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viernes, 7 de julio de 2017

Urge renovar la teología.



José M. Castillo, teólogo

Fuente: Teología sin censura

La teología, que rige el pensamiento de la Iglesia y nos dice por dónde tienen que ir las decisiones de la Iglesia, es más importante que el papa, los cardenales, los obispos, los clérigos, los teólogos, los fieles, las leyes, los ritos, las costumbres, todo lo demás que hay en la Iglesia. La teología, a fin de cuentas, nos dice a todos lo que Dios quiere y lo que Dios manda. De forma que el papa (sea el que sea) dice y manda lo que la teología le indica. Por eso es tan importante la teología.
El problema está, según creo, en que a una cantidad importante de cristianos no les interesa la teología. Ni, por tanto, saben mucho de teología. Lo cual es comprensible. Porque la teología, que se suele enseñar (donde eso se enseña), utiliza una serie de palabras, conceptos y criterios, que inventaron los griegos de la Antigüedad, pero que, en estos tiempos, la mayor parte de la gente no sabe ni lo que quiere decir ese vocabulario, ni para qué sirve.

El centro, el eje, la clave de la teología cristiana tendría que ser, no el pensamiento de los sabios griegos de la Antigüedad. Y menos aún, los mitos religiosos anteriores al judaísmo, que en la Biblia los leemos como “Palabra de Dios”. La teología cristiana debería tener como centro, eje y clave lo que es el origen y el principio determinante del cristianismo: aquel humilde artesano galileo, que fue JESÚS DE NAZARET: su forma de vivir, lo que hizo, lo que dijo, lo que le interesó y le preocupó, lo que vio en él la gente que le conoció y el “recuerdo peligroso”, que aquel hombre tan singular nos dejó.
Este “recuerdo peligroso” de Jesús quedó escrito en el Evangelio, que se resume y se recopila en cuatro colecciones de relatos, los cuatro evangelios, es decir, la “teología narrativa”, resumen determinante de toda posible teología que pretenda denominarse “cristiana”. El centro de la teología cristiana no puede estar fuera del Evangelio. Ni puede ser teología cristiana si no entraña un “recuerdo peligroso”.

Ahora bien, leyendo y releyendo la teología narrativa, que nos presenta el Evangelio, lo que, en ese conjunto de relatos se advierte en seguida, es que las tres grandes preocupaciones, que ocuparon y acapararon la vida de Jesús, fueron: 1) la salud de los seres humanos (relatos de curaciones, expresadas en el “género literario” de milagros); 2) la alimentación compartida (las comidas de las que tanto se habla en los evangelios); 3) las relaciones humanas (sermones y parábolas). La fe, la relación con el Padre, los sentimientos personales más hondos…, todo, en la vida de Jesús gira en torno a estas tres preocupaciones.

Y estas preocupaciones fueron tan fuertes, que Jesús las antepuso a las normas que imponían los maestros de la ley, a las observancias de los fariseos, a la autoridad de los sumos sacerdotes…. Hasta tal punto, que esto le costó la vida. Jesús hizo todo esto porque aseguraba que quien le veía a él, a quien veía era a Dios (Jn 14, 7-9). O sea, se identificó con Dios.
Lo central, en la vida de Jesús, no fue la religión. Fue humanizar este mundo tan deshumanizado. No nos debería preocupar tanto el diálogo de las religiones. Nos debería preocupar lo que preocupa a todos los humanos: la salud, la comida compartida, las mejores relaciones humanas. Los tres pilares de toda posible religión. Es lo que centró la vida de Jesús: humanizar esta vida. En eso está el camino de la esperanza que nos lleva a Dios.

domingo, 8 de febrero de 2015

Romero, el palabrero de Dios.



La noticia se disparó: desde el “blanquísimo” New York Times hasta el nada progresista La Nación se interesaron en hacer eco de una declaración de martirio en el Vaticano. ¿Desde cuándo la congregación para los Santos y sus aburridos decretos marca la agenda mediática? Bueno, se trata de Monseñor Romero, el eco no podía ser menor. La alegría encontró muchos murmullos y comenzó a despertar discursos.

3 de febrero de 2015 es el día de la imposible oficialización: el Papa Francisco firma el decreto que dice que Romero es Mártir por odio a la fe, allanando así el camino a su santificación. En poco más de un mes se cumplen los 35 años del asesinato y tendremos un marco privilegiado para que muchas palabras sean dichas desde infinidad de rincones sobre Oscar Arnulfo Romero, su vida, su muerte y su legado.

“Llamativamente” esas palabras vendrán en su mayoría de hombres-poderosos. Entonces quizás sea necesario, volver a mirar a “Monse” para no perdernos entre tanto discurso panfletario que se viene, y así rumear La palabra, sus palabras, los clamores…

Romero tiene la palabra

Hoy como hace 35 años, le es negada la voz a las mayorías en El Salvador. Hace más de 35 años los cuchicheos después de las masacres militares fueron el humus para una organización que enfrentó la locura asesina del poder en El Salvador (con sus millones venidos desde “el Norte”). Hoy los murmullos en los pasajes, tienden puentes en medio de la locura de la violencia de las pandillas, hacen posible la solidaridad en una escala invisible para cualquiera que mire desde afuera y desde arriba.

Son millones de susurros que forman clamores en pequeñas casas, que se vuelven templos, lugares de encuentro, de oración, de lucha cotidiana contra el peso de la muerte. Allí el santo de América tiene un altar profundo en el corazón de las mayorías, lejos de los formales delantales del poder.

Los palabreros de hoy, sean pobres o diplomáticos adinerados, hablan negando la palabra de los otros, de las otras, de las mayorías. Estos que hablan excluyendo, viven con los oídos cerrados, con el corazón sin grietas. Sean de la Ranfla, de la conferencia episcopal o del gobierno de turno, hablan sin escuchar, mandan mandando.

Pero hubo otro palabrero, el Santo de América, el palabrero de Dios. Monse habló y su voz encarnó La Palabra de subversiva vida desde los clamores de las mayorías. A Monse le gustaba decir que había que ser “micrófono de Dios”, y detrás de esto descubrimos una profunda metodología popular: Monse hablaba escuchando, funcionaba como una caja de resonancia para los dolores, esperanzas y luchas de un pueblo crucificado.

“El pueblo es mi profeta” una vez nos dijo, y ante muchas chuleadas otro día dijo también, “Con este pueblo no cuesta ser buen pastor”. Parece claro entonces, que la profecía de Monse, su fe profunda en “cambiar este sistema de raíz” no venía del catecismo, ni de la doctrina de la Iglesia: su fe mas onda venia de ser transparencia de los sentires del pueblo, de ser eco de sus devenires, de haber echado su suerte con ellos, con ellas. Su muerte martirial fue la consumación de esa cruz compartida.

En el pueblo: el lugar del Santo de América

Monse lo dijo antes de ser asesinado: “Si me matan resucitaré en el pueblo Salvadoreño”. No dijo en la “santa” iglesia católica, no dijo en la jerarquía y su coro de ángeles, dijo “en el pueblo”. Parece que él si tenía claro quienes tienen la palabra para hablar de Dios: los pobres, el pueblo históricamente oprimido frente a los que ganan explotando. Ahí la resurrección del profeta, es sangre fecunda que salva, que da aliento, que conforta y que vuelve a Dios.

Y ahora resulta más fácil comprender que cuando lo llaman mártir por “odio a la fe”, lo que debemos entender es que es mártir por odio al pueblo: mataron a Monse para masacrar al pueblo[1], para dejar de escuchar el eco de los gritos de los muertos en la voz del profeta, lo mataron por odio a la fe en un mundo nuevo, por odio al pueblo.



Miguel Cavada, 2010. Foto de la UCA.

“Hay de mi si hablo y no hablo de Monseñor Romero”

Era marzo de 2010, un hombre peladito, con barba y barbijo daba clases en el Centro Monseñor Romero (UCA). Cada día yo buscaba el micrófono que amplificaba su voz gastada, como comida por el tiempo, como dolida por los años. Este buen hombre era Miguel Cavada, el hombre que más amó y que más conoció la palabra del Santo de América, en mi opinión.

Miguel era uno de los hijos más bonitos de una tradición de palabreros que habían nacido del martirio del Profeta. Tengo que recurrir a mi historia para desplegar este punto: a mis 15 un compañero de bachillerato me habló de un hombre que quiso reinventar la Iglesia y lo mataron, cuando tenía 20 viaje por América Latina y las comunidades de fe que visitábamos hacían eco de un Santo “de este lado del mundo”, cuando llegué a El Salvador una mujer llamada Carmen me llevó a la casa de Monse y me explicó que “Los del reino no acumulamos”, cuando fui a la tumba del Santo conocí un grupo de mujeres que cuidaban la memoria y la subversiva esperanza en tiempos de dictadores como Sáenz Lacalle. Y finalmente al llegar a la UCA y recibir clases con Miguel, entendí la profundidad del legado de “caja de resonancia” de las esperanzas más arraigadas del pueblo: estando en clases y sin voz Miguel nos contó que su esposa le había dicho esa mañana que mejor deje de dar clases que su garganta no estaba en condiciones, y él le respondió, “Como voy a dejar de ir si Romero es la voz de los sin voz”.

Así gastó su voz Miguel, haciéndonos escuchar homilías de Monse y platicándolas, mostrándonos que el único camino para una educación que nos salve es el método popular que confía en la palabra del otro, de la otra. Así se gastó Miguel la vida, visitando comunidades y jugando, haciendo eco de la voz del Santo y de las voces del pueblo, que al final son la misma cosa.

Así como se confunde el aire que baila por dentro de un caracol y el sonido que nace de él, del mismo modo los clamores del pueblo, La palabra de vida y las denuncias de Romero se hicieron una. Miguel fue testigo, así lo vivió y así lo murió. Quizás por eso su lapida rece: “Hay de mi si hablo y no hablo de Monseñor Romero”.

La más preciosa tradición

Volver a Monse, será volver a Jesús, volver a los pobres del evangelio, volver a las mayorías que claman en cruz continua. Esta es la preciosa tradición del carpintero de Nazaret, del mensajero de Ciudad Barrios, del guitarrero de Miguel: hablar escuchando, construir jugando, soñar caminando.

Ni los teólogos de este lado del mundo, ni la gran iglesia podrán vivir la fiesta del Santo de América, su verdadera Pascua, sin volver a escuchar a los pobres, sin confiar profundamente en la revelación que nace de los susurros de las mayorías. Ahí se esconde los secretos que los poderosos de este mundo no pueden conocer (Lc 10,21), ahí está la verdad de la buena noticia, el abrazo que nos salva en comunidad.

¡Que viva San Romero de América! ¡Que sea su gloria del pobre que vive!

¡Que los susurros de Dios sigan abriendo grietas entre los gritos del poder!

¡Que viva La Palabra, sus palabras, los clamores!

¡Que viva el pueblo, único palabrero de Dios!

Las Palmas, San Salvador, El Salvador

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[1] Está probado históricamente que Romero jugó un rol de abogado de los pobres, poniendo con nombre y apellido las denuncias de los campesinos masacrados y al mismo tiempo esta se puede constatar que al “eliminar” a Romero vinieron las peores masacres al pueblo.


http://alainet.org/active/80600&lang=es


Documentos Relacionados:

Fuente: alainet.org

sábado, 3 de agosto de 2013

Dios a la venta.

por Alfonso Ranchal

Toda aquella persona que está en un lugar de autoridad, sea de la corriente cristiana que sea, tiene sobre sus hombros una enorme responsabilidad. Cuando habla y actúa es visto por una gran mayoría de aquellos que componen su comunidad como que lo hace desde el lugar de Dios. De hecho lo normal es que estos mismos dirigentes usen frases en las que expresan a las claras que aquello que ellos están postulando es la misma voluntad divina, que sus palabras no son otra cosa que la correcta interpretación bíblica.

Así desde los púlpitos y plataformas de todo el mundo la Biblia es usada para resolver cualquier eventualidad, una enfermedad, un quebranto económico o una depresión.

Cada domingo o cada campaña se presentan palabras que abordan toda situación posible por la que pueda pasar una persona. Abusos o crisis familiares, da lo mismo, para todo ello existe, o se busca, algún pasaje, algunos versículos bíblicos para aplicar.

Recomendar desde estos mismos púlpitos una visita al psicólogo, o si una persona está sufriendo un serio abuso decirle que salga cuanto antes de ese hogar, se considera como algo, en muchos casos, que evidencia falta de fe. Se argumenta que Dios es poderoso para resolver cualquier situación, sólo hay que tener, precisamente, fe.

Es cierto que existen numerosos testimonios en los que un hombre o una mujer, con una terrible experiencia vital, al encontrar a Cristo tuvieron una transformación milagrosa. Drogadictos que de un día para otro fueron liberados de su adicción o personas que odiaban a toda la humanidad pasaron en un instante a llorar de gozo. Pero no todas las personas han pasado por lo mismo, ni son todas ellas iguales, ni el mismo versículo produce en una lo que en otra sí ha hecho.

Seguro que ya ha habido algunos lectores que al llegar a este punto se han sentido incómodos. Para ellos la Biblia es suficiente y lo es para todo. Sostener que los dirigentes de las iglesias deberían tener un equipo en donde hubiera especialistas capacitados en salud mental es una especie de atentado contra esta suficiencia. Pero la Biblia no lo resuelve todo. No es una especie de libro mágico en donde hay que buscar el texto adecuado, recitarlo y creerlo. Después sólo habría que esperar que la contestación divina viniera. Esto es una concepción mágica de las Escrituras y su procedencia es pagana.

La Biblia es un libro de salvación. Es el mensaje de Dios para el hombre desorientado y perdido, pero ni es un libro de ciencia en general, ni de psicología en particular. Deberíamos ver como algo ya superado la imagen del pastor que, con su buena intención y la Biblia bajo el brazo, va a aconsejar de la misma forma a un hombre que fue abusado desde la infancia y a otro que ha perdido su trabajo. Después, este bienintencionado pastor regresa a su casa. Piensa que ha aplicado la Palabra, el resto depende de la persona y del poder de Dios.

Los casos extremos son las campañas de sanidades y milagros y la teología de la prosperidad. Se toman versículos bíblicos concretos, se sacan de contexto y se construye sobre ellos toda una cosmovisión. Estos ministros, algunos gustan llamarse apóstoles, profetas u hombres de Dios, proponen una idea bien definida que depende de dos elementos esenciales: Dios quiere y es todopoderoso para sanar o prosperar al creyente y ello se recibe por fe.

Ante tanta dificultad, dolor y miseria es normal que las gentes acudan en masa a estos eventos, que crean de todo corazón a ese “profeta”, “apóstol” o como quieran llamarse. Ya en el primer siglo el historiador judío Flavio Josefo, citado por Geza Vermes (1994, 105), decía en relación a supuestos hacedores de milagros y pretendidos mesías de su tiempo que “en la adversidad el hombre se deja persuadir en seguida; cuando el falsario ofrece la liberación de los horrores y padecimientos, los que los sufren se abandonan del todo a la esperanza” [1].

Estos ministros del presente deberían rendir cuentas a alguien por lo que dicen. Todos tratan con personas y deberían hacerlo desde la total responsabilidad, desde el ser conscientes de que sus palabras, al ser consideradas por muchos como verdaderas, pueden causar o un gran bien o un gran mal. Esto no es un juego de niños.

Si a un creyente que está pasando por una depresión se le aconseja que en la Biblia está la respuesta, que Dios es suficiente para que se recupere y nada más y, sin embargo, acaba suicidándose, ese “hombre de Dios” que le aconsejó debería ser retirado de su cargo de inmediato. Es un auténtico peligro para la vida de otras personas. Hasta que no se dé cuenta de su error y haya pedido perdón a la familia, como mínimo, no debería regresar.

¿Cómo se le explica a una pequeña que su mamá ha muerto aún siendo cristiana? ¿Es que Dios no es bueno? Ella no podrá entender que la clave de todo estaba en ideas erradas sobre la fe y en la incapacidad manifiesta del consejero.

Ya hay algunos estudios que están dando la voz de alarma. Lejos de considerar a los cristianos como personas que encaran las dificultades de una forma que hace posible, en muchos casos, la superación de las mismas, se están convirtiendo en un grupo de riesgo. Son un colectivo de personas especialmente vulnerables para caer en toda clase de hundimientos psicológicos. El contraste es terrible, de manifestar a amigos y familiares que se ha hallado el sentido a la existencia a existir en profunda tristeza.

Se crean unas expectativas irreales, se presentan unos resultados falsos y todo ello se enmascara como Palabra de Dios y actos de fe. Así, al doliente se le deja sólo en su oscuridad interior, sin recursos, esperando día a día que algo sobrenatural suceda… pero nada ocurre. Entonces la tristeza se hace más profunda, se carga de culpa por no poder “creer” y los resultados, en todo caso, son terribles.

No se trata de otras formas de espiritualidad, sino de errores muy peligrosos, tremendamente dañinos. Cuando alguien decide no seguir con el tratamiento que el médico le mandó para enfrentar su enfermedad, por ejemplo contra el cáncer, tras haber asistido a una predicación sobre el poder sanador de Dios ¿quién es responsable de ello? ¿Dios? Cuando esta persona fallece precisamente por no seguir la medicación prescrita, ¿quién es el culpable? ¿Ella porque no tuvo fe?

¡Por favor ya está bien! El responsable fue quien desde su lugar de autoridad pronunció aquellas palabras homicidas. Este tipo de responsabilidad debería ser hasta penal, ser denunciado por haber sido el causante directo de una muerte, por fraude y engaño.

Debemos seguir confiando en la Biblia. Su mensaje nos lleva al encuentro con Dios a través de la persona de Jesús. Son las Buenas Noticias de esperanza y salvación a la humanidad, pero seamos claros, la fe no lo logra todo, las oraciones no lo pueden todo y el debate en todo caso está en cómo la fe y las oraciones influyen en este mundo, el porqué unas parecen ser contestadas y otras ignoradas. También es una simpleza, y según la situación por la que esté pasando la persona peligrosa, sostener que si sucede esto último es que Dios está probando nuestra fe. Tal vez esto tenga un pase cuando se trata de la pérdida de un trabajo, pero si han violado a nuestra hija que ningún desalmado “lleno de fe” venga a sostener que esto también nos ocurre para madurar como creyentes. Esta imagen de Dios es terrible y está incluida en frases que están por todos lados.

Esta vida es muy compleja, es una guerra moral, espiritual. Deberíamos ser más humildes y reconocer que hay mucho que no llegamos a comprender.

Por favor, de la misma forma a como vamos al médico si nos hemos partido un brazo hagámoslo con un buen psicólogo cuando se nos rompa el alma. Al mismo tiempo, oremos y leamos la Palabra. Esto no es falta de fe o espiritualidad, es sentido común y negarse a dejarse manipular por ministros profundamente desorientados o por modernos mercaderes que venden a Dios a cambio de suculentas ofrendas.

Toda Escritura está inspirada por Dios y es provechosa para enseñar, para argumentar, para corregir, para enseñar y educar en la rectitud, a fin de que el creyente esté perfectamente equipado para hacer toda clase de bien. (2 Timoteo 3:16)

[1] Josefo, Flavio. Guerra Judía 6, 286. Citado en Geza Vermes. 1994. Jesús el Judío. Muchnik Editores, Barcelona.
Autor/a: Alfonso Ranchal


Alfonso Ranchal es Diplomado en Teología (Ceibi). Miembro de la Iglesia Betesda (Córdoba, España)

Fuente: Lupa Protestante

jueves, 20 de junio de 2013

Papa Francisco, haznos soñar. Otra Iglesia es posible.


Redacción de Atrio

a ciudad de Asti (Piemonte) celebra todos los años un Festival cultural que dura una semana. Este Este año se trataba de conmemorar el “I have a dream” de Martin Lutero King en 1963. Para inaugurarlo, el 9 de junio, invitaronEnzo Bianchi, el abad de Bose (Italia), una comunidad monacal compuesta de hombres y mujeres, ecuménica (católicos, protestantes y ortodoxos), centrada en la oración, el estudio de las escrituras y la acogida. Rowan Williams, el antiguo arzobispo de Canterbury, se solía retirar allí una semana al año. Gracias a Jorge Gerbaldo podemos hoy ofrecer el texto en cstellano de su conferencia-sueño, que se publicó en La Stampa.

Desde hace casi cien días que escuchamos la expresión “papa Francisco”, una expresión que enciende una serenidad y a veces también una alegría en quien la pronuncia y en quien la escucha. Tengo un recuerdo claro que esto ya sucedía hace más de cincuenta años, cuando se evocaba a papa Juan (simplemente, sin especificar el número que lo seguía).

Debe reconocerse que en la iglesia católica “hay un cambio de aire”, “se respira algo nuevo”. Estas significativas palabras se escuchan de labios de obispos, presbíteros y simples fieles. Negar el cambio que se produjo sería no querer adherir a la nueva realidad que se configuró. Ahora bien, muchos temen que afirmar el cambio, la novedad de este pontificado, pueda coincidir con una crítica o incluso con una contraposición respecto al papa precedente, pero esto se debe a una “mitología” persistente frente al papado, al que se querría marcado por una absoluta continuidad. En verdad, la continuidad reguarda la fe profesada, pero los estilos, los modos de presidir y de ser pastor deben ser diversos, porque los dones del Señor son diversos entre sí, no sólo abundantes. Es tiempo de que los católicos comprendamos que el ministerio de Pedro asumido por los obispos de Roma es siempre el mismo en su contenido –confirmar en la fe a los hermanos y estar al servicio de la comunión entre las iglesias-, mientras que la forma de este ministerio, como mutó en los veinte siglos de historia de la Iglesia, así muta ahora; en efecto, deberá mutar si entre las iglesias se operará una convergencia ecuménica hacia una comunión visible.

Se produjo un cambio palpable que la Iglesia acogió con estupor por la novedad aportada por papa Francisco en el estilo de la vida cotidiana. Hubo un cambio en el modo de enseñar por parte del papa. Hubo una promesa de renovación del ejercicio del ministerio petrino, a través del inicio de una reforma de la curia romana, que en la vigilia de la renuncia de Benedicto XVI se encontraba en contradicción con el carácter evangélico que le es exigido en su estar al servicio del sucesor de Pedro.

Francisco no es un papa “teólogo”, es decir, ejercitado en la teología especulativa y doctrinal, ni es experto ni ejercitado en el arte exegético de la interpretación de las Sagradas Escrituras, pero si está ejercitado y tiene experiencia en el conocimiento y en la asunción de “los pensamientos y las actitudes que tuvo Cristo Jesús” (cf. Fil 2,5). Ello emerge de toda su persona y de su ministerio. Pero no debe pensarse que esto no revele su cualidad de teólogo: “teólogo porque ora” –según la definición de Evagrio Póntico-, teólogo porque conoce a Cristo en la escucha de las Escrituras y en su búsqueda sobre el rostro de los hombres, en las “periferias del mundo”, sobre las calles que están siempre abiertas por parte de quien inicia y abre caminos, en las regiones infernales en las que los hombres a veces caen y habitan…

No teniendo por lengua madre el italiano, su lenguaje es impreciso, a veces duro, a alguno puede también parecerle rudo, pero es un lenguaje del corazón, es el lenguaje del pastor que conoce sus ovejas, las ama y comparte la vida. Papa Francisco está “in medio ecclesiae”, no por arriba, sin exenciones ni inmunidades. Por esto nos autoriza a soñar, o mejor, a invocar que la Iglesia, que nosotros, cristianos, somos más conformes al Evangelio, a la vida humana vivida por Jesús, a la vida que Él nos ha dejado marcada por sus huellas para ir a Dios.

Por tanto, ¿qué expectativas suscita el ministerio petrino ejercitado por papa Francisco?
Ante todo, anunció “una Iglesia pobre y para los pobres”. Pero no sólo una iglesia que tiene en el corazón a los pobres, que “hace el bien” por y para ellos, sino que se hace pobre ella misma a imagen de su Señor, el cual “siendo rico se hizo pobre por nosotros” (cf. 2Cor 8,9), para ser solidario en todo con los hombres. La expresión “iglesia sierva y pobre”, forjada por el teólogo Yves Congar en los años 60 del siglo pasado y asumida por el Concilio Vaticano II, no tuvo en el post-concilio la atención que merecía. Y sin embargo, es el primer punto decisivo para la reforma de la Iglesia. Papa Francisco viene de una iglesia que ha elaborado “la necesidad de la opción preferencial por los pobres”, primeros destinatarios por derecho de la Palabra de Dios, y, por lo tanto, está habilitado para hacer retornar la Iglesia a la pobreza evangélica. Ningún tipo de pauperismo ideológico, no obstante, o la iglesia es pobre, o no es conforme a su Señor y entonces está en contradicción con la encarnación del Señor, con el Dios-hombre que es Jesucristo, el único Señor de todos.
Pero también tenemos necesidad de una Iglesia sinodal, en la que caminen juntos: papa, obispos, presbíteros, pueblo de Dios. El Vaticano II marco líneas que, desarrolladas después, dieron lugar a la llamada “eclesiología de comunión”; pero la verdadera comunión, ordenada, eficaz, requiere que el ministerio de quien preside sea ejercitado en una sinodalidad en la que todos son escuchados en aquello que les compete, todos son sujetos con derecho a tomar la palabra, todos son llamados a la unidad, a la comunión que puede ser donada por el Espíritu Santo que compagina la pluralidad en unidad. Es en esta sinodalidad donde las iglesias de las periferias podrán hacer sentir su voz en el centro, podrán confiar sus adquisiciones y sus testimonios a quien tiene el encargo del servicio de comunión entre las iglesias y de la confirmación de éstas en la unidad. En la sinodalidad podrán también abrirse caminos de subsidiariedad, tan necesaria para una unidad respetuosa de las diferencias, de los dones y de los carismas plurales que el Señor concede a la Iglesia.

En fin, mi esperanza personal es la de la unidad de todos los que confiesan a Jesucristo como Señor e Hijo de Dios, exégesis del Dios que nadie ha visto jamás ni puede ver sino en el más allá de esta vida terrena. El ecumenismo no debe ser una opción en la Iglesia, sino simplemente la condición para ser cristianos: ésta es la voluntad del Señor y, por tanto, el reconocimiento de quien es bautizado como miembro del único cuerpo de Cristo debe encontrar vías de manifestación concreta, y ser dinamismo de una comunión que “el amor”, que “es la verdad primera”, debe confirmar.

Sí, vienen tiempos en los que “la Palabra de Dios no es rara” (cf. 1Sam 3,1), en los que “reina la paz en la Iglesia” (cf. Hech 9,31), tiempos en los que se busca la comunión al interno de la Iglesia y la solidaridad con todos los hombres. La Iglesia salga de sí misma, sea “extravertida” porque mira no a sí misma sino a su Señor y a los rostros del Señor en la historia: los hombres y las mujeres, y entre ellos los últimos, sobre todo los pobres.

Fuente: Atrio

jueves, 25 de abril de 2013

Sobre el aborto y la ética.


Artículo publicado el miércoles, 24 de Abril en cuartopoder.es de La Tribuna

Por Benjamín Forcano *

Postura clásica y postura moderna en torno al aborto

Sale de nuevo a la palestra pública el tema del aborto. Y salen de nuevo las posturas encontradas, unas a favor y otras en contra. Sobre el tema brotan enardecidas las disputas y los reproches: el Gobierno actual del PP se alía con la Jerarquía eclesiástica para modificar la legislación reciente, aprobada parlamentariamente por el Gobierno anterior del PSOE. Llevar a cabo tal modificación, supondría un desprecio a la ciudadanía que la debatió y la aprobó y, como consecuencia, un paso atrás, un retroceso en la conquista de la libertad y derechos humanos.

La Jerarquía eclesiástica se niega a dar validez y reconocimiento a la ley aprobada por el PSOE y presiona al Gobierno del PP para que cumpla lo que estando en la oposición prometió. El PSOE por su parte promete que, si se cambia la ley, impugnará y exigirá la revisión completa de los Acuerdos de 1978 del Estado español con la Santa Sede.

En medio de la polémica, surge y se subraya como punto primero a respetar el “derecho” de la mujer a decidir libremente sobre su cuerpo (aborto libre).

La discusión se la pretende centrar en la defensa de la vida, condenando sin apelación aquienes no asumen esa opción. Según Federico Mayor Zaragoza, este enfoque “elude los elementos esenciales de la difícil cuestión en debate”, porque no se trata de defensa o no de la vida, sino de saber si podemos determinar en qué momento del proceso el cigoto humano es vida humana constituida.

La posición conservadora afirma que el embrión, desde el comienzo, es un ser humano con todas las de la ley, sea cual sea la evolución que sufra y las fases que haya de recorrer. Postura ésta muy generalizada, a la que se le califica de creencia más que de verdad científica, ya que “da por cierto una cosa que el entendimiento no alcanza o que no está demostrada”.

Una postura más moderna sostiene que “la biología embrionaria es más compleja de lo que se suponía. Poco a poco se fueron descubriendo los mecanismos de activación y represión de los genes y todo el proceso que va desde la información genotípica hasta la aparición de los rasgos fenotípicos. Cuando las informaciones extragenéticas no hacen acto de presencia, el fenotipo se altera, o, simplemente, resulta inviable. Esto quiere decir que ambas informaciones , la genética y la extragenética, son necesarias para la aparición de un organismo vivo y que el defecto de cualquiera de las dos hace imposible el logro de la nueva realidad biológica” (Diego Gracia, Gen-Ética –Ariel, 2003–, “El estatuto de las células embrionarias”, pg. 69).

Se puede, pues, afirmar hoy que la realidad embrionaria no tiene poder intrínseco y autónomo para convertirse en persona; no vale decir que destruido el embrión se destruye una persona, pues el embrión no es persona. El aserto clásico de que “todo está en los genes” es verdad sólo en parte y se hizo en detrimento de los factores morfológicos y espaciales, tan importantes en el desarrollo del embrión.

La biología molecular autorizaría a concluir que la sustantividad humana –su momento constitucional- ocurriría en torno a la octava semana del desarrollo, justo en el tránsito que va de la fase embrionaria a la fetal. Sólo en su estadio de feto adquiriría el embrión el estatuto ontológico propio de un ser humano: “No encuentro argumentos para atribuir al embrión la dignidad de la persona y el valor que se deriva de la misma” (Carlos Alonso Bedate, Gen-Etica, pp. 53,56,65).

Competencia y alcance de la Jerarquía eclesiástica

La intervención de la Jerarquía en el tema ha hecho que se deban aclarar algunos puntos fundamentales.
La enseñanza eclesiástica “debe reconocer como valor y obligación el estudio de las ciencias y la exacta fidelidad en las investigaciones científicas… La cultura exige respeto y goza de una específica inviolabilidad” (Concilio Vaticano II, GS, 57 y 59).
El magisterio del concilio Vaticano II establece que “la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con sumo cuidado” (GS, 51). Pero, -ya es común añadirlo- a este magisterio no le compete determinar el momento de esa concepción. Los Padres del concilio decidieron excluir deliberadamente que la concepción se la colocara en el momento mismo de la unión de los gametos masculino y femenino.

Esta ha sido en la Tradición cristiana una cuestión abierta, sobre la que se han dado diversas teorías. Y, por ello, “no está en el ámbito del Magisterio de la Iglesia, el resolver el problema del momento preciso después del cual nos encontramos frente a un ser humano en el pleno sentido de la palabra (Berhnard Häring, Moral y Medicina, –Perpetuo Socorro, 1971–, pp. 78-79).

El derecho de la mujer a decidir libre y responsablemente

La acción de abortar como cualquier otra – odiar, insultar, mentir, discriminar, robar– incluye un significado, pero su comprensión completa sólo se la puede entender unida a un sujeto concreto y a las circunstancias que lo rodean. La finalización del embarazo puede ser espontánea, deliberada, forzada, etc., y no puede ser juzgada en sí sola, sino vinculada al fin, motivos y otras circunstancias del sujeto.

La mujer, como cualquier otra persona, es libre para actuar en relación con su propio cuerpo, pero esa libertad debe ejercerla con responsabilidad, respetando las propiedades y límites que le marca su propio cuerpo, evitando aquellas acciones que pudieran dañarle. Por su bien, debe conocer su cuerpo, sus leyes y no actuar en contra, pues haría irracional uso de su libertad.

Esta libre y responsable disposición de su cuerpo no incluye el derecho a disponer de la vida de otro, sea quien sea. La vida en gestación –a partir del momento en que lo señalen las ciencias, la ética y una legislación consecuente- es una vida nueva que es, al mismo tiempo, de los padres, por ser originada y depender de ellos, y es también una vida extraña por sobrepasar el ámbito corporal de cada uno de ellos: “No se puede afirmar sin más que el feto es una parte del cuerpo de la mujer y tampoco es un cuerpo extraño en el cual tiene que ver la mujer. De ahí que en este caso no se trata de un asunto exclusivo de la mujer, sino que se trata también de los intereses de la vida nueva que se está desarrollando, independientemente de si es deseada o no” (Paul Sporken, Medicina y Etica en discusión –Ed. Verbo Divino, 1971–, p. 126).

Somos y actuamos dentro de una cultura

Desde el punto de vista antropológico, está claro que ninguna mujer asume la acción de abortar al margen de una cultura. Al nacer y entrar en una sociedad todos participamos del código y normas que esa sociedad nos depara, normas ante las que podemos movernos con asentimiento o disentimiento buscando siempre una mayor justicia y perfeccionamiento.

Hablando con precisión, si en el estadio en que el embrión llega a ser feto la ciencia y la ética pueden hablar de una vida humana en gestación pero constituida, entonces ciertamente la mujer es el sujeto que decide libremente lo que va a hacer, pero su decisión, tratándose de interrumpir y finalizar la vida de un feto, sería anuladora de una nueva vida, sobre la que ella no puede decir a su antojo. La realidad nos dice que el feto no es una parte constitutiva de su cuerpo, sino otra cosa. Previo a la decisión de acabar con la vida de un feto, está el hecho de que él es ya sujeto humano constituido, portador de una vida humana.

Situaciones diversas

Se pueden apuntar ahora situaciones diversas de relación sexual, con efecto de un embarazo no deseado ni programado, bien fuera o dentro del matrimonio,


1. Situaciones conflictivas: -Un embarazo contra naturam (efecto de una violación, impuesto coactiva e injustamente):
Un embarazo en que el embrión viene marcado por malformaciones (aborto eugenésico) que van a impedirle nacer bien y con salud, obstaculizándole una vida normal y cargando a sus padres con unas tareas que no necesariamente deben asumir.
Un embarazo que no se puede proseguir pues daría lugar a la muerte del feto y también de la madre (aborto terapéutico).

2. Situaciones menos conflictivas, que se dan cuando sobreviene un embarazo no programado ni deseado, o llega en contra de los planes y voluntad de los padres, o no cuenta con las condiciones económicas y psicológicas adecuadas para afrontar la crianza y educación del nuevo hijo , o simplemente porque no interesa y está permitido por una legislación que lo permite hasta las ocho semanas o más.

Algunos criterios de actuación

Todas estas situaciones suponen en cada caso valoración y decisión diferentes. No hay respuesta única y uniforme, pero sí criterios que puedan esclarecer y guiar la decisión de cada uno:


1. Primero de todo y en cualquier situación, saber y partir de la hipótesis científica, bien fundada y razonable, de que la acción que finalizara el embarazo antes de las ocho semanas, no sería propiamente abortiva (no atentatoria contra una vida humana) sino anticonceptiva.
2. Segundo, de decidir la finalización del embarazo cuando el embrión es ya feto (sujeto humano constituido, pasadas las ocho semanas), la decisión (más o menos informada y documentada, más o menos libre) la toma como norma última inmediata la conciencia del sujeto implicado. Habrá decisiones diversas, en situaciones semejantes, que dependerán de la formación, contorno y cultura de los que tienen que decidir.
Según se las mire desde una u otra posición, se las calificará de acertadas o equivocadas, pero la comprensión y el respeto a la conciencia del que decide impedirá que se le condene. Si piensas que está equivocado y obra mal, no le condenes; piensa que a él no le consta así, que tiene otra información y formación, que lo hace de buena fe (sinceramente) y, en todo caso, dale razones que le puedan llevar a un cambio de posición.
3. Dentro de un Estado democrático y de Derecho, las leyes deben establecerse tras una participación racional y responsable de los ciudadanos y de sus representantes políticos. Dicha participación, procedente de instancias ético-científicas, permite recorrer un camino común compartible por todos.
Sin negar validez a los credos religiosos, podemos convivir acordando entre todos lo mejor y lo más ético para cualquiera de los problemas que se planteen en la comunidad civil.
Son muchas, ciertamente, las causas que pueden provocar el aborto. Pero en una sociedad abierta y pluralista como la nuestra, que goza de información suficiente y de múltiples instancias educativas, no se entiende la magnitud que el aborto reviste en las edades juveniles. Seguramente, son muchos los factores que inhiben en unos y en otros una tarea informativa y educativa obligatoria y a tiempo. Conocer esos factores y combatirlos sería la manera más eficaz de hacer desaparecer el aborto. Ahí, la sociedad entera (familia, escuela, medios, administración política…) tienen , creo, la responsabilidad mayor.
4. Me sumo a todos aquellos que, de mil maneras, cantan a la vida, la defienden, la liberan y la protegen. Pero , me parece absurdo y contradictorio el hecho de que personas, sectores sociales, movimientos e instancias civiles salgan a defender con intransigencia una vida embrionaria y no adopten unas actitudes con parecido ardor y urgencia respecto a los miles y millones de vidas que, a diario, vienen sacrificadas en el altar de la guerra, de la explotación, de la miseria, de la injusticia y esto en grados de alta crueldad y complicidad.
(*) Benjamín Frocano es sacerdote y teólogo claretiano.

Fuente: ATRIO
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sábado, 13 de octubre de 2012

La Biblia y la Palabra de Dios.

 
Quizás el título de este artículo parezca confuso. ¿Tiene sentido plantear una distinción entre la Biblia y la Palabra de Dios? ¿No se trata acaso de sinónimos? ¿A qué se refiere esa “y” del título que separa los términos?
 
Personalmente, tardé años (tres al menos) en animarme a cuestionar si la Biblia y la Palabra de Dios eran la misma cosa. Nunca puse en duda que Dios mismo se revela al ser humano a través de la Palabra de Dios, pero ¿es eso lo mismo que decir que lo hace a través de la Biblia? Independientemente de los mecanismos de defensa que utilizaba para sostener la equiparación entre lo que llamamos Escrituras y la revelación de Dios, lo importante era el motivo por el cual lo hacía: tenía la sensación de que si cuestionaba tan sólo un punto de la Biblia, entonces toda se caería; y si ello llegaba a suceder, ¿qué haría entonces con mi fe? ¿Cómo podría creer en Dios sin tener un fundamento sólido acerca de cómo es Él y qué quiere de mí? La verdad es que fue un proceso largo, y en algunos momentos bastante problemático.
 
El primer paso en ese camino fue reconocer que no puedo llamar a la Biblia “Palabra de Dios”, si ella misma llama así a Jesús: “En el principio era la Palabra… y la Palabra era Dios (…) Y se hizo carne y puso su tienda en medio nuestro” (Juan 1:1,14). La Palabra de Dios es Dios mismo encarnado. Jesús es la automanifestación de Dios, es Dios revelándose a Sí mismo [1]. Si Dios encarnado, manifestándose, es la Palabra (logos) de Dios, ¿cómo puedo llamar y concebir del mismo modo a un libro que habla acerca de Él? Cualitativamente, son cosas distintas. No puedo limitar a Dios al contenido de un libro, por más excelente que sea. Dios es más que ello, y por tanto, considerar a la Biblia Palabra de Dios (Dios manifestado) es un acto de idolatría (técnicamente se lo llama bibliolatría), pues Dios es mucho más que la Biblia, ¿o acaso quien nos creó y nos salva no es Dios, en vez de la Biblia? [2].
 
El segundo paso, por llamarlo así, fue consecuencia del primero: si la Biblia no es la Palabra de Dios, sino aquello que refiere a esa Palabra, que apunta (como lo hizo Juan el Bautista con Jesús), aquello que atestigua de Él, entonces, no debo tratarla como si fuera Dios. Sí debo guardarla (conservarla), estudiarla, analizarla lo mejor que pueda, porque es el testimonio más fiel que tengo del obrar de Dios en la historia, fundamentalmente en la persona de Cristo [3].
 
El “tercer paso”, fue notar que, al decir que la Biblia guarda el testimonio respecto al obrar de Dios, no se refiere al testimonio de Dios acerca de Sí mismo (ya dijimos que Ése fue Jesús), sino al testimonio del pueblo que en Él confía. Al dar este paso comencé a darme cuenta de que no todos los testimonios atestiguaban lo mismo, sino que a veces había algunas diferencias pequeñas (el orden de las tentaciones de Jesús en el evangelio de Mateo con respecto al de Lucas, por ejemplo), a veces algunas un poco mayores (la muerte de Judas, ahorcado o rompiéndose la cabeza; la primer aparición del Jesús resucitado en Jerusalén o en Galilea, por ejemplo), a veces algunas irreconciliables (si un Templo es necesario o no para adorar a Dios, como “pueblo de la tierra” frente a los exiliados que retornaron de Babilonia discutieron).
 
El “cuarto paso”, al ver que no todos los testimonios coincidían, fue reconocer que entonces necesariamente son testimonios humanos respecto al obrar divino (la alternativa sería pensar que Dios tiene un trastorno de personalidad múltiple). Y que, como percepciones humanas, cada una tiene su tendencia, su postura particular, por más bien intencionada que sea. Así, pude notar que dentro del enorme conglomerado de testimonios que hay en la Biblia, hay algunos que se parecen más a la imagen que Jesús nos dejó de Dios, que lo que otros lo hacen. Por ejemplo, las palabras de Amós, Miqueas, Oseas, Isaías, me recuerdan mucho más al llamado Sermón del monte que las de Malaquías, Esdras o Nehemías. Esta multiforme manera de pensar a Dios que tuvieron esos hermanos y hermanas que nos precedieron, nos posibilita pensar que no está mal que nosotros hoy tengamos esas diferencias. Que no todos debemos pensar igual. ¡Porque Dios es mucho más de lo que podamos llegar a concebir!
 
Así, al ver que en la Biblia podía encontrar diversidad (y no homogeneidad), pude descubrir que, a diferencia de lo que al principio pensé, mi fe no perdía sustento, sino que se abría a nuevas posibilidades. Que no era más “pobre”, sino mucho más “rica” en perspectivas. Además, logré ubicar en el lugar correcto a Jesús, el Cristo, estableciéndolo como criterio (parámetro) para leer a todos los demás testimonios acerca de Dios.
 
Quiera Dios que no tengamos miedo. La duda no mata la fe, la fundamenta. La libertad no lastima, nos abre horizontes. A veces duele, no voy a negarlo, porque las seguridades trabajadamente constituidas nos son agradables de perder. A veces hasta implican alejarse de amistades o lugares de pertenencia. Pero podemos confiar en que no estamos solos, sino que hay muchos que por todo el mundo nos acompañan en nuestro viaje, haciendo de comunidad que nos cuida, incluso muchas veces del error. Y que, fundamentalmente, Aquél en quien confiamos “estará con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo”.
 
¿Cómo leer la Biblia, entonces?
 
Cabría aclarar, primeramente, que la Biblia no pretende ser racional (al menos en sentido moderno), literalmente cierta, ni históricamente correcta. La idea de verdad que los escritores bíblicos tenían era bien distinta a la de la modernidad: tanto los liberales como los fundamentalistas de los siglos XVIII y XIX comparten el mismo ideal de verdad, aquél que afirma que es verdad todo aquello que condice con la realidad. Por tanto, el fundamentalista sostendrá hasta las últimas consecuencias la veracidad histórica de la Biblia, del mismo modo que el liberal la negará calificándola de “mito” por no corresponder con sus descubrimientos científicos. Lo que ambos no vieron, es que en el fondo decían lo mismo. Sin embargo, para los tiempos bíblicos la concepción de verdad no tenía que ver con la descripción positiva de la realidad (es decir, desde la perspectiva del positivismo), sino con el recuerdo de aquello que era importante. La verdad era el memorial de aquello que nos hace nosotros.
 
Por ejemplo, en griego verdad se dice aletheia (etimológicamente, no olvido); del mismo modo, tanto el pueblo hebreo como el cristianismo incipiente hicieron un fuerte hincapié en el memorial (“hagan esto en memoria de Mí”). La verdad racionalista, heredada del positivismo, se queda en lo fenoménico, en la descripción de lo que se ve a simple vista; mientras que la verdad de los tiempos bíblicos apunta a lo profundo, a verdades que no son descripciones. En ese sentido, el mito no es una mentira, sino otra clase de verdad. Los relatos de la creación de Génesis 1 y 2, por citar un ejemplo, hablan acerca del carácter del Dios en quien los hebreos creían y en cómo debían relacionarse con Él. Ésa es la verdad que transmiten, y no la descripción científica de la historia del mundo. La Biblia transmite verdad no porque narra acontecimientos históricamente ciertos, sino porque nos habla de Dios y del ser humano. Porque nos transmite lo que significó que el logos se haya hecho carne y haya puesto su tienda entre nosotros. Es una verdad mucho más rica y profunda que la de los manuales de historia. Cuando leemos la Biblia debemos recordar que estamos leyendo un libro que contiene la fe de comunidades, y que por tanto cuentan sus historias con un propósito teológico, no histórico- científico.
 
¿Qué hacer, entonces, con los sistemas legales que encontramos en la Biblia?
 
El mensaje central de Jesús bien puede resumirse en el amor. En este sentido, amar no es UN mandamiento más. Es el ÚNICO mandamiento. El problema está en la casuística de ese mandato, es decir, cómo se lleva a la práctica. Y ahí es donde es difícil ponerse de acuerdo. Porque la Biblia no es un manual del ser cristiano, sino el testimonio de la Palabra de Dios, que es Jesús, el Cristo. De lo que se trata, es de actualizar ese testimonio al contexto, con lo cual, la práctica de amor y justicia no se establece de una manera predeterminada, sino que varía según la situación vital: algo que fue liberador en algún momento, puede convertirse en opresivo en otro. Por eso mismo es que no sirve de nada citar versículos para determinar cuál es la manera correcta y cuál la incorrecta: no por falta de conocimiento bíblico, sino porque allí se expresan las diferentes maneras en que diversas comunidades a lo largo del tiempo entendieron que debían cumplir ese mandato, pero que hoy no necesariamente tenga que ser de igual forma. En resumen, Dios nos manda amar del modo en que Jesús manifestó ese amor, pero la Biblia no es un manual de cómo hacerlo, sino sólo un testimonio de cómo Él lo hizo. La exégesis permite actualizarlo a nuestros días.
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[1] “El cristianismo pretende tener su fundamento en la revelación de Jesús como el Cristo como la revelación final. Esta pretensión genera a la Iglesia cristiana, y donde ya no existe tal pretensión, el cristianismo ha dejado de existir. La palabra “final” de la locución “revelación final” significa más que última. El cristianismo ha afirmado a menudo, y debería afirmarlo siempre, que existe una revelación continua en la historia de la Iglesia. En este sentido, la revelación final no es la revelación última. Sólo en el caso de que última signifique la última revelación verdadera, puede interpretarse la revelación final como la revelación última. No puede haber revelación alguna en la historia de la Iglesia cuyo punto de referencia no sea Jesús como el Cristo. Si se busca o acepta otro punto de referencia, la Iglesia cristiana pierde su fundamento. Pero “revelación final” significa más que última revelación verdadera. Significa la revelación decisiva, culminante, insuperable, aquella que es el criterio de todas las demás revelaciones. Ésta es la pretensión cristiana, y ésta es la base de una teología [verdaderamente] cristiana” (Paul Tillich, Teología sistemática, Tomo I. Sígueme. Salamanca, 1982. Pág. 176).
 
[2] “El elemento sacramental-sacerdotal de la revelación universal tiende a confundir el medio y el contenido de la revelación. Tiende a transformar el medio y sus excelencias en contenido. Tiende a hacerse demoníaco, ya que lo demoníaco es la elevación de algo condicional a una significación incondicional” (Ibid. Pág. 184-185). “La idolatría es la perversión de una verdadera revelación; es la elevación del medio de revelación a la dignidad de la revelación misma” (Ibid. Pág. 177). dar un ejemplo: en el mismo texto bíblico se relata cómo Dios se manifestó a Moisés a través de una zarza ardiente. Ahora bien, lo que era imprescindible preservar para las generaciones posteriores era el contenido de esa revelación, ¡y no el medio a través del cual esa revelación tuvo lugar! Porque, de ser así, hoy en día tanto judíos como cristianos tendríamos zarzas en nuestros templos, en vez de una promesa de liberación.
 
[3] “Toda experiencia reveladora transforma el medio de revelación en un objeto sacramental, ya sea un objeto de la naturaleza, un ser humano, un acontecimiento histórico o un texto sagrado. Es función del sacerdote conservar el objeto sacramental y mantener vivo el poder de su revelación original haciendo que nuevos individuos, nuevos grupos y nuevas generaciones entren en la situación reveladora. El material simbólico utilizado, transformado e incrementado por cada revelación posterior y, asimismo, por la revelación final [Cristo], se acrecienta a partir de la conservación y de la continuación sacerdotal de los acontecimientos reveladores. Ningún profeta podría hablar según el poder de una nueva revelación, ningún místico podría contemplar la profundidad del fondo divino, ninguna significación podría ser conferida a la aparición del Cristo, si no existiera esta substancia sacramental-sacerdotal” (Ibid. Pág. 184).