérrez salió bien librado de esa ofensiva, pero recibió un llamado de atención en 1984 de Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación de la Santa Fe. El peruano optó por quedarse dentro de la iglesia.
En la actualidad, la TL dejó de ser la ‘piedra en el zapato’ del Vaticano y quedó relegada a un segundo plano desde el papado de Benedicto XVI.(RD/Agencias)

viernes, 15 de marzo de 2013

Gustavo Gutiérrez: genio sí, pero sobre todo un hombre bueno.


Hace pocos días Gustavo recibió el premio nacional de cultura por su trayectoria como intelectual que ha producido escritos que, sin duda, han marcado no sólo la Iglesia latinoamericana, sino la Iglesia universal en los últimos 50 años. Sinesio López, en un artículo en La República, destacaba sus conocimientos profundos no sólo de la teología, su especialidad, sino de la filosofía y la psicología, como también, añadiría yo por experiencia propia, su agudo sentido del momento político, tanto nacional como eclesial.
Me siento un amigo cercano, pero hay otros que han estado, sin duda, más cercanos que yo. Pero lo que quiero destacar aquí no es mi amistad, sino la capacidad de Gustavo de hacerse amigo de tanta gente, un amigo fiel. Esa cualidad es propia de una persona de veras buena. El premio que ha recibido recientemente se basa ciertamente en su producción intelectual, pero se basa también en el hecho de que es un hombre bueno y fiel, fiel a sus amigos sí, pero sobre todo fiel a sus esfuerzos de aportar a una Iglesia de y para los pobres. En eso se asemeja al gran compañero dominico, Bartolomé de las Casas. Ambos han dedicado sus vidas a la pasión por los pobres, que tengan su lugar tanto en la Iglesia como en la sociedad.
Una persona buena nace con ciertas dotes, cualidades naturales, que ayudan. Esas cualidades vienen también de sus años de crecimiento en familia, de los amigos de juventud, etc. Pero en Gustavo, cuando digo que es una persona buena, es muy necesario decir que su bondad es una bondad ganada a pulso. Durante 20 largos años tuvo que afrontar los ataques feroces de los enemigos de su teología dentro y fuera de la Iglesia. Fue acusado de todo, que era infiel a la Iglesia, que tergiversaba el Evangelio, que era más político que teólogo, que era todo menos un fiel seguidor de Jesús. Los ataques continúan, pero tienen menos fuerza hoy porque Roma misma ha reconocido públicamente que su pensamiento, su teología, es plenamente fiel a la Iglesia.
Durante esos largos años de cuestionamiento de su teología, nunca escuché de él una palabra de amargura, de desprecio por sus adversarios. Su fidelidad a esta Iglesia siempre imperfecta tuvo sus costos de salud, ciertamente, pero también costos por la necesidad de estar permanentemente atento a los nuevos reproches de su pensamiento. Lo que me impresiona es que su interés en esos años, como hoy, no se centraba en su persona, sino en lo que él y Las Casas soñaban: una Iglesia fiel a los pobres y, por eso, fiel al Evangelio de Jesús. Si hay algo que marca a una persona buena, es su desprendimiento de sí en medio de la batalla por lo que cree firmemente es la verdad. El interés de Gustavo nunca ha sido la vigencia de su teología, sino la vigencia en la Iglesia de la preferencia por los pobres.
Creo que la persona de Gustavo, su bondad como también su teología, nos han servido para acercarnos al Evangelio, a la vida y la práctica de Jesús. Nos ha servido a que la palabra evangélica diga algo, mucho, a nuestro presente. Y eso se debe no sólo a la genialidad de su pensamiento, sino también y sobre todo a la bondad de su persona.
Si estas palabras mías, por cierto balbuceadas, tienen la mala suerte de llegar a las manos de Gustavo, pido perdón. Sé que no son alabanzas que no necesita ni busca, sino más bien, la necesidad de los amigos de alabar y reconocer la bondad donde la encuentran.
Francisco Chamberlain, s.j., compartida por Jesuitas del Perú

jueves, 11 de octubre de 2012

Cuarenta años de 'Jesucristo el Liberador'.


por Leonardo Boff

En el Instituto Humanitas de la Unisinos de los Jesuitas en São Leopoldo (Brasil) se está celebrando del 7 al 11 de octubre el 40º aniversario del nacimiento de la Teología de la Liberación. Están presentes los principales representantes de América Latina, especialmente, su primer formulador, el peruano Gustavo Gutiérrez. Curiosamente en ese mismo año de 1971, sin que ninguno supiese de los otros, Gutiérrez en Perú, Hugo Assman en Bolivia, Juan Luis Segundo en Uruguay y yo mismo en Brasil publicábamos nuestros escritos, considerados los fundadores de este tipo de teología. ¿No sería la irrupción Espíritu que soplaba en nuestro Continente marcado por tantas opresiones?

Para burlar los órganos de control y represión de los militares, yo publicaba todos los meses de 1971 un artículo en una revista para religiosas Sponsa Christi (Esposa de Cristo) con el título: Jesucristo el Liberador. En marzo de 1972 reuní los artículos y me arriesgué a publicarlos en forma de libro. Tuve que esconderme durante dos semanas porque la policía política me buscaba. Las palabras «liberación» y «liberador» habían sido prohibidas y no podían ser usadas públicamente. Al abogado de la Editora Vozes le costó mucho convencer a los agentes de vigilancia de que se trataba de un libro de teología, con muchas notas de pie de página de literatura alemana y que no era una amenaza para el Estado de Seguridad Nacional.

¿Cuál es la singularidad del libro (hoy en su 21 edición)? Presentaba, fundada en una exégesis rigurosa de los evangelios, una figura de Jesús como liberador de las distintas opresiones humanas. Contra dos de ellas tuvo que enfrentarse directamente: la religiosa en forma de fariseísmo en la estricta observancia de las leyes religiosas. La otra, política, la ocupación romana que implicaba reconocer al emperador como «dios» y asistir a la penetración de la cultura helenística pagana en Israel.

A la opresión religiosa, Jesús contrapone una «ley» mayor, la del amor incondicional a Dios y al prójimo. Éste es para él toda persona de la cual me aproximo, especialmente los pobres e invisibles, aquellos que no cuentan socialmente.

A la política se opone, en vez de someterse al imperio de los Césares, anunciando el Reino de Dios, un delito de lesa majestad. Este Reino comportaba una revolución absoluta del cosmos, de la sociedad, de cada persona y una redefinición del sentido de la vida a la luz de Dios, llamado Abba, es decir, padre amoroso y lleno de misericordia, que hacía que todos se sintiesen sus hijos e hijas y hermanos y hermanas unos de otros.

Jesús actuaba con la autoridad y la convicción de alguien enviado por el Padre para liberar a la creación herida por las injusticias. Mostraba un poder que aplacaba tempestades, curaba enfermos, resucitaba muertos y llenaba de esperanza a todo el pueblo. Algo realmente revolucionario iba a suceder: la irrupción del Reino que es de Dios y también de los humanos por su compromiso.

En estos dos frentes creó un conflicto que lo llevó a la cruz. No murió en la cama rodeado de discípulos, sino ejecutado en la cruz como consecuencia de su mensaje y de su práctica. Todo indicaba que su utopía había sido frustrada. Pero he aquí que sucedió algo inaudito: la hierba no creció sobre su sepultura. Unas mujeres anunciaron a los apóstoles que había resucitado. La resurrección no hay que identificada con la reanimación de un cadáver, como el de Lázaro, sino como la irrupción del ser nuevo, no sujeto ya al espacio-tiempo y a la entropía natural de la vida. Por eso atravesaba paredes, aparecía y desaparecía. Su utopía del Reino como transfiguración de todas las cosas, al no poder realizarse globalmente, se concretó en su persona mediante la resurrección. Es el Reino de Dios concretado en Él.

La resurrección es el hecho mayor del cristianismo sin el cual no se sostiene. Sin ese acontecimiento bienaventurado, Jesús sería como tantos profetas sacrificados por los sistemas de opresión. La resurrección significa la gran liberación y también una insurrección contra este tipo de mundo. Quien resucita no es un Cesar o un Sumo Sacerdote, sino un crucificado. La resurrección da razón a los crucificados de la historia de la justicia y del amor. Ella nos asegura que el verdugo no triunfa sobre la víctima. Significa la realización de las potencialidades escondidas en cada uno de nosotros: la irrupción del hombre nuevo.

¿Cómo entender a esa persona? Los discípulos le atribuyeron todos los títulos, Hijo del Hombre, Profeta, Mesías y otros. Al final concluyeron: humano así como Jesús sólo puede ser Dios mismo. Y empezaron a llamarle Hijo de Dios.

Anunciar un Jesucristo liberador en el contexto de opresión que existía y aún persiste en Brasil y en América Latina era y es peligroso. No sólo para la sociedad dominante sino también para ese tipo de Iglesia que discrimina a mujeres y laicos. Por eso su sueño siempre será retomado por aquellas personas que se niegan a aceptar el mundo así como existe. Tal vez sea este el sentido de un libro escrito hace 40 años.

[Traducción de MJG]

Fuente: Atrio

lunes, 13 de febrero de 2012

Dios mío ¿Dónde estás? No me oyes para remedio de tus pobres” [Homenaje a Gustavo Gutiérrez]



(Fuente: Blog de Cristianismo y Justicia | Autor: José Ignacio González Faus) Sin muchos preámbulos quisiera, en este homenaje, señalar cuatro rasgos que pueden resumir la aportación teológica de Gustavo Gutiérrez.
1.- No hay salvación sin trabajo por la  liberación.
El primer rasgo es haber planteado desde el principio el problema de las relaciones entre liberación histórica y salvación ultrahistórica. Un cristianismo desfigurado había reducido la fe a una esperanza en el más allá, donde el más-acá de nuestra historia sólo servía para merecer o comprar el billete de ese más allá. Semejante cristianismo chocaba con la pregunta central de Gustavo: “¿cómo hablar de un Dios Padre a aquél que ni siquiera es hombre?”, volviendo casi imposible la evangelización de los pobres que es distintivo de la misión de Jesús (Mt 11,5; Lc 4,18). Y además, desfiguraba y desvalorizaba la Resurrección de Jesús cuya enseñanza es que la salvación escatológica ha de ir gestándose y anticipándose ya en esta historia. De este tema que Gustavo planteó ya en su primera Teología de la liberación, brotó después el lema tan extendido en una América Latina asolada por la injusticia: “sin in-surrección no ha re-surrección”.
2.- De “la fuerza histórica de los pobres” a “Los pobres de Jesucristo”
La primera expresión es título de otra de las obras primerizas de Gustavo. La constatación de una fuerza histórica de los pobres podía ser un dato de la situación de aquellas horas. Pero es evidente que esa fuerza histórica se desvaneció poco después por la reacción del imperio del dios Dinero. Gustavo pasó entonces a hablar de “los pobres de Jesucristo” en el título de su espléndida obra (quizás la mejor) sobre Bartolomé de Las Casas. La fuerza teológica de los pobres compensó su pérdida de fuerza histórica. Con ello se dio relieve a otra de las tesis más decisivas de la teología de la liberación: que el problema de los pobres y la eliminación de la pobreza no es meramente un problema ético: es primariamente una cuestión cristológica y por tanto también un asunto teologal en el que nos jugamos la verdad de Dios o la idolatría. Por eso, cuando más tarde aprovechando la caída del Este, se lanzó la pregunta capciosa de qué queda de la teología de la liberación, el obispo Casaldáliga pudo responder sencillamente: quedan los pobres y queda el Dios de los pobres. O sea: queda todo.
En este punto quizá se estudie algún día la influencia de Guamán Poma en algunas formulaciones de Gustavo. Sospecho que el estudio valdría la pena. Yo me limito a sugerir una comparación entre dos canciones “de iglesia”: a) el himno final de la misa salvadoreña canta: “cuando el pobre crea en el pobre… construiremos la fraternidad” y podremos cantar libertad etc. b) En cambio, otra conocida canción de la época (“Pequeñas aclaraciones”), parte de un presupuesto similar (cuando el pobre nada tiene y aún reparte, cuando un hombre pasa sed y agua nos da…), pero no deduce de ahí ningún pronóstico histórico sino un juicio teológico: no se dice que entonces construiremos nada sino que “va Dios mismo en nuestro mismo caminar”. Con ello, otra vez, la teología y la praxis de la liberación se convierten en experiencia espiritual.
Esa es la fuerza teológica de los pobres. Y ya que hemos citado a Las Casas, completemos diciendo que el gran dominico no sólo es ejemplo por su defensa profética de los derechos de los oprimidos (y más si son oprimidos en nombre de Dios), sino también por su concepción de la evangelización (ésta sí que verdaderamente “nueva”): porque “Cristo concedió a los apóstoles solamente la licencia y autoridad de predicar el evangelio a los que quieran oírlo; pero no la de forzar o inferir alguna molestia o desagrado a los que no quisieran escucharlo”. Y, a su vez, “la Iglesia no tiene más poder en la tierra que el que tuvo Cristo”,
3.-  “Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente”
Esa fuerza teológica de los pobres se despliega en el título de la obra quizás más conocida de Gustavo. Se trata de un breve comentario al libro de Job, que evoca el espléndido verso de César Vallejo (“Dios mío estoy llorando el ser que vivo”), gran poeta peruano muy citado en esta obra. Gustavo pone de relieve cómo toda teología que pretenda hablar y especular sobre Dios al margen del dolor de este mundo (sobre todo del dolor injusto) se convierte en un lenguaje comparable al de los amigos de Job, “consoladores inoportunos” e intachables “ortodoxos” de un dios falso, al que creen poder defender a costa del sufrimiento de su amigo. Pero con ello no hacen más que ofender a Dios, hablar falsamente de Él y convertir su presunta ortodoxia en una blasfemia, hasta verse desautorizados por el mismo Dios al final del libro. En cambio Job, protestando contra la injusticia que se comete contra él, es un testigo más veraz de Dios que todos los que “se acostumbran” a esa injusticia. Esa injusticia le ayudará a salir de sí y de su dolor ante el drama del sufrimiento injusto del mundo, a comprender que no hay nada que justifique el dolor injusto de un ser humano.
Con delicadeza y buenas palabras, creo que pocas veces se ha dado un aviso tan serio a toda esa teología meramente académica que se está queriendo revitalizar entre nosotros a raíz de la involución eclesial y que, so capa de ortodoxia, está elaborando una idolatría o una reflexión sobre un dios falso. Y deja planteado a la Iglesia el más decisivo de todos sus problemas: el de la identidad de Dios, deformada tantas veces por los creyentes y causa (según Vaticano II) de buena parte del ateísmo moderno. Conocer a Jesús es seguir a Jesús han dicho con frecuencia los teólogos latinoamericanos. Y hablar de Dios implica un “practicar a Dios” según expresión de Gustavo. Job es llevado a una experiencia de  gratuidad que le deja desconcertado ante su propio dolor, pero le mueve proféticamente a trabajar contra todo el dolor del mundo. Teología y santidad (como la justicia y la paz) se besan para Gustavo.
4.- Fidelidad eclesial.
Por desgracia, como no podía ser menos, Gustavo se vio denostado y perseguido por una curia romana cada vez más ciega y que pretende articular en todo el episcopado mundial una confirmación de su ceguera. No ha sido el único en nuestro hoy ni en nuestro ayer: ciñéndonos al ámbito hispanohablante ¿habrá que evocar que santos y doctores de la Iglesia, como Juan de Ávila, Teresa de Jesús, Luis de Granada o el arzobispo Carranza, vieron puestas en el Índice de libros prohibidos algunas de sus obras y soportaron dificultades con la inquisición?. Pero lo que aquí merece ser destacado es la fidelidad y ejemplaridad de la reacción de Gustavo, en medio de dolores absurdos que sólo él conoce. He evocado otras veces cómo en Madrid, en un congreso de teología, ante preguntas capciosas que pretendían plantearle una opción entre la Iglesia y los pobres, Gustavo se negó a aceptar el dilema y confesó que él amaba a esta iglesia pecadora “con un amor de antes de la guerra”. Buen punto de referencia para muchos que hoy han compartido su mismo destino crucificado. Y buena lección histórica sobre la fecundidad del seguimiento crucificado de Jesús de Nazaret, que confirma lo que ocurrió con Lagrange, Rahner, Congar, De Lubac… y otros mártires de la teología del preconcilio Vaticano II, reivindicados luego en el concilio.
Las peripecias y los vericuetos de esa fidelidad (que necesitó también la astucia de las serpientes sin perder la sencillez de las palomas) no son para ser evocados aquí y son suficientemente conocidos. Sólo una palabra de gratitud para los hijos de Santo Domingo que salvaron para la Iglesia esta pequeña joya y permitieron a Gustavo convertirse en hermano de su querido Bartolomé de Las Casas.

Sobre la fuente citada en el artículo


"Lupa" es una revista cristiana, progresista y ecuménica, de teología, opinión y cultura que se edita desde Barcelona (Catalunya). Este artículo ha sido escrito por la fuente citada en su contenido.