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sábado, 12 de septiembre de 2015

¿Estos no son seres humanos, hermanos y hermanas nuestros?



Leonardo Boff

El grado de civilización y de espíritu humanitario de una sociedad se mide por la forma como ella acoge y convive con los diferentes. Bajo este este aspecto Europa nos ofrece un ejemplo lastimoso que bordea la barbarie. Ella se muestra tan centrada en sí misma y en sus laureles que le cuesta enormemente acoger y convivir con los diferentes.
Generalmente la estrategia era y sigue siendo esta: o marginaliza al otro, o lo destruye. Así ocurrió en el proceso de expansión colonial en África, en Asia y principalmente en América Latina. Llegó a destruir etnias enteras como en Haití y en México.

El mayor límite de la cultura europea occidental es su arrogancia, que se revela en la pretensión de ser la más elevada del mundo, tener la mejor forma de gobierno (la democracia), la mejor conciencia de los derechos, la creadora de la filosofía y de la tecnociencia y, como si eso no bastase, la portadora de la única religión verdadera: el cristianismo. Resquicios de esta soberbia pueden verse todavía en el Preámbulo de la Constitución de la Unión Europea. En él se afirma sencillamente:

«El continente europeo es portador de civilización, sus habitantes lo habitaron desde el inicio de la humanidad en etapas sucesivas y a lo largo de los siglos desarrollaron valores, base para el humanismo: igualdad de los seres humanos, libertad y el valor de la razón… »

Esta visión es verdadera solo en parte. Olvida las frecuentes violaciones de esos derechos, las catástrofes que creó con ideologías totalitarias, guerras devastadoras, colonialismo sin piedad e imperialismo feroz que subyugaron e inviabilizaron culturas enteras en África y en América Latina en contraste frontal con los valores que proclama. La situación dramática del mundo actual y las levas de refugiados venidos de los países mediterráneos se debe, en gran parte, al tipo de globalización que ella apoya, pues, en términos concretos configura una especie de occidentalización tardía del mundo, mucho más que una verdadera planetización.

Este es el telón de fondo que nos permite entender las ambiguëdades y las resistencias de la mayoría de los países europeos para acoger a los refugiados y emigrantes que vienen de los países del norte de África y del Medio Oriente, huyendo del terror de la guerra, provocada en gran parte por las intervenciones de los occidentales (NATO) y especialmente por la política imperial norteamericana.

Según datos el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) solamente este año 60 millones de personas se han visto forzadas a abandonar sus hogares. Solamente el conflicto sirio ha provocado 4 millones de desplazados. Los países que más acogen a estas víctimas son el Líbano con más de un millón de personas (1,1 millón) y Turquía (1,8 millones).

Ahora esos miles de personas buscan un poco de paz en Europa. Solo en este año cruzaron el Mediterráneo cerca de 300.000 personas entre emigrantes y refugiados. Y el número crece día a día. La recepción está cargada de mala voluntad, despertando en la población de ideologías fascistoides y xenófobas manifestaciones que revelan gran insensibilidad y hasta inhumanidad. Solamente después de la tragedia de la isla de Lampedusa, al sur de Italia, en la que se ahogaron 700 personas en abril de 2014, se puso en marcha una operación Mare Nostrum con la misión de rastrear posibles naufragios.

La acogida está llena de incidentes, especialmente por parte de España y de Inglaterra. La más abierta y hospitalaria, a pesar de los ataques que se hacen a los campamentos de refugiados, ha sido Alemania. El gobierno filo-fascista de Viktor Orbán de Hungría ha declarado la guerra a los refugiados. Tomó una medida de gran barbarie: mandó construir una cerca de alambre de púas de cuatro metros de altura a lo largo de toda la frontera con Serbia, para impedir la llegada de los que vienen del Medio Oriente. Los gobiernos de Eslovaquia y de Polonia declararon que solamente aceptarían a refugiados cristianos.

Estas son medidas criminales. ¿Todos estos sufrientes no son humanos, no son hermanos y hermanas nuestros? Kant fue uno de los primeros en proponer una República Mundial (Welterepublik) en su último libro La paz perpetua. Decía que la primera virtud de esta república debería ser la hospitalidad como derecho de todos y deber para todos, pues todos somos hijos de la Tierra.

Ahora bien, esto está siendo negado vergonzosamente por los miembros de la Comunidad Europea. La tradición judeocristiana siempre afirmó: quien acoge al extranjero está hospedando anónimamente a Dios. Valgan las palabras de la física cuántica que mejor escribió sobre la inteligencia espiritual, Danah Zohar: «La verdad es que nosotros y los otros somos uno solo, que no hay separatividad, que nosotros y el ‘extraño’ somos aspectos de la única y misma vida» (QS: conciencia espiritual, Record 2002, p. 219). Como sería diferente el trágico destino de los refugiados si estas palabras fuesen vividas con pasión y compasión.

Leonardo Boff escribió Hospitalidad: derecho y deber de todos, Sal Terrae 2005.

Traducción de Mª José Gavito Milano

martes, 25 de agosto de 2015

¿Qué aporta la religión?


Carlos F. Barberá

Consciente de que se trata de un título demasiado pretencioso para las posibilidades de un artículo, trataré de reducir su horizonte. Sin duda cada religión aporta a sus fieles un conjunto de certidumbres y promesas, que otros muchos califican de ilusorias. Pero la intención de la pregunta inicial es distinta. En una sociedad avanzada –secularizada, por tanto– ¿es la religión un fenómeno marginal, una de tantas dedicaciones de los humanos, como la astrología, el culturismo o la devoción a Elvis Presley? Aun siendo la sociedad moderna fundamentalmente homogeneizadora, genera en su seno movimientos y modos de vivir especiales, que afectan sobre todo a sus adeptos ¿Es la religión únicamente uno más entre ellos?

Jesús transmitió a sus discípulos una afirmación vigorosa: vosotros sois la sal de la tierra. Con ello pareció formular no una promesa (llegará un momento en que seréis la sal de a tierra) ni mandato (esforzaos en ser…) sino una realidad, un hecho comprobable.

Como cualquier metáfora, también ésta es susceptible de interpretaciones. Acaso sin embargo la más literal pueda tenerse por la más acertada. La sal es lo que desparece en un guiso, haciendo en cambio más sabrosa la comida. ¿Cumple ese papel la religión?

Para responder a esa pregunta quiero remontarme a un panorama más general. Parece que hay ya un acuerdo en que la historia carece de sentido. “Este mundo, república de viento,/ que tiene por monarca un accidente”, dijo Bocángel. La historia es una sucesión de acontecimientos provocados y gestionados por los seres humanos, felices unos, otros desdichados, cuyo futuro ya nadie es capaz de prever ni prevenir. Es cierto sin embargo que la humanidad ha ido proponiéndose metas y arbitrando remedios para vivir mejor, para hacer la vida más soportable, menos trabajosa, para aliviar en definitiva el sufrimiento y generalizar el disfrute.

Ha habido momentos en esa historia en que se ha querido romper con modelos que mostraban su definitiva inoperancia y proponer remedios nuevos y pretendidamente definitivos. Nosotros somos herederos de algunos.

Cuando Kant animaba a salir de la minoría de edad culpable, lo hacía con el convencimiento de que la razón, común a todos, era el instrumento ineludible para la felicidad humana. Cuando se vio que la razón que se había impuesto era la razón burguesa, Marx propuso la política y la revolución como camino para salir definitivamente de la prehistoria. Ya hemos conocido los resultados favorables y también los ominosos de tales intentos.

¿Qué diremos hoy, en plena posmodernidad? Sin saber a dónde vamos ¿qué debemos hacer para que el mundo mejore? Me atreveré a proponer una hipótesis. El mundo se hace más humano cuando medidas a favor de lo humano logran formar estados de opinión muy extendidos. Si hoy hay una preocupación por el futuro ecológico, si se convocan reuniones y se toman resoluciones es porque la intuición ecologista ha logrado llegar y convencer a muchos. Si la mujer, trabajosamente, va logrando cotas de igualdad con el sexo masculino es porque la idea de la igualdad de género se va imponiendo a pesar de prejuicios y costumbres ancestrales aún vigentes.

Cuando una idea ha logrado asentarse en amplios estados de opinión, se toman decisiones, se aprueban leyes que ayudan a hacerla real. Siempre habrá sin duda quienes la combatan, a veces con medios poderosos. y contra ellos serán necesarios pregoneros, luchadores, profetas. Para decirlo con una palabra hermosa y olvidada, serán necesarios los militantes.

De ningún paso adelante en lo humano puede asegurarse que está ya definitivamente establecido. Lo hemos podido comprobar con la democracia, ese avance poderoso en la historia. Los aspirantes a dictadores seguirán acechando y los que suspiran por una nación exclusivamente blanca o musulmana o de este o aquel idioma. Si los convencidos de los valores democráticos no los defienden, las dictaduras volverán a asentar su trono y los excluyentes derivarán en terroristas.

Pues bien, mi convencimiento es que la religión –o, si se quiere, la religión cristiana– por el hecho de existir y de implantarse en una sociedad, irá permanentemente dejando anuncios de solidaridad, de respeto, de perdón. Permanentemente irá engendrando militantes, predicadores y gestores de esos mensajes. Permanentemente asegurará que el otro ser humano es un prójimo. Ese es, a mi modo de ver, el papel de la religión en el mundo tecnificado en el que vivimos.

Se argumentará en contra que el cristianismo ha creado y apoyado dictaduras y en gran medida se ha apuesto a avances sociales. No es posible negarlo. Lo ha hecho siempre que se ha contaminado de la lógica del poder. Pero en pleno reinado de Luis XIV Vicente de Paul se hacía defensor de los pobres, de los presos, de los galeotes. En un siglo XIX contento de sí mismo Leon Bloy encarnaba la voz de los olvidados. En el siglo XX del progreso Simone Weil se alienaba con los desheredados y les daba su voz.. Son sólo ejemplos eminentes de lo que otros muchos, a menor escala, sembraban aquí y allá.

Al terminar quiero acogerme para apoyar mi tesis a la palabra de Jürgen Habermas. En los años 70 el filósofo alemán sostenía: “La religión ya ni siquiera se puede considerar como una cosa privada”. “La evolución hacia el ateísmo de masas apenas se puede negar ya empíricamente”.

Con el paso del tiempo Habermas ha ido modificando su opinión. En su libro Naturalismo y religión (2003) afirma lo siguiente: “Las tradiciones religiosas consiguen hasta el día de hoy la articulación de una conciencia de aquello que nos falta. Mantienen viva una sensibilidad para lo que no logramos conseguir, para lo que se nos escapa. Protegen del olvido aquellas dimensiones de nuestra convivencia social y personal en las que los progresos de la racionalización cultural y social han causado todavía abismales destrucciones”. Yo no lo sabría decir mejor.

Fuente: Atrio

viernes, 17 de agosto de 2012

Leo Boff: Corrupto: quien tiene el corazón roto.



La indignación generalizada frente a la corrupción en Brasil y en el mundo entero está dando paso a la resignación y a la indiferencia, pues la impunidad está tan extendida que la mayoría de la gente desconfía de que haya solución.
Sobre este hecho la teología tiene algo que decir. Ella sostiene que la condición humana actual se encuentra desgarrada y decadente (infralapsárica se dice en el dialecto teológico) a consecuencia de un acto de corrupción. Según la narración bíblica, la serpiente corrompió a la mujer, la mujer corrompió al hombre y ambos nos dejaron un legado de corrupciones sobre corrupciones hasta el punto de que el mismo Dios “se arrepintió de haber creado al ser humano en la Tierra” como nos recuerda el texto del Génesis (6,6). Somos hijos e hijas de una corrupción originaria.
En los espacios cristianos se alegaba que todo mal se deriva de esta corrupción originaria, llamada pecado original. Pero esta expresión se ha vuelto extraña a los oídos modernos. Son pocos los que se refieren a ella.
Aún así, me atrevo a rescatarla, pues contiene una verdad innegable, confirmada por la reflexión filosófica de Sartre e incluso por el rigorismo filosófico de Kant, según el cual «el ser humano es un leño tan torcido que no se pueden sacar de él tablones rectos».
Es importante hacer notar que es un término creado por la teología. No se encuentra como tal en la Biblia. Fue san Agustín en diálogo epistolar con san Jerónimo quien lo inventó. Con la expresión “pecado original” no pretendía hablar del pasado. Lo “original” no tenía que ver con los orígenes primeros de la historia humana. San Agustín quería hablar del presente: la situación actual del ser humano, en su nivel más profundo, es perversa y está marcada por una distorsión que llega hasta los orígenes de su existencia (de ahí, “original”). Hace su filología de la palabra “corrupto”: es tener un corazón (cor) roto (ruptus, de rompere).
Somos portadores, por lo tanto, de una ruptura interna que equivale a una laceración del corazón. En palabras modernas: somos dia-bólicos y sim-bólicos, sapientes y dementes, capaces de amor y de odio.
Esta es la actual condition humaine. Pero por curiosidad, preguntaba san Agustín, ¿cuándo comenzó? Él mismo responde: desde que conocemos al ser humano: desde los “orígenes” (de aquí el segundo sentido de “original”). Pero no da importancia a esa pregunta. Lo importante es saber que aquí y ahora somos seres corruptos, corruptibles y corruptores. Y que creemos en alguien, Cristo, que nos puede liberar de esta situación.
¿Pero dónde se manifiesta más visiblemente este estado de corrupción? Quien nos responde es el famoso y católico Lord Acton (1843-1902): en los portadores de poder. Enfáticamente afirma: «mi dogma es la general maldad de los hombres de poder; son los que más se corrompen». Y hace una afirmación siempre repetida: «el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente». ¿Por qué, exactamente, el poder? Porque es uno de los arquetipos más poderosos y tentadores de la psique humana; nos proporciona el sentimiento de omnipotencia y de ser un pequeño «dios». Hobbes en su Leviatán (1651) nos lo confirma: «Señalo como tendencia general de todos los hombres un perpetuo e inquieto deseo de poder y más poder que solamente cesa con la muerte. La razón de esto reside en el hecho de que no se puede asegurar el poder sino buscando más poder todavía».
Ese poder se materializa en el dinero. Por eso las corrupciones que estamos presenciando envuelven siempre dinero y más dinero. Hay un dicho en Ghana: «la boca ríe pero el dinero ríe mejor». El corrupto cree en esta ilusión.
Hasta hoy no hemos encontrado cura para esta herida interior. Sólo podemos disminuirle la sangría. Creo que, en último término, vale el método bíblico: desenmascarar al corrupto, dejándolo desnudo delante de su corrupción, y la pura y simple expulsión del paraíso, es decir, sacar al corruptor y al corrompido de la sociedad y meterlos en la cárcel.

Fuente: Koinonia
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jueves, 24 de noviembre de 2011

La dignidad humana.


Wilfredo Delso, el Cura de Fabara (Zaragoza), fue uno de los primeros curas rebeldes que se puso al servicio del pueblo, contra los intereses de los caciques. Sufrió en 1974 las iras del Arzobispo de turno, Pedro Cantero, Consejero del Reino, quien le fulminó con el cese canónico cerrándose al diálogo. Pero Wilfredo sintió el apoyo de su comunidad y de muchos compañeros curas. La semilla estaba sembrada y dio frutos en la Iglesia española de la transición. Los próximos días la fundación que lleva su nombre, AWD, va a celebrar en Fabara un Foro de Debate sobre “La crisis como reto global”. Entre otros, intervendrá Enrique de Castro, el cura de San Carlos Borromeo de Entrevías y el autor de este artículo, colaborador de ATRIO, viejo amigo y promotor de la memoria de Wilberto y de un nuevo tiempo de siembra.
Las cosas tienen interés como objetos de conocimiento, belleza con frecuencia, precio muchas veces y utilidad casi siempre; pero no tienen dignidad, los animales tampoco. Las personas, en cambio, tienen dignidad. Un niño, un aciano, un enfermo, un preso, un parado, un inmigrante sin papeles y un pobre que no tenga nada…, tienen dignidad. La dignidad no es como la belleza o la ciencia, ni una virtud adquirida, ni una propiedad espiritual o corporal que unos tengan y otros en absoluto. No es un privilegio ni un valor que se cotice. Cualquier persona merece un respeto por el mero hecho de serlo; pero la dignidad humana no depende del respeto o reconocimiento del que uno sea objeto. Un trato indigno nos indigna, pero no nos hace indignos. Al contrario, esa indignación subleva nuestra dignidad: la levanta, sobre todo cuando sale en defensa de los débiles. La dignidad es un valor que nadie puede quitarnos, aunque cualquiera pueda perderlo en sí y para sí mismo -en conciencia y a conciencia, por su culpa- si pierde el respeto debe a sí mismo como a los otros.
Se ha llamado dignidad al valor que distingue por igual a todas las personas. Y se ha visto en la razón humana su fundamento, los filósofos, y los teólogos en una presunta imagen y semejanza de Dios en nosotros mismos. En 1948 la Asamblea de Naciones Unidas proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo Artículo I dice: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. La dignidad humana es principio y fundamento de todos los derechos humanos que prohíben el trato deshumano de las personas sin discriminación alguna en todo tiempo, lugar y situación dada: en la guerra o en la paz, en libertad o cautiverio, ya se trate de un terrorista o delincuente común, no hay derecho contra los derechos humanos. Nunca, en Guantánamo tampoco.
A propósito de la dignidad humana formuló Kant un imperativo categórico: “Actúa de tal forma que trates siempre a la humanidad así en tu persona como en la persona de cualquier otro como fin en sí mismo y nunca como un simple medio”. Y añadió la siguiente explicación: “En el reino de los fines todo tiene un precio o una dignidad. Lo que tiene precio puede sustituirse por algo equivalente; pero lo que está por encima de cualquier precio y carece por tanto de equivalente, tiene dignidad [...] La única condición necesaria para que algo pueda ser un fin en sí mismo es que no tenga solo un valor relativo, es decir, un precio, sino el valor intrínseco que llamamos dignidad”. Y Machado nos advirtió que “solo el necio confunde valor y precio”. ¿Se refería a los listos que vacían las cajas y se llenan los bolsillos? Yo sí, yo me refiero a ellos y a los “dignatarios” : a cuantos se aprovechan para enriquecerse del puesto de trabajo (!) que ocupan en las cajas de ahorro o de la posición social que corresponde a la “dignidad” que representan en el Estado, a cuantos ponen su categoría humana a la altura de sus vergüenzas. Me refiero a los listillos que se pasan de listos y a los necios que los envidian. A los intermediarios o pontífices de la nueva religión que da culto al dinero.
La alternativa, amigos, ya no es Dios o el Cesar como dijo aquel; ni Dios o el Dinero, que también lo dijo Jesús; ni siquiera el Estado o el Mercado, o los “mercados”, para llamarlos con un nombre que me recuerda otro: ” Legión”, que es el nombre de todos los demonios de un poseso del que hablan también los evangelios. Ni está el dilema entre dos cuernos, la política o la economía; ni se ofrece al parecer alternativa frente a las dos desde una ética universalmente aceptada; ni se la espera de las religiones, ni de una religión católica a la vieja usanza. En este mundo mundial se ha llegado a una situación en la que otro mundo sólo es posible. Porque uno es el señor, según parece, en el mundo real: el Dinero, y uno solo el bautismo bajo su nombre. Y todo lo demás al suelo! Los derechos humanos son todavía una causa pendiente en muchas naciones, la dignidad humana un hecho de conciencia en los hombres y mujeres de buena voluntad, y la indignación un movimiento social en flor. Está por ver lo que debe ser, lo que ha de venir: la cosecha, que no vendrá sin esfuerzo después del invierno y estamos aún en otoño. Justo cuando esperamos y necesitamos aquí, en España, que llueva a cántaros sobre la tierra después de lo que ha caído.
José Bada, 22-11-2011
Fuente: ATRIO