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viernes, 8 de agosto de 2014

El diálogo interreligioso y las oportunidades que nos ofrece.



“No habrá paz entre las naciones sin que haya paz entre las religiones. Y no habrá paz entre las religiones sin un mayor diálogo entre religiones”. (Hans Kung)

Si alguien elige ser religioso/a hoy día, esa persona debe ser religiosa de una manera interreligiosa, es decir, reconociendo que existen otras maneras válidas de ser religioso/a y reconociendo en mayor medida que las religiones del mundo están llamadas hoy día a aprender las unas de las otras, a cuestionarse recíprocamente, y a cooperar mutuamente.

¿Por qué es necesario el diálogo interreligioso, y cuáles son los beneficios que pueden resultar de ese diálogo?

Creo que la urgencia de un diálogo interreligioso, es decir, la urgencia de respetar a los creyentes de otras religiones, aprender de ellos y cooperar con ellos, nace de tres exigencias, o tres imperativos éticos que nuestro mundo contemporáneo hace a cristianos y creyentes de otras religiones. El mundo en que vivimos está globalizado e interconectado como nunca antes lo ha estado, pero éste es también un mundo amenazado y en peligro también como nunca antes. Los peligros y amenazas nacen de la violencia que los seres humanos están cometiendo tanto contra otros seres humanos como contra el medio ambiente. Por tanto, sugiero que consideren que este mundo globalizado pero amenazado está llamando a las personas religiosas a ser: 1) mutuos vecinos interreligiosos, 2) mutuos pacificadores interreligiosos y 3) peregrinos interreligiosos junto a cada uno de nosotros.

Siempre ha habido diferentes religiones en el mundo. La diversidad religiosa no es nada nuevo. Pero, en el pasado, esas religiones distintas permanecían en “su propio vecindario”, es decir, dentro de sus propias fronteras geográficas y culturales. Hoy en día, eso está cambiando. Muchas religiones diferentes se están mudando a los mismos vecindarios. Aquellos que creen de manera distinta, rezan de manera distinta, se visten de manera distinta, ya no viven al otro lado del mundo. Viven en la casa de al lado; trabajamos junto a ellos; sus hijos van al colegio junto a nuestros niños; ciertamente, sus hijos podrían casarse con los nuestros.

Esto significa que lo que llamamos “sociedad civil” está adquiriendo un nuevo carácter. Si durante la segunda mitad del siglo pasado se habló mucho acerca de una “sociedad secular” donde la religión ya no era un factor de consideración, actualmente los académicos hablan de una “sociedad post-secular”, en la cual la realidad de la religión, de muchas maneras distintas, no es sólo una fuerza cultural, sino también geopolítica que debe ser considerada. Actualmente, la comunidad de naciones y cada nación individual se están convirtiendo, cada vez más, en sociedades civiles multi-religiosas.

Si la seguridad de una nación depende de sus ciudadanos, siendo “buenos vecinos” de los demás –es decir, vecinos que no sólo viven dentro de las mismas fronteras, sino que trabajan juntos para hacer que su espacio común sea un vecindario saludable, limpio, seguro, salvador para todos– entonces tendremos que ser buenos vecinos multi-religiosos de los demás. Se nos pide que trabajemos con los demás, seamos amigos de los demás, como personas que encuentran el significado de la vida de maneras muy distintas, basadas en libros religiosos muy diferentes, siguiendo a líderes religiosos muy diferentes, quienes presentan imágenes muy distintas de lo que es lo Último en la vida. Se nos llama a formar una sociedad civil, un vecindario funcional, a partir de diferentes comunidades religiosas. Si queremos ser “buenos vecinos” de los demás, si esperamos ser “buenos vecinos” de los demás, tenemos que lograr serlo de manera interreligiosa.

Y aquí viene la parte difícil, el verdadero desafío. Ser buenos vecinos multi-religiosos requiere de algo más que tolerancia. Por favor entiendan que no estoy degradando la tolerancia. Dios sabe que necesitamos más de ella entre las comunidades religiosas de nuestro mundo. Tolerancia significa que vivamos religiosamente y dejemos que otros vivan religiosamente, que permitamos que nosotros y los demás seamos religiosos de la manera en la que queramos serlo. Pero la tolerancia implica que lo hacemos a regañadientes. Aquello que dejamos que ocurra, desearíamos que no viviera, al menos no en la casa de al lado.

Por ello, para ser buenos vecinos de múltiples credos, la tolerancia no es suficiente. Para formar un vecindario o una nación a partir de diferentes comunidades religiosas tenemos que reconocer y aseverar –en nuestro pensamiento y en nuestro sentir- no sólo la existencia sino la validez de las otras comunidades religiosas. Nosotros los cristianos debemos ser capaces de mirar a nuestros vecinos musulmanes y no solamente reconocer que son musulmanes; debemos estar contentos de que sean musulmanes. Una sociedad civil multi-religiosa funcional requiere que cada comunidad religiosa asevere que las demás religiones tienen un lugar tan válido en nuestro mundo como el propio. Para ser buenos vecinos interreligiosos, debemos regocijarnos en y celebrar las diferentes identidades religiosas.

Lo que propongo aquí es que en nuestra comunidad mundial multi-religiosa y en nuestras naciones multi-religiosas, tenemos que aseverar la igualdad de derechos de las religiones, y eso significa la igualdad de validez de las religiones. Creo que de buen grado reconocemos que una nación que afirma ser una democracia no puede funcionar sin que haya igualdad de género y de raza. Afirmar que Dios ha hecho al hombre superior a la mujer, o afirmar que Dios ha establecido a la raza blanca como superior a la raza negra o a las razas mestizas es socavar las posibilidades mismas de una democracia funcional. Lo mismo debe decirse de las religiones: en una nación multi-religiosa que afirma ser una democracia, decir que Dios ha hecho de una religión –generalmente el cristianismo– la única religión verdadera o superior sobre las demás es contrario a sus valores democráticos. No puedo ser un conciudadano de alguien si creo que mi raza es superior a la suya; sugiero que lo mismo es cierto si pienso que mi religión es inherentemente superior a la de otra persona.

¿Pueden los cristianos estar de acuerdo con tal entendimiento de una sociedad civil inter-religiosa? ¿Pueden los cristianos reconocer la validez de otras religiones?

Debemos ser pacificadores interreligiosos con los demás

Nosotros los cristianos, por supuesto, debido a nuestras identidades mismas, estamos llamados a ser pacificadores. Pero actualmente, en cierto sentido, eso no resulta suficiente. Debemos ser pacificadores interreligiosos. Este reto se ha vuelto mucho más apremiante después de los sucesos del 11 de septiembre de 2001. La violencia de ese día, y la violencia que ha seguido a ese día, han encarnado y resaltado lo que está ocurriendo en muchas otras partes del mundo: la religión –que significa creencias y valores religiosos– está siendo usada para fomentar, justificar e intensificar la violencia de algunas personas contra otras. Aunque a través de la historia humana siempre ha habido violencia en nombre de la religión, tal violencia parece ser hoy en día más amenazadora de lo que lo que ha sido. Algunos analistas políticos y algunos políticos en posiciones de poder sostienen que la religión está alimentando un enfrentamiento entre civilizaciones, civilizaciones ahora con armas más devastadoras de lo que jamás se haya imaginado. Con esto no se está diciendo que la religión per se causa violencia. Pero la religión a menudo es la mecha que enciende las tensiones políticas, económicas o éticas combustibles; o la religión es la leña que permite que las llamas de la guerra ardan con mayor intensidad y ferocidad.

Las personas religiosas, sobre todo cuando estas personas religiosas son vecinas, que ven que su religión es empleada para justificar la violencia terrorista de estrellar aviones contra edificios, o para justificar la violencia militar de arrojar bombas sobre otros pueblos, deben ponerse de pie y hacer algo respecto a cómo sienten que su religión y sus valores religiosos están siendo explotados y abusados. El rabí Jonathan Sacks, en su maravilloso libro La dignidad de la diferencia, enuncia el reto que los vecinos religiosos se plantean entre sí:


…los creyentes religiosos no pueden hacerse a un lado cuando las personas son asesinadas en el nombre de Dios o por una causa sagrada. Cuando la religión es invocada como justificación para el conflicto, las voces religiosas deben alzarse en protesta. Debemos ocultar el hábito de la santidad cuando es buscado como manto para la violencia y el derramamiento de sangre. Si la fe es enlistada en la causa de la guerra, debe haber una contravoz igual y opuesta en el nombre de la paz. Si la religión no es parte de la solución, ciertamente será parte del problema.

Sacks sugiere que la tarea de afrontar la violencia en nombre de nuestra religión es un problema que no podemos manejar nosotros solos. Necesitamos de la ayuda de otras religiones, así como nosotros podríamos ayudarlas, para ver cómo la religión propia está siendo abusada y por qué los líderes políticos se están apropiando de ella.

Se les está preguntando a los cristianos, como se les está preguntando a todos los creyentes religiosos, si pueden ser pacificadores interreligiosos. Nuestra respuesta es un entusiasta “¡Por supuesto que podemos!”. Pero como voy a señalar, tal disposición positiva podría plantearnos exigencias inesperadas.

La tercera razón por la cual el diálogo interreligioso es necesario va más allá de las dos razones que hemos considerado hasta este punto: la necesidad cívica de ser buenos vecinos con los demás y la necesidad política de ser pacificadores conjuntamente. La tercera razón llega hasta las profundidades de quiénes somos como personas religiosas, como personas que han llegado a conocer o a confiar, a través de Jesucristo, que hay una Realidad que tanto nos trasciende en el misterio como nos abraza en intimidad. Esta es una razón que se vuelve clara a medida que llegamos a conocer otras religiones y, sobre todo, al hacernos buenos amigos y vecinos de personas que transitan por distintos caminos religiosos.

Estoy intentando llegar a la conciencia, o a la feliz inquietud, que más y más cristianos están sintiendo. Nosotros los cristianos nos estamos dando cuenta de que cuando tomamos el pluralismo religioso con seriedad como una de las apremiantes “señales de los tiempos”, cuando intentamos ser buenos vecinos y compañeros pacificadores junto a personas de otros credos, encontramos que somos capaces de experimentar y aprender cosas acerca de Dios y acerca de nosotros mismos y de nuestro mundo que nunca podríamos haber aprendido solos. ¡Nuestra relación con los demás es una manera de ahondar nuestra propia espiritualidad!

Como lo expresó Edward Schillebeeckx, estamos llegando a aceptar el hecho de que hay más verdad en todas las religiones juntas que en cualquiera de ellas por separado.

El diálogo interreligioso nos ofrece la oportunidad de ser compañeros peregrinos de los musulmanes, judíos, budistas, hindúes, las espiritualidades indígenas, al explorar y descubrir cada vez más del Misterio que llamamos Dios, un Misterio que tiene muchos nombres, y cuya integridad ninguna religión podrá abarcar completamente.

Por tanto, lo que sugiero es “la urgencia” de un diálogo interreligioso, es “la oportunidad” de profundizar y enriquecer nuestras propias identidades y comunidades religiosas. Sugiero que tales oportunidades pueden enfocarse bajo dos enunciados: la oportunidad de una nueva comprensión de lo que significa ser Iglesia y lo que significa estudiar y enseñar teología.

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lunes, 26 de agosto de 2013

Gandhi y Marx.


Honorio Cadarso

Artículo inspirado en el debate sobre El perdón es liberación

En 1958 se publicó en Sur, Buenos Aires, una obra de Kishorelal Mashruwala con el título de Gandhi y Marx. El tema da para sabrosas reflexiones.

Gandhi suscribe los mismos razonamientos de Marx en el capítulo de la crítica del capitalismo.

La acumulación de la producción debida a la industrialización inglesa y al sistema capitalista no ha favorecido en nada al pueblo indio. La tierra es poseída cada vez más por grandes propietarios que viven en las ciudades, pagan impuestos al Gobierno y viven a expensas del trabajo de verdaderos esclavos. El pueblo se convierte paso a paso en un inmenso proletariado que no goza ni siquiera de las ventajas del antiguo régimen patriarcal y feudal, en el que el amo daba trabajo y comida y convivía en la aldea con su “familia” de hijos y criados.

Esta situación se da también en todos los países del Tercer Mundo, donde el colonialismo no ha superado la supremacía económica de los países ricos.

Viniendo al sector industrial o urbano, Gandhi declara en una entrevista a Camille Drevet: “la producción industrial, sin relación alguna con el consumo, es la responsables de las crisis mundiales y de las guerras. Sería necesario que producción y distribución fuesen reguladas simultáneamente, basándose en las necesidades del pueblo, y no en los beneficios…

Y sigue: “el mal procede del sistema capitalista en sí mismo. Las naciones occidentales deberían emplear sus talentos, que son reales, en fomentar el desarrollo a escala mundial de las industrias necesarias a cada país, en lugar de imponer sus productos al mundo entero. La concentración de la producción lleva al paro forzoso y a la miseria”.

Por supuesto, Gandhi niega rotundamente el derecho de propiedad. La propiedad, tomada como absoluto, es un robo, una violencia hecha a los demás. Nadie es, ni puede ser propietario de nada, solo Dios mismo. El hombre es solamente gerente o administrador en vistas al bien común.

El propietario actual se convierte así en simple gestor de la propiedad que posee hasta este momento: “Supongamos que mañana la India sea un país libre, todos los capitalistas tendrían ocasión de hacerse administradores legales. El Estado precisaría el monto de la comisión a la que tendrían derecho. Y sería proporcionado al beneficio prestado y al beneficio conseguido por la sociedad. Los hijos heredarían el derecho a la gestión, siempre que probaran su competencia y eficacia en este trabajo”

Y ¿qué decir de la lucha de clases? Ante la explotación del capitalista, Gandhi preconiza la desobediencia, la huelga, la negativa al trabajo: los campesinos se marcharán y dejarán sentado que la tierra es de los que la trabajan… El propietario no puede trabajarla por sí solo, por lo tanto se verá obligado a dar curso a una justa reivindicación.

Refiriéndose al sector industrial, Gandhi plantea primero la negociación y el diálogo, y si no hay resultados, la huelga, que no solo es justa, sino un deber de justicia, porque someterse a unas condiciones injustas es pactar con el mal. La no cooperación es el arma propia del obrero frente al capital.

Para aguantar una situación de huelga, se precisa que todo trabajador, todo ciudadano, sea capaz de recurrir al trabajo manual y artesanal con el cual conseguirá autoabastecerse y cubrir sus necesidades mínimas y sobrevivir a una situación prolongada de privación de ingresos. De ahí la importancia del recurso a la rueca, y a la cabra.

Hasta aquí, excepto en lo de la rueca y la cabra, todo son coincidencias. Pero las perspectivas a largo plazo cambian radicalmente entre marxismo y pensamiento-praxis gandhiana.

El movimiento obrero, el sindicalismo, son buenos. Pero no para traspasar el capital de las manos de unos a las de los otros, de una clase a otra, ni de una clase cualquiera al Estado. Sino para suprimir el sistema por la descentralización económica en la producción. Es la acumulación del capital lo que hay que tratar de impedir.

“Quiero decirles por qué el movimiento obrero capitula tan a menudo. En lugar de esterilizar el capital, intenta posesionarse del capital para convertirse a su vez en capitalista. Consecuencia, el capitalismo, cuidadosamente atrincherado y bien organizado, no tiene por qué inquietarse, encuentra en el movimiento obrero elementos que sostendrán su causa y estarán dispuestos a reemplazarlo”.

Hay una versión hermosa y profética del slogan marxista: “proletarios del mundo entero, uníos”. Mucho más concreta, mucho más realista y ajustada al mundo real, como que la proclama una vez que sale desde las mismas entrañas del Tercer Mundo, desde la muchedumbre de parias de la tierra: “Los deberes para uno mismo, para la familia, para el país y para el mundo no son independientes unos de otros. No puede ser uno bueno para su nación perjudicándose a sí mismo y a su familia. Del mismo modo, TAMPOCO SE PUEDE SERVIR AL PAÍS PERJUDICANDO AL MUNDO. EN ULTIMO TERMINO HEMOS DE MORIR PARA QUE LA FAMILIA VIVA, Y LA FAMILIA DEBE MORIR PARA QUE VIVA LA NACIÓN, Y LA NACIÓN PARA QUE VIVA EL MUNDO.”

De hecho, Gandhi se planteó alcanzar la independencia de la India como una forma de despertar en todo el mundo sometido por los países ricos, en todo el Tercer Mundo: “Mi ambición es mucho más alta que la independencia. Por la liberación de la India, espero liberar a las llamadas razas débiles del mundo que están explotadas y aplastadas por Occidente. Si la India logra pertenecerse, todas las naciones querrán ser libres”.

Deliberadamente, Gandhi evita utilizar el término Estado, puesto que su objetivo es exactamente hacer desaparecer el Estado, y sin embargo incide en el término Nación, que se identifica con el de pueblo. Asimismo procura sustituir el término independencia, o completarlo, con el de interdependencia, recalcando que la humanidad entera está llamada a entablar a nivel planetario una relación de fraternidad, igualdad y libertad.

Hay un motor esencial en el impulso revolucionario no violento de Gandhi. Se trata de una religiosidad que ha cuajado desde lo más auténtico y verdadero del hinduismo, el islamismo, el contacto con la civilización occidental, y sobre todo el cristianismo, no los cristianos, sino el cristianismo, y como crema del cristianismo el Sermón de la Montaña de los evangelios.

Hay una idea de Dios quizá poco corriente: “La verdad es Dios. Antes decía yo: Dios es la verdad. Pero ocurre que hay hombres que niegan a Dios. Ocurre que su pasión misma por la verdad les lleva a negar a Dios, y, a su modo, tienen razón. Por eso digo ahora: la verdad es Dios. Nadie, ene efecto, puede decir “la verdad no existe” sin quitar a su decir toda verdad. Por eso prefiero decir: la verdad es Dios.

El hombre, para Gandhi, es la manifestación suprema de la vida, y también su responsable. El Absoluto es la vida, una vida que nos sobrepasa y nos envuelve. Una vida que no comprendemos y no es nuestra. Pero que es también nuestra propia vida y la vida de todos los seres que bullen a nuestro alrededor, el elefante y la hormiga, la serpiente y el hombre, el otro hombre.
Digamos, finalmente, que esta visión del hermoso final de la lucha que Gandhi se propone tiene los mismos perfiles que ese paraíso comunista que sueña Marx en el que desaparecerán las clases y desaparecerá el estado, o el que sueñan Proudhon y Bakunin. En el caso de Gandhi, este paraíso que se espera en la lejanía recibe a veces el nombre explícito de Reino de Dios.

Ese paraíso cuya llegada quedó aplazada para Gandhi cuando fue asesinado y derrotado en su enorme esfuerzo por lograr una sola India en la que conviviesen fraternalmente musulmanes, hindúes y cristianos, y una revolución social en la que desapareciese la propiedad privada.

Fuente: Atrio

domingo, 17 de febrero de 2013

Dios…y sus diversos caminos.


por Carmelo Álvarez

A Tissa Balasuriya, que me indicó los caminos al Misterio

Durante años he estado interesado y ocupado en el diálogo interreligioso. La Asociación Ecuménica de Teólogos y Teólogas del Tercer Mundo, ASETT (fui su secretario general por 5 años) me proveyó un amplio horizonte para vivirlo y explorarlo. Fueron encuentros fraternales y cordiales alrededor de una mesa y en el compartir el pan que conversamos con budistas, musulmanes, hindúes, judíos y también etnias indígenas en Latinoamérica, el Caribe y Estados Unidos, con pueblos africanos que profesan su fe cristiana y asumen la religión de sus ancestros.

Un gran amigo y hermano recientemente fallecido, el P. Tissa Balasuriya de Sri Lanka, me ayudó a entender las rutas tan diversas, y muy complejas, de aquél diálogo. Recuerdo vivamente la invitación cordial que nos hicieran al comité ejecutivo de ASETT cerca de la playa en Colombo, Sri Lanka a participar de la re-consagración de un templo hindú. Observamos la devoción y actitud sobrecogedora de la multitud cuando el sacerdote desde la cúspide del templo con sus imágenes coloridas, derramaba aquella agua sagrada y pronunciaba las palabras sagradas de consagración. Luego conversamos sobre las dimensiones e implicaciones de todo ello.

Esa misma semana almorzamos con monjes budistas en su convento. Departimos en un espacio de camaradería y sosiego. Nos explicaron la filosofía de vida del budismo tibetano. Parecía que nos movíamos más allá del tradicional diálogo ecuménico y explorábamos nuevos senderos de comprensión sobre unas experiencias y vivencias desconocidas para cristianos y cristianas formados en el cristianismo occidental. ¡Y nos unimos en meditación profunda, dando gracias en nuestros distintos idiomas y tradiciones religiosas!

Este fin de semana próximo pasado (31 de enero al 2 de febrero de 2013) asistimos a una experiencia inédita y novedosa que ha marcado para siempre la historia religiosa de Puerto Rico. El Tercer Simposio Rdo. Gamaliel Ortiz Nieves (tercero de una serie de simposios bajo el tema “una fe que busca entendimiento”), nos ofreció el espacio privilegiado para encontrarnos judíos, musulmanes, budistas, yorubas, cristianos, y posiblemente hombres y mujeres de buena voluntad que buscan afirmaciones y derroteros de esperanza en un mundo plagado de violencias, desencuentros e insatisfacciones. El tema fue propicio y pertinente: “Diálogo interreligioso. Hacia una ética de la responsabilidad y las justicia social”.

Quisiera resaltar algunos aspectos, entre muchos que se manifestaron en este Simposio.

En primer lugar, desde la primera noche el ambiente reflexivo-litúrgico se llenó a plenitud de una espiritualidad saturada de cordialidad y afecto. No percibimos actitudes antagónicas, adversas u hostiles, todo lo contrario, apertura y disposición al diálogo.

En segundo lugar, pudimos conversar sobre “los pueblos del libro y sus caminos posibles”, trascendiendo posibles fundamentalismos estériles, a-históricos y anti-históricos que plagan los acercamientos a las escrituras sagradas. Creo que se leyeron textos del Corán por primera vez en un templo evangélico puertorriqueño con respeto, admiración y profunda devoción. Esta centenaria Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) Central de Bayamón nos abrigó con amor y en actitud servicial. Dimos el ejemplo de que desde nuestra fe cristiana, sin negarla, podemos abrazar a los otros y a las otras. Yo respiré ese ambiente.

Tercero, este diálogo interreligioso nos dio la oportunidad de acercarnos a las diversas experiencias religiosas y a los contextos donde se forjan para comprender la pluralidad religiosa que se nos escapa por estar tan inmensos y embelesados en nuestras experiencias muy particulares.

En cuarto lugar, pudimos compenetrarnos en las dinámicas del pluriculturalismo y las hermenéuticas bíblicas, acompañados por una magistral conferencia de la Dra. Elsa Tamez, traductora y consultora de las Sociedades Bíblicas Unidas. Muy acertadas las observaciones de la Dra. Tamez sobre las implicaciones de las interpretaciones, los procesos de traducción, la importancia de una lectura responsable y su aplicación en contexto.

El Dr. Ángel Luis Rosa, Director del Simposio y catedrático de la Universidad de Puerto Rico, expresó en su mensaje inaugural del Tercer Simposio lo siguiente:

El verdadero diálogo plantea desafíos inevitables a las iglesias y a los movimientos que buscan hacer justicia, el verdadero diálogo consiste también en vivir juntos con todos los problemas y retos del presente. Quisiera gritar esta frase: “Vivir juntos”, no solitarios. Es una frase que subraya la importancia de no tener miedo a las diferencias sino descubrirlas como talentos, aptitudes, dones que nos distinguen.

Seguir aprendiendo con humildad, en tesitura de constante conversión, es la clave para un diálogo interreligioso responsable. Dejarnos convocar por el Misterio que nos lleva desde distintas experiencias por caminos diversos es también la audacia de vivir una fe que busca entendimiento. Ojalá comprendamos que “nuestros caminos no son Sus caminos”. Y que esos caminos sí conducen a la a la verdadera paz con justicia. Con una ética responsable y coherente caminaremos.



Autor/a: Carmelo Álvarez


Carmelo Álvarez, misionero y profesor de la historia del cristianismo. Es conferencista y asesor teológico como consultor en educación teológica en Latinoamérica y el Caribe, nombrado por la Junta de Ministerios Globales de la Iglesia Cristian (Discipulos de Cristo) y la Iglesia Unida de Cristo en Estados Unidos.