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martes, 25 de julio de 2017

Teología samaritana.



Juan Pablo Espinosa Arce, Profesor de Religión y Filosofía (UC del Maule), Magíster en Teología Fundamental (PUC)

La figura del buen samaritano del Evangelio de Lucas (Lc 10, 25-37) representa una de las claves más interesantes para comprender cuál ha de ser la acción del cristiano en relación con los sufrientes cualesquiera sean. El texto nos evoca una gramática de la compasión, de la cercanía y de la proximidad. Son los sentimientos del que sabe que el otro que ha caído necesita su presencia. Son varios autores que reconocen la urgencia de volver sobre la figura del samaritano para pensar y construir la Iglesia, la teología, la pastoral y también el lugar del cristiano en el espacio público (Bennássar 1988; Muñoz 1990; Muñoz 1994). A partir de ello, es que queremos reflexionar en torno a qué significa hacer una teología samaritana. Dicha teología responde a una “epistemología del Buen Samaritano”1, la cual no es ingenua con la realidad, al contrario, se aproxima críticamente a ella. En palabras de Bennássar, “la realidad debe ser conocida, escuchada y responsablemente acogida, es decir, respondida. La realidad exige encarnación, realización. De la realidad sólo se puede hablar estando en ella, siendo parte de la misma”2. Entonces, si estamos pensando una teología samaritana, el principio básico de la misma debe comprenderse cómo una inteligencia de la fe que ha reconocido a Dios en el locus mismo de la realidad. Es, por tanto, una teología histórica y con sentido de historia que no comprende la realidad de manera ingenua.

La teología samaritana está cruzada por una responsabilidad ética, de justicia y de esperanza en la vida. Es una reflexión creyente que apuesta por la vida del que está a la orilla del camino. El teólogo chileno Ronaldo Muñoz sostiene que la Iglesia posee cinco dimensiones prácticas, entre ellas la Iglesia samaritana. En esta interpretación eclesial, Muñoz parte del hecho concreto de que el pueblo tiene necesidades, pero que a pesar de dicha carencia, el pueblo sabe recrear e imaginar situaciones que fundan una cultura de la solidaridad. En palabras de Muñoz, “en su conciencia popular y cristiana reflexionada con el Evangelio, la comunidad sabe que debe actuar así, que debe comportarse como ‘Iglesia samaritana’, que no puede seguir de largo – como el sacerdote y el levita de la parábola – junto al malherido botado a la orilla del camino”3. Con ello, la teología samaritana, la teología encarnada en la realidad histórica, no abandona el testimonio evangélico, al contrario, desde él proyecta su reflexión. No hay teología sin Evangelio. Ello fue recordado con fuerza en el Vaticano II cuando en Dei Verbum 22 se dice que la Sagrada Escritura es el alma de la teología.

En esta apuesta por la vida, reconocemos que la teología conlleva una responsabilidad como base de la lógica del don. En este sentido, J. Domingo Moratalla recuerda “la condición samaritana de la vida moral”4. La donación que el samaritano realiza, tanto de su tiempo como de su dinero, constituye el nacimiento de un orden nuevo en clave de sobreabundancia. Con ello, creemos que la teología debe continuamente estar repensando sus dinámicas del don, de la ética y la responsabilidad. La teo-logía creyente debe ir en sintonía con la experiencia de no dominar al otro, sino que permitirle ser. Es necesario dejar que el otro también experimente un lugar de importancia en el gran relato social y cultural. Domingo Moratalla recuerda que en la parábola “el samaritano se sintió tocado, tuvo compasión, fue capaz de reconocerse en un herido que podría haber sido él mismo. En la parábola se invita al lector a encontrar la salvación dejándose amar por la figura del samaritano, es decir, viviendo de un don que se da sin tener que ser devuelto”5. Con esto, creemos que la teología debe ser capaz de afectarse por tantos rostros, historias, relatos y experiencias que permiten configurar una nueva forma de discurso creyente. Este discurso no sólo se entiende como teoría, sino que también como praxis. Dicho discurso debe buscar el término medio, lo que se denomina el círculo hermenéutico, es decir, lograr un diálogo efectivo entre teoría y práctica, diálogo que permita una continua retroalimentación entre ambas.

La praxis y la responsabilidad del samaritano la entendemos como una ruptura, como una infracción a una teología que no se acerca al otro, la cual se representa en los gestos y movimientos del sacerdote y del levita que dan un rodeo y pasan de largo. Con Johann Baptist Metz apostamos por una teología impura, es decir, por una inteligencia de la fe que es capaz de hacer síntesis entre la Escritura, los principios dogmáticos y la experiencia concreta de la realidad sufriente. Hacer teología samaritana, teología encarnada, teología no ingenua, va de la mano por una ampliación de la visión y de la audición, de eso que se denomina una mística de los ojos abiertos. Mantenerse vigilante, con los ojos abiertos, con los oídos atentos como el discípulo (Cf. Is 50,4), debe constituir el fundamento de una auténtica teología cristiana, de una experiencia eclesial que recupera la experiencia del pasado y la manifiesta creativamente en el presente.

La lógica samaritana es capaz de caminar con otros y otras, con sentido de comunidad, responsabilidad y de búsqueda de nuevas opciones de vida. Es una teología esperanzada y humanizadora. Por ello, como sentencia Bennássar, “una teología desligada de la vida práctica y real contradice, de hecho, el sentido realista de la encarnación de nuestro Dios, pues un Jesús sin milagros, sin obras históricas de misericordia y justicia, no sería un mesías salvador ni un mensajero de una nueva humanidad. Un cristiano despreocupado del hombre real, desencarnado, desrealizado, es inmoral”6. Con ello, la teología samaritana debe recuperar continuamente el principio de la Encarnación, del Dios que en Jesús tuvo sentimientos de compasión, justicia y de celebración de la vida. La teología debe estar al servicio de la historia, del mundo, de la Iglesia. Hemos de reestructurar continuamente nuestros discursos creyentes y nuestras prácticas efectivas de misericordia.

sábado, 20 de junio de 2015

Bienaventurada: la dicha de ser mujer.



Lucas 1:39-56

Quizás algunos no han tenido el placer de poder leer el texto del magníficat de María con otros ojos que no sean considerarlo como un canto más entre muchos. Es posible que algunos hayan pasado la página y solo se hayan detenido en la trama de la historia -algo que considero realmente lamentable si el relato lo releemos con la intención de ignorar el machismo, evitar reivindicar el valor y la posición social de las mujeres, y negar la realidad del feminicidio, un crimen producto del patriarcado que mata a mujeres.

Es sumamente sorprendente descubrir varios aspectos en el texto que incitan a las mujeres –y a los hombres con ellas- a luchar, por la igualdad de género. En mi opinión, se podría hacer una lectura feminista del mismo, en el sentido de que el evangelista podría querer resaltar la elección de Dios de una mujer para formar parte de su plan y la madurez de ella para asumirlo.

Es posible que en el texto nos podamos encontrar con una reivindicación de la mujer, puesto que en el contexto podemos intuir ciertas prohibiciones o violaciones de los derechos, tal y como los entendemos actualmente, por parte de los varones de la época. Situación que nos resulta muy familiar, ya que forma parte de nuestra vida cotidiana a través de los noticieros de todo el mundo.

Me parece vergonzoso que en pleno siglo XXI todavía se vean algunas atrocidades en contra de las mujeres y se siga permitiendo que ellas se conviertan en el blanco de violencias y abusos –algo absolutamente reprobable para nuestras sociedades modernas.

Resulta incomprensible que, debido al machismo imperante, no se entienda la libertad de todos los seres humanos y se ignore, por tanto, la manipulación, el control, el abuso sexual, y la violencia hasta la muerte de una persona a la que se considera como una propiedad. Se debe reconocer que la violencia de género ha sido reproducida, patentada y legitimada por canciones o géneros musicales, predicaciones en templos cristianos y no cristianos, por no hablar de padres “súper”-heterosexuales, controladores del hijo/hija, intentando que no se “desvié”, tome malas decisiones o condicionando ambientes sociales –diría yo- profundamente disfuncionales, a pesar de representar “relaciones normativas” que, al mismo tiempo, alimentan un profundo “híper”-machismo.

Por tanto, cuando me enfrento al texto en cuestión, me llama profundamente la atención el hecho de que siempre se discuta el tema de María, la madre de Jesús, solo desde un aspecto teológico centrado en su sexualidad: su virginidad, su castidad, su santidad. Aspectos que, aparte de las diferentes opiniones encontradas, no son demasiado importantes. Yo prefiero encontrar en este texto a María desde otro lado de su feminidad y de su lucha en un contexto en el que las mujeres no tenían voz. Es indiscutible que el Magnificat es un canto de denuncia a favor de los desfavorecidos y desfavorecidas, producto del sistema patriarcal imperante.

Desde este punto de vista, el texto nos confirma una noticia que anuncia que el salvador de todos los desfavorecidos nacería a través de María, cuya veracidad sería ratificada a través de su parienta Elizabeth, ya en su sexto mes de embarazo. Ella no se resistió a comprobarlo, y el texto nos dice que “levantándose María, fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá”. No vamos a hacer especulaciones que no vienen al caso, pero sí me gustaría proponer que tal vez, y de forma hiperbólica, el autor quiera resaltar que, al recibir la noticia del embarazo de Elisabeth, María se puso inmediatamente en marcha como alguien que se sitúa fuera de las convenciones sociales; esas que obligaban a las mujeres a vivir bajo la autoridad o tutela de un varón, ya fuera éste su esposo, su hermano o su padre, que velaría por su seguridad.

Si aceptamos las hipótesis que se han planteado, tal vez deberíamos considerar que nuestro autor nos está proponiendo de alguna forma que María nos muestra su feminidad actuando como una mujer autónoma que toma sus propias decisiones, lo cual nos lleva a la conclusión de que las mujeres son y deben ser precisamente eso, seres autónomos (V.39).

Las decisiones de María llevarían a José a desconfiar de ella –algo normal para una época extremadamente patriarcal- lo cual se intuye en el sueño de José y en la visión del ángel que se le aparece para tranquilizarle.

En este momento, me gustaría volver a resaltar esa “prisa” de la que habla el autor para relacionarla con una mujer que es capaz de tomar una decisión sin que para ello necesite la aprobación de un varón, algo que podría resultar muy difícil para ambas partes. No podemos ignorar que hay algunas mujeres que tienden a ser co-dependientes del voto, decisión o punto de vista del hombre, así como también reconocemos la tendencia de otras a actuar y pensar con total independencia. Esto no quiere decir que hombres y mujeres no intenten por todos los medios establecer un diálogo honesto y sincero, o incluso que se nieguen a agradarse las unas a los otros en una relación, sea esta la que sea. Lo que pretendo comunicar es que, para mí, son inaceptables las razones que esgrime el sistema patriarcal para justificar un comportamiento que conlleva una situación de riesgo para las mujeres. Afirmaciones como “la mujer es poco racional y no puede tomar buenas decisiones por ella misma”, pueden llevarnos a situaciones discriminatorias y anacrónicas. Actualmente, las mujeres están capacitadas para vivir su propia vida y a tomar sus propias decisiones, ya sean casadas o no, con pareja o sin ella.

María se quedó tres meses en casa de su pariente y con ello nos muestra, creo yo, su capacidad de decisión, su valentía para asumir una denuncia al patriarcado de su tiempo y su disposición absoluta, como mujer, a la misión que Dios le había encomendado.

Esta disposición de María a llevar a cabo la voluntad de Dios está relacionada con otro aspecto que me gustaría destacar de su feminidad, a saber, que estoy convencido de que cualquier mujer, desde su diversidad femeninam comparte autoridad y responsabilidad espiritual con cualquier hombre en la misión de Dios, es decir que la mujer está al mismo o igual nivel de condición para comunicarse con Dios que cualquier hombre (V.41-42).

Dios no es machista, lo que quiere decir que no se comunica más con hombres y menos con mujeres; no se compromete más con los hombres que con las mujeres para llevar a cabo su misión. Las mujeres no necesitan intermediarios para tener una relación directa con Dios. Esto quiere decir que Dios puede usar a cualquier mujer como instrumento en cualquier circunstancia, desarticulando el argumento fascista y patriarcal de que las mujeres son inútiles para ciertas labores, puesto que sus habilidades están básicamente relacionadas con las labores domésticas. Nos equivocamos si pensamos que las mujeres están incapacitadas para tal o cual asunto, porque lo cierto es que ellas pueden hacer y ser lo que deseen hacer y ser.

Nuestras iglesias deberían reconocer que no se trata de dar una cierta participación a las mujeres como una muestra de integración o modernidad, de lo que se trata es de reconocer y practicar la igualdad en todos los aspectos y ministerios. Debemos reconocer que Dios no le dio poder a José, sino a María.

También y al mismo tiempo, este texto (V.43-45) podría estar animándonos a deconstruir las concepciones hetero-patriarcales del cuerpo y de la reproducción en términos de género. A María se le anuncia que va a ser madre, pero no como un indicador de su feminidad, de su función social o de la utilidad de su cuerpo, sino más bien como una reivindicación de su ser persona y de su valor aparte de cualquier convención social, cultural o religiosa. Ante todo, este texto nos anima a rechazar cualquier tipo de discriminación.

En la actualidad, muchos de los lugares públicos a los que asistimos para divertirnos o para conocer a otras personas se convierten en verdaderos “concursos de belleza”. Se juzga qué personas son guapas y cuales no, con lo cual se sobrevalora a unas y se humilla a otras. Tal vez, la masculinidad no tenga que ver con ese menosprecio reiterado a las mujeres consideradas por los diferentes cánones de belleza como no deseables. Las mujeres son personas, no cuerpo y, por tanto, deben ser consideradas por lo que son y no por su aspecto. Su empoderamiento debe basarse en sus capacidades y no en sus curvas.

Y termino concluyendo que la María que nos muestra el evangelista Lucas es una mujer que canta a la esperanza y a la vida, a la igualdad y a la justicia, y por eso creo que la mujer debe cumplir su papel profético en la denuncia de sus propias violaciones para convertirse en un agente social y espiritual en la defensa de los derechos de todos los seres humanos. Este canto representa la entrega y la preocupación por los desfavorecidos sean estos quienes sean y afirma que las mujeres también son agentes de fe y espiritualidad a través de su compromiso en la consecución de un mundo mejor. María impulsa a miles de mujeres, ayer, hoy y siempre a recordar su verdadera situación, y a luchar por su empoderamiento ante las injusticias sociales, culturales y religiosas de género.

Adolfo Céspedes Maestre

Nace el 21 de octubre de 1989 en Barranquilla, Colombia. Teólogo profesional de la universidad Reformada en Barranquilla. Estudiante de Maestría en Psicología (investigativa) de la universidad del Norte de Barranquilla, Colombia. Dedicado actualmente a la educación religiosa en primaria, básica y media, y a la docencia en instituciones religiosas, iglesias y comunidades sociales.

martes, 27 de agosto de 2013

Lo peligroso es optar por Jesús.


La necesidad de decidirse, en ocasiones, provoca graves crisis en el ser humano que camina por la vida y acaba encontrándose en una encrucijada. Existen opciones fáciles de tomar: cuando se puede escoger entre algo que se cree claramente bueno y algo que se sabe ostensiblemente malo. En esos casos, la opción no es difícil porque sólo es una cuestión de moral. Sin embargo, las decisiones que provocan crisis y desgarramiento, dudas y angustias, son las que llevan a escoger entre lo bueno que ya se cree poseer y algo, mejor todavía, que se presenta como un paso adelante y exige posponer lo anterior.
Optar por Jesús, y toda la revolución existencial que eso trae consigo, produce consecuencias que repugnan, hasta lo más hondo, al ser humano que aún no ha sentido dentro el manantial de agua viva, ése que brota tras el verdadero encuentro con el maestro. Ya lo había advertido a sus amigos: seguirlo es como ponerse encima una cruz, porque significa aceptar radicalmente la voluntad de Dios, y luchar dentro de uno mismo por el mundo que Él desea. Esto lleva a asumir la contradicción de amar tanto la vida que se sienta la necesidad de entregarla por los demás. Optar por Jesús puede ser peligroso.
Por ello, Lucas recalca en su evangelio que, aunque grandes muchedumbres acompañan con un alto grado de compromiso al maestro[1], la exigencia del galileo es más radical todavía. Si alguien no acepta esto, no puede ser discípulo de Jesús. Pero no porque él no lo deje, sino porque puede llegar a ser tan duro, puede tener que hacer frente a tantos peligros, se puede estar sometido a tanta presión que, sin una opción total por el maestro, el discípulo correrá el riesgo de abandonar a las primeras de cambio, y hacerse mucho daño a sí mismo.
Jesús no está subiendo el listón de las exigencias, sino protegiendo a aquellos que no hayan pensado bien a quién están siguiendo, y hasta dónde los llevará ese seguimiento. No impone la cruz, sino que anuncia que la cruz llegará irremediablemente, y hay que estar dispuesto a cargarla.
Esta opción total por Jesús comporta dos condiciones previas: Reflexión concienzuda y decisión firme. Es lo que muestran las parábolas de la construcción de una torre y del rey que va a la guerra (Lucas 14, 28-32). Nadie construye un edificio sin calcular antes los gastos, como ningún gobernante va a la guerra sin antes comparar sus efectivos con los del contrincante. Jesús está construyendo el Reinado de Dios en este mundo, y ha venido a declarar la guerra a los poderes del mal. Ardua tarea que exige de sus colaboradores una radical adhesión. Pero no porque el maestro sea selectivo y sólo quiera a los más valientes y aguerridos, sino porque la misión es prácticamente suicida[2].
Para el maestro galileo es preferible posponer, retardar, o incluso anular la decisión de seguirle, antes que tener que enfrentarse después a compromisos para los que no se está preparado. Todo el que quiere emprender algo importante en su vida debe examinar cuidadosamente si tiene los medios y las fuerzas para hacerlo. Como la torre de la parábola, una obra interrumpida no es la mitad de una obra, sino un fracaso. Y el sentimiento de fracaso puede hacer mucho daño, y derivar hacia la autodestrucción como le pasó a su amigo Judas.
Por ello hay que pensar y repensar la decisión de seguirlo. No es cualquier cosa optar por Jesús de Nazaret. Pocas veces se disfrutará de las palmas enarboladas, de los mantos en el suelo, y de los aleluyas. Lo habitual serán los caminos polvorientos y los arrabales repletos de gente que sufre y que espera consuelo activo. Seguir al maestro no será nunca fácil; pero ¿alguien prometió alguna vez que fuera a serlo?

[1] El verbo griego que aparece en Lucas 14, 25 es mucho más radical que el castellano: “sun-epomai” significa, además de “acompañar”, “seguir paso a paso, comprender, dejarse convencer, estar de acuerdo o en armonía con, obedecer”. El compromiso que denota este término es firme.
[2] No hay que olvidar que todos los amigos íntimos de Jesús, excepto Juan (y, aun así, murió exiliado en la isla de Patmos), murieron, según la tradición cristiana primitiva, asesinados.


Juan Ramón Junqueras


Estudió Teología en Francia y ha sido pastor cristiano adventista en Suiza y en España. Se especializó en medios de comunicación. Dirigió durante seis años el programa de radio ONGente. Actualmente es empresario. Su gran pasión es escribir sobre Jesús de Nazaret, e intentar que su mensaje conecte con la mentalidad posmoderna.

    lunes, 3 de junio de 2013

    Un programa para tiempos de crisis.


    Jaume Triginé

    El Espíritu del Señor está sobre mí,
    porque me ha consagrado
    para llevar la buena noticia a los pobres;
    me ha enviado a anunciar libertad a los presos
    y a dar vista a los ciegos;
    a poner en libertad a los oprimidos;
    a anunciar el año favorable del Señor. (Lucas 4,18-19. DHH)
    Desde que hace ya unos años se inició la crisis económica que está haciendo tambalear los cimientos del incipiente estado del bienestar en nuestro mundo occidental, cada día amanecemos, a excepción de muchos que la han provocado, algo más pobres. Las subidas del IVA, del IRPF y de todo tipo de impuestos, unido a la precariedad laboral, a los bajos sueldos que convierten en privilegiados a los mileuristas, a las reducidas pensiones de los jubilados… están dinamitando las llamadas clases medias. Millones de parados, familias sin ingresos, personas desahuciadas de sus casas… pasan a formar parte de una pobreza cada vez más estructural.
    Recortes en los denominados pilares del bienestar: educación, sanidad y servicios sociales. Rescate, por parte de los menos favorecidos, de las entidades financieras. Un horizonte, a corto y medio plazo, en el que no se vislumbra ninguna modificación de las actuales tendencias. La inseguridad, la falta de esperanza y el temor a lo desconocido invaden amplios espacios sociales.
    En este contexto, es hora de recuperar el programa de Jesús que, un sábado en la sinagoga de Nazaret, presentó a sus vecinos. Programa de extrema sensibilidad en el que las personas se anteponen a cualquier otra consideración porque a Dios le preocupa el sufrimiento del ser humano. Las miradas de Jesús no se dirigían tanto al pecado de las personas, sino a su dolor, resultado de las situaciones de injusticia y humillación a las que se hallaban sometidas por el sistema político, económico y religioso.
    Hoy los creyentes estamos llamados a implementar el programa de Jesús en nuestro contexto y por lo tanto a llevar la buena noticia a los pobres, a poner en libertad a los oprimidos, a anunciar el año favorable del Señor. Pero, ¿cómo llevar la buena noticia del evangelio a quien lleva meses en el paro, se le ha extinguido la prestación social o se ha quedado sin vivienda? ¿Cómo hablar del amor y de la providencia divina a quien tiene que acudir a los comedores sociales o dormir entre cartones en la calle? ¿De qué podemos hablarles? ¿De que tengan esperanza? ¿De que Dios proveerá para sus necesidades? Este es un discurso casi insultante. El silencio de Dios es demasiado audible para ellos.
    Si queremos identificarnos con el programa de Jesús deberemos recordar que la providencia de Dios se manifiesta mediante la solidaridad de las personas que comparten su ser y su tener con los demás. Médicos de la sanidad pública que siguen atendiendo a todos cuantos acuden a los hospitales sin preocuparles la situación legal del enfermo. Maestros que siguen dando sus clases diariamente con entusiasmo a pesar de las condiciones de precariedad en las que se hallan. Personas anónimas que atienden comedores sociales. Miles de personas que contribuyen a que no escasee la comida en los Bancos de Alimentos. Abuelos que alimentan a su familia con su exigua pensión…
    La Palabra de Dios señala caminos para hacer presente la providencia divina entre los últimos delsistema. En la proximidad a los que sufren manifiesta la iglesia su fidelidad a Jesús. Nos conviene recordar la parábola sobre el juicio final: Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber…
    El programa de Jesús incluye poner en libertad a los oprimidos y anunciar el año favorable del Señor. Las situaciones de opresión por parte del capital son ya tan desgarradoras que difícilmente pueden ser modificadas mediante acciones individuales. Se requiere el esfuerzo colectivo para incidir sobre ellas. Y la denuncia. Llegados a este punto nos tenemos que preguntar: ¿dónde está la voz profética de la iglesia frente a la corrupción y frente a quienes se han enriquecido de forma fraudulenta?, ¿dónde está la voz de la iglesia en favor de las víctimas?
    Es hora de hacer del programa de Jesús nuestro programa como creyentes y como comunidades de fe. Con frecuencia dirigimos más nuestra atención al pecado de las personas, a juzgar y a condenar que a su sufrimiento. El teólogo Johann Baptist Metz pone el dedo en la llaga cuando señala que la doctrina cristiana de la salvación ha dramatizado el problema del pecado y ha relativizado el problema del sufrimiento.
    Los discursos teológicos, las doctrinas, las confesiones de fe… son relatos incoherentes si no están acompañados de un posicionamiento en favor de los excluidos, de los marginados, de los que sufren injusticias de todo tipo. Deformamos la fe cristina cuando la convertimos en una doctrina teórica o en una religiosidad centrada en los servicios religiosos, como ocurre con demasiada frecuencia, en lugar de representar un sistema de vida y una praxis creyente para la transformación de la sociedad. El evangelio es claro, no se trata tanto de repetir: Señor, Señor; sino de hacer la voluntad del Padre como proclamamos en la oración modelo.
    El programa de Jesús, expuesto un sábado en la sinagoga de Nazaret, nos interpela y nos compromete a sus seguidores. Desde nuestras realidades particulares debemos trabajar para alcanzar unas condiciones cada vez más justas para todas las personas. Es también el modo de reconocer la dignidad de todos los seres humanos por su origen e impronta divina.

    Autor/a: Jaume Triginé


    Licenciado en Psicología por la Universidad de Barcelona. Articulista y autor de LA IGLESA DEL SIGLO XXI ¿CONTINUIDAD O CAMBIO?, de ¿HABLAMOS DE DIOS? TEOLOGÍA DEL DECÁLOGO y de ¿HABLAMOS DE NOSOTROS? ÉTICA DEL DECÁLOGO.

      Lupa Protestante
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      domingo, 19 de mayo de 2013

      Pentecostés, un “viento recio” que conmueve el mundo.



      por Ignacio Simal Camps
      El brutal recorte de gastos sociales por parte de los gobiernos europeos para reducir el déficit económico en el que se ven envueltos es un signo de los tiempos que corren. Austeridad es la receta. Atrás van quedando todas la conquistas, en ocasiones conseguidas con sangre, de los trabajadores y trabajadoras europeos. Ellos son los que más sufren las consecuencias de una crisis que no han creado, mientras que sus artífices se marchan “de rositas” empecinados en seguir manteniendo un modelo de sociedad que tan buenos dividendos les sigue dando.
      No solamente Europa sufre las consecuencias de la crisis que se desató hace unos años.  Existen otros pueblos y naciones que la sufren desde hace siglos –de los que Europa se ha nutrido y se sigue nutriendo- y que ahora todavía ven más agravada, si cabe, su situación.
      El escenario mundial en el que a los ciudadanos y ciudadanas de a pie sólo se nos permite ser figurantes, está necesitado de un cambio radical. A muchos no nos gusta el escenario social ni la obra que en él se está representando. Tampoco nos gusta el guión que los sabios han escrito, ni los protagonistas que lo interpretan.
      El escenario necesita la visita de un viento recio que  haga volar el decorado, los papeles donde el guión está escrito, guionistas, directores y protagonistas principales de la obra que hasta ahora se ha estado representando. Un viento recio que nos traiga un mundo nuevo, un modelo social nuevo, un guión nuevo donde no existan figurantes, sino que todos sus actores tengan un papel protagonista.
      Y de ello nos habla la fiesta cristiana de Pentecostés. La historia de un puñado de hombres y mujeres que sintieron como el viento recio del Espíritu de Dios trastocaba su mundo.  Un viento recio cuyo objetivo era el cambio de un escenario social donde los pobres, como siempre, eran mayoría. Un cambio que suponía que sus jóvenes fueran visionarios, que tanto mujeres como hombres fueran profetas de la esperanza y que sus ancianos y ancianas soñaran sueños benefactores que ahuyentaran sus pesadillas.  Un viento del Espíritu creador de espacios de libertad y de fraternidad para todos, sin exclusiones.
      Cuando recordamos Pentecostés no debemos quedarnos con las señales y prodigios que la narración lucana registra. Cuando recordamos Pentecostés no debemos quedarnos, con todo lo importante que es, con los contenidos teológicos de la predicación petrina. Cuando recordamos Pentecostés debemos quedarnos con sus resultados.
      Y ¿cuáles fueron los resultados? Muy sencillo de explicar. Mediante la experiencia de Pentecostés muchos hombres y mujeres cayeron en la cuenta (arrepentimiento) que su modelo social y religioso era perverso y que debían crear otro. Un modelo social que se entendiera como un espacio de salvación de la inclemencia social que les azotaba. Un modelo social nuevo que se iniciaba desde la base social y no desde el palacio de los poderosos. Un modelo social entendido como germen de transformación universal.
      El arrepentimiento producido por el viento recio del Espíritu les condujo a otro escenario social: “Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno.  Y perseverando unánimes en el templo, y partiendo el pan en las casas,  comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo” (Hch. 2:44-47).
      Califiquemos, si queremos, la descripción lucana de idealización de la primera comunidad cristiana. Digamos, si así lo deseamos, que aquellos hombres y mujeres pecaron de excesiva ingenuidad. Defendámonos de Pentecostés con uñas y dientes, pero con ello perderemos la posibilidad de construir, por el poder del Espíritu, un mundo nuevo. Continuemos inyectando botox y practicando diferentes liftings al modelo socioeconómico en el que nos movemos, pero con ello solo lograremos enmascarar la perversidad del sistema. Al final seguiremos sufriendo el mismo escenario, el mismo guión… y las mayorías interpretarán su papel de figurantes silenciosos en el teatro del mundo.
      Pentecostés nos convoca a soñar sueños, a ser profetas, a crear realidades sociales alternativas… Pentecostés nos convoca a adherirnos al sueño de aquel profeta hebreo que vislumbró un mundo donde no existía más llanto, ni clamor, ni dolor (Apo. 21:4).  A través de Pentecostés, los cristianos y cristianas, confesamos que Jesús resucitó, y derramó –y sigue derramando- el Espíritu de Dios sobre toda carne a fin de crear un mundo donde reine la justicia.
      ¡Feliz y esperanzado Pentecostés!

      Autor/a: Ignacio Simal Camps


      Ignacio Simal es pastor de la Església Evangèlica de Catalunya - Iglesia Evangélica Española en la Església Evangèlica Betel (Orient,28; Hospitalet, Barcelona). Es Presidente de la asociación Ateneo Teológico. Fundó Lupa Protestante en el año 2005. Hasta el mes de julio del año 2012 fue su director. Presidente de la Mesa de la Església Evangèlica de Catalunya - IEE. Es miembro de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, y del Fòrum Català de Teologia i Alliberament.


        miércoles, 16 de enero de 2013

        El Evangelio subversivo.



        Enviado a la página web de Redes Cristianas
        Ya pasaron las fiestas navideñas por las que los pueblos de tradiciones cristianas, basándose en las leyendas simbólicas sobre el nacimiento de Jesús que describen los evangelistas Mateo y Lucas, celebran familiar, religiosa y socialmente.
        Es evidente que desde el siglo IV la Iglesia pasó, de ser movimiento cristiano perseguido y marginado, a ser la religión oficial del Imperio romano con detrimento de las confesiones paganas; el mensaje subversivo del Evangelio fue acomodado a los intereses comunes y confluyentes de las jerarquías de la Cristiandad y las élites del Imperio.

        Hoy, salvo minorías, las autoridades de las iglesias que han ido surgiendo a lo largo de la historia, se han adaptado a los poderes económicos y políticos. El Evangelio que predican a las mayorías trabajadoras creyentes, tratan de no molestar a los poderosos mientras anuncian a Cristo salvador. Pero El Evangelio de Jesús, conlleva la transformación de los poderes mundanos de todos los tiempos.
        La alternativa de Dios
        -Hijo de Dios
        Para el Imperio romano, el nacimiento del César era el nacimiento del hijo del dios Júpiter, al que los demás dioses celestiales y reinos humanos habían de someterse. El imperio permitía la existencia de otras religiones, siempre que adoraran al mismo tiempo al César romano en sus propios templos.
        Sin embargo, los cristianos proponen a Jesús como el Hijo del único Dios-Padre. Respetando a las diversas religiones y a las autoridades políticas, se niegan a adorar al Cesar por considerarlo solamente humano. El Hijo de Dios no nace en palacios rodeado de poder y de riqueza, sino como Jesús, en la debilidad y en la pobreza (Lc 2,1-21).
        Jesús anuncia un juicio fundamental al mundo: “venid benditos de mi Padre porque tuve hambre y me disteis de comer”… ¿Cuándo…? preguntarán los interpelados. La respuesta de Jesús es contundente: “cuando lo hicieron con los empobrecidos” (Mt 25,34-40).
        Muchos cristianos en Honduras y otras naciones, sin embargo, se centran en lo espiritual que no les trae complicaciones, mientras que una minoría, a riesgo de ser represaliado políticamente, defienden la liberación de los pobres y oprimidos (Lc 4,18-19), tanto a nivel político y económicos como social y religioso.
        -Reino del mundo
        En el siglo I, toda persona, grupo o pueblo que pretendía imponer un reino sin autorización del César y su élite, era castigado con la pena de muerte. Se cuentan por decenas de miles los crucificados por tratar de zafarse del yugo romano. Hoy, Estados Unidos impone el sometimiento de los pueblos a su dominación mundial.
        Jesús, frente al reino de César anunció el reino de Dios (Mc 1,14), que respeta a la vez que trasciende y transforma todo reino humano. No nos extrañe que le mandaran a la crucifixión las autoridades políticas romanas en confluencia con las autoridades religiosas judías. No le salvó que Jesús aclarara a Pilatos que su Reino “no es de este mundo” (Jn 18,36); es decir, no es del sistema de injusticia y explotación, sino del humanismo solidario y comunitario.
        En la actualidad hondureña, los cristianos acomodados prefieren omitir el mensaje social renovador de Jesús, callando ante la violación de los derechos humanos, la corrupción económica y la impunidad política. Pero hay creyentes que desde una opción pacifista, consideran más ético y fiel con el Evangelio, oponerse a la opresión y explotación de las oligarquías de la nación contra los sectores populares. Si el capitalismo es antievangélico, los cristianos deberemos colaborar para levantar un sistema comunitario.
        -Clases sociales
        En Honduras y otros países, a las iglesias cristianas no les va mal con su concepción y práctica de espiritualidad interclasista. Con el pretexto de amar a amigos y a enemigos, conviven con los ricos mientras dan limosna a los pobres. Lo importante para muchas autoridades eclesiásticas es que tanto adinerados como empobrecidos vengan a los cultos, ayuden al mantenimiento de las instituciones religiosas y respeten y honren a los pastores.
        Pero aun a riesgo de equivocarme, en el Profetismo y en el Evangelio, se anima a la rebeldía contra el mantenimiento de clases sociales de enriquecidos -como Epulón- y empobrecidos -como Lázaro- (Lc 16,19-31).
        Habrá que recordar que en la Biblia se dice: quien se caya ante la injusticia colabora con ella. Amar a los enriquecidos y poderosos, conlleva la tarea de corregirlos, denunciarlos y oponernos a sus afanes desmedidos de acumulación de riqueza y poder. Mientras amar a los empobrecidos, conlleva comprometernos en su liberación.
        En el Magníficat de María, claramente se dice que el Dios y Padre de Jesús, “derriba de sus tronos a los poderosos y ensalza a los humildes. Colma de bienes a los hambrientos y a los ricos los despide sin nada” (Lc 1,52-53). Es decir, la coherencia cristiana conlleva la oposición radical y pacifista al proceder del Imperio romano de los primeros siglos, y del Imperio norteamericano de la actualidad; anima a la denuncia de todo imperialismo pequeño o grande que van surgiendo en la historia. Otro cristianismo es posible.

        sábado, 12 de enero de 2013

        Fuego del cielo.



        Para los que somos cristianos el libro máximo de nuestra espiritualidad es, cómo no, la Biblia. En ciertos círculos la misma tiende a leerse buscando en todo momento la armonía entre los textos, el considerar unos a la luz de los otros aunque exista un franja de tiempo de, por ejemplo, un milenio entre ellos.
        Se dice que ya que Dios es el autor, Él no puede contradecirse o colocar ciertas ideas en tensión con otras. Todo debe verse como un gran conjunto que va hacia adelante, sumando nueva revelación a la anterior y todo ello, de forma milagrosa, encajando a la perfección en el gran conjunto de la revelación bíblica.
        El problema con este método es que el punto de llegada se hace el de partida. Me explico. El que no existan contradicciones en las Escrituras y que todas ellas muestren una compenetración perfecta tiene que ser la conclusión del que las estudia o considera. Esto es lógico ya que ¿cómo se puede decir que un libro es totalmente coherente en todas sus partes si no se ha leído detenidamente, si no se ha estudiado con anterioridad? Después de realizar esto último se puede concluir una cosa u otra, nunca aceptar algo que no se ha comprobado, para después creerlo firmemente y desde ahí demostrarlo como sea. Claro se puede aducir que otros así lo sostienen y se acepta de forma acrítica.
        Con esto no estoy diciendo que la Biblia esté llena de errores, de contradicciones, sino que hay que saber leerla, en sus propios términos, y no comenzar con una idea preconcebida que influenciará a priori todo nuestro entendimiento de la misma.
        Si cada libro escritural lo evaluamos bajo sus propios méritos y después lo comparamos con el resto es posible que comencemos a ver algo que antes nos estaba velado.
        Uno de estos casos ocurre con los evangelios, con Jesús. Todo el énfasis se ha volcado en recalcar vez tras vez que Él decía continuar con lo que el Antiguo Testamento ya anunciaba, que había venido a cumplir lo profetizado. Que el Maestro no había llegado para abrogar la ley sino para cumplirla, que Él se consideraba dentro de toda la tradición profética y mesiánica veterotestamentaria. Esto es cierto, Jesús mismo lo dijo, pero también dijo otras cosas. Entre estas otras cosas no faltaron las que chocaron de frente, modificaron y en ocasiones dejaron sin vigencia partes importantes de la revelación anterior. Sólo un ejemplo, por ahora, de lo que quiero decir.
        Lucas 9:51-56:
        Y sucedió que cuando se cumplían los días de su ascensión, Él, con determinación, afirmó su rostro para ir a Jerusalén.
        Y envió mensajeros delante de Él; y ellos fueron y entraron en una aldea de los samaritanos para hacerle preparativos.
        Pero no le recibieron, porque sabían que había determinado ir a Jerusalén.
        Al ver esto, sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo y los consuma?
        Pero Él, volviéndose, los reprendió, y dijo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois, porque el Hijo del Hombre no ha venido para destruir las almas de los hombres, sino para salvarlas. Y se fueron a otra aldea.
        La alusión directa es al episodio de Elías cuando estaba siendo buscado por el impío rey Ocozías. El texto allí dice:
        Entonces el rey envió a él un capitán de cincuenta con sus cincuenta hombres. Y éste subió a él, y he aquí, Elías estaba sentado en la cumbre del monte, y le dijo: Hombre de Dios, el rey dice: “Desciende.”
        Respondió Elías y dijo al capitán de cincuenta: Si yo soy hombre de Dios, que descienda fuego del cielo y te consuma a ti y a tus cincuenta. Entonces descendió fuego del cielo, y lo consumió a él y a sus cincuenta.
        De nuevo envió a él otro capitán de cincuenta con sus cincuenta que le habló y le dijo: Hombre de Dios, así dice el rey: “Desciende inmediatamente.”
        Y respondió Elías y les dijo: Si yo soy hombre de Dios, que descienda fuego del cielo y te consuma a ti y a tus cincuenta. Entonces el fuego de Dios descendió del cielo y lo consumió a él y a sus cincuenta.
        De nuevo el rey le envió al tercer capitán de cincuenta con sus cincuenta. Y cuando el tercer capitán de cincuenta subió, vino y se postró de rodillas delante de Elías y le rogó, diciéndole: Hombre de Dios, te ruego que mi vida y la vida de estos cincuenta siervos tuyos sean preciosas ante tus ojos.
        He aquí que ha descendido fuego del cielo y ha consumido a los dos primeros capitanes de cincuenta con sus cincuenta; mas ahora, sea mi vida preciosa ante tus ojos.
        Entonces el ángel del SEÑOR dijo a Elías: Desciende con él y no le tengas miedo. Se levantó Elías y descendió con él al rey…
        Supongo que ahora que estos dos textos se han comparado queda en evidencia una cosa, Jesús no acepta el del Antiguo Testamento como argumento para que se vuelva a repetir lo que allí ocurrió. El impacto que producen estas palabras es que Jesús les estaba diciendo a sus discípulos que actuar de la forma en la cual lo hizo Elías era no entender nada, que no conocían el mismo corazón de Dios, que Jesús no había llegado para perder más vidas como ocurrió con Elías cuando murieron ciento dos hombres quemados. Pero dicho esto, la gran cuestión aquí era que Elías no había actuado por cuenta propia, no era su poder el que bajaba del cielo, no era suyo el fuego que mató a aquellos soldados, era de Dios…
        Los discípulos se debieron quedar perplejos. Lo que decía Jesús era muy serio, ¿acaso el Dios de Elías tampoco sabía de qué espíritu era? Además, ¿estaba contradiciendo Jesús la misma revelación bíblica? ¿Era su Padre un Dios caprichoso que tan pronto mataba a inocentes soldados y tan pronto sentía compasión por unos samaritanos?
        La tensión entre estos dos textos es enorme.
        Propongo algo. Jesús está diciendo que ya no es posible considerar así más a Dios. Ahora estaba estableciendo con toda contundencia que el tiempo había cambiado, que Dios no podía ser entendido como que actuaba de esta forma con los hombres. Es más, que ya no se podía traer un texto como éste, y como tantos otros similares del Antiguo Testamento, como base para entender a Dios. Decir que Dios consume al ser humano con fuego, enfermedades, muerte y demás, aunque éstos hombres lleguen a rechazar de forma directa a su propio Hijo, es precisamente no entender a su Hijo. Si Jesús ha traído la revelación más perfecta, plena y clara de Dios deberíamos entender las Escrituras a su luz, sobre todo cuando se ha manifestado claramente en un sentido.
        Con Jesús se abre una nueva era, un nuevo concepto de Dios, una nueva revelación. Es cierto que de ella ya había pistas en el Antiguo Testamento pero hacía falta que Él llegara, el Enviado del Padre, la Palabra encarnada.
        Este choque fue tan tremendo que Juan tiene que admitir que “la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y  la verdad fueron hechas realidad por medio de Jesucristo” (Juan 1:17).
        El seguir hablando de este tipo de textos como vigentes sí que es llevar a las Escrituras a contradecirse e incluso a hacer callar al propio Jesús. Nadie duda que cuando el Maestro estaba ante la mujer samaritana, otro episodio con este mismo pueblo de fondo, le dijo que ya no hacía falta más el templo para adorar, para orar al Padre. Esto se podía realizar en el interior, sin intermediarios, algo disponible para todo hombre esté donde esté. Pero de nuevo tenemos aquí algo similar al relato anterior. Los textos del Antiguo Testamento que dejó sin efecto son muchos y de gran extensión. La construcción del tabernáculo y del templo llenan páginas completas y la promesa de Dios de permanecer en él era una de las más sólidas creencias del pueblo judío. Llega Jesús y las da por caducadas, se acabó.
        El Galileo impactó tan fuerte en el judaísmo de su tiempo que no tuvieron más remedio que matarlo para que su voz dejara de tronar. El problema es que nosotros también lo hacemos callar con una forma de entender las Escrituras que no es capaz de entender la reforma, la radicalidad con la cuál Jesús entendió las relaciones de Dios con el hombre. Ya se sabe, todo en la Escrituras es perfectamente armónico…
        Pero más allá de un entendimiento o no de lo que estoy aquí diciendo, la auténtica tragedia es el episodio que se ha ido repitiendo en el tiempo con las guerras en nombre de Dios, Cruzadas, quema de brujas, etc., y tiene un paralelo exacto en nuestros días.
        En nuestra época actual pueblos enteros, naciones, han sido bombardeados, invadidas en nombre de Dios. No entro aquí si son guerras legítimas o no, tengo mi propia opinión, pero se produce otro drama cuando una parte muy importante de la iglesia de ese país que bombardea apoya a sus dirigentes y les concede autoridad moral, divina, para que arrasen tal o cual país en nombre de la justicia, del castigo divino. De esta forma envían fuego del cielo pero esta vez en lugar de matar a cien asesinan a miles, decenas de miles. En vez de matar a hombres como hizo Elías, a soldados, ahora mueren también niños, mujeres… no saben de qué espíritu son.
        Estas gentes que reciben el fuego del cielo son musulmanes y al igual que los otros no aceptan a Jesús como el Hijo de Dios pero las palabras de Jesús siguen vigentes, éstas sí que no han caducado.
        La iglesia no está aquí para apoyar las bombas, sino para recoger al que es herido por ellas, para llorar con la familia de los inocentes que se lleva por delante, ya sean éstos samaritanos en aquél tiempo o musulmanes en el presente. El Maestro fue muy contundente y es escalofriante pensar que ahora miraría a este pueblo que se dice cristiano y lo condenaría por su falta de compasión. Aquellos dos discípulos que iban a su lado entendieron más adelante las palabras del Galileo, los evangélicos del presente parecen vacunados contra ellas.
        Tampoco faltan los que hablan de Tsunamis, de huracanes que matan por miles y que no serían otra cosa que el castigo divino sobre naciones paganas. El problema es que también mueren niños y no pocos creyentes. Un huracán no vira cuando tiene la casa de un cristiano de frente, se la lleva también por delante. Más fuego del cielo. Dios debe tener mala puntería cuando el creyente, el inocente, el niño y el enfermo mueren junto al “pagano”.
        En ocasiones me doy cuenta de que Jesús se ha convertido en un problema para la iglesia. Parece que no llegamos a entender que la gracia vino con Él y la ley que reinó en el Antiguo Testamento ya fue destronada. Que Él no ha venido a condenar a  personas sino a salvarlas.
        Es triste que sus seguidores no tengan ningún problema en comprender conceptos tales como retribución, castigo, condena, pero les cueste tanto vivir la misericordia. Nuestro Mesías, como tan bien entendió Bonhoeffer, es un Salvador crucificado y su pueblo en vez de provocar, alentar y promover el sufrimiento debe redimirlo padeciéndolo. Ya se sabe, el discípulo no es mayor que su Maestro…
        “No penséis que he venido a anular la ley de Moisés o las enseñanzas de los profetas. No he venido a anularlas, sino a darles su verdadero significado”.
        Jesús en Mateo 5:17. Las negritas son mías.
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        Autor/a: Alfonso Ranchal


        Alfonso Ranchal es Diplomado en Teología (Ceibi). Miembro de la Iglesia Betesda (Córdoba, España)

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        sábado, 9 de junio de 2012

        Dios, silencio del universo.

        Juan José Tamayo, 09-Junio-2012


        La Fundación Siglo Futuro de Guadalajara organizó el 6 de junio de 2012 un debate Recordando a José Saramago (1922-2012). Premio nobel de literatura. En él Juan José Tamayo tuvo una intervención con el título Saramago: Dios, silencio del universo. Sabemos que es un texto demasiado largo para un post normal. Pero tiene mucho que ver con temas recientemente discutidos en ATRIO. Y en el fin de semana tal vez haya espacio para más lectura, si nos abstenemos de angustiosos telediarios y transmisiones deportivas…

        Saramago, buen samaritano

        Durante los últimos cinco años de la vida de José Saramago tuve el privilegio de disfrutar de su amistad, de compartir experiencias de fe y de increencia, de solidaridad y de trabajo intelectual, en total sintonía. A la hora de reflexionar sobre su personalidad, la primera imagen que espontáneamente me viene a la memoria es la parábola que en la tradición bíblica conocemos como “El buen Samaritano”, que narra el evangelio de Lucas de esta guisa:

        “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y lo asaltaron unos bandidos; lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon dejándolo medio muerto. Coincidió que bajaba un sacerdote por aquel camino; al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Lo mismo hizo un clérigo que llegó a aquel sitio; al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba el hombre y, al verlo, se conmovió, se acercó a él y le vendó las heridas, echándoles aceite y vino. Luego lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios de plata y, dándoselos al posadero, le dijo: ‘Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a la vuelta’. ¿Qué te parece? ¿Cuál de éstos se hizo prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’, preguntó Jesús. El jurista que le había hecho la pregunta contestó: ‘El que tuvo compasión de él.’ Jesús le dijo: ‘Pues anda, haz tú lo mismo’” (Lc 9,29-37).

        Esta parábola es, sin duda, una de las más severas críticas contra la religión oficial, leguleya e insensible al sufrimiento humano; una de las denuncias más radicales contra la casta sacerdotal y clerical, adicta al culto y ajena al grito de las víctimas, y uno de los más bellos cantos a la ética de la solidaridad, de la compasión, de la projimidad, de la alteridad, de la fraternidad-sororidad. Una ética laica, en fin, no mediada por motivación religiosa alguna. El sacerdote y el levita, funcionarios de Dios, pasan de largo, peor aún, dan un rodeo para no auxiliar a la persona malherida. El samaritano, que estaba fuera de la religión oficial y era considerado hereje por los judíos, aparece, a los ojos de Jesús y del propio jurista, como ejemplo a imitar por haber tenido entrañas de misericordia. Por su comportamiento humanitario, el hereje se convierte en sacramento del prójimo; por su actitud inmisericorde, el sacerdote y el levita devienen anti-sacramento de Dios: es la religión del revés o, si se prefiere, la verdadera religión, la que consiste en defender los derechos de las víctimas, caminar por la senda de la justicia y seguir la dirección de la compasión. Así entendieron la religión los profetas de Israel, los fundadores y reformadores de las religiones.
        El “factor Dios”

        Saramago siempre se declaró ateo, y desde su ateísmo fue un crítico impenitente de las religiones, de sus atropellos, de sus engaños, sobre todo de las guerras y cruzadas convocadas, legitimadas y santificadas por ellas en nombre de Dios: “Una de ellas (de las muertes) –afirma–, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones manda matar en nombre de Dios… Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción… han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana”. Con la historia en la mano, ¿quién va a negar tamaña verdad?

        Pero la crítica de Saramago va más allá, y llega al corazón de las religiones, a Dios mismo, en cuyo nombre, afirma, “se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, lo más horrendo y cruel”. Y pone como ejemplo la Inquisición, a la que compara con los talibán de hoy, califica de “organización terrorista” y acusa de interpretar perversamente sus propios textos sagrados en los que decía creer, hasta hacer un monstruoso matrimonio entre la Religión y el Estado “contra la libertad de conciencia y el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa”. Esta denuncia de Dios se sitúa dentro de las más importantes e incisivas críticas de la religión de anteayer, como la de Epicuro y Demócrito, la de Jesús de Nazaret y el cristianismo primitivo, de ayer, como la de los maestros de la sospecha, y de hoy, como la de los científicos.

        Mas, aun cuando piensa que los dioses sólo existen en el cerebro humano, al premio Nobel portugués le preocupan los efectos del “factor Dios” –título de uno de sus más célebres y celebrados artículos–, que está presente en la vida de los seres humanos, creyentes o no, como si fuese dueño y señor de ella, se exhibe en los billetes del dólar, ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las más sórdidas intolerancias. “Factor Dios” en el que se convirtió el Dios islámico en los atentados contra las Torres Gemelas al grito de “muerte a los infieles!” de Osama Bin Laden.

        Junto a la crítica de la religión, de Dios y del “factor Dios”, cabe destacar el sentido solidario de la vida que caracterizó a Saramago. Desde la filantropía y sin apoyatura religiosa alguna, fue el defensor de las causas perdidas, algunas de las cuales se ganaron gracias a su apoyo. Cito sólo tres, de entre las más emblemáticas. Una, era la solidaridad con el pueblo palestino ante la masacre de que fue objeto entre diciembre de 2008 y enero de 2009 por parte del Ejército israelí que causó 1400 muertos, y que el Nobel portugués calificó de genocidio. La segunda, el apoyo y acompañamiento a la dirigente saharaui Aminatu Haidar durante su huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote. La tercera, haber destinado los derechos de autor de su última novela a los damnificados del terremoto de Haití.

        Mientras releía Caín, me vinieron a la memoria las palabras de Epicuro: “vana es la palabra del filósofo que no sea capaz de aliviar el sufrimiento humano”. En el caso de Saramago, sus palabras y sus textos no fueron vanos. Estuvieron cargados de solidaridad y de compromiso con las personas más vulnerables. Por eso me atrevo a llamarle respetuosamente “buen samaritano”.
        “Dios es el silencio del universo”

        “Dios es el silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio”. Esta definición que daba Saramago de Dios es una de las más bellas que nunca haya leído o escuchado. La leí en sus Cuadernos de Lanzarote, de 1993, y la he dado a conocer doquiera he hablado de Dios. Lo recuerda el propio Saramago en El Cuaderno:

        “Hace muchos años, nada menos que en 1993, escribí en los Cuadernos de Lanzaroteunas cuantas palabras que hicieron las delicias de algunos teólogos de esta parte de la Península, especialmente Juan José Tamayo, que desde entonces, generosamente me dio su amistad. Fueron estas: ‘Dios es el silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio’. Reconózcaseme que la idea no está mal formulada, con suquantum satis de poesía, su intención levemente provocadora y el subentendido de que los ateos son muy capaces de aventurarse por los escabrosos caminos de la teología, aunque sea elemental” (Alfaguara, Madrid, 2009, pp. 152-153).

        Esta definición merecería aparecer entre las veinticuatro definiciones –con ella, veinticinco– de otros tantos sabios reunidos en un Simposio que recoge el Libro de los24 filósofos (Siruela, Madrid, 2000), cuyo contenido fue objeto de un amplio debate entre filósofos y teólogos durante la Edad Media. Para un teólogo dogmático, definir a Dios como silencio del universo quizá sea decir poco. Para un teólogo heterodoxo como yo, seguidor de las místicas y los místicos judíos, cristianos, musulmanes como el Pseudo-Dionisio, Rabia de Bagdad, Abraham Abufalia, Algazel, Ibn al Arabi, Rumi, Hadewich de Amberes, Margarita Porete, Hildegarda de Bingen, Maestro Eckhardt, Juliana de Norwich, Juan de la Cruz, Teresa de Jesús, Baal Shem Tov) cristianos laicos como Dag Hammarksjlöd, indúes como Tukaram y Mohandas K. Gandhi, y no creyentes como Simone Weil, es más que suficiente. Decir más sería una falta de respeto para con Dios, se crea o no en su existencia. “Si comprendes –decía Agustín de Hipona– no es Dios”.

        Permítaseme contextualizar la definición tal como la viví hace algo más de un lustro. Caminábamos por las calles de Sevilla el día 11 de enero de 2006 el escritor y premio Nobel José Saramago, su esposa la periodista Pilar del Río, hoy entre nosotros, la pintora Sofía Gandarias y yo en dirección al Paraninfo de la Universidad Hispalense para participar en un Simposio sobre Diálogo de Civilizaciones y Modernidad. A las 9 de la mañana, al pasar por la plaza de la Giralda, comenzaron a repicar alocadamente las campanas de la catedral de Sevilla –antes mezquita, mandada construir por el califa almohade Abu Yacub Yusuf–. “Tocan las campanas porque pasa un teólogo”, dijo con su habitual sentido del humor Saramago. “No –le contesté en el mismo tono– repican las campanas porque un ateo está a punto de convertirse al cristianismo”. En ese diálogo fugaz, la respuesta del novelista portugués no se hizo esperar: “Eso nunca. Ateo he sido toda mi vida y lo seguiré siendo en el futuro”. De inmediato me vino a la mente una poética definición de Dios que le recité sin vacilación: “Dios es el silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio”. “Esa definición es mía”, reaccionó sin dilación el Premio Nobel. “Efectivamente, por eso la he citado –le contesté–. Y esa definición está más cerca de un místico que de un ateo”. Mi observación le impresionó. Nadie le había dicho nunca nada parecido y le dio que pensar, sin por ello dejarse embaucar por mi ocurrencia. Era un hombre de convicciones profundas.
        En lucha titánica con Dios

        Saramago compartió con Nietzsche la parábola de Zaratustra y el apólogo del Loco sobre la muerte de Dios y quizá pudiera poner su rúbrica bajo dos de las afirmaciones nietzschianas más provocativas: “Dios es nuestra más larga mentira” y “Mejor ningún dios, mejor construirse cada uno su destino”. Quizá coincidiera también con Ernst Bloch en que “lo mejor de la religión es que crea herejes” y en que “sólo un buen ateo puede ser un bueno cristiano, sólo un buen cristiano puede ser un buen ateo”. Su vida y su obra fueron una lucha titánica con Dios a brazo partido.

        En su novela Caín recrea la imagen violenta y sanguinaria del Dios de la Biblia judía, “uno de los libros más llenos de sangre de la literatura mundial”, al decir de Norbert Lohfink, uno de los más prestigiosos biblistas del siglo XX. Imagen que continúa en algunos textos de la Biblia cristiana, donde se presenta a Cristo como víctima propiciatoria para reconciliar a la humanidad con Dios y que vuelve a repetirse en el teólogo medieval Anselmo de Canterbury, quien presenta a Dios como dueño de vidas y haciendas y como un señor feudal, que trata a sus adoradores como si de siervos de la gleba se tratara y exige el sacrificio de su hijo más querido, Jesucristo, para reparar la ofensa infinita que la humanidad ha cometido contra Dios”.

        El Dios asesino de Caín sigue presente en no pocos de los rituales bélicos de nuestro tiempo: en los atentados terroristas cometidos por falsos creyentes musulmanes que en nombre de Dios practican la guerra santa contra los infieles; en dirigentes políticos autocalificados cristianos, que apelan a Dios para justificar el derramamiento de sangre de inocentes en operaciones que llevan el nombre de Justicia Infinita o Libertad Duradera; en políticos israelíes que, creyéndose el pueblo elegido de Dios y únicos propietarios de la tierra que califican de “prometida”, llevan a cabo operaciones de destrucción masiva de territorios, muros carcelarios y asesinatos, calculados impunemente, de miles de palestinos.

        Tras estas operaciones, Saramago no podía menos que estar de acuerdo con el testimonio del filósofo judío Martin Buber: “Dios es la palabra más vilipendiada de todas las palabras humanas. Ninguna ha sido tan mancillada, tan mutilada… Las generaciones humanas han hecho rodar sobre esta palabra el peso de su vida angustiada, y la han oprimido contra el suelo. Yace en el polvo y sostiene el peso de todas ellas. Las generaciones humanas, con sus partidismos religiosos, han desgarrado esta palabra. Han matado y se han dejado matar por ella. Esta palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre… Los hombres dibujan un monigote y escriben debajo la palabra ‘Dios’. Se asesinan unos a otros, y dicen: ‘lo hacemos en nombre de Dios’… Debemos respetar a los que prohíben esta palabra, porque se rebelan contra la injusticia y los excesos que con tanta facilidad se cometen con una supuesta autorización de ‘Dios’ Yo también pongo mi rúbrica bajo esta afirmación de Buber. Por eso muy raras veces oso pronunciar el nombre de Dios.

        La lucha contra los fundamentalismos, los religiosos y los políticos es el mejor antídoto contra el Dios violento y contra la violencia en nombre de Dios. En esa lucha no violenta estuvo comprometido Saramago de pensamiento, palabra y obra

        Efectivamente, la vida y la obra de Saramago fueron una permanente lucha titánica con-contra Dios. Como lo fuera la del Job bíblico –“el Prometeo hebreo”, para Bloch–, quien maldice el día que nació, siente asco de su vida y osa preguntar a Dios, en tono desafiante, por qué le ataca tan violentamente, por qué le oprime de manera tan inhumana y por qué le destruye sin piedad (Job, 10). O como el patriarca Jacob, que pasó toda una noche peleando a brazo partido contra Dios y terminó con el nervio ciático herido (Génesis 32,23-33). No es el caso de Saramago, que salió indemne de las peleas con Dios y nunca se dio por vencido y, que a sus 87 años en Caín siguió preguntándose y preguntando a los teólogos y creyentes qué diablo de Dios es éste que, para enaltecer a Abel, tiene que despreciar a Caín.

        Familiarizado con la Biblia, la judía y la cristiana, recrea con humor, un humor iconoclasta de lo divino y desestabilizador de lo humano, algunas de sus figuras más emblemáticas y desmiente los cuentos con que, al decir de León Felipe, “han mecido la cuna del hombre” (sic). Lo hizo en El evangelio según Jesucristo, novela que presenta a Jesús de Nazaret como un hombre que vive, ama y muere como cualquier otra persona y a quien Dios elige como eslabón de un inmenso movimiento estratégico y como víctima de un poder que le sobrepasa y sobre el que nada puede hacer.

        Volvió a hacerlo en la novela ya citada Caín, donde recrea literaria y teológicamente el mito bíblico, que toma sus imágenes y símbolos de las tradiciones más antiguas sobre los orígenes de la humanidad. La Biblia presenta a Caín como el asesino de su hermano Abel empujado por la envidia y a Dios como “perdonavidas”. Saramago invierte los papeles del bueno y del malo, del asesino y del juez. Responsabiliza a dios, al señor (siempre con minúscula) de la muerte de Abel y le acusa de ser rencoroso, arbitrario y enloquecedor de las personas. Caín mata a su hermano no arbitrariamente, sino en legítima defensa, porque dios le había preterido en su favor. Y lo mata porque no puede matar a dios.

        Se comparta o no la lectura de la Biblia judía que hace Saramago, creo que hay que estar de acuerdo con él en que “la historia de los hombres es la historia de sus desencuentros con dios, ni él nos entiende a nosotros, ni nosotros lo entendemos a él”. ¡Excelente lección de contra-teología en tiempos de fundamentalismos religiosos!

        Cualquiera fuere la responsabilidad de Caín o de Dios en la muerte de Abel, queda en pie la pregunta que hoy sigue tan viva como entonces o más, y que apela a la responsabilidad de la humanidad en el actual desorden mundial, en las guerras y las hambrunas que asolan nuestro planeta: “¿Dónde está tu hermano” (Génesis 4,9). Y la respuesta no puede ser un evasivo “No sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?”, sino, siguiendo con la Biblia, la parábola evangélica del Buen Samaritano, que demuestra compasión con una persona malherida, que es religiosamente adversaria suya. ¡Excelente lección de ética solidaria en tiempos estos en que la ética está sometida al asedio del mercado!


        Fuente: Atrio