domingo, 23 de junio de 2013

Evangélicos y católicos exigen buscar a los 15.000 desaparecidos en Perú.



Sanar la memoria

Representantes de las iglesias católica y evangélica exhortaron este viernes pasado al gobierno peruano a diseñar un Plan nacional de búsqueda de personas desaparecidas, que se estima llegan a 15.000, por el conflicto armado contra las guerrillas entre 1980 y 2000.

Se desconoce el paradero de 15.731 personas debido a su desaparición violenta y forzada, a entierros informales de ejecuciones extrajudiciales y a que cayeron en combate, entre otros motivos.

La exigencia fue planteada en conjunto por primera vez por el presidente del Concilio Evangélico de Perú, Enrique Alva y el presidente de la Conferencia Episcopal Peruana, arzobispo Salvador Piñeiro.

Alva, del Concilio Evangélico, anotó que la desaparición de las 15.000 personas ha dado lugar al sufrimiento de muchas más personas por lo que "las iglesias no pueden estar al margen, nadie puede ser indolente ante ese dolor".

"Pido a las autoridades y a las instituciones que no olvidemos el dolor de nuestros hermanos, que haya signos de solidaridad para ubicar los restos de las personas desaparecidas que están en fosas", dijo Piñeiro, obispo de Ayacucho, la región donde la guerrilla maoísta Sendero Luminoso inició sus acciones armadas en mayo de 1980.

Ávila y Piñeiro visitaron la semana pasada la región sureña de Ayacucho, uno de los lugares más afectados por el conflicto interno que tuvo al grupo terrorista Sendero Luminoso como el principal responsable de las más de 69.000 víctimas mortales o desaparecidos de esa época.

Las autoridades religiosas también señalaron que los familiares de los desaparecidos presentan necesidades emocionales, materiales y de información durante el proceso de búsqueda e investigación forense.

15.741 DESAPARECIDOS EN MÁS DE 4.000 FOSAS COMUNES
"En Perú no hay una política nacional de búsqueda de desaparecidos, no hay una búsqueda real y necesitamos agilizar una búsqueda real y efectiva", dijo Dafne Martos, portavoz del Comité Internacional de la Cruz Roja, que apoya a la fiscalía peruana desde hace más de una década en el tema de desapariciones.

Informes de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) y del Instituto de Medicina Legal señalan que existen en Perú 15.741 desaparecidos en más de 4.000 fosas comunes, muchas de ellas en Ayacucho, donde en algunos lugares hay un lugar de entierro cada tres kilómetros cuadrados.

Entre 2002 y 2011, el Ministerio Público recuperó 2.027 restos mortales y de ellos identificó a 1.008 y restituyó 920 cuerpos a sus deudos.

El conflicto interno iniciado en 1980 por Sendero Luminoso dejó un balance, al cabo de dos décadas, de un total de 69.000 muertos y desaparecidos, según la CVR.

sábado, 22 de junio de 2013

Reflexión sobre el 50 aniversario del Concilio Vaticano II.


Reflexión del Foro de cristianos “Gaspar García Laviana” sobre el 50 aniversario del Concilio Vaticano II

DOCUMENTO FINAL DE CURSO.

REFLEXIÓN ANTE EL 50 ANIVERSARIO

DEL CONCILIO VATICANO II

El deseo de una Iglesia distinta vivía en el corazón de muchos, ya entonces, en entorno a los años 60. El Espíritu cultivaba anheladas esperanzas de renovación. La convocatoria del Concilio Vaticano II supuso una eclosión de optimismo: al fin se iniciarían las tan necesarias reformas. Una vez terminada la magna asamblea, los nuevos textos conciliares, aunque a veces ambiguos o contradictorios, nos dieron pie a pensar en un renacimiento de la Iglesia.

Efectivamente, hubo un tiempo de ilusión. Con la celebración del Concilio Vaticano II, creíamos que nuestras esperanzas iban a hacerse realidad, que era posible otra Iglesia, progresivamente desclericalizada, donde los laicos asumieran en igualdad con el clero su papel protagonista dentro de ella, donde las mujeres, cuya presencia en las comunidades superaba con creces a la de los hombres, iban a ser respetadas como tales y valoradas sin ningún tipo de prejuicio, dándoles la posibilidad de ir integrándose en los distintos organismos eclesiásticos de decisión, de reflexión teológica, de pastoral, igual que en los diversos ministerios de la Iglesia. Creíamos posible una nueva concepción de la sexualidad, un celibato opcional, separaciones matrimoniales abiertas a un nuevo matrimonio, y algunos, en este caso menos, un sacerdocio ministerial para un determinado tiempo, que podía ser renovado, sacerdotes escogidos por el pueblo, que podían ser hombres o mujeres, casados(as) o solteros(as). Creíamos en una renovación litúrgica que nos llevaría a celebraciones sencillas, desapareciendo de ellas todo boato, abiertas a una creatividad responsable, sin el corsé de las férreas rúbricas. Creíamos que llegaríamos a una valoración positiva de todas las religiones como distintos caminos de manifestación de un Dios único. Creíamos que con el Concilio llegaría, aquí en nuestro país, la desaparición de la mentalidad y comportamientos del nacional-catolicismo, que parecía era también la máxima aspiración de algunas jerarquías católicas en otras partes del mundo, lo que llevó a muchos obispos a apoyar, directa o indirectamente, las dictaduras que había en sus países, tal como sucedió en algunos lugares de Latinoamérica. Creíamos que, ya por fin y de verdad, en la Iglesia todos seríamos iguales, que desaparecería el carrerismo eclesiástico y todas las dignidades, títulos y cualesquiera otra “condecoración”. Pero ya entrados los años 80 éramos conscientes de que la Iglesia-institución iniciaba una marcha hacia atrás, nuestras esperanzas se iban truncando y nuestro optimismo se esfumaba poco a poco con el paso del tiempo.

En los primeros momentos posconciliares empezábamos a constatar cambios importantes: veíamos un nuevo estilo de gobierno en las jerarquías católicas, parecía que iba a ser posible una participación en la “gestión” de la Iglesia en todos los niveles: parroquial, diocesano, nacional y mundial. Creíamos posible iniciar el camino de una auténtica “democratización” intraeclesial. Lo hicimos algunos en nuestras parroquias a través de los Consejos Parroquiales, cuya realidad superaba la nomenclatura dada, al darles carácter decisorio real. Creíamos que se iniciaba una verdadera renovación cuando nos convocaron para elegir a nuestros arciprestes y vicarios territoriales, que luego nombraba el obispo. Se crearon también organismos diocesanos de participación en la gestión económica, pastoral… Pero cuando se les quiso dar una entidad jurídica, -ya el tiempo iba pasando y surgían otros vientos-, se vio el valor que desde las últimas instancias se les concedía a todos estos organismos de gestión: serían “meramente consultivos”. La última palabra, la decisión, quedaba en manos del párroco, del obispo o del Papa. Y cuando apareció el nuevo Código de Derecho Canónico, éste consagró el existente monarquismo absolutista clerical.

Muchos pensábamos que las Conferencias Episcopales y los Sínodos de Obispos asumirían las necesarias funciones para que pudiese ir desapareciendo el poder concentrado en los distintos Dicasterios del Vaticano. Pero sucedió más bien lo contrario. Los Sínodos serían meramente consultivos y siempre bajo la tutela del Vaticano. Las Conferencias Episcopales nacionales quedaron prácticamente en nada. La colegialidad, tan defendida en el Concilio, no se le daba contenido alguno. Pero, al contrario, aumentaron en importancia los organismos romanos, que, actuando en nombre del Papa, “monarca” absoluto, eran los que gestionaban el poder legislativo, ejecutivo y judicial en la Iglesia.

En aquellos años, cuando algunos comenzábamos a andar, tanteando, con incertidumbre, todavía con algo de miedo, por el camino de la libertad, superando aquellos parámetros, a veces totalmente irracionales, de los “pecados mortales”, o de lo que era lícito o válido; cuando muchos comenzábamos a ser capaces de romper el corsé del ritualismo sacramental para hacer liturgias más vivas y cercanas al pueblo…; cuando muchos quisieron ser de verdad clero “secular”, prescindiendo de las ropas talares, incorporándose a trabajos civiles…, -proceso en el que tomaron parte también algunos religiosos y religiosas que salieron de sus conventos para trabajar “en el mundo”-, nos parecía que estábamos comenzando nuevos tiempos de luz evangélica en la Iglesia. El brillo de aquella luz se fue apagando poco a poco, quizás más que nada por falta de oxígeno bajo la cúpula romana al irse cerrando las puertas y ventanas que se habían abierto con el Concilio. Quizás por eso aquel fuego no se propagó o quedó ahogado.

También creíamos que se iniciaría una nueva presentación de los contenidos de la fe católica, teniendo en cuenta los avances de las ciencias humanas y bíblicas, que obligaban a revisar creencias que se consideraron verdades inalterables: el modo de entender al Dios Creador, el origen de la materia, de la vida y del hombre, el pecado original… Era imprescindible armonizar el contenido esencial del mensaje cristiano con la razón moderna. Creíamos que se iniciaría una des-ideologización de la “doctrina cristiana”, para purificarla de todas las adherencias filosóficas antiguas, de los ropajes ideológicos de los que se fue revistiendo al paso del tiempo, y llegar así al conocimiento del cristianismo más originario para presentarlo de modo sencillo y comprensible al mundo de hoy. La aparición del Catecismo de la Iglesia Católica (1992-1997) nos hizo ver nuestra ingenuidad al respecto. Sus contenidos bien poco se distinguían, tanto en la forma como en el fondo, de lo que se enseñaba en la Iglesia en los años anteriores al Concilio.

Por otra parte, dado el contexto democrático de las sociedades occidentales y los nuevos aires conciliares, creíamos que se cambiaría el modo de concebir la autoridad en la Iglesia. ¿Se puede entender que absolutamente todo dependa en nuestra Iglesia de una sola persona? ¿Se puede entender el modo de elegir al Papa, a los obispos y a los párrocos? Hay que arbitrar alguna manera para dar una amplia participación en su elección a aquellos que van a recibir el servicio de esos ministerios. Igual que el teocentrismo filosófico-teológico ha quedado anticuado, así también la concepción teocrática de la autoridad.

Según transcurría el pontificado de Juan Pablo II, iban poco a poco desapareciendo todas las esperanzas renovadoras. Las poderosas fuerzas conservadoras de la Iglesia fueron ocupando casi todos los organismos eclesiásticos: Dicasterios, nunciaturas, sedes diocesanas, presidencias de las Conferencias Episcopales… El equilibrio, mal conseguido como se vio luego, en los textos del concilio quedó roto en la práctica al paso del tiempo. Poco a poco se fueron poniendo en marcha desde Roma unas directrices que, con la ayuda de la mayoría de los obispos, nos condujeron a la situación actual de control no sólo de los comportamientos sino también de las ideas, condicionando la libertad de pensamiento, de investigación…, hasta el punto de que aquellos que en sus estudios analizan, insinúan o proponen nuevas ideas distintas del exigido pensamiento único católico, son separados irremediablemente de sus cátedras, si son enseñantes; o les niegan sus editoriales, si pretenden escribir un libro o publicar una revista; o sus edificios, si alguien quieren impartir en ellos una conferencia… Se condena, se rechaza o se arrincona la teología de la liberación, cuyo fruto innegable fue el compromiso ejemplar al que condujo a muchos cristianos (laicos, religiosos, curas), que se empeñaron en conseguir un mundo mejor, a veces a costa de su propia vida. Habíamos entrado en el invierno eclesial, según palabras de K. Rahner en 1983.

Nosotros, cristianos que queremos mantener viva nuestra fe en Jesucristo, que para nosotros es la verdadera luz en el camino de la vida y el pan que la alimenta, siendo como es la Iglesia y tal como estamos actualmente ¿qué podemos hacer? ¿Podrían ser estos hoy parte de nuestros objetivos principales?

“Democratizar” las instituciones eclesiales de base: parroquia, movimientos cristianos…, dando participación de decisión y de gestión a todos. Tratar de influir para conseguir esto mismo en los demás niveles de la Iglesia. Debemos ser conscientes de la importante fuerza del clero que está en la base, del papel de “líder” que le otorgan las comunidades cristianas.

Tomar posturas de libertad, al estilo de los hijos de Dios, practicando, si fuere necesario, una “desobediencia debida”, como de hecho ya hicieron muchos sacerdotes y laicos, liberándose de las innumerables leyes que regulan tan minuciosamente las conciencias y los comportamientos, siguiendo así el ejemplo de Jesucristo respecto a las autoridades y leyes del judaísmo, y como hicieron después los apóstoles, respondiendo a las autoridades, que pretendían impedirles anunciar el evangelio, que tenían que obedecer antes a Dios que a ellos.

Podemos también seguir creando pequeñas comunidades cristianas donde juntos podamos, con la luz de la Palabra de Dios, descubrir cada día a Jesús de Nazaret y su mensaje, que es el mejor incentivo para el seguimiento del Señor y mantener el compromiso cristiano, celebrando sacramentalmente a Jesucristo con una liturgia participativa y creativa, sin que ello suponga una ruptura con la Iglesia-Institución, de quien hemos recibido la semilla de nuestra vida espiritual y donde también vive el Espíritu que nos enriquece a todos. Ella ha de ser igualmente campo de nuestro compromiso en el quehacer de un mundo mejor.

También será uno de nuestros primeros objetivos el mantener una constante crítica constructiva, que siempre tenga como base un cordial respeto a las personas. Es la función profética que ha de asumir todo cristiano, obligado a denunciar siempre todo aquello que contradice lo que Jesús fue y dijo, tanto fuera como dentro de nuestra Iglesia. En primer lugar hemos de salir siempre en defensa de los más débiles, aquellos donde más anida el sufrimiento humano. En lo que se refiere a nuestra Iglesia: hoy cada vez son más, entre ellos algunos obispos, los que están pidiendo la desaparición del Estado Vaticano con todo su entramado de poder eclesiástico, las pomposas liturgias pontificales, los títulos y honores, etc., lo que está a todas luces en contradicción con Jesucristo y su evangelio. También nosotros compartimos este deseo.

Y sobre todo es fundamental la unión entre todos los que buscan una Iglesia distinta, más jesuánica. Necesitamos organizaciones y líderes, dispuestos a romper moldes, que aglutinen a las personas que quieran el cambio, necesitamos referencias que nos ayuden a converger, a encontrarnos, a promover acciones comunes. Es necesario comenzar uniéndonos en asociaciones, en pequeñas comunidades cristianas, en foros, etc., y luego alcanzar nuevos niveles de integración. Para ello disponemos hoy de unos potentes y rápidos medios de comunicación que hemos de utilizar para unirnos y juntos poder hacer más fuerza para ir consiguiendo los objetivos que nos marquemos. Es necesario ir integrándonos a través de las redes virtuales, que nos facilitan enormemente estar siempre en comunicación. Ya hay quienes están en este camino. Es posible que REDES CRISTIANAS aquí en España sea una buena plataforma de integración plural, así como la RED EUROPEA IGLESIA POR LA LIBERTAD. Y todos juntos unidos en una RED UNIVERSAL.

El compromiso cristiano del que ya hemos hablado habrá de estar matizado por una opción preferencial a favor de los marginados, los empobrecidos, los excluidos por la razón que sea: sexo, religión, raza, riqueza…

Muchos no creemos que sea cuestión de concentrar todos nuestros esfuerzos en pedir un nuevo concilio, ni de hacer nosotros una gran asamblea alternativa. Podemos sumarnos a esas iniciativas, si se llevan a cabo como plataformas de renovación eclesial. Pero es más importante estar en “Asamblea Permanente”, reflexionando y llevando a la práctica, según cada grupo o cada uno vayamos progresivamente viendo qué es lo que debemos hacer o decir.

Por otra parte, hay quien piensa que el Concilio Vaticano II ya no puede ser referencia para los cristianos de hoy. La circunstancias son totalmente distintas a las que había hace 50 años. Los interrogantes que se hacen los hombres y las mujeres de hoy son diferentes y las respuestas que hay que dar son otras. A nuestro nuevo mundo, parte de él “virtual”, no podemos hablarle en el mismo lenguaje del último concilio.

Ya finalmente, decir que muchos pensamos que nuestras preocupaciones más importantes quizás no debieran estar, aunque sí también en alguna medida, tan dentro del ámbito eclesial. Los problemas más graves hoy son otros y a ellos habría que dedicar una atención preferente. Problemas que tenemos muy cerca de nosotros: como la exclusión de los inmigrantes de la seguridad social, el altísimo número de parados, muchos de ellos sin ayuda, la mucha gente que hay con salarios mínimos o pensiones insuficientes, los desahucios… Y otros aún más graves que están allende nuestras fronteras: la gente que muere por carecer de lo fundamental para la subsistencia o de los medios más elementales de sanidad, las muchas guerras que aún hay, y otras violencias que también producen muertes sin parar, la explotación y opresión que hay en todo el mundo, tanto infantil como de adultos, sin olvidar la explotación irracional de la Madre Tierra… etc. De la manera que sea, con más o menos dedicación, todos estamos obligados a la cooperación nacional o internacional, a través de los cauces que estén a nuestro alcance. La Iglesia no puede ser nuestra única preocupación, ni siquiera ha de ser la principal.

Bien es verdad que la Iglesia católica supone un enorme potencial, tanto espiritual como material, y es muy distinto que se emplee de un modo u otro. Por eso, uno ve que es muy razonable que sea motivo de nuestra atención con el fin de que tantos medios y tanta energía humana se utilice en el quehacer de un mundo mejor, que es el modo de hacer que progrese el Reinado de Dios. Es importante que la Iglesia sea en el mundo una gran fuerza humanizadora dentro de los parámetros de los derechos humanos fundamentales reconocidos por las Naciones Unidas.

En buena medida nuestras vidas son deudoras del pasado concilio, aunque hayamos tenido que vivirla en contradicción con los nuevos aires que cerraron puertas y ventanas en la Iglesia. Gracias al concilio, y a los que siguieron la dirección por él marcada, se recupera la Palabra de Dios para el pueblo y empezamos a hacer atención a los signos de los tiempos, lo que nos obliga a una continua puesta al día. Gracias a él algunos hemos podido alcanzar un cierto grado de libertad que impidió nuestra asfixia espiritual: sobre todo moral e intelectual. Gracias al concilio, y a todos cuantos mantuvieron y desarrollaron las nuevas ideas que en él nacieron, hemos podido llegar a comprender que lo verdaderamente importante para un cristiano es el seguimiento de “Jesucristo”, tal como originariamente fue presentado, limpio de adherencias ideológicas y sin contaminaciones socio-políticas. Gracias al concilio hemos podido comprender que tan importante como creer es vivir de acuerdo con la fe a la que nos adherimos, y gracias a él hemos sabido también que creer es comprometerse.

No queremos terminar estas reflexiones sin citar el esperanzador acontecimiento eclesial del Papa Francisco.

Sacerdote Anglicano ganó el Premio de Teología Ratzinger.



El presidente del comité científico de la Fundación vaticana Joseph Ratzinger-Benedicto XVI y vicario emérito del Papa para la diócesis de Roma, el cardenal Camilo Ruini, ha anunciado este viernes que los ganadores de la tercera edición del premio de la fundación serán el ministro de la Comunión anglicana Richard A. Burridge y el teólogo alemán laico Christian Schaller. Se trata de la primera ocasión en la que se galardona a un cristiano no católico romano con el Premio Ratzinger.

La entrega de premios se llevará a cabo durante el simposio titulado 'Los Evangelios: historia y cristología. La investigación de Joseph Ratzinger' que tendrá lugar del 24 al 26 de octubre en la Universidad Lateranense de Roma.


El biblista inglés Richard A. Burridge es decano del King's College de Londres y ministro de la Comunión Anglicana. Por su parte, el laico alemán Christian Schaller es profesor de teología dogmática y vicedirector del Instituto Papa Benedicto XVI en Ratisbona.

El premio Ratzinger se entrega a los estudiosos en teología que se distinguen por particulares méritos en la actividad de publicación o en la investigación científica y forma parte de los objetivos de la Fundación entre los cuales figuran también la organización de congresos.

Su primera edición se celebró el 30 de junio de 2011 en la Sala Clementina del Vaticano cuando Benedicto XVI premió al sacerdote español Olegario González de Cardenal, al alemán Maximilian Heim, de la Orden del Císter y al laico italiano Mario Simonetti. La segunda edición, tuvo lugar el 20 de octubre de 2012 cuando se premió al filósofo e historiador francés Rémi Brague y al teológo estadounidense Brian Edward Daley.

Benedicto XVI dispuso que se instituyera esta Fundación respondiendo así al deseo manifestado por muchos estudiosos a lo largo de los años. Precisamente una de las competencias del Comité Científico es establecer los criterios de excelencia para la creación y asignación de premios a quienes se han distinguido en las actividades de publicación o de investigación científica.

Monseñor Scotti ha explicado que el objetivo de la Fundación es "situar en el centro de la reflexión la cuestión de Dios". "La concesión del Premio Ratzinger quiere llamar la atención de la opinión pública sobre ese tema y es una de las tres actividades de su trabajo ordinario. Las otras dos, quizás menos conocidas, pero igualmente importantes son la concesión de becas a los doctorandos en Teología y la organización de congresos de alto valor científico", ha precisado.

El comité científico está presidido por el cardenal Camillo Ruini. Por su parte, el presidente del comité organizador del simposio es el arzobispo francés Jean-Louis Brugues y el vicepresidente es el español Luis Romera.

(EuropaPress)

viernes, 21 de junio de 2013

El Papa recibirá al Cacique Qom Felix Díaz..


Mientras la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hace oídos sordos al reclamo indígena, Francisco se reunirá con el cacique en el Vaticano junto al premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel. 

Aunque aún sigue esperando una respuesta de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a su pedido de audiencia, el jefe de la comunidad QOM La Primevera, Félix Díaz, tiene razones para estar contento: el lunes será recibido en El Vaticano por el papa Francisco, a quien relatará “las graves violaciones a los derechos humanos que sufren los pueblos originarios”, según explicaron en un comunicado.

La reunión entre el Papa y Félix Díaz fue gestionada por el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, quien también participará de la reunión junto a Díaz y su compañera Amanda Asijak.

"Les quiero informar que este lunes 24 el Papa Francisco (@Pontifex_es) me recibirá junto al Cacique #Qom Félix Díaz", confirmó Pérez Esquivel a través de su cuenta de Twitter. 

Según informó la comunidad qom en un comunicado, irán al encuentro con Francisco para transmitirle "las graves violaciones a los derechos humanos que sufren los pueblos originarios en el continente latinoamericano".

El encuentro con el Papa se enmarca en la protesta que la comunidad qom y organizaciones sociales realizan cada miércoles en Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada, ante la negativa de la Presidenta a recibirlos.

A principios de junio, en el marco de sus reclamos, distintos representantes de pueblos originarios realizaron un acampe frente a Balcarce 50 durante 24 horas y entregaron un petitorio para Cristina, que aún se sigue negando a recibirlos. 

Los grupos aborígenes vienen denunciando con manifestaciones en Buenos Aires que son víctimas de "persecución y violencia" por parte del gobernador kirchnerista de Formosa, Gildo Insfrán, y exigen a Fernández de Kirchner que intervenga. 

(Fuente: DyN)

Fuente: Clarín

Las protestas en Brasil.


Por Jorge Capelán | Radio La Primerísima

En los últimos 10 días se ha formado un movimiento en demanda de "cambios" en Brasil. Todo comenzó con movilizaciones pequeñas, que no lograron reunir a más de tres mil personas, protestando contra un aumento de veinte centavos de real –menos de diez centavos de dólar– en los buses de San Pablo. Ahora son decenas de miles en varias ciudades del país. 


Demandan una serie de cosas, aparte de parar el alza del transporte: mejorar la pésima calidad de los servicios públicos como la educación y la salud, así como la del transporte colectivo en general. Protestan contra que se invierta en un mundial de fútbol ante tantas necesidades. También protestan contra la corrupción del sistema político brasileño, efectivamente diseñado para mediatizar todo esfuerzo que intente realizar cambios profundos.


Pero también, hay que decirlo, esas protestas tienen lugar en un país cuyo gobierno ha sacado a unos 40 ó 50 millones de personas (20-25% de la población) de la pobreza. La clase media brasileña es la que más ha crecido en América Latina desde los años 90, del 20 al 50% o más hoy en día. En los últimos años, la inflación se mantuvo bajo control, el poder adquisitivo del salario medio creció en términos reales, el desempleo sigue en niveles mínimos y el gobierno de Dilma Rousseff muestra cifras altísimas de aprobación. Incluso hoy, luego de la difusión de escenas de represión policial contra las protestas en algunos lugares, a pesar de haber caído 8 puntos porcentuales, ésta se mantiene en un envidiable 55% para el gobierno y 77% para la presidenta.

Inicialmente, los manifestantes fueron enfrentados con violencia de parte de las autoridades, pero la actitud del gobierno ha sido conciliadora: Varias de las ciudades han anunciado la suspensión de la planeada alza del precio del pasaje, así como diálogo a los manifestantes. "Las protestas demuestran el valor de la democracia y revelan que los ciudadanos están a la búsqueda de sus derechos", afirmó ayer Rousseff después de que el lunes marcharan unas 250.000 personas en todo el país.

La presidenta valoró el espíritu pacífico de las personas que se movilización. "Supera los mecanismos tradicionales de las instituciones, partidos políticos o sindicatos", sostuvo. Según Rousseff, "las manifestaciones comprueban la grandeza de nuestra democracia y el civismo de nuestra población y suponen un mensaje directo a los gobernantes en todas las instancias".

"Las demandas de la población por ciudadanía, mejores escuelas, hospitales, transporte público de calidad y a un precio justo, por el derecho a influir en las decisiones de los gobiernos, en repudio de la corrupción y el desvío de dinero público, comprueban el valor intrínseco de la democracia", dijo la presidenta.

Obviamente, las manifestaciones en el Brasil obedecen a problemas reales, pero no son el inicio de una revolución contra un gobierno reaccionario, o al menos no contra un partido de gobierno reaccionario, sino contra uno de amplia base popular.

A estas manifestaciones, que han llegado a movilizar a 250 mil personas en 12 ciudades, se las ha comparado a las que en 1992 obligaron a renunciar al entonces presidente Fernando Collor de Mello. En lo que no se piensa es que el Brasil de hoy tiene 30% más habitantes que entonces, está mucho más urbanizado y ha mejorado notablemente sus ingresos. En 1992, las protestas habían sido organizadas por partidos políticos y movimientos sociales que se unieron para perseguir un objetivo común. Había consignas claras, actos de masas organizados, es decir, eran movimientos orgánicos, con fuerte adhesión popular.

En las manifestaciones de hoy en día, no está claro cuáles son sus líderes. Se dice que fueron convocadas por medio de las redes sociales. Lo cierto es que los interesados externos en utilizar el descontanto no faltan:

"¡No es por 20 centavos! #CHANGEBRAZIL!" El sonriente jóven pelirrojo que sostiene la hoja tamaño A4 con letras escritas a mano en la foto es el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, una de las personas más ricas del planeta (más de 13.300 millones de dólares) e importantísimo recurso de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos. Fue la CIA la que a través de su fachada In-Q-Tel le dio a Zuckerberg el capital semilla que le permitió fundar al Capo de Todos los Capos de las redes sociales.

Como es sabido, en las últimas semanas salió a la luz pública que las mayores empresas del sector informático como Apple, Google, Facebook y Yahoo, dieron y dan acceso irrestricto y "directo" a sus servidores a la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés). En realidad, es muy difícil para estas empresas el negar que trabajan al servicio de un gobierno que ve con bastante preocupación que el Brasil se esté consolidando como la sexta economía mundial y uno de los agentes más activos del cambio hacia un orden internacional multipolar.

Muchas cosas van a depender de cómo el gobierno de la presidenta Dilma Rousseff y el Partido de los Trabajadores manejen estas protestas. Pueden ser una oportunidad para consolidar la ruptura del gigante latinoamericano con el neoliberalismo, o pueden llevar a nuevos incidentes de desestabilización que en el corto-mediano plazo comprometan el proceso de integración de nuestro continente, tan necesitado de un Brasil fuerte.