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jueves, 10 de julio de 2014

La teología de la liberación, ¿una anciana moribunda?


Juan José Tamayo, teólogo, juanjotamayo@gmail.com

Madrid.

ECLESALIA, 04/07/14.- “Efectivamente, las figuras relevantes de la Teología de la Liberación (TL) son personas ancianas y, como tal, como la expresión de lo que fue, está muy está anciana, si no es que ya está muerta… Hoy en día no está más el tema de la teología de la liberación, que había sido planteada con una base sociológica que no cuadraba con la base teológica”.

No, no son afirmaciones estas de sectores lefebvristas, neoconservadores o integristas, ni de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tan propensa a desacreditar las tendencias teológicas que no coinciden con la teología romana. Han sido pronunciadas por monseñor Carlos Aguiar Retes, todopoderoso presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), y difundidas por la Agencia Católica de Información ZENIT. Las ha hecho en un momento tan significativo como el encuentro del CELAM con el papa Francisco, cuando el Vaticano está dando muestras de acercamiento a dicha teología.

Ante las críticas recibidas por tamaño desprecio hacia la TL, el propio arzobispo Aguiar ha querido matizarlas en unas declaraciones a Noticelam, pero, a mi juicio, se ha puesto más en evidencia su rechazo hacia dicha teología. Recuerda la existencia de una corriente basada “en el análisis marxista que llevó a una ideologización del mensaje evangélico” y cree necesario re-direccionarla a través del desarrollo de “una teología de la liberación con una base bíblico espiritual”.

¿Qué revelan las primeras afirmaciones tan irrespetuosas en boca de un dignatario tan cualificado como mal encarado de la Iglesia católica, que se arroga la representación de varios cientos de millones de católicos del continente y las segundas declaraciones tan desenfocadas sobre la teología de la liberación: ignorancia, manipulación o, más sencillo todavía, confundir el deseo con la realidad? Fuere una cosa, otra, la tercera o las tres a la vez, me gustaría informar, siquiera someramente, al presidente del CELAM del estado actual de la Teología de la Liberación (TL), que hoy está muy lejos de la ancianidad y mucho más todavía de la muerte.

La TL, nacida en América Latina a finales de la década de los sesenta del siglo pasado –apenas ha cumplido 45 años- es una de las corrientes más creativas del pensamiento cristiano nacidas en el Sur, lejos de los centros de poder político, económico y religioso, con señas de identidad y estatuto teológico propios. No es, por tanto, una sucursal de la teología elaborada en el Norte. Todo lo contrario: ha quebrado el norte-centrismo teológico, sea el moderno o el postmoderno, el europeo o el norteamericano.

Viene siendo objeto de sospecha desde sus orígenes, y muy especialmente durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto II. Ha recibido acusaciones de lo más gruesas e indemostrables como defender la violencia, ser una sucursal del marxismo, introducir la lucha de clases en la Iglesia, politizar partidistamente el cristianismo… Muchos de sus cultivadores han sido condenados, destituidos de sus cátedras y sus libros sometidos a una férrea censura. La más grave de las condenas -comparable a la del Syllabus del papa Pío IX contra el modernismo-, fue la llevada a cabo por laInstrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación, de 1984, redactada por el cardenal Ratzinger cuando era presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe y ratificada por Juan Pablo II.

Mas, a pesar de la persecución de que ha sido objeto, la TL no se ha rendido a la ortodoxia vaticana, ni ha renunciado a sus primeras intuiciones ni al principio-liberación, pero tampoco se ha quedado en la foto fija de sus orígenes, ya que no es una teología perenne, inmune a los cambios, ni de la razón pura, sino una teología de la razón práctica, histórica,in fieri, que se reformula y reconstruye en los nuevos procesos de liberación.

Lo mismo que la TL en sus orígenes intentó responder a los desafíos sociales, económicos, religiosos, espirituales, culturales del continente latinoamericano, hoy sigue haciéndolo y se elabora a partir de los nuevos sujetos que están emergiendo y protagonizan los cambios estructurales en la sociedad y en las religiones: las mujeres doble o triplemente oprimidas por las dictadura del patriarcado, del capitalismo y del colonialismo en alianza, la Tierra, sometida a la depredación del sistema de desarrollo científico-técnico y económico voraz, el campesinado sin tierra, los pueblos indígenas y las comunidades afroamericanas, humilladas durante siglo de dominación imperial, las colectividades, cada vez más numerosas, excluidas por mor de la globalización neoliberal, las religiones otrora destruidas por el cristianismo imperial, las identidades estigmatizadas y perseguidas.

Son todas ellas alteridades negadas que conforman los diferentes rostros de la pobreza y la marginación, a quienes la TL reconoce como sujetos activos, consciente de que se están empoderando y, desde su empoderamiento, contribuyen a la superación del racismo, el sexismo, el clasismo, la homofobia, así lideran la lucha contra los etno-cidios, geno-cidios y bio-cidios causados por el paradigma de desarrollo de la modernidad occidental.

De aquí han surgido nuevas tendencias teológicas de la liberación, todas ellas contra-hegemónicas: teología feminista, indígena, afrodescendiente, campesina, ecológica, queer, teología del pluralismo religioso, de la diversidad sexual. Todo un mosaico de teologías y sabidurías que conforman el plural panorama de la TL, que no es una anciana moribunda, sino que sigue viva y activa intentando responder a los nuevos desafíos del continente latinoamericano.

Hoy está presente en todo el Sur, pero también en los ámbitos de marginación del Norte y se ha hecho visible en el Foro Social Mundial, donde ha creado su propio espacio religioso alter-globalizador, el Foro Mundial de Teología y Liberación, que cuestiona las creencias crédulas, revoluciona las conciencias de los creyentes y no creyentes y pretende transformar sus prácticas alienantes en emancipatorias desde la convicción de que “Otra teología es posible” ¡y necesaria! en plena sintonía con la consigna de los Foros Sociales “Otra epistemología es posible!” y con las epistemologías del Sur que se están desarrollando en las diferentes disciplinas y saberes.

Si monseñor Aguiar Retes quiere enterrar la teología de la liberación, debe saber que lo hará con una realidad viva, y eso es un delito mayor y más grave que el de considerarla anciana o muerta. ¡Qué lejos está el actual presidente del CELAM de los obispos que dijeron adiós al paradigma de la Iglesia conquistadora, colonial y desarrollista de la conquista e iniciaron el paradigma de la Iglesia de la liberación en la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín en 1968! Estos pusieron las bases de la Iglesia de los pobres, que el papa Francisco quiere recuperar. Con sus declaraciones, monseñor Retes lo que hace es dinamitar dichas bases. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Fuente: Eclesalia

lunes, 28 de abril de 2014

Una jornada histórica para el Vaticano y para la Iglesia.


Entre 800.000 y un millón de fieles homenajean a Juan Pablo II y Juan XXIII

El abrazo entre Francisco y Ratzinger, el momento más emotivo de una ceremonia intensa

Redacción, 27 de abril de 2014.

Miles de jóvenes de Polonia, donde se celebrará la próxima Jornada Mundial de la Juventud en 2016, pero también de España, Alemania, de Brasil, México, Perú, Estados Unidos, Uganda, y de otros rincones del Globo.
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Benedicto XVI en la canonización


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Dos sacerdotes portan un cuadro de los dos futuros santos

La ceremonia de canonización de los papas Juan Pablo II y Juan XXIII, fue considerada"histórica" por la Iglesia Católica y varios números dan cuenta de la importancia que tuvo el acto, al que acudieron entre 800.000 y un millón de peregrinos y fieles.

En toda Roma se instalaron 19 pantallas gigantes. Solamente de Polonia, la tierra natal de Juan Pablo II, llegaron 1.700 micros, 58 aviones y 5 trenes.


Unos 150 cardenales y 700 obisposestuvieron en la Misa de la que participó también el papa emérito, Benedicto XVI. Cerca de 600 sacerdotes y 270 diáconos repartieron la comunión a la multitud de personas que estuvieron en el Vaticano.

Delegaciones de 93 países, incluyendo 24 jefes de Estado, estuvieron en la ceremonia. Entre los mandatarios participaron los Reyes de España, de Bélgica, además de presidentes y cancilleres.

Unas 2.000 millones de personas de los 5 continentes siguieron la ceremonia por televisión, con 9 satélites que la trasmitieron en Alta Definición, según estimó el Centro de Televisión Vaticano que también informó que 500 salas de cine de unos 20 países proyectaron la canonización gratuitamente en 3D.


Unos 2.400 agentes especiales reforzaron la seguridad, con vigilancia especial en monumentos, aeropuertos y estaciones de tren. Además, 2.600 voluntarios de la Protección Civil repartieron 4 millones de botellas de agua a turistas y peregrinos y 600 personas, entre médicos y enfermeros, ofrecieron sus servicios a los visitantes.

Casi 10 millones de dólares le costó la ceremonia a Roma, según lo anunció el alcalde Ignazio Marino. La capital italiana tuvo que invertir en estaciones de primeros auxilios y mil baños químicos, entre otros gastos.



Cantos, aplausos, bailes y banderas procedentes de todos los rincones del mundo inundaron hoy la Ciudad del Vaticano para celebrar la proclamación como santos de los papas Juan XXIII y Juan Pablo II.

Banderas de España, Colombia, México, Brasil, Costa Rica, Venezuela, Nicaragua, Ecuador y de otras partes del mundo pintaron de color la capital del catolicismo, donde sin duda alguna los tonos predominantes fueron el rojo y el blanco de la insignia de Polonia, país de nacimiento de Karol Wojtyla, san Juan Pablo II desde hoy.

Desde primeras horas del sábado centenares de peregrinos se acercaron ya a los aledaños de la Plaza de San Pedro para hacer cola y lograr el mejor sitio.

Como Lidia Obando, nicaraguense residente en Roma desde hace treinta años, que desde la tarde del sábado rondaba las inmediaciones de la plaza para no perderse una jornada histórica.



Muchos pasaron la noche con mochilas y sacos de dormir, a la intemperie, con frío y una fina lluvia, con el objetivo de acceder a la Plaza de San Pedro desde las cinco y media de la mañana, cuando la Santa Sede permitió la entrada a la zona, y asistir a la canonización de Juan XXIII y de Juan Pablo II en primera fila.

Pero no todos lo lograron, muchos tuvieron que contentarse con ver la ceremonia en alguna de las pantallas que el Vaticano habilitó para la ocasión en las calles colindantes.

Los afortunados que sí se hicieron un hueco en la plaza vaticana, asistieron a los actos con la alegría y la ilusión de poder vivir en primera persona "el día de los cuatro papas".

Y es que por primera vez se reunía de alguna manera a cuatro pontífices en el Vaticano:el papa Francisco y el papa emérito Benedicto XVI, y los ahora santos, el papa Juan Pablo II y Juan XXIII.

Los más previsores, los que primero llegaron a la Plaza, pudieron hacerse con uno de los miles de ejemplares que, con el título "Il Domenica di Pascua", la Santa Sede imprimió para la ocasión.

Un regalo que contenía una breve biografía de los papas Juan Pablo II y Juan XXIII en cuatro idiomas -español, italiano, inglés y polaco- además de la lista completa de santos de la Iglesia, y la letra de las canciones que se cantaron en este evento católico.



Ni el cansancio ni el frío de una mañana gris apagaron los ánimos de los congregados que desde antes del amanecer llenaron la plaza de bailes, risas, rezos y cánticos.

Miles de jóvenes de Polonia, donde se celebrará la próxima Jornada Mundial de la Juventud en 2016, pero también de España, Alemania, de Brasil, México, Perú, Estados Unidos, Uganda, y de otros rincones del Globo corearon en diversas ocasiones el himno de las JMJ "Jesus Christ, you are my life".

"El papa Juan Pablo II fue el papa de los jóvenes, ahora estamos aquí para asistir a su canonización, para nosotros es un momento de mucha alegría", dijo el español Rodrigo Ruiz.

Sentimiento que también compartió el venezolano Jesús Aular que, contento por vivir las canonizaciones en su primer viaje al Vaticano, pidió que Juan Pablo II ayude desde el cielo a lograr la paz en Venezuela.

Jóvenes, pero también mayores, niños, familias, parejas, monjas y sacerdotes recibieron al papa emérito Ratzinger con aplausos y gritos de "Benedicto" cuando éste llegó a la plaza.



Aplausos que se repitieron durante las más de dos horas de celebración en diversas ocasiones, como cuando el papa Francisco se acercó a abrazar a Benedicto XVI, y que se intensificaron cada vez que las cámaras del Vaticano proyectaban la imagen de Juan Pablo II en las pantallas.

Uno de los momentos más emotivos del acto fue cuando la costarricense Floribeth Mora, segundo milagro de Juan Pablo II, subió al altar del pontífice polaco para llevar una de sus reliquias y la plaza al completo estalló en vítores y aplausos.

Hombres y mujeres polacos, algunos incluso vestido con trajes típicos del país, levantaron sus banderas en homenaje al nuevo santo de su país.

Poco después del mediodía la despedida de los dos papas, Francisco y Benedicto XVI, la Plaza de San Pedro estalló en vítores, aplausos, abrazos y cánticos en honor a los dos papas ya santos.

lunes, 24 de junio de 2013

El capitalismo como religión y el neofranciscanismo como su disciplina.


Por Maciek Wisniewski, periodista polaco. La Jornada, 21-06-2013.

A cien días del relevo en el Vaticano el nuevo Papa cautiva sobre todo con sus gestos. Desde los fieles hasta los teólogos de la liberación como Leonardo Boff u otros disidentes como Hans Küng, casi todos se dejaron seducir. Francisco estableció un estilo sencillo y austero: evita prendas adornadas, optó por un anillo y una cruz de plata, calza zapatos negros viejos, rechazó un lujoso apartamento; más de una vez dijo que quiere una Iglesia pobre y para los pobres. Como recuerda Damián Pierbattisti, Michel Foucault en Vigilar y castigar (1975) define el poder disciplinario como la anatomía política del detalle; no había últimamente otra ocasión donde aquella definición se vea con tal nitidez como con Francisco ( Página/12, 28/3/13).

Para estar claro: los gestos y los símbolos son importantes (lo dice el mismo Foucault). El elogio a la pobreza, humildad y sencillez que predicaba Francisco de Asís, como subraya Küng ( El País, 10/5/13) también, sobre todo si pensamos en Benedicto XVI con su muceta y zapatos rojos a la medida. En este sentido el encanto de Francisco reside hasta ahora en las diferencias con su(s) predecesor(es) y en lo superficial (para más, habrá que esperar). Pero si es verdad que las épocas de crisis –como la de hoy– permiten ver las cosas con más claridad, entonces necesitamos una mirada más amplia. La austeridad papal, más que desnudar los mecanismos del orden dominante, los encubre.

Si algo abunda hoy es el anticapitalismo superficial: de todos lados se escuchan quejas por los excesos de empresas, bancos y mercados. Este tipo de crítica moral es también la de Francisco. El Papa pide justicia social, cuya falta resulta en desocupación ( La Jornada,1/5/13); instruye al clero a aprender de la pobreza de los humildes y a evitar ídolos del materialismo que empañan el sentido de la vida ( La Jornada, 9/5/13); pide reformas al sistema financiero para distribuir mejor la riqueza y condena la tiranía del dinero y mercados. La antigua veneración del becerro de oro ha tomado una nueva y desalmada forma en el culto al dinero, dice ( La Jornada, 17/5/13).

El mejor ejemplo de lo inocuo de esta crítica: Angela Merkel se reúne con Francisco y dice que el Papa tiene razón ( La Jornada, 19/5/13). Lo verdaderamente subversivo sería si el Papa argentino indicara por ejemplo el camino latinoamericano: la solución política a la crisis (sobre la que la UE calla) y un nuevo contrato social (todos están ocupados en destruir el viejo). Pero Bergoglio siempre estuvo de espaldas a los gobiernos populares, como los kirchneristas, a los cuales nunca ha reconocido por sacar a Argentina de la debacle 2001/2002 (él mismo en aquel entonces se limitó a distanciarse de los responsables y a llamar a la resurrección moral del país). Al no hablar de la lección argentina (la decisión acerca de la deuda, la importancia de la inversión social) o de los movimientos que hoy se oponen a la austeridad, con su culto de la pobreza sólo ofrece un componente espiritual a la austeridad autoritaria en Europa.

Si bien Francisco va más allá de Benedicto XVI (que cuando estalló la crisis sólo moralizaba sobre la excesiva avaricia y consumismo), acercándose a la crítica soft del capital de Juan Pablo II (que de todos modos destacaba en los 80 y 90), se queda corto comparado con el enfoque sistémico de la teología de liberación (Bergoglio siempre se encontraba en los antípodas de esta corriente; hoy sus representantes le dan el voto de confianza por el bien de la atormentada Iglesia). Como bien apunta Michael Löwy, el nuevo Papa sigue la tradicional doctrina social de la Iglesia, donde los pobres son sólo objetos de caridad y compasión, no sujetos de su propia historia que deben liberarse, estando muy lejos por ejemplo del pensamiento de Hugo Assmann o Franz Hinkelammert. Éstos, vinculando el catolicismo con el marxismo desarrollaron una crítica del capitalismo como una falsa religión, donde los ídolos del dinero, la ganancia y la deuda, como los del Antiguo Testamento exigen sacrificios humanos, imagen empleada por Marx en El capital ( Le Monde, 30/3/13).

Francisco critica el culto al dinero (becerro de oro), pero no cuestiona nuestra fe en el capitalismo. Su neofranciscanismo no es una herramienta de liberación, sino una nueva estrategia de disciplina; no está dirigida al sistema, ni a los banqueros, sino a la gente común. Es un mecanismo de contención que pretende hacer la crisis más manejable y hacernos asumir sus costos (lo que sería una paradoja ya que el gesto original de San Francisco, nacido en una familia de empresarios proto-capitalistas, fue profundamente antisistémico). La austeridad papal como la política de detalle foucaultiana pretende enseñarnos las bondades de vivir con menos y de pedir menos (sueldo, prestaciones, derechos, servicios), a contentarnos con lo poco que hay y neutralizar a la vez el potencial político de la pobreza.

Giorgio Agamben leyendo a Walter Benjamin y su texto El capitalismo como religión(1921) –comentado también extensamente por Löwy– subraya que su análisis y comparación cobran incluso mayor relevancia después de que fuera cancelado el patrón oro y aumentara el papel de la deuda. Pero la más iluminadora fue su intuición de que el capitalismo como religión no tiende a la redención sino a la culpa, no a la esperanza sino a la desesperación, no a la transformación del mundo sino a su destrucción ( Rebelión,14/5/13). Incluso pocos marxistas, en su mayoría cegados por la acumulación de las fuerzas productivas, lo veían así, y no es sólo la ceguera del nuevo Papa. Pero la disciplina neofranciscana seguramente ayuda a hacer más suave nuestro viaje al precipicio (en un tren llamado progreso, por supuesto).

Fuente: ATRIO

sábado, 22 de junio de 2013

Reflexión sobre el 50 aniversario del Concilio Vaticano II.


Reflexión del Foro de cristianos “Gaspar García Laviana” sobre el 50 aniversario del Concilio Vaticano II

DOCUMENTO FINAL DE CURSO.

REFLEXIÓN ANTE EL 50 ANIVERSARIO

DEL CONCILIO VATICANO II

El deseo de una Iglesia distinta vivía en el corazón de muchos, ya entonces, en entorno a los años 60. El Espíritu cultivaba anheladas esperanzas de renovación. La convocatoria del Concilio Vaticano II supuso una eclosión de optimismo: al fin se iniciarían las tan necesarias reformas. Una vez terminada la magna asamblea, los nuevos textos conciliares, aunque a veces ambiguos o contradictorios, nos dieron pie a pensar en un renacimiento de la Iglesia.

Efectivamente, hubo un tiempo de ilusión. Con la celebración del Concilio Vaticano II, creíamos que nuestras esperanzas iban a hacerse realidad, que era posible otra Iglesia, progresivamente desclericalizada, donde los laicos asumieran en igualdad con el clero su papel protagonista dentro de ella, donde las mujeres, cuya presencia en las comunidades superaba con creces a la de los hombres, iban a ser respetadas como tales y valoradas sin ningún tipo de prejuicio, dándoles la posibilidad de ir integrándose en los distintos organismos eclesiásticos de decisión, de reflexión teológica, de pastoral, igual que en los diversos ministerios de la Iglesia. Creíamos posible una nueva concepción de la sexualidad, un celibato opcional, separaciones matrimoniales abiertas a un nuevo matrimonio, y algunos, en este caso menos, un sacerdocio ministerial para un determinado tiempo, que podía ser renovado, sacerdotes escogidos por el pueblo, que podían ser hombres o mujeres, casados(as) o solteros(as). Creíamos en una renovación litúrgica que nos llevaría a celebraciones sencillas, desapareciendo de ellas todo boato, abiertas a una creatividad responsable, sin el corsé de las férreas rúbricas. Creíamos que llegaríamos a una valoración positiva de todas las religiones como distintos caminos de manifestación de un Dios único. Creíamos que con el Concilio llegaría, aquí en nuestro país, la desaparición de la mentalidad y comportamientos del nacional-catolicismo, que parecía era también la máxima aspiración de algunas jerarquías católicas en otras partes del mundo, lo que llevó a muchos obispos a apoyar, directa o indirectamente, las dictaduras que había en sus países, tal como sucedió en algunos lugares de Latinoamérica. Creíamos que, ya por fin y de verdad, en la Iglesia todos seríamos iguales, que desaparecería el carrerismo eclesiástico y todas las dignidades, títulos y cualesquiera otra “condecoración”. Pero ya entrados los años 80 éramos conscientes de que la Iglesia-institución iniciaba una marcha hacia atrás, nuestras esperanzas se iban truncando y nuestro optimismo se esfumaba poco a poco con el paso del tiempo.

En los primeros momentos posconciliares empezábamos a constatar cambios importantes: veíamos un nuevo estilo de gobierno en las jerarquías católicas, parecía que iba a ser posible una participación en la “gestión” de la Iglesia en todos los niveles: parroquial, diocesano, nacional y mundial. Creíamos posible iniciar el camino de una auténtica “democratización” intraeclesial. Lo hicimos algunos en nuestras parroquias a través de los Consejos Parroquiales, cuya realidad superaba la nomenclatura dada, al darles carácter decisorio real. Creíamos que se iniciaba una verdadera renovación cuando nos convocaron para elegir a nuestros arciprestes y vicarios territoriales, que luego nombraba el obispo. Se crearon también organismos diocesanos de participación en la gestión económica, pastoral… Pero cuando se les quiso dar una entidad jurídica, -ya el tiempo iba pasando y surgían otros vientos-, se vio el valor que desde las últimas instancias se les concedía a todos estos organismos de gestión: serían “meramente consultivos”. La última palabra, la decisión, quedaba en manos del párroco, del obispo o del Papa. Y cuando apareció el nuevo Código de Derecho Canónico, éste consagró el existente monarquismo absolutista clerical.

Muchos pensábamos que las Conferencias Episcopales y los Sínodos de Obispos asumirían las necesarias funciones para que pudiese ir desapareciendo el poder concentrado en los distintos Dicasterios del Vaticano. Pero sucedió más bien lo contrario. Los Sínodos serían meramente consultivos y siempre bajo la tutela del Vaticano. Las Conferencias Episcopales nacionales quedaron prácticamente en nada. La colegialidad, tan defendida en el Concilio, no se le daba contenido alguno. Pero, al contrario, aumentaron en importancia los organismos romanos, que, actuando en nombre del Papa, “monarca” absoluto, eran los que gestionaban el poder legislativo, ejecutivo y judicial en la Iglesia.

En aquellos años, cuando algunos comenzábamos a andar, tanteando, con incertidumbre, todavía con algo de miedo, por el camino de la libertad, superando aquellos parámetros, a veces totalmente irracionales, de los “pecados mortales”, o de lo que era lícito o válido; cuando muchos comenzábamos a ser capaces de romper el corsé del ritualismo sacramental para hacer liturgias más vivas y cercanas al pueblo…; cuando muchos quisieron ser de verdad clero “secular”, prescindiendo de las ropas talares, incorporándose a trabajos civiles…, -proceso en el que tomaron parte también algunos religiosos y religiosas que salieron de sus conventos para trabajar “en el mundo”-, nos parecía que estábamos comenzando nuevos tiempos de luz evangélica en la Iglesia. El brillo de aquella luz se fue apagando poco a poco, quizás más que nada por falta de oxígeno bajo la cúpula romana al irse cerrando las puertas y ventanas que se habían abierto con el Concilio. Quizás por eso aquel fuego no se propagó o quedó ahogado.

También creíamos que se iniciaría una nueva presentación de los contenidos de la fe católica, teniendo en cuenta los avances de las ciencias humanas y bíblicas, que obligaban a revisar creencias que se consideraron verdades inalterables: el modo de entender al Dios Creador, el origen de la materia, de la vida y del hombre, el pecado original… Era imprescindible armonizar el contenido esencial del mensaje cristiano con la razón moderna. Creíamos que se iniciaría una des-ideologización de la “doctrina cristiana”, para purificarla de todas las adherencias filosóficas antiguas, de los ropajes ideológicos de los que se fue revistiendo al paso del tiempo, y llegar así al conocimiento del cristianismo más originario para presentarlo de modo sencillo y comprensible al mundo de hoy. La aparición del Catecismo de la Iglesia Católica (1992-1997) nos hizo ver nuestra ingenuidad al respecto. Sus contenidos bien poco se distinguían, tanto en la forma como en el fondo, de lo que se enseñaba en la Iglesia en los años anteriores al Concilio.

Por otra parte, dado el contexto democrático de las sociedades occidentales y los nuevos aires conciliares, creíamos que se cambiaría el modo de concebir la autoridad en la Iglesia. ¿Se puede entender que absolutamente todo dependa en nuestra Iglesia de una sola persona? ¿Se puede entender el modo de elegir al Papa, a los obispos y a los párrocos? Hay que arbitrar alguna manera para dar una amplia participación en su elección a aquellos que van a recibir el servicio de esos ministerios. Igual que el teocentrismo filosófico-teológico ha quedado anticuado, así también la concepción teocrática de la autoridad.

Según transcurría el pontificado de Juan Pablo II, iban poco a poco desapareciendo todas las esperanzas renovadoras. Las poderosas fuerzas conservadoras de la Iglesia fueron ocupando casi todos los organismos eclesiásticos: Dicasterios, nunciaturas, sedes diocesanas, presidencias de las Conferencias Episcopales… El equilibrio, mal conseguido como se vio luego, en los textos del concilio quedó roto en la práctica al paso del tiempo. Poco a poco se fueron poniendo en marcha desde Roma unas directrices que, con la ayuda de la mayoría de los obispos, nos condujeron a la situación actual de control no sólo de los comportamientos sino también de las ideas, condicionando la libertad de pensamiento, de investigación…, hasta el punto de que aquellos que en sus estudios analizan, insinúan o proponen nuevas ideas distintas del exigido pensamiento único católico, son separados irremediablemente de sus cátedras, si son enseñantes; o les niegan sus editoriales, si pretenden escribir un libro o publicar una revista; o sus edificios, si alguien quieren impartir en ellos una conferencia… Se condena, se rechaza o se arrincona la teología de la liberación, cuyo fruto innegable fue el compromiso ejemplar al que condujo a muchos cristianos (laicos, religiosos, curas), que se empeñaron en conseguir un mundo mejor, a veces a costa de su propia vida. Habíamos entrado en el invierno eclesial, según palabras de K. Rahner en 1983.

Nosotros, cristianos que queremos mantener viva nuestra fe en Jesucristo, que para nosotros es la verdadera luz en el camino de la vida y el pan que la alimenta, siendo como es la Iglesia y tal como estamos actualmente ¿qué podemos hacer? ¿Podrían ser estos hoy parte de nuestros objetivos principales?

“Democratizar” las instituciones eclesiales de base: parroquia, movimientos cristianos…, dando participación de decisión y de gestión a todos. Tratar de influir para conseguir esto mismo en los demás niveles de la Iglesia. Debemos ser conscientes de la importante fuerza del clero que está en la base, del papel de “líder” que le otorgan las comunidades cristianas.

Tomar posturas de libertad, al estilo de los hijos de Dios, practicando, si fuere necesario, una “desobediencia debida”, como de hecho ya hicieron muchos sacerdotes y laicos, liberándose de las innumerables leyes que regulan tan minuciosamente las conciencias y los comportamientos, siguiendo así el ejemplo de Jesucristo respecto a las autoridades y leyes del judaísmo, y como hicieron después los apóstoles, respondiendo a las autoridades, que pretendían impedirles anunciar el evangelio, que tenían que obedecer antes a Dios que a ellos.

Podemos también seguir creando pequeñas comunidades cristianas donde juntos podamos, con la luz de la Palabra de Dios, descubrir cada día a Jesús de Nazaret y su mensaje, que es el mejor incentivo para el seguimiento del Señor y mantener el compromiso cristiano, celebrando sacramentalmente a Jesucristo con una liturgia participativa y creativa, sin que ello suponga una ruptura con la Iglesia-Institución, de quien hemos recibido la semilla de nuestra vida espiritual y donde también vive el Espíritu que nos enriquece a todos. Ella ha de ser igualmente campo de nuestro compromiso en el quehacer de un mundo mejor.

También será uno de nuestros primeros objetivos el mantener una constante crítica constructiva, que siempre tenga como base un cordial respeto a las personas. Es la función profética que ha de asumir todo cristiano, obligado a denunciar siempre todo aquello que contradice lo que Jesús fue y dijo, tanto fuera como dentro de nuestra Iglesia. En primer lugar hemos de salir siempre en defensa de los más débiles, aquellos donde más anida el sufrimiento humano. En lo que se refiere a nuestra Iglesia: hoy cada vez son más, entre ellos algunos obispos, los que están pidiendo la desaparición del Estado Vaticano con todo su entramado de poder eclesiástico, las pomposas liturgias pontificales, los títulos y honores, etc., lo que está a todas luces en contradicción con Jesucristo y su evangelio. También nosotros compartimos este deseo.

Y sobre todo es fundamental la unión entre todos los que buscan una Iglesia distinta, más jesuánica. Necesitamos organizaciones y líderes, dispuestos a romper moldes, que aglutinen a las personas que quieran el cambio, necesitamos referencias que nos ayuden a converger, a encontrarnos, a promover acciones comunes. Es necesario comenzar uniéndonos en asociaciones, en pequeñas comunidades cristianas, en foros, etc., y luego alcanzar nuevos niveles de integración. Para ello disponemos hoy de unos potentes y rápidos medios de comunicación que hemos de utilizar para unirnos y juntos poder hacer más fuerza para ir consiguiendo los objetivos que nos marquemos. Es necesario ir integrándonos a través de las redes virtuales, que nos facilitan enormemente estar siempre en comunicación. Ya hay quienes están en este camino. Es posible que REDES CRISTIANAS aquí en España sea una buena plataforma de integración plural, así como la RED EUROPEA IGLESIA POR LA LIBERTAD. Y todos juntos unidos en una RED UNIVERSAL.

El compromiso cristiano del que ya hemos hablado habrá de estar matizado por una opción preferencial a favor de los marginados, los empobrecidos, los excluidos por la razón que sea: sexo, religión, raza, riqueza…

Muchos no creemos que sea cuestión de concentrar todos nuestros esfuerzos en pedir un nuevo concilio, ni de hacer nosotros una gran asamblea alternativa. Podemos sumarnos a esas iniciativas, si se llevan a cabo como plataformas de renovación eclesial. Pero es más importante estar en “Asamblea Permanente”, reflexionando y llevando a la práctica, según cada grupo o cada uno vayamos progresivamente viendo qué es lo que debemos hacer o decir.

Por otra parte, hay quien piensa que el Concilio Vaticano II ya no puede ser referencia para los cristianos de hoy. La circunstancias son totalmente distintas a las que había hace 50 años. Los interrogantes que se hacen los hombres y las mujeres de hoy son diferentes y las respuestas que hay que dar son otras. A nuestro nuevo mundo, parte de él “virtual”, no podemos hablarle en el mismo lenguaje del último concilio.

Ya finalmente, decir que muchos pensamos que nuestras preocupaciones más importantes quizás no debieran estar, aunque sí también en alguna medida, tan dentro del ámbito eclesial. Los problemas más graves hoy son otros y a ellos habría que dedicar una atención preferente. Problemas que tenemos muy cerca de nosotros: como la exclusión de los inmigrantes de la seguridad social, el altísimo número de parados, muchos de ellos sin ayuda, la mucha gente que hay con salarios mínimos o pensiones insuficientes, los desahucios… Y otros aún más graves que están allende nuestras fronteras: la gente que muere por carecer de lo fundamental para la subsistencia o de los medios más elementales de sanidad, las muchas guerras que aún hay, y otras violencias que también producen muertes sin parar, la explotación y opresión que hay en todo el mundo, tanto infantil como de adultos, sin olvidar la explotación irracional de la Madre Tierra… etc. De la manera que sea, con más o menos dedicación, todos estamos obligados a la cooperación nacional o internacional, a través de los cauces que estén a nuestro alcance. La Iglesia no puede ser nuestra única preocupación, ni siquiera ha de ser la principal.

Bien es verdad que la Iglesia católica supone un enorme potencial, tanto espiritual como material, y es muy distinto que se emplee de un modo u otro. Por eso, uno ve que es muy razonable que sea motivo de nuestra atención con el fin de que tantos medios y tanta energía humana se utilice en el quehacer de un mundo mejor, que es el modo de hacer que progrese el Reinado de Dios. Es importante que la Iglesia sea en el mundo una gran fuerza humanizadora dentro de los parámetros de los derechos humanos fundamentales reconocidos por las Naciones Unidas.

En buena medida nuestras vidas son deudoras del pasado concilio, aunque hayamos tenido que vivirla en contradicción con los nuevos aires que cerraron puertas y ventanas en la Iglesia. Gracias al concilio, y a los que siguieron la dirección por él marcada, se recupera la Palabra de Dios para el pueblo y empezamos a hacer atención a los signos de los tiempos, lo que nos obliga a una continua puesta al día. Gracias a él algunos hemos podido alcanzar un cierto grado de libertad que impidió nuestra asfixia espiritual: sobre todo moral e intelectual. Gracias al concilio, y a todos cuantos mantuvieron y desarrollaron las nuevas ideas que en él nacieron, hemos podido llegar a comprender que lo verdaderamente importante para un cristiano es el seguimiento de “Jesucristo”, tal como originariamente fue presentado, limpio de adherencias ideológicas y sin contaminaciones socio-políticas. Gracias al concilio hemos podido comprender que tan importante como creer es vivir de acuerdo con la fe a la que nos adherimos, y gracias a él hemos sabido también que creer es comprometerse.

No queremos terminar estas reflexiones sin citar el esperanzador acontecimiento eclesial del Papa Francisco.

Sacerdote Anglicano ganó el Premio de Teología Ratzinger.



El presidente del comité científico de la Fundación vaticana Joseph Ratzinger-Benedicto XVI y vicario emérito del Papa para la diócesis de Roma, el cardenal Camilo Ruini, ha anunciado este viernes que los ganadores de la tercera edición del premio de la fundación serán el ministro de la Comunión anglicana Richard A. Burridge y el teólogo alemán laico Christian Schaller. Se trata de la primera ocasión en la que se galardona a un cristiano no católico romano con el Premio Ratzinger.

La entrega de premios se llevará a cabo durante el simposio titulado 'Los Evangelios: historia y cristología. La investigación de Joseph Ratzinger' que tendrá lugar del 24 al 26 de octubre en la Universidad Lateranense de Roma.


El biblista inglés Richard A. Burridge es decano del King's College de Londres y ministro de la Comunión Anglicana. Por su parte, el laico alemán Christian Schaller es profesor de teología dogmática y vicedirector del Instituto Papa Benedicto XVI en Ratisbona.

El premio Ratzinger se entrega a los estudiosos en teología que se distinguen por particulares méritos en la actividad de publicación o en la investigación científica y forma parte de los objetivos de la Fundación entre los cuales figuran también la organización de congresos.

Su primera edición se celebró el 30 de junio de 2011 en la Sala Clementina del Vaticano cuando Benedicto XVI premió al sacerdote español Olegario González de Cardenal, al alemán Maximilian Heim, de la Orden del Císter y al laico italiano Mario Simonetti. La segunda edición, tuvo lugar el 20 de octubre de 2012 cuando se premió al filósofo e historiador francés Rémi Brague y al teológo estadounidense Brian Edward Daley.

Benedicto XVI dispuso que se instituyera esta Fundación respondiendo así al deseo manifestado por muchos estudiosos a lo largo de los años. Precisamente una de las competencias del Comité Científico es establecer los criterios de excelencia para la creación y asignación de premios a quienes se han distinguido en las actividades de publicación o de investigación científica.

Monseñor Scotti ha explicado que el objetivo de la Fundación es "situar en el centro de la reflexión la cuestión de Dios". "La concesión del Premio Ratzinger quiere llamar la atención de la opinión pública sobre ese tema y es una de las tres actividades de su trabajo ordinario. Las otras dos, quizás menos conocidas, pero igualmente importantes son la concesión de becas a los doctorandos en Teología y la organización de congresos de alto valor científico", ha precisado.

El comité científico está presidido por el cardenal Camillo Ruini. Por su parte, el presidente del comité organizador del simposio es el arzobispo francés Jean-Louis Brugues y el vicepresidente es el español Luis Romera.

(EuropaPress)

jueves, 20 de junio de 2013

Papa Francisco, haznos soñar. Otra Iglesia es posible.


Redacción de Atrio

a ciudad de Asti (Piemonte) celebra todos los años un Festival cultural que dura una semana. Este Este año se trataba de conmemorar el “I have a dream” de Martin Lutero King en 1963. Para inaugurarlo, el 9 de junio, invitaronEnzo Bianchi, el abad de Bose (Italia), una comunidad monacal compuesta de hombres y mujeres, ecuménica (católicos, protestantes y ortodoxos), centrada en la oración, el estudio de las escrituras y la acogida. Rowan Williams, el antiguo arzobispo de Canterbury, se solía retirar allí una semana al año. Gracias a Jorge Gerbaldo podemos hoy ofrecer el texto en cstellano de su conferencia-sueño, que se publicó en La Stampa.

Desde hace casi cien días que escuchamos la expresión “papa Francisco”, una expresión que enciende una serenidad y a veces también una alegría en quien la pronuncia y en quien la escucha. Tengo un recuerdo claro que esto ya sucedía hace más de cincuenta años, cuando se evocaba a papa Juan (simplemente, sin especificar el número que lo seguía).

Debe reconocerse que en la iglesia católica “hay un cambio de aire”, “se respira algo nuevo”. Estas significativas palabras se escuchan de labios de obispos, presbíteros y simples fieles. Negar el cambio que se produjo sería no querer adherir a la nueva realidad que se configuró. Ahora bien, muchos temen que afirmar el cambio, la novedad de este pontificado, pueda coincidir con una crítica o incluso con una contraposición respecto al papa precedente, pero esto se debe a una “mitología” persistente frente al papado, al que se querría marcado por una absoluta continuidad. En verdad, la continuidad reguarda la fe profesada, pero los estilos, los modos de presidir y de ser pastor deben ser diversos, porque los dones del Señor son diversos entre sí, no sólo abundantes. Es tiempo de que los católicos comprendamos que el ministerio de Pedro asumido por los obispos de Roma es siempre el mismo en su contenido –confirmar en la fe a los hermanos y estar al servicio de la comunión entre las iglesias-, mientras que la forma de este ministerio, como mutó en los veinte siglos de historia de la Iglesia, así muta ahora; en efecto, deberá mutar si entre las iglesias se operará una convergencia ecuménica hacia una comunión visible.

Se produjo un cambio palpable que la Iglesia acogió con estupor por la novedad aportada por papa Francisco en el estilo de la vida cotidiana. Hubo un cambio en el modo de enseñar por parte del papa. Hubo una promesa de renovación del ejercicio del ministerio petrino, a través del inicio de una reforma de la curia romana, que en la vigilia de la renuncia de Benedicto XVI se encontraba en contradicción con el carácter evangélico que le es exigido en su estar al servicio del sucesor de Pedro.

Francisco no es un papa “teólogo”, es decir, ejercitado en la teología especulativa y doctrinal, ni es experto ni ejercitado en el arte exegético de la interpretación de las Sagradas Escrituras, pero si está ejercitado y tiene experiencia en el conocimiento y en la asunción de “los pensamientos y las actitudes que tuvo Cristo Jesús” (cf. Fil 2,5). Ello emerge de toda su persona y de su ministerio. Pero no debe pensarse que esto no revele su cualidad de teólogo: “teólogo porque ora” –según la definición de Evagrio Póntico-, teólogo porque conoce a Cristo en la escucha de las Escrituras y en su búsqueda sobre el rostro de los hombres, en las “periferias del mundo”, sobre las calles que están siempre abiertas por parte de quien inicia y abre caminos, en las regiones infernales en las que los hombres a veces caen y habitan…

No teniendo por lengua madre el italiano, su lenguaje es impreciso, a veces duro, a alguno puede también parecerle rudo, pero es un lenguaje del corazón, es el lenguaje del pastor que conoce sus ovejas, las ama y comparte la vida. Papa Francisco está “in medio ecclesiae”, no por arriba, sin exenciones ni inmunidades. Por esto nos autoriza a soñar, o mejor, a invocar que la Iglesia, que nosotros, cristianos, somos más conformes al Evangelio, a la vida humana vivida por Jesús, a la vida que Él nos ha dejado marcada por sus huellas para ir a Dios.

Por tanto, ¿qué expectativas suscita el ministerio petrino ejercitado por papa Francisco?
Ante todo, anunció “una Iglesia pobre y para los pobres”. Pero no sólo una iglesia que tiene en el corazón a los pobres, que “hace el bien” por y para ellos, sino que se hace pobre ella misma a imagen de su Señor, el cual “siendo rico se hizo pobre por nosotros” (cf. 2Cor 8,9), para ser solidario en todo con los hombres. La expresión “iglesia sierva y pobre”, forjada por el teólogo Yves Congar en los años 60 del siglo pasado y asumida por el Concilio Vaticano II, no tuvo en el post-concilio la atención que merecía. Y sin embargo, es el primer punto decisivo para la reforma de la Iglesia. Papa Francisco viene de una iglesia que ha elaborado “la necesidad de la opción preferencial por los pobres”, primeros destinatarios por derecho de la Palabra de Dios, y, por lo tanto, está habilitado para hacer retornar la Iglesia a la pobreza evangélica. Ningún tipo de pauperismo ideológico, no obstante, o la iglesia es pobre, o no es conforme a su Señor y entonces está en contradicción con la encarnación del Señor, con el Dios-hombre que es Jesucristo, el único Señor de todos.
Pero también tenemos necesidad de una Iglesia sinodal, en la que caminen juntos: papa, obispos, presbíteros, pueblo de Dios. El Vaticano II marco líneas que, desarrolladas después, dieron lugar a la llamada “eclesiología de comunión”; pero la verdadera comunión, ordenada, eficaz, requiere que el ministerio de quien preside sea ejercitado en una sinodalidad en la que todos son escuchados en aquello que les compete, todos son sujetos con derecho a tomar la palabra, todos son llamados a la unidad, a la comunión que puede ser donada por el Espíritu Santo que compagina la pluralidad en unidad. Es en esta sinodalidad donde las iglesias de las periferias podrán hacer sentir su voz en el centro, podrán confiar sus adquisiciones y sus testimonios a quien tiene el encargo del servicio de comunión entre las iglesias y de la confirmación de éstas en la unidad. En la sinodalidad podrán también abrirse caminos de subsidiariedad, tan necesaria para una unidad respetuosa de las diferencias, de los dones y de los carismas plurales que el Señor concede a la Iglesia.

En fin, mi esperanza personal es la de la unidad de todos los que confiesan a Jesucristo como Señor e Hijo de Dios, exégesis del Dios que nadie ha visto jamás ni puede ver sino en el más allá de esta vida terrena. El ecumenismo no debe ser una opción en la Iglesia, sino simplemente la condición para ser cristianos: ésta es la voluntad del Señor y, por tanto, el reconocimiento de quien es bautizado como miembro del único cuerpo de Cristo debe encontrar vías de manifestación concreta, y ser dinamismo de una comunión que “el amor”, que “es la verdad primera”, debe confirmar.

Sí, vienen tiempos en los que “la Palabra de Dios no es rara” (cf. 1Sam 3,1), en los que “reina la paz en la Iglesia” (cf. Hech 9,31), tiempos en los que se busca la comunión al interno de la Iglesia y la solidaridad con todos los hombres. La Iglesia salga de sí misma, sea “extravertida” porque mira no a sí misma sino a su Señor y a los rostros del Señor en la historia: los hombres y las mujeres, y entre ellos los últimos, sobre todo los pobres.

Fuente: Atrio

sábado, 1 de junio de 2013

[Sobre la beatificación] ‘San Romero de América’


Muchos se han preguntado desde hace tiempo cuándo canonizarán a Monseñor Romero. Otros han ido más al fondo: “si Monseñor Romero no es santo, ¿quién lo será?”. Y otros no han ocultado su sorpresa y algún enojo. Ante la rapidez con que se canonizó a la madre Teresa y a Juan Pablo II -por no hablar de José María Escrivá- no comprenden el silencio en que ha quedado Monseñor. Pues bien, parece que ha llegado la hora.

El Papa Francisco. Más que “desbloqueo”, “ruptura”

La renuncia de Benedicto XVI fue una ruptura de gran magnitud, un gesto de honradez infrecuente en Roma, y creó el ambiente necesario para otras rupturas. Y así ha ocurrido. El 20 de abril el arzobispo Vincenzo Paglia, tras un encuentro con el Papa, anunció que “la causa de beatificación de Monseñor Romero ha sido desbloqueada”. (Hablaremos de beatificación o, en general, de canonización)

Ha habido “desbloqueo” porque la causa había quedado “engavetada” sine die en la Doctrina de la Fe. Pero no parece que las razones fueran sólo burocráticas, fácilmente eliminables por un Papa. Lo que hizo el Papa Francisco tiene las trazas de haber sido una “ruptura”: “jerarcas de diversas curias durante años han hecho lo posible para impedir la canonización.

Es bien conocido que, en vida, la oligarquía y demás poderes del mundo salvadoreño trataron a Monseñor con desvergüenza y crueldad. “Monseñor vende su alma al diablo”, publicó un periódico de la oligarquía. Y con estas hojas llenaron las calles de la capital: “Haga patria mate un cura”.

Pero no solo ellos estaban en contra. En curias eclesiásticas, en y más allá de El Salvador, hubo jerarcas que desde el comienzo trataron a Monseñor con prejuicios inflexibles y muchas veces sin justicia. No le perdonaban su apoyo a la teología, aunque fuese buena, si era de la liberación. Ni le perdonaban su apoyo, aunque fuera justo -y crítico-, a las organizaciones populares. Sus enfrentamientos claros y sus denuncias radicales con opresores, ejércitos, escuadrones de la muerte, gobiernos, imperio norteamericano, les causaron sorpresa y pavor.

Y para gente de Iglesia la molestia más honda, y menos confesable, es que Monseñor, en su pensar, hablar y comportarse, se parecía mucho a Jesús de Nazaret. Y sus palabras les destanteaban totalmente: “Me alegro hermanos de que la Iglesia sea perseguida… Sería muy triste que en nuestra Iglesia no hubiese sacerdotes asesinados”.

Los problemas comenzaron pronto. La nunciatura reaccionó agresivamente contra su decisión de una misa única tras el asesinato del Padre Rutilio el 20 de marzo de 1977, que fue un auténtico clamor de fe, esperanza y compromiso, solo igualada por la misa de funeral del mismo Monseñor el 30 de marzo de 1980. Con la excepción de monseñor Rivera, el resto de los obispos salvadoreños, le fueron contrarios, a veces pública y burdamente. En 1978 publicaron un mensaje, breve y malo, sobre las organizaciones populares, que contradecía frontalmente la larga carta pastoral de Monseñor Romero sobre La Iglesia y las organizaciones políticas populares. Poco antes de su muerte escribió en su diario las tres cosas que le preocupaban. La última era “su situación conflictiva” con los otros obispos. Y recuerdo la alegría que le embargó en Puebla en una reunión con obispos afectos a Medellín. “¡Qué bueno poder estar aquí como entre hermanos!”. A su funeral no asistió ninguno de los obispos de El Salvador, con la excepción de Monseñor Rivera Damas.

En la curia vaticana han hablado mal de Monseñor visitantes y residentes poderosos, funcionarios del gobierno de Estados Unidos y obispos como Alfonso López Trujillo. De Roma le enviaron visitadores en repetidas ocasiones, y en un momento dado pensaron retirarle de su cargo o inutilizarlo como Arzobispo, nombrando un obispo coadjutor sede plena, con plenos poderes. Monseñor respondió: “Estoy dispuesto a obedecer. Si me quitan solo les pido que lo hagan con dignidad para que no sufra mi pueblo”. En sus viajes a Roma compartía sus problemas con el Padre Arrupe y con el cardenal Pironio, ambos en dificultades con la curia, y se animaban mutuamente. Y en los últimos años agradeció mucho la visita que le hizo el cardenal Lorscheider.

De su visita a Pablo VI en mayo de 1977 salió feliz. De su primera visita a Juan Pablo II salió decepcionado y triste. De la segunda visita salió serenamente confortado. Después de su asesinato, Juan Pablo II, inesperadamente y sin comunicarlo al gobierno, fue a honrarlo a su tumba en Catedral. Lo llamó “celoso pastor”.

A Benedicto XVI los periodistas le preguntaron varias veces cuándo será la canonización de Monseñor Romero. En su respuesta a un periodista francés vino a decir que “el retraso no se debía a la persona del arzobispo asesinado, que, por su virtudes heroicas, merecía ser beatificado. Se debía, más bien, a la situación políticamente encontradiza que reina en El Salvador a propósito de la obra de Monseñor”. La pregunta que queda es por qué, en concreto, en esa situación “la canonización no es oportuna”.

Monseñor Urioste ha dicho muchas veces que Monseñor Romero ha sido el salvadoreño más amado y el más odiado en el país. Los poderosos, oligarquía, ejército y escuadrones de la muerte, la economía, la política y muchos de los medios, le odiaron en vida. De algunos de ellos salieron quienes lo asesinaron. Y los más recalcitrantes esa noche brindaron con champán. No es fácil para el Vaticano canonizar a Monseñor, estando vivos, y aun teniendo que estar quizás presentes por razones protocolarias en su beatificación, algunos enemigos importantes de Monseñor. Quizás sea eso lo que no se juzga “oportuno”.

Quizás tampoco sea oportuno ponerlo públicamente como ejemplo eximio de obispo, pues incomodará a algunos de ellos.

Y quizás se repita que “no hay que politizar a Monseñor Romero” porque eso podría dificultar la canonización, manida afirmación repetida sin argumentos.

Un santo

No sabemos qué se dirá en el acta de beatificación y de canonización. Nos gustaría que, además de lo que se vea sobre Monseñor desde la Roma universal, el acta diga las cosas importantes del Monseñor que vemos desde aquí.

Conversión. En la mejor tradición de las Iglesias cristianas, Monseñor, hombre bueno y ético siempre, en los setenta pasó por un cambio radical o conversión. La causa principal fue el encuentro con los pobres, ya como obispo en Santiago de María y definitivamente en San Salvador. El 12 de marzo de 1977, ante el cadáver de Rutilio Grande y dos campesinos, su vida cambió para siempre. Las innumerables víctimas y los pobres y oprimidos le llevaron a una nueva vidad definitiva. Encontró en ellos una ultimidad que coincidía con la ultimidad de Dios, y que no fue rebajada a segundo lugar por Dios. Eso pienso yo es lo que ocurrió en el corazón de Monseñor en aquellos momentos de conversión. Nunca dio marcha atrás.

A eso le ayudaron los pobres en primer lugar, pero también lo que ocurrió ya en los primeros días. Los sacerdotes a quienes tenía por izquierdistas y de Medellín le apoyaron sin condiciones, mientras que quienes habían estado con él, como obispo moderado y nada político, le dejaron solo. Y también le convenció de que el nuevo camino era el correcto, el cuerpo eclesial que inmediatamente se formó a su alrededor, con sacerdotes y religiosas, las mayorías pobres y varios profesionales, universitarios de clases medias.

Compasión contra la injusticia. Las puertas de su oficina en el arzobispado y en el hospitalito siempre estuvieron abiertas para escuchar y acoger al pobre. Y vivió en profundidad el abajamiento que acompañaba a la compasión: “A mí me toca ir recogiendo atropellos y cadáveres”, dijo en Aguilares. De ese modo se convirtió, como los obispos del siglo XVI, en defensor ex officio de los pobres.

Denuncia contra la mentira y el encubrimiento. No hace falta extenderse en esto, pero sí es importante recalcar su forma de hacerlo que no tiene paralelo, especialmente en sus homilías. Todos los domingos sin excepción, mencionaba todas las violaciones a derechos durante la semana, de los que le había llegado noticia. Mencionaba los nombres de las víctimas, el lugar y circunstancias, la situación en que quedaban los familiares. Y siempre mencionó a los victimarios -también de las organizaciones populares cuando era el caso-, muy mayoritariamente miembros del ejército, cuerpos de seguridad y escuadrones de la muerte. Y les conminó: “En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo, cada día más tumultuosos, les pido, les ruego, les ordeno en nombre de Dios, ¡Cese la represión!”.

Contra la idolatría de la riqueza. La condenó, y por ello lo mataron. “Se mata a quien estorba”, había dicho. Estorbó al mencionar la injusticia del dinero y de la riqueza que elevó a idolatría. Y denunció muchas otras idolatrías, sobre todo la de la seguridad nacional. También condenó, a los medios de comunicación: “hoy nadie cree ya en nada”. Y a la corte suprema de justicia. “Gran parte del malestar de nuestra patria tiene allí su clave principal, en el presidente y en todos los colaboradores de la Corte Suprema de Justicia, que con más energía deberían exigir a las cámaras, a los juzgados, a los jueces, a todos los administradores de esa palabra sacrosanta, la justicia, que de verdad sean agentes de justicia”.

Monseñor ante el misterio de Dios.Monseñor habló frecuentemente de Dios. Fiel a Puebla y a la teología de la liberación, ante todo condenó a las divinidades de la muerte, los ídolos, “los que necesitan víctimas para subsistir”. Pero por encima de todo habló del Dios de Jesús, el Dios real, el Dios de su vida y el Dios de la historia. Y habló con Dios. Es conocida su oración sentida. Y ante Dios quedaba postrado y se sentía feliz. Días antes de ser asesinado dijo en la homilía: “Ningún hombre se conoce mientras no se haya encontrado con Dios… ¡Quien me diera queridos hermanos que el fruto de esta predicación de hoy fuera que cada uno de nosotros fuéramos a encontrarnos con Dios y que viviéramos la alegría de su majestad y de nuestra pequeñez”.

Los pobres de su pueblo. Monseñor los amó y los defendió. Siempre. Corría sus mismos riesgos y se lo decía. ”No abandonaré a este pueblo”. Denunciaba a sus enemigos, aunque fuese el presidente del país, el general Romero, y aunque fuese el presidente Carter a quien prohibió enviar armas. Defendió a los pobres y por ellos arriesgó todo, como sólo lo hacen los amigos de verdad. Y les comunicaba sin pudor lo que sentía por ellos: “Con este pueblo no cuesta ser buen pastor”.

El pueblo, su pobrería, le quiso como rara vez se quiere a un personaje, a un obispo. Le lloraron como solo se llora a un padre. Hoy, 33 años después, muchos le siguen queriendo de verdad. En El Salvador, le quieren de manera distinta a como quieren a otros santos populares canonizados. Muy especialmente le quieren y le recuerdan supervivientes de masacres, esposas y madres de esposos e hijos asesinados y desaparecidos, familiares de víctimas de quienes nadie se acuerda. Y sin saber exactamente qué significa “canonización”, “culto público”, “intercesión”, se alegran de que un Papa, proclame su nombre solemnemente y diga a todo el mundo que Monseñor fue una buena persona. Están contentos. Y no es esta pequeña expresión de canonización.

El acta vaticana de beatificación después de otras

No sabemos qué se escribirá en el acta vaticana de beatificación y canonización. Ojalá ofrezca al Monseñor Romero, santo tradicional y santo salvadoreño, como hemos intentado describir. Ojalá su nombre sirva de nombre a tantos que han quedado sin nombre, en El Mozote, entre los indígenas de Guatemala, entre los migrantes asesinados en México… Y ojalá dé nombre a tantos pueblos crucificados inocentes e indefensos.

Y ya que fue obispo, ojalá en el acta se recuerde a Luis Angelelli, Gerardo Valencia Cano, Juan Gerardi, Joaquín Ramos… obispos latinoamericanos asesinados. Con muchos otros, son los Padres de la Iglesia Latinoamericana desde Medellín.

Solo Dios conoce como será el acta de canonización. Nosotros terminamos diciendo que Monseñor Romero ya ha sido canonizado. Y recordamos los principales momentos de su canonización.

Monseñor Casaldáliga, en cuanto conoció su martirio, escribió el poema: “San Romero de América, pastor y mártir nuestro”. Y termina con una convicción: “Nadie hará callar tu última homilía”. Esperamos que la canonización venidera sea expresión de que siempre habrá una homilía de Monseñor.

La Iglesia Anglicana, el 31 de marzo de 2005, en presencia de la reina de Inglaterra y del arzobispo de Canterbury, colocó en el centro de la fachada de Westminster la imagen de Monseñor Romero, junto con la de Martín Luther King y las de otros ocho mártires, hombres y mujeres, de todas las iglesias cristianas del siglo XX. Esperamos que la canonización venidera guarde este espíritu ecuménico.

En la última Carta a las Iglesias, recordando el aniversario de Monseñor, escribimos: “En ti el huérfano encuentra compasión”. Con toda modestia y gozo decimos de él lo que el Antiguo Testamento decía de Yahvé. Ojalá la canonización venidera remita al Yahvé, Dios de pobres y víctimas.


Ignacio Ellacuría en el funeral de la UCA, cuatro días después de su asesinato, dijo estas conocidas palabras, audaces y lúcidas: “Con Monseñor Romero, Dios pasó por El Salvador”. Ojalá Monseñor Romero, con miles de mártires como él, hombres y mujeres, sean canonizados con estas palabras: “Por América Latina, y por muchos otros lugares del tercer mundo, Dios ha pasado entre nosotros”.

En una mañana de invierno un hombre harapiento limpiaba con esmero la tumba de Monseñor, valiéndose de sus harapos. Al termina sonríe satisfecho. Me acerqué y le pregunté: “¿Qué hace?”. Y me contestó. “Eso, limpiar la tumba de Monseñor. Porque él era mi padre”. “¿Cómo así?”. “Es que yo no soy más que un pobre. A veces acarreo en el mercado con un carretón, otras veces pido limosna y en veces me lo gasto todo en licor y en guaro, y paso la goma botado en la calle… Pero siempre me animo. Yo tuve un padre que me hizo sentir gente. Porque a los como yo él nos quería y no nos tenía asco. Nos hablaba, nos tocaba, nos peguntaba. Nos confiaba. Se le echaba de ver el cariño que me tenía. Como quieren los padres. Por eso yo le limpio su tumba. Como hacen los hijos, pues”. [Lo cuenta María López Vigil en su libro Piezas para un retrato]

Fuente: ATRIO

viernes, 3 de mayo de 2013

Iglesia católica ¿semper reformanda?



Uno de los asertos teológicos más consistentes de la Reforma, que define las esencias de la teología protestante,  es la que hace referencia a su estado de  permanente reforma: Ecclesia semper reformanda partiendo, eso sí, de la firme voluntad de volver a los orígenes del cristianismo, una vez despojada de todas las adherencias que fue adquiriendo en los siglos precedentes.
Bienvenida sea, pues, la publicación que acaba de llegar a mis manos, el libro de actas fruto de la recopilación de las ponencias y comunicados producidos en el XV Simposio de Teología Histórica celebrado en octubre de 2010 y auspiciado por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia, precisamente bajo el título Ecclesia semper reformanda[1]; un título aplicado, en este caso, no a la Reforma Protestante sino a la propia Iglesia católica, en cuyo seno se ha propuesto la reformulación teológica a la que hacemos referencia.
Ha sido el profesor Salvador Pié i Ninot el encargado de presentar la ponencia que luego daría título al libro de actas que nos ocupa, a cuya matriz añade el subtítulo: La recepción del Vaticano II: balance y perspectivas. No es la primera vez que teólogos católicos hacen suya esta propuesta de contenido tan marcadamente protestante, si bien creemos que hasta ahora lo han hecho preferentemente teólogos europeos fuera del ámbito español que, aunque dentro del seno de la Iglesia católica, se han movido muy próximos a la teología protestante, como es el caso de Hans Küng (1928 – ).
Hemos leído con sumo interés las 27 páginas de la ponencia en busca de una teología del encuentro, a partir de una reformulación realmente ecuménica de los postulados tridentinos que cerraron a cal y canto las compuertas de la Iglesia de Roma, marcando una clara distinción entre “iglesia verdadera” y “herejes”. El Vaticano II hizo un gran avance al convertir a los  “herejes” en “hermanos separados”, bien es cierto que manteniendo que “fuera de la Iglesia” (por supuesto, la Iglesia católica) no hay salvación, con todas las implicaciones del subsistit in introducido en la Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia, que excluye y degrada a otras iglesias, especialmente a las protestantes, a un nivel de asociación religiosa fuera del concepto histórico de Iglesia, condición que se reserva para sí misma la Iglesia católica.
Efectivamente, tal y como razona el propio autor, remontándose a las reflexiones del jesuita Karl Rahner (1904-1984), en la búsqueda de esa permanente reforma, que tan consustancial es para la Reforma protestante, se le plantea a la Iglesia católica una evidente contradicción, ya que autodefiniendo como una de sus notas esenciales el ser una “sociedad perfecta”, santa, sin que la imperfección de los individuos que la integran pueda afectarla, no se entiende que pueda plantearse la necesidad de cambio, de reforma; lo perfecto no tiene necesidad de renovación.
Las reflexiones filosófico-teológicas de Pié-Ninot son impecables desde el punto de vista de la teología católica, buscando en todo momento su fundamento en el Magisterio de la Iglesia (católica). En su recorrido argumental establece una línea divisoria entre la Ecclesia mater congregans y laEcclesia fraternitas congregata, que toma de Henry-Marie de Lubac (1896-1991); no obstante esta evidente contradicción, acude al argumento del Decreto Unitatis Redintegratio sobre ecumenismo, del mismo Vaticano II, que a su vez se remonta  a textos de los siglos XV y XVI, para establecer que la preocupación de reforma está presente en la Iglesia católica antes de la Reforma protestante. Con todo, el tema no deja de ser controvertido internamente, aún a pesar del aggirnamento que propuso Juan XXIII que, aunque consiguiera en su momento ventilar las estancias del Vaticano, es dudoso que haya logrado producir un cambio sustancial en los aspectos esenciales.
Curiosamente, el autor de la ponencia que comentamos, nos recuerda que se trata de una Iglesia, la católica, que se rige por dogmas inamovibles; lo dice con otras palabras y acudiendo al pensamiento de Juan XXIII: doctrina certa et immitabilis a la que hay que prestar obediencia (fidele obsequium est praestandum). En un contexto semejante, cuesta trabajo ver cómo puede abrirse la Iglesia católica a esa actitud de reforma y en qué medida puede lograrlo, salvo que la reforma pretendida sea únicamente en aspectos litúrgicos o pastorales. Llaman la atención las derivaciones que hace el autor valorando el discurrir del Concilio Vaticano II y las diversas etapas recorridas posteriormente de exaltación, decepción de la verdad y “una nueva fase de interpretación más objetiva de los textos conciliares”; plantea la revisión de los acuerdos adoptados confiriéndoles un nuevo giro, para lo cual hace un recorrido por las diversos escuelas, documentos y sínodos. Todo ello pone de relieve los vaivenes que el catolicismo ha dado durante estos 50 años en torno  al último de sus concilios, vaivemes que para muchos han significado un retorno al pasado, lo cual pone en evidencia la enorme dificultad que afronta la Iglesia católica a la hora de hacer suyo el lema protestante de semper reformanda.
La formulación que el autor retoma de Benedicto XVI sobre la “hermenéutica de la reforma”, “de la renovación en la continuidad del único sujeto Iglesia” nos hace recordar aquellas palabras de Giuseppe Tomasi de Lampedusa (1896-1957) en El gatopardo: “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie” y nos ponen sobre aviso de la dificultad interna de aplicar a la Iglesia católica el lema protestante de reforma permanente.
La ponencia finaliza con unas “perspectivas” entre las que podríamos señalar, a los efectos hacia los que apunta su título, la necesidad de  mantener una atenta escucha a la revelación de Dios, propósito que, por otra parte, queda matizado por la centralidad que se aplica a la liturgia y la eucaristía y las constituciones dogmáticas, así como el sometimiento al Magisterio. No deja de llamar la atención, por otra parte, que se reconozca, referido a la católica, claro está, y en palabras de Benedicto XVI, que “la Iglesia es un signo de contradicción” cosa que, evidentemente, responde a la realidad.
Valorando en su justa medida la pulcritud hermenéutica que utiliza Pié-Ninot, hermenéutica documental más que escriturística, no podemos cerrar este análisis sin mostrar nuestra frustración al comprobar lo inadecuado, a nuestro juicio, de utilizar una formulación tan ambiciosa como la que propició la Reforma Protestante, que obliga a no dejarse atrapar por las tradiciones cuyo valor debería ser testado siempre por medio de las Escrituras, para ser aplicado a un proceso tan contradictorio e impreciso como es el devenido del Concilio Vaticano II que tantas esperanzas despertó y tantas frustraciones ha producido.


[1] Ecclesia semper reformanda. Teología y Reforma de la Iglesia, Facultad de Teología San Vicente Ferrer (Valencia: 2012), pp. 175-201.


Autor/a: Máximo García Ruiz


Máximo García Ruiz es licenciado en teología, licenciado en sociologia y doctor en teología. Profesor de sociología y religiones comparadas en el seminario UEBE y profesor invitado en otras instituciones académicas. Por muchos años fue Presidente del Consejo Evangélico de Madrid y es miembro de la Asociación de teólogos Juan XXIII.


miércoles, 6 de marzo de 2013

Cómo Ratzinger aniquiló la iglesia del pueblo en América Latina.


por Marc Vandepitte (Holanda) 
Domingo, 03 de Marzo de 2013

Traducido por María Piedad Ossaba
El neoconservadurismo

En 1978, Karol Wojtyla (nombre del Papa Juan Pablo II, NDLR) es nombrado para liderar la comunidad religiosa más grande del mundo. Se encuentra frente a una iglesia postconciliar en estado de profunda crisis: asistencia a la misa y vocaciones en caída libre, un elevado número de divorcios entre católicos, rechazo de la autoridad papal sobre el control de la natalidad; un mundo lleno de herejía.

Quiere un cambio radical. No más riesgos ni experiencias, se terminan las reflexiones y los debates. Del Concilio probablemente se conserven los textos pero se entierra el raciocinio. El papa se prepara para una política eclesial centralizada y ortodoxa, acompañada de un rearme moral y espiritual.

Para lograrlo juega con destreza del clima de la época, que presenta por cierto muchas similitudes con la actual. A mediados de los setenta comienza una profunda crisis económica. El clima espiritual optimista de los años sesenta oscila y se caracteriza por una aspiración a la seguridad y a la protección, al anhelo de una autoridad – preferiblemente carismática -, un despertar ético, la evasión hacia un ámbito privado e irracional, etc.

Es en este trasfondo que se desarrolla el « conservadurismo ». Este nuevo Conservadurismo ya no se limita a la defensiva, sino que lanza una ofensiva política e ideológica. Esta corriente es sostenida por «fuertes» personalidades, como Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Sirviéndose hábilmente de los medios masivos de comunicación, interpretan una tendencia mundial para acoger un Salvador, presentando una visión simplista del mundo, irradiando seguridad y optimismo, etc.


Mural en la entrada de la Facultad de Derecho en la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá

Camilo Torres Restrepo (Bogotá, 3 de febrero de 1929) -), sacerdote católico colombiano, pionero de la Teología de la Liberación, cofundador de la primera Facultad de Sociología de Colombia y comandante del grupo guerrillero Ejército de Liberación Nacional (ELN), muerto en combate en San Vicente de Chucurí el 15 de febrero de 1966.


El rottweiler de dios

Un dolor de cabeza aún más importante para el papa, es el ascenso de una iglesia popular progresista en América Latina. Wojtyla es polaco y anticomunista hasta el tuétano; uno de los objetivos de su vida es combatir enérgicamente el marxismo y el comunismo en el mundo. Dado que la influencia del marxismo en la iglesia de base y en la teología de la liberación es innegable, pondrá todo su empeño para restablecer el orden en el continente.

Para ello, cuenta con Ratzinger quien es nombrado en 1981 Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, algo así como el Ministerio de la ideología y de la información del Vaticano. Ejerce este mandato durante un cuarto de siglo y hará el mejor uso para imprimir su marca sobre el acontecer mundial.

Ratzinger se convierte en el arquitecto de una ofensiva pastoral y eclesial de envergadura a la que le da el nombre de «Restauración». El objetivo es el fortalecimiento del aparato directivo central y el desmembramiento de toda forma de disidencia dentro de la iglesia. Ratzinger pronto demuestra ser un verdadero y gran inquisidor, lo que le valdrá el nombre de «rottweiler de dios».

Toda la Iglesia Católica está en la mira pero las flechas se dirigen principalmente hacia América Latina, es allí donde el impacto político es mucho más importante. Por lo tanto nos limitaremos en la continuación del artículo a este continente.


La Aniquilación de la iglesia del pueblo y la teología de la liberación

El primer paso es la creación de una base de bancos de datos de las conferencias episcopales, los teólogos de la liberación, los religiosos progresistas, los proyectos pastorales sospechosos, etc. En casi todas las diócesis se nombran obispos y cardenales ultraconservadores y abiertamente de derecha. Tan solo en Brasil se nombran una cincuentena de obispos conservadores. Al final de los años ochenta, cinco de 51 obispos peruanos son miembros del Opus Dei. Chile y Colombia siguen el mismo camino. Los obispos disidentes están bajo presión, algunos reciben cartas de advertencia; a otros se les prohíbe viajar o son llamados a rendir cuentas.

Esta política de nombramientos es aún más grave ya que el episcopado desempeña un papel importante en ese continente. En muchos casos es la única oposición posible a la represión militar, a la tortura, etc. Si los obispos de Brasil y Chile se hubieran callado, como efectivamente lo hicieron los de Argentina, el número de víctimas de la represión habría sido mucho mayor.

A niveles inferiores también se hace la depuración. Se trabaja de nuevo la formación de los sacerdotes poniendo bajo presión seminarios e institutos de teología, reorientándolos o cerrándolos. Se intenta controlar mejor los religiosos que a menudo suelen ser los protagonistas de la iglesia de la liberación. Se presta especial atención a los teólogos. Desde entonces se les limita haciéndoles prestar el nuevo juramento de fidelidad.

En 1984 Ratzinger redacta la «Instrucción de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe sobre algunos aspectos de la ‘Teología de la liberación’» en la que ataca frontalmente a los teólogos de la liberación, especialmente a los de América Latina. Un año más tarde, le prohíbe a Leonardo Boff, una de las figuras de proa de este movimiento, expresarse. Se intensifica el control sobre los periódicos católicos, allí donde se juzgue necesario, se les censura, se sustituye el consejo de redacción o se les pone bajo presión financiera.

Los proyectos pastorales progresistas son puestos bajo control o incluso se les pone fin. Considerada demasiado progresista, en 1989 la Asociación internacional de la juventud católica, deja de ser reconocida por el Vaticano y debe ceder su lugar a la anti izquierdista y confesional CIJOC.

Junto a la destrucción de todo lo que es progresista, se da inicio a proyectos gigantescos cuyo objetivo es poner a los fieles en el buen camino. Evangelización 2000 y Lumen 2000 son proyectos a gran escala destinados a América Latina, los cuales tienen a su disposición como mínimo tres satélites. Dichos proyectos son preparados por personas y grupos de derecha ultraconservadores: Comunione e Liberazione, Acción María, Renovación Católica Carismática, etc. Los colaboradores de esos gigantes mediáticos comparan sus actividades a una especie de nueva «potencia de luz ».

Los que saben leer son inundados con libros religiosos de ediciones baratas. Se organizan algunas jubilaciones para los sacerdotes y las religiosas. Para estos proyectos la cúpula de la iglesia católica cuenta con el apoyo financiero del mundo empresarial.


Monseñor Óscar Romero (Ciudad Barrios, El Salvador), arzobispo metropolitano de San Salvador, murió asesinado en el ejercicio de su ministerio pastoral el 24 de marzo de 1980. Su proceso de canonización está todavia pendiente. El postulador de la causa de canonización, monseñor Vicenzo Paglia, ha declarado: “Romero no era un obispo revolucionario, sino un hombre de la Iglesia, del Evangelio y de los pobres” …
Cruzada anticomunista

Nada se deja al azar. Uno a uno, todos los pilares de la iglesia popular de América Latina son eliminados. Los observadores hablan del desmantelamiento de una iglesia. Se trata de una de las campañas ideológicas y políticas más importantes de la posguerra.

Esta campaña es compatible con la cruzada anticomunista de la Guerra Fría. También se puede ver como una revancha de USA por la pérdida de poder durante los años anteriores.

Durante las décadas de los años sesenta y setenta los países del Tercer Mundo fortalecieron su posición en el mercado mundial. Impusieron precios más altos a las materias primas elevando así su poder de compra en el mercado mundial. El punto culminante es la crisis del petróleo de 1973. En 1975, Vietnam inflige una aplastante derrota a los Estados Unidos. Poco tiempo después la Casa Blanca fue humillada en dos ocasiones, primero por la revolución de los sandinistas en su patio trasero (1979), y posteriormente por el drama de los rehenes en Irán (1980). A su llegada al poder Reagan se siente además amenazado por la actitud de independencia económica de estados tan importantes como México y Brasil.

La Casa Blanca no se rindió y desencadenó una contraofensiva en diversos frentes. La teología de la liberación fue uno de los objetivos más importantes. A finales de 1960 la teología de la liberación, aún en una fase embrionaria, se consideró como una amenaza para los intereses geoestratégicos de USA, como lo demuestra el informe Rockefeller.

En los años setenta se crearon centros teológicos que debían iniciar la lucha contra la teología de la liberación. Pero es sobre todo a partir de los años ochenta que esta contraofensiva alcanzó su pico más alto. Los Estados Unidos pagaron miles de millones de dólares para apoyar la contrarrevolución en América Latina. Esta sucia guerra dejó decenas de miles de víctimas. Escuadrones de la muerte, paramilitares, y también el ejército regular hicieron el trabajo sucio. En las filas de los movimientos cristianos de liberación cayeron muchos mártires. Los más conocidos son Monseñor Romero y los seis jesuitas de El Salvador.

Para combatir contra la teología de la liberación en su propio terreno, se introdujeron sectas protestantes que recibían apoyo financiero masivo de los EE.UU. A través de consignas enganchadoras y mensajes sentimentales dichas sectas debían intentar atraer a los creyentes. Para alejarlos de la influencia perniciosa de la teología de la liberación, se utilizaron medios electrónicos costosos. La religión se revela aquí opio del pueblo en su forma más pura. También el ejército es movilizado en esta guerra religiosa. Los altos oficiales de las fuerzas armadas latinoamericanas redactaron un documento para darle consistencia al ”brazo teológico” de las fuerzas armadas.
Misión cumplida

Los esfuerzos conjuntos de Ratzinger y de la Casa Blanca dieron sus frutos. En los años noventa se asestó un despiadado golpe a la iglesia de base en América Latina. Numerosos grupos de base dejan de existir o funcionan difícilmente por falta de apoyo pastoral, por temor a la represión, porque ya no creen en el avance esperado, o simplemente porque fueron liquidados físicamente. El optimismo y el activismo de los años 1970 y 1980 dieron lugar a la duda y la reflexión. El análisis de la sociedad pierde peso a favor de la cultura, la ética y la espiritualidad, beneficiando totalmente los planes de Ratzinger.

Globalmente el centro de gravedad pasa de la liberación a la devoción, de la oposición a la consolación, del análisis a la utopía, de la subversión a la supervivencia. El relato del Éxodo da paso al Apocalipsis y a los Apóstoles.

Al final del siglo la iglesia de base ya no es una amenaza para el establecimiento. Tanto el Vaticano como el Pentágono y las élites locales de América Latina tienen por el momento una preocupación menos. Esta tregua finaliza pronto con la elección de Chávez a la Presidencia de Venezuela, pero esto es otra historia.

En 2005 Ratzinger es recompensado por su exitosa labor de restauración y elegido a la cabeza de la Iglesia Católica. Pero es mucho menos brillante como dirigente que como inquisidor. En definitiva es un papa incompetente. Deja una institución debilitada, amenazada por la escasez de sacerdotes, por la pérdida de fieles en Occidente y por los repetidos escándalos. No logró poner orden en los asuntos del Vaticano, quizá sea esta una de las razones por la cual abdicó.

Ratzinger entrará en la historia sobre todo como el que realizó la restauración de la Iglesia Católica y neutralizó la iglesia del pueblo de América Latina. No son méritos desdeñables.

Fuentes de este artículo en neerlandés: De crisis van de bevrijdingstheologie en het religieus marxisme (La cris de la Teología de la liberación y el marxismo religioso)

Gracias a: Tlaxcala
Fecha de publicación del artículo original: 20/02/2013