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jueves, 7 de enero de 2016

La mujer en la sociedad y en la religión.



José M. Castillo, teólogo
Teología sin censura

La violencia contra la mujer no tendrá solución, en las religiones, mientras la sociedad, en cada país y en cada cultura, no deje resuelto y zanjado para siempre el problema de la igualdad de derechos y garantías entre la mujer y el hombre. Dicho más claramente, mientras las mujeres no tengan los mismos derechos y las mismas garantías que los hombres, la violencia contra las mujeres seguirá haciendo los estragos que viene realizando desde hace miles de años. Como igualmente se puede afirmar que el día que la sociedad suprima las desigualdades (en dignidad y derechos) entre las mujeres y los hombres, ese día las religiones no tardarán en reconocer, aceptar y poner en práctica la igualdad de los que por, por su condición de género, son diferentes.

Las sociedades mediterráneas del siglo primero eran, como es sabido, sociedades en las que la propiedad pertenecía al patriarcado. Solamente el “paterfamilas” tenía la propiedad, no sólo de los bienes, sino además de las personas en el grupo familiar. El padre era el propietario, el jefe, el amo, el que concentraba todos los derechos. La mujer, los hijos y los esclavos no tenían más remedio que vivir sometidos al patriarca. De ahí que las religiones, lo mismo en Israel que en Egipto, en Grecia o en Roma, eran religiones patriarcales, machistas y justificantes de todas las desigualdades que se derivaban del modelo de familia patriarcal.

Es verdad que, según los evangelios, Jesús tuvo un trato excepcional de respeto, delicadeza y aceptación de la mujer, fuera cual fuese su origen o su conducta. Pero bastantes años antes que los evangelios (según la redacción que la Iglesia ha aceptado como canónica o auténtica), se empezaron a conocer las cartas de Pablo y las llamadas deutero-paulinas (Ef y Col) hasta las pastorales. Y en estos documentos se acepta y se impone el sometimiento y el silencio de la mujer en la sociedad, en la familia y en la Iglesia. Como igualmente sabemos que Pablo aceptó la condición de los esclavos y el sometimiento al emperador (Rom 13, 1-7). Por eso, la Iglesia prohibió la esclavitud cuando eso ya estaba prohibido en la sociedad, aunque – por desgracia – las autoridades religiosas se callan, tantas veces, ante las nuevas formas de esclavitud vigentes en este momento. Por no hablar de los silencios jerárquicos ante las dictaduras políticas.

La lucha, en defensa de los derechos y de la dignidad de la mujer, tiene que ser ante todo una lucha política, jurídica, social y laboral. Mientras las mujeres no tengan la misma autonomía económica que los hombres, las mujeres seguirán aguantando amenazas, insultos, palizas y hasta la misma muerte. Si esta situación no se resuelve, la violencia contra la mujer no tiene solución. Los clérigos seguirán diciendo cosas acertadas (y quizá algunas desacertadas) sobre este asunto. Como es igualmente cierto que en las iglesias se oyen bellos sermones sobre los derechos humanos. Pero la pura verdad es que nos creeremos los discursos eclesiásticos (sobre toda clase de dignidades y derechos) el día que la Iglesia modifique su Derecho Canónico de forma que en él quepan los Derechos Humanos, todos los derechos, concretamente los de la mujer.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Las mujeres y Jesús: Reivindicación de un lugar teológico y social.


Juan Pablo Espinosa Arce

La primera convicción que debemos tener en el momento de enfrentarnos al tema de la mujer es saber que la figura femenina ha sido víctima del menosprecio en una sociedad eminentemente patriarcal y machista, que la ha desplazado a la esfera de lo privado, imposibilitándola para el ejercicio y desempeño de mayores funciones sociales. Desde esta óptica queremos aventurar una relación entre la praxis liberadora de Jesús y la reivindicación social de la figura femenina como un signo de la nueva creación que tiene lugar con la irrupción del Reinado de Dios en la historia. Para ello, delimitaremos nuestro campo de trabajo a través de definiciones conceptuales, a saber, praxis liberadora de Jesús, rol de la mujer y nueva creación. A lo cual se añade el análisis de dos textos bíblicos: las mujeres que siguen a Jesús (Lc 8,1-3) y la vida de la primera comunidad, incluyendo Pentecostés (Hch 1,12-14; Hch 2,1-4).

El aspecto central de nuestra exposición, la praxis liberadora de Jesús, será analizada a continuación. Para ello, nos basaremos principalmente en el libro de Leonardo Boff“Jesucristo y la liberación del hombre”. El concepto de liberación que propone Jesús está destinado al campo socio-público. La vida de Israel no hacía grandes distinciones entre lo social, lo religioso, lo político y lo económico, y todo giraba en torno a una Ley interpretada por hombres, los cuales habían enclaustrado a Dios haciéndole prácticamente inaccesible para los más ignorantes. Por el contrario, la concepción de filiación que propone Jesús, frente al “Abbá” común, viene a producir un desbaratamiento del sistema religioso judío. En relación a la sociedad palestinense del siglo I, nos dice Boff (1987): “La sociedad de su tiempo estaba muy estratificada. Se dividía en prójimos y no prójimos, puros en impuros, judíos y extranjeros, hombres y mujeres, observantes de la ley y pueblo ignorante, hombres de profesiones mal vistas, enfermos considerados como pecadores” (Pág. 29). Jesús se identificará con el Mesías que anuncia la buena nueva a los pobres. Es éste el Mesías de la promesa isaiana: “El Espíritu del Señor Yahvé está sobre mí, porque Yahvé me ha ungido. Me ha enviado con buenas noticias para los humildes, para sanar a los corazones heridos, para anunciar a los desterrados su liberación” (Is 61,1).

Con esta autocomprensión de Mesías escatológico, la praxis de Jesús se ubica como cambio liberador en clara opción por los pobres. En palabras de Boff (1987): “El Jesús histórico asumió el proyecto de los oprimidos, proyecto de liberación y los conflictos implicados en él” (Pág. 28). En este proyecto todo es novedad. Es un evangelio, una buena nueva. Es una novedad la forma de comprender a Dios, que ahora es Padre. Es la novedad del milagro como signo del Reino. Es la nueva historia que va tomando fuerza con Jesús pero que tendrá su cumplimiento en la Parusía, tensión que por lo demás también es una novedad en toda la Escritura.

Y recapitulando el tema de la novedad, la incorporación de la mujer en un grupo de discípulos es una novedad en sí misma. Vamos pues a analizar el texto de Lucas 8,1-3. En estos versículos vemos cuál es la principal función de Jesús. Él es un caminante que predica junto al núcleo del nuevo Israel el nuevo mensaje de salvación. Volvemos a ver la tónica de la novedad. Este mensaje es una liberación para el pueblo, el cual estaba condicionado a permanecer como un agente pasivo de la acción divina, entendiendo por ‘pasivo’ el estado de ser mero receptor de leyes articuladas desde la conveniencia de grupos de poder. El pueblo frente a las leyes no es protagonista, sino que es esclavo. En relación al tema de las mujeres, nos dice Alois Stöger (1970): “Los rabinos excluían a las mujeres del círculo de sus discípulos. No las juzgaban aptas para el estudio de la ley. <>” (Pág. 221). La actitud de Jesús de incorporar mujeres a su grupo, marca un precedente que a los ojos de Israel era una afrenta contra sus valores más fundamentales. No son solamente Magdalena, Juana y Susana, sino que son ‘otras muchas’ que acompañan al colegio apostólico y al Maestro. Y es más, el que se las incluya en lista y con sus propios nombres, nos hace pensar en las listas de varones que son discípulos, con lo cual, ellas también adquieren dicho rango. Nos continúa diciendo Stöger (1970): “El séquito de las mujeres da testimonio de la voluntad y la misión de Jesús, que pone al alcance de las mujeres la doctrina y la salvación” (Pág. 221), y esto es porque Jesús vino a rescatar y a liberar a los despreciados, a los anawin, a las mujeres.

Y hasta aquí, ¿qué tiene que ver con lo dicho hasta ahora el concepto de nueva creación? Para comprender esto, nos dispondremos a analizar los textos del libro de la Iglesia en donde se nos narra la vida de la primera comunidad (Hch 1, 12-14). Es la comunidad que posee un mismo corazón y que ora unida. Es la comunidad del nuevo Israel que integra a las mujeres, las cuales son las que habían venido con Jesús de Galilea, y que habían sido testigos de la resurrección. En relación al tema de la presencia femenina, nos dice Federico Pastor (1989): “Es, pues, una comunidad mixta. Lo cual no era tan obvio en un ambiente judío, Resultaba chocante inmediatamente después de los once y aun antes de los hermanos de Jesús la realidad de lo femenino en la comunidad cristiana, pues las mujeres no formaban parte de la sinagoga judía”(Pág. 33-34) Vemos aquí cómo el cristianismo va rompiendo con el judaísmo, en un proceso liberador no exento de complejidades. Proceso liberador que inició Jesús en Galilea.

Y después de este preámbulo, veamos el factor decisivo de la nueva creación: Pentecostés (Hch 2,1-4). Los ‘todos’ que estaban reunidos en el Cenáculo, son los mismos que vienen desde Galilea, hombres y mujeres. Y son el nuevo Israel sobre el cual se posa el Espíritu de la promesa escatológica, según la cual en los últimos días se derramaría la fuerza de lo alto. El protagonista por excelencia es el Espíritu de Dios, la fuerza que anima a este nuevo cuerpo. Así como en el primer Edén, el ruah animó a Adán, del mismo modo este Espíritu anima a la nueva comunidad, produciéndose una nueva creación. Renovación profunda de la que son partícipes las mujeres. Mujeres que habían experimentado la praxis liberadora de Jesús y que ahora gozaban de la fuerza del Espíritu. En esto, dicen los Teólogos Chilenos (1997) “Ante condiciones sociales adversas, Jesús defiende a los más pequeños, a los pobres y marginados de su época. De esta manera, esta praxis de Jesús corrige la naturaleza. Es el evangelio a favor de los pobres lo que distingue la doctrina cristiana a la creación con una mera filosofía natural” (Pág. 84).

Es este Evangelio, esta nueva noticia de salvación, entendida como nueva creación la que hace que la liberación integral del hombre sea realidad. Con Jesús todos volvemos a la prístina igualdad ante los ojos de Dios. El Espíritu es quien posibilita la originalidad y la regeneración de las cosas. Con esto, hemos llegado certeramente a la conclusión de que la praxis liberadora de Jesús es la que posibilita la reivindicación social de la mujer desde la efusión del Espíritu que recrea y está con los pequeños y excluidos.

- Boff, L. (1981). Jesucristo y la liberación del hombre. Madrid: Ediciones Cristiandad.

- Stöger, A. (1970). El Evangelio según san Lucas. Barcelona: Herder

- Pastor, F. (1989). El mensaje del Nuevo Testamento, Hechos de los Apóstoles.Navarra: Ediciones Sígueme, Editorial Atenas, Promoción popular cristiana, Editorial Verbo Divino.

- Sociedad Chilena de Teología. (1997). El quehacer teológico. Chile: San Pablo.


Juan Pablo Espinosa Arce


Juan Pablo Espinosa Arce es estudiante de Pedagogía en Religión y Filosofía - UC del Maule. Laico católico, Diócesis de Rancagua - CHILE

lunes, 6 de mayo de 2013

Ropa sin remordimientos.



Todos hemos visto esas imágenes escalofriantes de cientos de mujeres inocentes que han muerto quemadas o aplastadas en fábricas mientras producían nuestra ropa. En los próximos días, tenemos una oportunidad de oro para conseguir que las compañías internacionales actúen para que esto no vuelva a suceder.

Las grandes marcas de la moda se abastecen de cientos de factorías y talleres clandestinos (maquilas) en Bangladesh. Dos empresas, incluyendo Calvin Klein, han firmado un ambicioso pacto sobre seguridad de edificios y contra incendios. Otras, lideradas por Wal-Mart, están intentando zafarse de firmar -- proponiendo un compromiso más débil que es un simple ejercicio de relaciones públicas. Pero este último incendio ha provocado reuniones de emergencia y una enorme presión a favor del acuerdo más firme que puede salvar miles de vidas.

Las negociaciones terminan en pocos días. H&M y GAP son las dos compañías con más probabilidades de firmar un código más estricto. La mejor manera de forzar el cambio es ir tras sus Directores Ejecutivos. Si un millón de nosotros les hacemos un llamamiento directo a través de esta petición, compartiéndola por Facebook y Twitter, y por medio de anuncios; sus amigos y familiares se terminarán enterando. Les haremos saber que su reputación, y la de sus empresas, están en la cuerda floja. Ellos están forzando a personas a producir nuestra ropa en edificios atrozmente peligrosos --firma para que se conviertan en sitios seguros y reenvía esta campaña a todos tus conocidos.

Como ciudadanos y consumidores, les exigimos que firmen inmediatamente un acuerdo de seguridad de edificios y contra incendios o asuman el deterioro de imagen que sufrirá su marca. El acuerdo suscrito debe comprometerles a costear inspecciones rutinarias e independientes a las instalaciones de sus proveedores, así como a cubrir las mejoras en la seguridad y reparaciones de dichas fábricas. Sus empresas y otras multinacionales se benefician de mano de obra barata y deben hacer mucho más para reducir los riesgos de las fábricas donde producen sus mercancías.


Fuente: avaaz.org

lunes, 18 de marzo de 2013

Soñando un nuevo futuro para la mujer en la Iglesia.




Dada la actual situación de la mujer en la Iglesia es difícil pensar en un cambio a corto e incluso a largo plazo, pero como éste es el tema que me han pedido desarrollar en este número monográfico de Crítica he decidido que lo mejor es soñar.
Soñar es una manera de alentar el deseo y éste tiene una gran fuerza transformadora. Soñar es el primer paso para cambiar la realidad, es una manera de hacer verdad las utopías. Soñar y… empujar la historia en la dirección de lo soñado.

Los sueños no siguen un orden lógico, ni teológico. Son caóticos, espontáneos, brotan libremente del inconsciente, no se ajustan a normas establecidas, en ellos no todo encaja en lo “políticamente correcto“… Así me voy a permitir yo soñar.
Sueño una Iglesia que sea realmente una comunidad inclusiva y paritaria, donde mujeres y hombres concentremos nuestras fuerzas en hacer verdad la Buena Noticia, luchando por expulsar los “demonios” de la pobreza, la injusticia, la violencia, el sexismo, el patriarcalismo, la violación de los derechos humanos, la explotación y el tráfico sexual de mujeres y niñas, la explotación laboral, la violación como arma de guerra…
Sueño una Iglesia toda ella ministerial, en la que los ministerios no estén concentrados en manos de los sacerdotes, sino que cualquiera de ellos pueda ser ejercido, desde la llamada de Dios, el reconocimiento de la comunidad que elige y designa a las personas que están capacitadas para ello, sin ninguna discriminación sexual. Entonces podrá ser de verdad una Iglesia servicial, apasionada por todas las personas que sufren exclusión por razón de su clase, raza, sexo, orientación sexual una Iglesia cuidadora del cosmos y de toda la vida del planeta.
Sueño una Iglesia en la que los lugares de decisión y gobierno no estén condicionados por el sexo sino por la preparación, el amor y la capacidad de servir a la comunidad y de un modo prioritario a los más necesitados.
Una Iglesia donde las mujeres dejamos de ocupar los bancos como escuchadoras semi-mudas y pasantes de los cestillos, para tomar la palabra y constituirnos en sujetos activos de las celebraciones litúrgicas y sacramentales, en un servicio rotativo, igualitario, cuyo requisito no sea ser varón y clérigo, sino ser personas preparadas y dispuestas a servir así a la comunidad.
Una iglesia toda ella tan sensibilizada a la lacra de la violencia machista, que sea la primera en salir a la calle y animar a hacer lo mismo a la comunidad social, cada vez que una mujer es asesinada o maltratada.
Sueño una Iglesia donde ninguna mujer tenga que aceptar la situación clandestina de “amante secreta” de ningún clérigo, porque el celibato no sea una obligación sino una opción en libertad, separado del ejercicio del carisma sacerdotal.
Una iglesia donde las congregaciones religiosas femeninas, tengan los mismos derechos que las masculinas y no necesiten estar supervisadas, controladas ni “paternizadas” por ningún varón.
Una Iglesia que haga imposible que se digan cosas como las que dijo San Juan Crisóstomo, llamado por su elocuencia “Boca de Oro”: “Que soberana peste la mujer, ella es la causa del mal, la autora del pecado, la puerta del infierno, la fatalidad de nuestras miserias”. O como las de Tertuliano: “¿No os dais cuenta de que cada una de vosotras sois una Eva? La maldición de Dios sobre vuestro sexo sigue plenamente vigente en nuestros días. Culpables tenéis que cargar con sus infortunios. Vosotras sois la puerta del mal, vosotras violasteis el árbol sagrado fatal; vosotras fuisteis las primeras en traicionar la ley de Dios; vosotras debilitasteis con vuestras palabras zalameras al único sobre el que el mal no pudo prevalecer por la fuerza. Con toda facilidad destruisteis la imagen de Dios, a Adán. Sois la únicas que merecíais la muerte; por culpa vuestra el Hijo de Dios tuvo que morir”[1].
Sueño una iglesia donde no se considere palabra de Dios, sino palabra de varón, textos denigrantes para la mujer como las siguientes:
“El ángel que hablaba conmigo me dijo: alza los ojos y mira, ¿qué aparece?. Pregunté: ¿qué? Me contestó: Un recipiente de veinte y dos litros; así de grande es la culpa en todo el país.
Entonces se levantó la tapadera de plomo y apareció una mujer sentada dentro del recipiente. Me explicó: Es la maldad. La empujó dentro del recipiente y puso la tapa de plomo” (Zac 5,5-8)”.
Ni se vuelva a leer en ninguna liturgia otros textos, más cercanos, como los de Pablo, mandando callar a las mujeres en la Iglesia, pidiéndoles sometimiento a sus maridos, proclamando al varón cabeza de la mujer. Y si por casualidad se lean que sea para decir: “esta no es palabra de Dios y por ella no te alabamos Señor.”
Una Iglesia que recupere la memoria y reconozca que quién fue tentación no fue la mítica Eva, sino el personaje histórico Pedro a quien Jesús llamó Satanás.
Sigo soñando una Iglesia en la que –ya que nos atrevemos a imaginar y proponer imágenes de Dios antropomórficas– éstas sean fieles al mostrar la verdad de que Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, de modo que nunca más se excluya de la representación de Dios el cuerpo de la mujer y su sexualidad. Que de una vez por todas el cuerpo femenino deje de ser no apto para revelar a Dios.
Una Iglesia en la que las orientaciones de moral sexual y familiar sean hechas por hombres y mujeres casados que desde su experiencia, su preparación y eficiencia puedan, de verdad, no solo orientar, sino ser testigos creíbles de aquello que proponen a los demás.
Una iglesia que tenga un lenguaje litúrgico no sexista, ni patriarcal y reconozca que Dios tiene hijos e hijas, hermanas y hermanos…y donde no ocurra, lo que acontece ahora tantas veces, que en una liturgia donde prácticamente sólo hay mujeres, la persona que presida la Eucaristía, las invisibiliza en su lenguaje y se dirige al público todo el tiempo en masculino.
Una Iglesia que se tome en serio y sepa respetar no sólo la teología que elaboran los teólogos sino también la que elaboran las teólogas, y por tanto sea paritaria la presencia de mujeres y hombres en las facultades de teología y en los centros de formación sacerdotales y laicales. Aunque, pensándolo bien quizás lo ideal es que desaparecieran el dualismo clerical/laical.
Sueño y sueño y no dejo de soñar… una comunidad eclesial fiel a Jesús de Nazaret. Él hizo verdad una comunidad de iguales, sin exclusión alguna, no estructuró su grupo de seguidores y seguidoras desde el orden patriarcal dominante, sino como una familia de iguales, sin relaciones de poder jerarquizado. Lo expresó muy claro: llamándolos amigos y no siervos (Jn 15,15), pidiéndonos que no llamásemos padre, ni maestro a nadie más que a Dios, porque todos los demás somos hermanos y hermanas (Mt 23, 8-10). Hizo visible la comunidad que quería lavando los pies a los suyos y diciéndole a Pedro que si no entendía ese gesto suyo no podía formar parte de la nueva familia (Jn 13,6-8).
Sueño una iglesia que, como Jesús, cambie radicalmente la mirada sobre las mujeres y visibilice de un modo nuevo nuestros cuerpos[2]:
No como objetos sino como sujetos autónomos y libres.
No como reproductoras sino como constructoras de la Historia de Salvación, del Reino de Dios.
No como cuerpos tentadores sino como amigas entrañables suyas, como quienes “aman mucho”, “tienen mucha fe”.
No como inferiores en nada sino como iguales en todo: en dignidad, derechos, deberes, tareas en su comunidad.
No para estar detrás y debajo de nadie sino junto a, al lado de… construyendo la historia.
No como ignorantes que nada tienen que decir sino como “maestras” de las que Jesús aprendió
No lejos de los espacios significativos sino dentro de la comunidad, ejerciendo los mismos roles y funciones que los varones.
No dentro del hogar sino donde la vida nos cite, donde Dios nos llame, en la vida, en la historia, en la plaza publica, en todos los ministerios eclesiales También, por supuesto, en el hogar compartiendo tareas y cuidados con los varones.
No como imposibilitadas para mostrar el rostro de Dios sino como revelación suya.
Es hora de despertar y no quiero. No quiero encontrarme con la realidad que ahora vivimos las mujeres en la Iglesia…, pero es preciso despertar, levantarnos, liberarnos de nuestros encorvamientos ancestrales, arriesgar a tocar lo prohibido por leyes y preceptos patriarcales…, es preciso unirnos, trabajar al unísono mujeres y hombres para ir empujando este Iglesia nuestra, santa y pecadora, fiel e infiel en la dirección del sueño de Dios: una comunidad de hijas/os, hermanas/os.
Es cierto que hay señales de esperanza, pequeñas semillas de mostaza, que con mucho esfuerzo y con la fuerza de la Ruah (el aliento de Dios), hemos ido sembrando muchas mujeres en la Iglesia, junto a algunos varones que nos ayuden en esta tarea. Aun son muy pequeñas pero, como toda esperanza evangélica, comienzan a crecer desde abajo y poco a poco. Así, como Jesús también soñó, se hará un gran árbol donde todas y todos podamos hacer verdad una Iglesia nueva.
En esta hermosa y ardua tarea todos y todas necesitamos convertirnos a la Buena Noticia del Reino y su llamada a creer en ella y a hacerla verdad en nuestro mundo y en nuestra Iglesia.
[1] Tertuliano, De cultu feminarum. El adorno de las mujeres, Traducción de Virginia Alfro Bech y Victoria Eugenia Rodríguez Martín, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Málaga 2001, 343.
[2] He desarrollado este tema en MARTÍNEZ OCAÑA. E. Cuerpo Espiritual, Narcea, Madrid 2008.
(Publicado en CRÍTICA, n. 965, enero/febrero 2010, p. 79-81)

jueves, 13 de diciembre de 2012

Marita Verón: indignación y oportunismo.


por RICARDO ROA
Lo primero, luego del polémico fallo que dejó sin culpables la desaparición de Marita Verón, fue una indignación justificada . De nuevo la sospecha de la impunidad .Pero enseguida apareció el oportunismo político (ver pág. 10).
La justicia tucumana absolvió el martes a los trece acusados de integrar la cadena de trata de blancas que habría secuestrado a Marita en 2002. La fiscalía, que estuvo a cargo de la investigación, había pedido entre 12 y 25 años de prisión, según los casos. Pero los jueces no encontraron pruebas suficientes para condenar a nadie.
Todavía se ignoran los fundamentos de esa no condena . Sin embargo, al menos dos cosas están claras. Una es la red de prostitución en la que Marita habría quedado atrapada. Y la otra, que la investigación de diez años arrojó flojos resultados . Y ninguno sobre el punto clave: qué pasó y dónde está Marita .
El submundo prostibulario vive asociado a la corrupción policial. Y esa trama de encubrimientos tiene su ancla en la política.
La complicidad del poder es una sospecha inevitable . Por lo que se sabe, la fiscalía logró reunir muchos más indicios y presunciones que pruebas . Testimonios: gente que contó lo que vio o escuchó de otros. Difíciles de corroborar y hasta, a veces, contradictorios entre sí.
Esto es común en las causas penales: no se puede pretender grabaciones de un delito. Pero existen jueces a los que no hay prueba que los convenza: están entrenados para no castigar a nadie. Esta vez, los camaristas consideraron unánimemente que nada de lo que tenían alcanzaba . Demasiados cabos sueltos. Y la duda siempre beneficia al acusado. Lo ordena la ley.
¿Pudieron haber hecho otra cosa? Una, claramente: difundir los fundamentos junto con las absoluciones , para despejar la sombra de la impunidad. Tuvieron menos cintura política que Aníbal Fernández cuando equiparó a Moyano con Vandor. La secretaria del juzgado parecía pedir perdón al leer el fallo.
Y tratándose de un caso de tanta resonancia, ¿le pidieron a la fiscalía precisiones sobre las pruebas que ellos mismos veían inconsistentes? Es algo previsto en el proceso tucumano.
No se sabe si lo hicieron .
El calvario de Marita es también el de su madre . La conmovedora lucha de Susana Trimarco por encontrar su hija y saber la verdad. Una lucha que volvió visible el drama de la trata, donde la esclavitud no fue abolida. Y que logró sancionar una ley, la 26364, que lleva su nombre.
Cristina Kirchner condenó rápido a los jueces pero se olvidó olímpicamente que una reforma a esa ley, aprobada en el Senado, fue cajoneada por sus diputados y perdió estado parlamentario. Usó la causa de Marita por puro oportunismo político. Es un nuevo vejamen sobre una víctima cuyo paradero es una sucesión de horrores cubiertos de sombras y sospechas.

Fuente: el clarin