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sábado, 30 de septiembre de 2017

Tawakkol Karman: "Todo el mundo pagará el coste de no escuchar a los refugiados"


La Premio Nobel de la Paz, que participa en unas jornadas sobre "Mujeres contra la impunidad", habla en una entrevista con Público sobre el papel de las mujeres en las primaveras árabes, la ceguera de Europa en la crisis de los refugiados o el silencio cómplice de occidente ante las dictaduras y el surgimiento del terrorismo.

MADRID

MARISA KOHAN @Kohanm

"El problema común que sufren las mujeres a lo largo de todo el planeta es que son marginadas de los procesos de toma de decisión, en el acceso a los puestos más altos. Y esto ocurre tanto los países como en las grandes instituciones internacionales. Tenemos un problema real del liderazgo de mujeres a nivel mundial" arranca Tawakkol Karman cuando preguntamos si hay un problema común que aúne a las mujeres en distintos lugares del mundo. "Esto ocurre en casi todos los países, pero es mucho peor en los países árabes". añade.

Llega a la entrevista ataviada con el tradicional hijab que enmarca su cara algo redondeada y en donde resaltan sus grandes ojos oscuros que hablan tanto como sus manos cuando se entusiasma contando la situación de su país: Yemen.
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Parece a simple vista una mujer tranquila y apocada. Sin embargo, esta impresión se desvanece completamente cuando comienza a hablar con su voz alta y rotunda. Tawakkol Karman recibió el Premio Nobel de la Paz en 2011 por su "lucha no violenta en favor de la seguridad de las mujeres y en pro el derecho de éstas a una completa participación en el la construcción de la paz", tal como reconoció la institución norurga. Se convertía así, con 32 años, en la persona más joven en recibir el Nobel (hasta que lo recibió Malala), aunque afirma que prefiere que se la reconozca como la primera mujer árabe que recibe el galardón.

"Los derechos de las mujeres deben ser definidos desde la perspectiva de los derechos humanos, porque es a través de ellos que llegaremos a los derechos de las mujeres. De lo contrario lo que ocurrirá es que perderemos la batalla de los derechos de los ciudadanos en su conjunto: los derechos de libertad de expresión, el los derechos legales, el de la igualdad entre hombres y mujeres..."

Ella fue una de las figuras principales en la primavera árabe que vivió Yemen y que acabó con 30 años de dictadura de Ali Abdullah Saleh. Está en España para participar en el ciclo "Mujeres contra la Impunidad" organizado por la Asociación Mujeres de Guatemala, en la Casa Encendida de Madrid.

Sobre la importante participación de las mujeres en estas revoluciones pacíficas afirma que "no sucedió como en otros procesos revolucionarios en que los temas de las mujeres se dejaron para más adelante. "En las revoluciones árabes las mujeres salimos al la calle, tomamos el liderazgo, no lo pedimos ni esperamos a que nos lo dieran". 

Su principal interés es poder compartir con la ciudadanía española la situación que vive su país, sumido en una grave conflicto interno desde que en 2014 sufriera un golpe de estado que acabó con los avances de aquella primavera y en el que participan de un lado fuerzas de la coalición internacional liderada por Emiratos Árabes y Arabia Saudí con el apoyo de algunos países de occidente y una coalición liderada por Iran, que apoya a los rebeldes Hutis por el otro. En medio, una población empobrecida (Yemen es el país más empobrecido de la región) en la que más de 10 millones de personas sufren inseguridad alimentaria y constantes combates.

Karman, que en la actualidad vive en Catar tras haber sido encarcelada en varias ocasiones en Yemen y haber recibido amenazas de muerte, es una de las voces críticas con el papel que occidente y las coaliciones internacionales han jugado en las primaveras árabes y en el mantenimiento de las dictaduras en el mundo árabe."Los países occidentales deberían saber que su alianza con los dictadores es un gran error. Porque las dictaduras producen terrorismo, provocan caos y guerras"

Critíca duramente que los países occidentales desarrollados hayan hecho oídos sordos y mirado hacia otro lado durante años sobre lo que hacían las dictaduras árabes. "Los países occidentales deberían saber que su alianza con los dictadores es un gran error. Porque las dictaduras producen terrorismo, provocan caos y guerras", afirma. "Su apoyo o su silencio sigue siendo el gran error que están cometiendo".

"Su silencio cómplice, también, hacia Bashar al-Assad, es un crimen", afirma y recuerda que tras siete años de guerra no ha habido ningún tipo de acción en su contra. "Él destruyo totalmente a su gente, obligó a millones de personas a huir y ser refugiadas, mató a cientos de miles y encarceló a otro tanto. Cometió crímenes contra la humanidad y la comunidad internacional no hizo nada".

"Los países occidentales deben despertar, porque esto que está pasando en los países árabes se extenderá hacia Europa. De hecho es lo que ha pasado ya en París, Barcelona, Londres... ¿De dónde vienen estos grupos terroristas? No son islamistas, son criminales y tienen el apoyo de los dictadores".

"No digo que los hayan creado. Lo que digo es que su silencio permitió que florecieran. Todo dictador es un terrorista y cada terrorista es un dictador. Los dos se alimentan el uno al otro, se ayudan y se apoyan", argumenta con voz que suena casi a arenga por la pasión y que acompaña con tajantes golpes en la mesa."Estoy muy furiosa con la ceguera de Europa en relación a los refugiados. Todo el mundo pagará el coste de no escucharlos"

"Estoy muy furiosa con esta ceguera", añade tajante cuando recabamos su opinión sobre el hecho de que Europa sólo haya acogido a un 30% de los refugiados que se había comprometido.

"Sancionan a los refugiados en lugar de apoyarlos y ayudarlos. Éstos están huyendo del fuego cruzado de los dictadores, los terroristas y de los bombardeos de la coalición internacional, como en Siria, pero se encuentran con las puertas cerradas. Pero pagarán el precio. Todo el mundo pagará el coste de no escuchar a la gente morir". "La paz no significa sólo acabar con la guerra. Significa también acabar con la represión y la injusticia, y deberían saberlo. Si aman la paz, les pedimos que despierten porque es algo que afectará a toda la humanidad".

Karman es también muy crítica con la hipocresía de los gobiernos que se llenan la boca buscando soluciones en el conflicto de los países árabes, pero que venden armas a dictaduras o a países que las utilizan contra la población civil. España es el tercer exportador de armas a Arabia Saudí, país que lidera, junto con Emiratos Árabes, la coalición internacional que defiende a una de las facciones en guerra por el poder dentro de Yemen. 

"Tienen que parar. Dejar de vender armamento a los dictadores que matan a ciudadanos. Pero también hago un llamamiento a que Irán deje de vender armas a los hutis (otra de las facciones que luchan por el poder en Yemen).
Hay oscuridad pero también hay luz


A pesar de todo, Karman es optimista. "La gente sabe cómo alcanzar la libertad y se sacrifica por ella", afirma. "Y los dictadores, muchos ya se han ido y otros tendrán que marcharse. Estoy convencida de que mi generación verá los cambios, pero si no fuera así, lo que es seguro es que nuestros hijos lo verán. Hemos empezado. Hemos abierto la puerta y no se puede ya cerrar"

Fuente: publico.es

miércoles, 29 de julio de 2015

Sacerdote argentino candidato al Nobel de la Paz.

El sacerdote argentino Pedro Opeka, a quien llaman "Madre Teresa con pantalones"

Un argentino rescató a 500.000 personas de la pobreza extrema en Africa y es candidato al Nobel de la Paz

El padre Pedro Opeka llegó a Africa a los 22 años y allí quedó impactado por la cantidad de gente que vivía de la basura. Con mucho trabajo, creó una ciudad con 17 barrios, cinco guarderías y cuatro escuelas. 


Un argentino rescató a 500.000 personas de la pobreza extrema en Africa y es candidato al Nobel de la Paz. El padre Pedro Opeka llegó a Africa a los 22 años y allí quedó impactado por la cantidad de gente que vivía de la basura. Con mucho trabajo, creó una ciudad con 17 barrios, cinco guarderías y cuatro escuelas. 

El padre Pedro Opeka viajó a los 22 a Madagascar, uno de los países más pobres de África, y se instaló para siempre. Allí rescató a más de medio millón de personas que vivían de la basura, creó pueblos y colegios y hoy es considerado el “Albañil de Dios”. Este año, el argentino, fue propuesto como candidato para el Premio Nobel de la Paz.

En Argentina muy pocos lo conocen, pero en el mundo circulan más de 10 libros sobre su obra y su trabajo quedó registrado en siete documentales, incluido uno de Jacques Cousteau. También lo llaman “La Madre Teresa con pantalones”, “Soldado de Dios”, “El Santo de Madagascar” o “El apóstol de la basura”.


Al Padre Pedro, a los 22 años, la congregación de San Vicente de Paul le ofreció viajar a Madagascar y no dudó. En ese lugar conoció la miseria: “Cuando llegué a Antananarivo, la capital, vi miles y miles de personas que vivían de uno de los basurales más grandes del mundo. Esa noche no dormí y le pedí a Dios que me de fuerzas para rescatarlos de ahí”, cuenta a Clarín.

Le tomó tiempo ganar la confianza del pueblo y utilizó el fútbol para acercarse a la población y romper con el estigma de ser el único blanco. En 1990, puso la primera piedra en Akamasoa (que significa “Los buenos amigos” en el idioma malgache), un lugar para los pobres. 

Akamasoa se convirtió en una gran ciudad, con 17 barrios y 25 mil personas; el 60% menores de 15 años. Hay cinco guarderías, cuatro escuelas, un liceo para mayores y cuatro bibliotecas. En total, 10 mil los escolarizados.



viernes, 6 de diciembre de 2013

Mandela pasó a descansar, antes liberó a la Sudáfrica negra.

Muere Nelson Mandela, el hombre que liberó a la Sudáfrica negra.



Mandela manejó la política con maestría combinando un encanto infinito, nacido de la enorme seguridad en sí mismo, principios inflexibles, visión estratégica y pragmatismo
Nelson Mandela llegó temprano a trabajar el 11 de mayo de 1994, al día siguiente de tomar posesión como primer presidente negro de Sudáfrica. Andando por los pasillos desiertos, adornados con acuarelas enmarcadas que ensalzaban las hazañas de los colonos blancos en la época de la Gran Marcha, se detuvo ante una puerta.

Había oído ruido dentro, así que llamó. Una voz dijo: “Entre”, y Mandela, que era alto, alzó la mirada y se encontró ante un inmenso afrikaner llamado John Reinders, jefe de protocolo presidencial durante los mandatos del último presidente blanco, F. W. de Klerk, y su predecesor, P.W. Botha. “Buenos días, ¿cómo está?”, dijo Mandela, con una gran sonrisa. “Muy bien, señor presidente, ¿y usted?”. “Muy bien, muuuy bien…”, replicó Mandela. “Pero, si me permite preguntar, ¿qué está haciendo?”. Reinders, que estaba metiendo sus pertenencias en cajas de cartón, respondió: “Me estoy llevando mis cosas, señor presidente. Me cambio de trabajo”. “Ah, muy bien. ¿Y dónde se va?” “Vuelvo al departamento de prisiones. Trabajé allí de comandante antes de venir aquí a la presidencia”. “Ah, no”, sonrió Mandela. “No, no, no. Conozco muy bien ese departamento. No le recomiendo que lo haga”.

Mandela, poniéndose serio, trató entonces de convencer a Reinders de que se quedase. “Mire, nosotros procedemos del campo. No sabemos cómo administrar un organismo tan complejo como la presidencia de Sudáfrica. Necesitamos la ayuda de personas experimentadas como usted. Le pido, por favor, que permanezca en su puesto. Tengo intención de no cumplir más que un mandato presidencial, y entonces, por supuesto, usted será libre de hacer lo que quiera”. Reinders, tan asombrado como encantado, no necesitó más explicaciones. Mientras meneaba la cabeza, perplejo y admirado, empezó, poco a poco, a vaciar las cajas.

Reinders, cuyos ojos se llenaban de lágrimas al recordar la anécdota algún tiempo después, me contó que, durante los cinco años que trabajó junto a Mandela, viajando por todo el mundo con él, no recibió más que muestras de cortesía y amabilidad. Mandela le trató siempre con el mismo respeto que al presidente de Estados Unidos, el papa o la reina de Inglaterra, quien, por cierto, le adoraba. El primer presidente negro de Sudáfrica debía de ser la única persona del mundo, tal vez con la excepción del duque de Edimburgo, que siempre la llamaba “Elizabeth”, o al menos el único que podía hacerlo sin que se lo reprocharan. (Un amigo mío que estaba cenando un día con él en su casa de Johannesburgo recordaba que apareció una criada con un teléfono inalámbrico. Era una llamada de la reina de Inglaterra. Con una gran sonrisa, Mandela se acercó el auricular y exclamó: “¡Ah, Elizabeth! ¿Cómo estás? ¿Cómo están los chicos?”)

Lo que pone de manifiesto la relación de Mandela con Reinders —que es la misma que tenía con todos sus colaboradores, por humildes que fueran sus cargos— es el secreto de su éxito como líder político. Si la política consiste en ganarse a la gente, Mandela, como han atestiguado numerosos políticos, fue el maestro consumado. Tenía a su disposición un cóctel seductor e irresistible compuesto de un encanto infinito, nacido de una inmensa seguridad en sí mismo, unos principios inflexibles, una visión estratégica y un pragmatismo absoluto. Su actitud hacia Reinders era la misma que había mostrado con sus interlocutores del Gobierno del apartheid cuando inició las negociaciones secretas con ellos durante los últimos cinco años de los 27 y medio que pasó en prisión; era la misma que tuvo con toda la población blanca y que acabó convenciendo casi a la totalidad de que no solo no era un temible terrorista, como les habían programado para creer durante su cautividad, sino que era su presidente legítimo en la misma medida en que era el rey sin corona de la Sudáfrica negra.

Le habría costado mucho más convencer a la Sudáfrica blanca para que abandonara el apartheid y cediese el poder antes de entrar en prisión, en 1962, y mucho más todavía 20 años antes, cuando se incorporó a la lucha por la liberación de los negros. El hombre responsable de reclutarlo fue Walter Sisulu, un astuto activista laboral que, en el momento de su trascendental encuentro (Mandela diría posteriormente, con sentido del humor, que se habría ahorrado muchos problemas si nunca hubiera conocido a Sisulu), era un militante con más de 10 años de experiencia en el movimiento que iba a acabar por encabezar la liberación de Sudáfrica, el Congreso Nacional Africano (ANC).

La relación que tenía con todos sus colaboradores, por humildes es el secreto de su éxito como líder político

En aquella época, Mandela era un joven audaz, recién llegado a Johannesburgo desde la zona rural de Transkei, donde había nacido y se había criado en medio de lo que, en comparación con la miseria general de su entorno, eran privilegios tribales. Aunque también había recibido una sólida educación secundaria, era imposible disimular que allí, de pie en el despacho del activista laboral, Mandela era un rudo campesino frente al sofisticado, urbanita Sisulu. Sin embargo, fue Sisulu, que tenía 30 años —Mandela tenía 24— quien se quedó impresionado, porque vislumbró en Mandela la semilla de un talento para la política que tardaría muchos años de lucha y sacrificios en madurar. Al recordar 50 años después qué había pensado de aquel joven erguido en su despacho, Sisulu decía: “Me impresionó más que cualquier otra persona que hubiera conocido. Su aire, su simpatía… Yo buscaba a personas de verdadero calibre para ocupar cargos de responsabilidad y él fue un regalo del cielo”.

Tardó poco Sisulu en convencer a Mandela, que estaba estudiando Derecho en Johannesburgo, para que se uniera a su causa. Mandela triunfó en los dos frentes, y estableció un bufete con otro dirigente del ANC, Oliver Tambo. Pero donde más éxito tuvo fue en la política. Al carisma que Sisulu había visto en él, Mandela añadía un valor y un ímpetu que, durante los años cuarenta y cincuenta, antes de que lo encarcelasen, derivaba tanto de su indignado sentido de las injusticias que se veían obligados a sufrir los sudafricanos negros como de su carácter bullicioso. Ascendió rápidamente en el escalafón y se convirtió en presidente de la Liga Juvenil del ANC, un cargo desde el que dirigió una campaña nacional de desafío a un régimen cuyas leyes de apartheid consagraban en la Constitución las humillaciones y las condiciones de esclavitud de facto en las que vivían los negros en la punta meridional de África desde la llegada de los primeros colonos blancos en 1652. Durante aquella campaña, Mandela reveló un talento histriónico (su biógrafo oficial, Anthony Sampson, lo calificó de “maestro de la imaginería política”) que le iba a ser útil mucho después, cuando salió de la cárcel a la era de la televisión globalizada. Cuando lanzó la campaña en 1952, se las arregló para garantizar una amplia presencia de fotógrafos de prensa al prender fuego a su carné de paso, el distintivo de la ignominia del apartheid, mientras lucía una inmensa sonrisa juguetona. La fotografía, publicada en todas partes, electrizó a la población negra, y decenas de miles de personas siguieron su ejemplo.
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La seguridad del joven Mandela en sí mismo rayaba en el descaro. En una reunión del comité ejecutivo del ANC a mediados de los cincuenta, ofendió a los líderes de la organización cuando pronunció un discurso en el que predijo —con una clarividencia extraordinaria— que un día sería el primer presidente negro de Suráfrica.

En aquellos días, con una presencia siempre visible en la primera línea de resistencia contra el apartheid, se vestía como un millonario. Se hacía los trajes en el mismo sastre que el rey del oro y los diamantes de Sudáfrica, Harry Oppenheimer, y nunca dejó de ser el dandy de su círculo social en sus incursiones en la vida nocturna de Johannesburgo. Las fotografías de los años cincuenta muestran a un hombre con el aire confiado de una estrella romántica de Hollywood. Las mujeres se enamoraban de él, entre ellas Winnie Madikizela. Y él —que estaba casado y con hijos— también se enamoró de ella. Winnie era la Ava Gardner de Soweto, y él, Clark Gable. Mandela se divorció de su primera mujer, Eveline, y se casó con Winnie, con quien tuvo dos hijas pero a la que, como se quejaría ella más tarde, veía muy poco, sobre todo después de que le nombraran comandante en jefe del nuevo brazo militar del ANC, Umkhonto we Sizwe, La lanza de la nación, en 1961, y se viera obligado a pasar a la clandestinidad. Su veta vanidosa le perjudicó. Empeñado en ser un Che Guevara, adoptó un eslogan popular en la época, “Tomaremos el poder a la manera de Castro”, e insistía, en contra de las advertencias de sus amigos, en llevar uniformes revolucionarios de color verde cada vez que aparecía en público, pese a que la policía le había designado como el hombre más buscado de Sudáfrica. Su incapacidad de mantener la discreción que exigían sus circunstancias fue una de las razones de que lo detuvieran en 1962; permaneció entre rejas 27 años y medio.

Winnie era la Ava Gardner de Soweto, y él, Clark Gable

La cárcel lo moderó, le enseñó a encauzar su talento para el espectáculo, sus artes de seductor, hacia unos objetivos políticos realistas. Entró lleno de furia y salió sabio, pero siempre impulsado por la convicción heroica de que el respiro que había obtenido en su juicio en 1964, cuando lo condenaron a cadena perpetua en lugar de a muerte como se esperaba, le obligaba a cumplir su destino como redentor futuro de su pueblo. La gran lección que asimiló fue que el enemigo no iba a caer derrotado por las armas; que habría que convencer un día a los surafricanos blancos para que entregasen el poder voluntariamente, para que acabasen con el apartheid ellos mismos. La prisión, la celda diminuta en la que vivió en Robben Island durante 18 años, fue su campo de entrenamiento para la gran partida que le aguardaba fuera. La primera lección, decidió, tenía que ser “conoce a tu enemigo”. Para desolación de algunos otros presos, se propuso aprender afrikaans —“la lengua de los opresores”— y leer libros sobre la historia de los afrikaners. Y después se propuso ganarse a los carceleros, porque pensó que era la forma de conocer las vanidades, los puntos fuertes y débiles de los blancos en general, para estar mejor preparado cuando llegara el momento de intentar que cedieran a sus deseos.

El truco era no perder jamás su dignidad ni sus principios, negarse a ser intimidado y tratar a todos los que le rodeaban con respeto, con el “respeto normal y corriente” del que Walter Sisulu afirmó en una ocasión que era el premio por el que luchó durante sus 60 años de dedicación a la política. Estas cualidades, acompañadas de sus modales majestuosos, le iban a permitir conquistar a los dos primeros miembros de la administración blanca con los que habían tenido contacto él y cualquier otro dirigente negro. Durante sus últimos cinco años en la cárcel, llevó a cabo más de 70 entrevistas secretas con el ministro de Justicia, Kobie Coetsee, y el jefe nacional de los servicios de inteligencia, Niel Barnard; el propósito de las reuniones era explorar la posibilidad de un acuerdo político entre negros y blancos. Mientras se iba ganando la confianza de estos dos turbios personajes (considerados unos monstruos por todo el mundo durante los turbulentos años ochenta), consolidó su autoridad sobre los demás presos políticos, igual que lo iba a hacer después con la población negra en general. Yo pregunté a Coetsee sobre aquellas entrevistas y, como Reinders, lloró al recordar a Mandela, a quien definió como “la encarnación de las grandes virtudes romanas: dignitas, gravitas, honestas”. Barnard no era capaz de llorar pero estuvo a punto, y durante las siete horas que hablamos siempre se refirió a Mandela llamándole “el viejo”, como si estuviera hablando de su propio padre.

Al salir en libertad el 11 de febrero de 1990, Mandela emprendió una marcha triunfal por toda Sudáfrica en la que prefijó un mensaje muy perfilado de reconciliación y desafío. No era ningún Gandhi y se negó a pedir el cese de la “lucha armada” —que había sido más bien simbólica— hasta que el Gobierno dio señales inequívocas de comprometerse a una democracia de pleno derecho en la que se aplicara el principio de una persona, un voto. No tuvo más remedio porque el presidente F. W. de Klerk, al que describió con elegancia (y astucia) como “un hombre íntegro”, creyó al principio que iba a salir del paso con alguna fórmula sui generis, semidemocrática, que contemplase los “derechos de la minoría” y asegurase y perpetuase los privilegios de los blancos. Las negociaciones que se desarrollaron durante los cuatro años sucesivos fueron duras, pero ni mucho menos tan duras como lo que estaba sucediendo en los distritos negros, sobre todo los de la periferia de Johannesburgo. Los últimos coletazos de la bestia del apartheid se manifestaron en un intento concertado de desbaratar la transición por parte de fuerzas oscuras en el aparato de seguridad, aliadas con la organización negra conservadora Inkatha, cuyo líder zulú de extrema derecha, Mangosuthu Buthelezi, beneficiario del sistema de “patrias tribales” del apartheid, tenía tanto miedo a que gobernara el ANC como cualquier blanco. Las matanzas en Soweto y otros lugares alcanzaron una dimensión inédita en Suráfrica desde la guerra de los boers, casi 100 años antes.

Mandela clamaba en público, se indignaba contra De Klerk en privado, y sus colegas de la ejecutiva nacional del ANC tenían que contenerlo para que no cancelara las negociaciones; para que su ira, que a veces le cegaba, no le hiciese recurrir a un enfrentamiento abierto. Sin embargo, cuando llegó la prueba definitiva, supo mantener la cabeza fría y dio su bendición a un acuerdo trascendental por el que el primer Gobierno elegido democráticamente del país iba a ser una coalición en la que los ministerios se repartirían en función del porcentaje de voto obtenido por cada partido.

A mediados de los cincuenta, pronunció un discurso en el que predijo —con una clarividencia extraordinaria— que un día sería el primer presidente negro de Suráfrica

Tendió la mano a una Sudáfrica blanca bastante pacificada convenciendo a su propia gente para que hiciera otra concesión en un asunto que todos los surafricanos llevaban en el corazón.

Una reunión de la ejecutiva nacional del ANC cuatro meses antes de las históricas elecciones de abril de 1994. Sin dudar ni por un momento que el ANC iba a ganar las elecciones, el tema concreto en la agenda era qué postura debía adoptar el nuevo Gobierno sobre la delicada cuestión del himno nacional. El viejo himno era claramente inaceptable. Die Stem era una melodía seria y marcial que loaba a Dios y ensalzaba los triunfos de Retief, Pretorius y los demás “caminantes” que habían hecho la Gran Marcha hacia el norte en el siglo XIX, aplastando la resistencia de los negros. El himno extraoficial de la Suráfrica negra, Nkosi Sikelele, era la emocionante manifestación de un pueblo que llevaba mucho tiempo de sufrimiento y anhelaba la libertad.

La reunión acababa de empezar cuando entró un ayudante para informar a Mandela de que le llamaba un jefe de Estado. Salió de la sala y los treinta y pico hombres y mujeres del órgano supremo del ANC continuaron sin él. Había un consenso abrumador en favor de eliminar Die Stem y sustituirlo por Nkosi Sikelele. Tokyo Sexwale, antiguo preso en Robben Island y principal miembro del Comité Ejecutivo nacional, recordaba muy bien la atmósfera de la reunión durante la ausencia de Mandela.

“Estábamos disfrutando”, me contó. “Es el fin de esa canción, Die Stem, decíamos. El fin. Se acabó. En este país vamos a cantar Nkosi Sikelele y nada más. ¡Estábamos divirtiéndonos!”. Entonces regresó Mandela. “Estábamos todos como niños de primaria”, decía Sexwale, un hombre grande y fuerte con una rica voz de orador. “Nos preguntó cómo iban nuestras discusiones y le dijimos que habíamos tomado una decisión. Dijo: ‘Pues lo siento. No quiero ser grosero, pero…’. Dios mío, todos queríamos que nos tragara la tierra. ‘Creo que debo expresar lo que pienso sobre esta moción. Nunca pensé que unas personas experimentadas como vosotros iban a tomar una decisión de tal magnitud sobre un tema tan importante sin ni siquiera esperar al presidente de vuestra organización”.

Mandela me dijo que había sermoneado al comité ejecutivo sobre la necesidad de ganarse a los afrikaners, de demostrar respeto por sus símbolos

Y entonces, en el tono más severo y de maestro de escuela que le habían oído emplear jamás sus colegas del ANC, ofreció su punto de vista. “Esta canción que despacháis con tanta facilidad contiene las emociones de muchos a los que todavía no representáis, y de un plumazo queréis tomar una decisión que destruiría la misma base —la única— sobre la que estamos construyendo el país: la reconciliación”. Los hombres y mujeres de la ejecutiva nacional del ANC, muchos de ellos muy conocidos en Sudáfrica, considerados héroes y heroínas de la lucha, se arrugaron de vergüenza. Mandela propuso que, cuando se celebraran las elecciones y para el futuro, Suráfrica tuviera dos himnos, que se tocarían uno después de otro en todas las ceremonias oficiales, desde las tomas de posesión presidenciales hasta los partidos de rugby: Die Stem y Nkosi Sikelele. Derrotados moralmente, apabullados por la lógica del argumento de Mandela, los combatientes de la libertad se rindieron de forma unánime. Sexwale se reía a carcajadas años después al recordar el desconcierto que había sentido al ver cómo les había manipulado Mandela. “Jacob Zuma, que presidía la reunión, dijo: ‘Bueno, creo… creo… creo que la cosa está clara, camaradas. Creo que la cosa está clara…’. Nadie levantó un dedo para oponerse”.

Los miembros de la ejecutiva nacional capitularon por completo ante la ira de Mandela, porque comprendieron de inmediato que su afán de venganza sobre la cuestión del himno blanco había sido pueril, que la respuesta política con más visión de futuro al dilema que estaban debatiendo era la solución madura y generosa que defendía Mandela. Pero cedieron ante él también porque, desde las actuaciones magistrales que había llevado a cabo al salir de la cárcel, habían aprendido a aceptar que “el viejo” era mucho más hábil que cualquiera de ellos en el arte moderno del simbolismo político. La importancia del himno era la creación de un espíritu nacional, la posibilidad de ejercer la persuasión política apelando a las emociones de la gente. Esa era, como habían comprendido los demás dirigentes del ANC, la esencia de su talento político, la faceta en la que dejaba a todos los demás muy atrás. El propio Mandela me dijo, durante una de las conversaciones que mantuvimos en su casa, que había sermoneado al comité ejecutivo sobre la necesidad de ganarse a los afrikaners, de demostrar respeto por sus símbolos, de esforzarse por incluir unas cuantas palabras en afrikaans al comenzar un discurso. “No les estáis hablando al cerebro”, dijo, “les estáis hablando al corazón”.

Hizo lo mismo, con un éxito aún más espectacular, al año de asumir la presidencia, en la Copa del Mundo de rugby, que se celebraba en Suráfrica por primera vez. Consiguió la increíble proeza de convencer a su propia gente para que apoyaran a los Springboks, la selección surafricana, con lo que transformó uno de los símbolos más odiados de la opresión del apartheid en un instrumento de unidad. A pesar de que solo había un jugador que no era blanco en el equipo, los negros, a instancias de Mandela, adoptaron a los Springboks y empezaron a considerarlos representantes lógicos de la nueva bandera nacional. Es imposible olvidar cómo, en la final de Johannesburgo, en la que venció Suráfrica, prácticamente toda la muchedumbre de blancos (los aficionados al rugby no habían estado precisamente en la vanguardia del progresismo racial durante los años del apartheid) gritaba su nombre. “¡Nelson! ¡Nelson! ¡Nelson!”. Cuando Mandela entregó la copa al capitán del equipo, François Pienaar, un grandullón rubio hijo del apartheid, le dijo: “Gracias, François, por lo que has hecho por nuestro país”. “No, señor presidente”, replicó Pienaar, con una enorme presencia de ánimo. “Gracias a usted por lo que ha hecho por nuestro país”.

Aquel día, probablemente el más feliz —y desde luego el de más unidad patriótica— de la historia de Sudáfrica, Mandela culminó su doble misión imposible del liderazgo político. Convenció a todo un pueblo, el pueblo con más división racial de la tierra, para que cambiara de opinión.

El objetivo fundamental de Mandela durante sus cinco años como presidente fue cimentar las bases de la nueva democracia, alejar la perspectiva de una contrarrevolución terrorista de la extrema derecha armada. Y lo consiguió. Sudáfrica, pese a todos los problemas que hoy tiene (problemas que comparte con docenas de países, después de haberse deshecho de la épica y terrible singularidad que en otro tiempo le distinguía del resto del mundo), es una democracia estable, mucho más respetuosa con el imperio de la ley y la libertad de expresión que, por ejemplo, Rusia, otro país que acabó con años de tiranía más o menos en la misma época. Se ha dicho, y seguramente se seguirá diciendo mucho tiempo, que Mandela podría haber hecho más para remediar las injusticias económicas del apartheid. Tal vez, pero en un país con un elevado índice de natalidad y sin unas cifras de crecimiento económico equiparables, ese era un reto prácticamente imposible. Lo mejor que puede decirse es que la presidencia de Mandela vio la aparición de un nuevo y potente fenómeno social, inimaginable en los años del apartheid: una clase media negra floreciente. Podría haber emprendido toda una redistribución de la riqueza nacional, pero eso seguramente habría provocado lo que más temía, una guerra civil entre razas. La economía que hubiera quedado después habría sido una economía de cementerio. Por lo que Mandela luchó la mayor parte de su vida fue por la democracia, y, una vez lograda, su prioridad pasó a ser la paz.

Una paz como la que acordó con John Reinders, cuyo trato por parte de Mandela ilumina la gran lección que ofrece a todas las personas de cualquier parte, ya sea en el liderazgo político o en esferas de la vida menos ambiciosas. Siempre fue coherente entre lo que predicaba y lo que practicaba. Hablaba de justicia y respeto y trataba a todo el mundo, por humilde que fuera su condición o por irrelevante que fuera para sus objetivos políticos o personales, con la misma consideración. Un año después de que Mandela abandonara la presidencia, Reinders, que siguió trabajando a las órdenes de su sucesor Thabo Mbeki, recibió una llamada de su antiguo jefe. ¿Podía ir con su familia a comer a su casa el domingo siguiente? Reinders acudió con su esposa y sus dos hijos creyendo que se trataba de una reunión amplia. Pero no, Mandela solo había invitado a su familia.

Al empezar la comida, Mandela elevó una copa y, dirigiéndose a la mujer y los hijos de Reinders, les pidió perdón por haberles privado tanto tiempo de la compañía de su padre y marido. “Pero llevó a cabo sus obligaciones de manera espléndida. ¡Espléndida!”. Reinders, que volvía a llorar recordando la historia, me contó que, después de comer, Mandela les acompañó a la calle y, cuando se alejaba su coche, se quedó diciéndoles adiós con la mano.

En una ocasión pregunté al arzobispo Desmond Tutu, premio Nobel de la Paz como Mandela y una de las personas que le conocían más de cerca, si podía definirme su mejor cualidad. Tutu se lo pensó un momento y entonces, con aire victorioso, pronunció una palabra: magnanimidad. “Sí”, repitió, la segunda vez en tono más solemne, casi en un susurro: “¡Magnanimidad!”.

Un sinónimo de magnanimidad podría ser grandeza. Es posible que no volvamos a ver nunca a nadie igual.

John Carlin es periodista y el autor de El factor humano: Nelson Mandela y el partido que salvó a una nación.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Desmond Tutu afirma que Dios le pide defender a gays y lesbianas.


Enviado Humming Albus el 19 septiembre 2013

El premio Nobel de la Paz y arzobispo anglicano emérito de Ciudad del Cabo (Sudáfrica), Desmond Tutu, ha defendido su compromiso con la defensa global de los derechos LGTB y ha vinculado esta convicción a sus creencias religiosas.

En una entrevista a Religion News Service, el líder antiapartheid hace un símil entre la lucha contra la discriminación racial y a causa de la orientación sexual. “Hay personas que tomaron una parte de nosotros y la usaron para discriminarnos. En nuestro caso, era nuestra etnia; es exactamente lo mismo para la orientación sexual”. Tutu dice no se pregunta: “¿Qué quiero hacer hoy? Quiero defender los derechos de gays y lesbianas”, sino que “es dios cogiéndome del cuello”, del mismo modo que, según él, lo insta a alzar la voz por los palestinos.

El arzobispo anglicano ha elogiado también los, a su modo de ver, gestos aperturistas del papa católico Jorge Mario Bergoglio. Preguntado por la comentada frase “Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para criticarlo?”, Tutu describe al pontífice como “un inmenso soplo de aire fresco”. “Las cosas que ha hecho en un corto periodo de tiempo: el hecho de que no vive en una enorme mansión papal y se dejara caer en el comedor donde come la gente corriente”, son ejemplos de un supuesto cambio de dirección en la jefatura de la iglesia católica que señala el arzobispo. Tutu se muestra “emocionado de que él esté aquí en este momento crucial de la historia de nuestro mundo”.

No es la primera vez que el premio Nobel muestra su apoyo a los derechos LGTB, en especial en el continente africano. En 2010 publicó un artículo enThe Washington Post denunciando actos e iniciativas homófobas como lasdetenciones de Senegal, la pareja detenida en Malawi, la persecución contra gays desatada en una ciudad de Kenia o la ley homófoba de Uganda, entre otros ejemplos. Anteriormente, con motivo de la polémica por la ordenación de pastores homosexuales en Escocia, el arzobispo anglicano llamó a los miembros de su iglesia a acoger a todas las personas con independencia de su sexualidad.

Fuente: Dos Manzanas

jueves, 16 de agosto de 2012

Argentina: Pérez Esquivel: “No hay voluntad política de respetar a los pueblos originarios”.


Por Darío Aranda
El Premio Nobel de la Paz afirmó que el Gobierno tiene una mirada acotada de los derechos humanos y remarcó que el modelo extractivo avanza con represión. El rol de los organismos de derechos humanos, el Pueblo Qom, Gildo Insfrán, La Cámpora y quiénes son funcionales a la derecha. 
Se autodefine como “militante por los derechos humanos”. Y deja en segundo plano el Premio Nobel de la Paz, con el que fue reconocido en 1980. Adolfo Pérez Esquivel comenzó su militancia en 1971, dos años después fundó el periódico “Paz y Justicia”, espacio de encuentro para organizaciones y militantes.
En 1975 participó de la creación de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) y, entre 1977 y 1978, estuvo preso en Argentina por orden de la dictadura militar. Desde la década del 70 acompaña a los pueblos indígenas de América y, desde 2010, tuvo activa participación en el acompañamiento de la comunidad qom de Formosa Potae Napocna Navogoh (Puño de oso hormiguero – La Primavera).
“El gobierno nacional no quiere solucionar el conflicto, prioriza a sus aliados provinciales”, resume sobre la situación en Formosa y no le escapa a la mirada global del modelo extractivo (minería, soja): “Los pueblos dicen no a esas actividades, por ejemplo Esquel o Andalgalá, pero el gobierno les dice sí a las empresas porque prioriza el interés económico por sobre la vida del pueblo”.
Pérez Esquivel advierte sobre la mayor represión sobre quienes se oponen al modelo extractivo, denuncia que el INAI “no trabaja para los pueblos originarios, sino para los intereses de los gobiernos”, cuestiona que el kirchnerismo acota los derechos humanos al periodo 76-83 y descree que el nuevo Secretario de Derechos Humanos (Martín Fresneda) acompañe a las actuales víctimas de la represión.
- Félix Díaz sufrió la última semana un “accidente” en Formosa. Lo rozó una camioneta cuando iba en moto y terminó en el hospital. Díaz aseguró que no fue un accidente.
Hablé con Félix. Es terrible lo de Formosa, un gobierno feudal que atenta contra todo aquel que exija sus derechos. En muchas provincias, sucede lo mismo en Salta y Neuquén, los gobiernos hacen lo que quieren, no reconocen los derechos de los pueblos originarios y esto tiene relación directa con las políticas del gobierno nacional.
- ¿Qué políticas del gobierno nacional?
La política de no reconocimiento de los pueblos originarios. Un ejemplo claro es el INAI (Instituto Nacional de Asuntos Indígenas), no trabaja para los pueblos originarios, sino para los intereses de los gobiernos, ya sea de las provincias o Nacional, pero no para el desarrollo de los pueblos originarios.
- Usted vivió de cerca la conformación de la mesa de diálogo por la comunidad La Primavera, a fines de 2010.
Fue lamentable la política del Gobierno para con el Pueblo Qom de Formosa. No reconoció a Félix Díaz como líder qom a pesar de que la comunidad lo eligió por amplia mayoría. Permitió el avance de Parques Nacionales sobre la comunidad y encima terminó suspendiendo la mesa de diálogo.
- ¿Por qué un gobierno que ha demostrado sensibilidad con los derechos humanos y que ha tomado esa bandera toma la decisión de no respetar los derechos de los pueblos indígenas?
El gobierno nacional no tiene sensibilidad, tienen interés político en los derechos humanos que abarcan el periodo 1976-1983. Ni siquiera aborda lo actuado por la Tripe A. El Gobierno no quieren entender de derechos humanos de antes del 76 ni posterior al 83. La política de derechos humanos está restringida a la última dictadura militar.
- ¿Cómo debieran entenderse los derechos humanos?
Nosotros entendemos los derechos humanos desde su integralidad, lo que claramente debe incluir los derechos de los pueblos originarios, los derechos de quienes luchan contra la minería. Por eso no entiendo un proyecto que se dice “nacional y popular” y no aborde esas situaciones. En cuanto a derechos humanos, hay más discursos que políticas.
- En el marco del juicio por fumigaciones del Barrio Ituzaingó Anexo (Córdoba) usted dijo que el modelo agropecuario viola derechos humanos fundamentales. Algo similar dijo Nora Cortiñas (Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora)…
Es que no se puede entender de otra manera. Es no respetar a poblaciones enteras, no respetar culturas, devastar el ambiente, cambiar la forma de vida de las comunidades y provocar enfermedades son claras violaciones a los derechos humanos. No comprendo que se pueda entender de otra manera. Los pueblos dicen no a esas actividades, por ejemplo Esquel o Andalgalá, pero el gobierno les dice sí a las empresas porque prioriza el interés económico por sobre la vida del pueblo.
- ¿Por qué otros organismos de derechos humanos no denuncian el extractivismo?
Hay dos cuestiones. Muchos organismos provienen del drama de la última dictadura. Justicia por esos hechos es su objetivo último, y está bien, no lo digo como crítica. Y también hay otros organismos de derechos humanos que no denuncian la violencia actual porque son aliados del Gobierno y reciben fondos del Gobierno. Son opciones. Nosotros estamos convencidos de que las políticas de derechos humanos son integrales. Sin hay niños muriendo de hambre, no hay respeto a los derechos humanos. Y en Argentina mueren chicos de hambre. Hace dos semanas estuve con médicos de Córdoba que relataban con tristeza la cantidad de chicos desnutridos que hay.
- Más allá de los gobiernos, la misma opinión pública o la misma sociedad pareciera que hay una negación respecto a los derechos de los pueblos indígenas. Un ejemplo, cuando asesinaron a Mariano Ferreyra hubo 50 mil personas en Plaza de Mayo. Cuando mataron al qom Roberto López no había más de 600 personas frente a la Casa de Formosa.
En Argentina hay una negación histórica y cultural hacia los pueblos originarios, no se los reconoce, hay una enorme discriminación hacia los pueblos originarios. La Argentina no mira sus raíces, sigue el discurso de que “somos un país de inmigrantes”, cuando en realidad esa es sólo una parte de la historia. Es tanta la discriminación que hasta las universidades públicas nacionales, de Formosa y La Plata, le sacan tierras a comunidades originarias.
- El respeto a los derechos de indígenas y campesinos es uno de los puntos más débiles del Gobierno. ¿Qué expectativa tiene para los próximos años?
Son asignaturas pendientes. Y lamento decir que no tengo expectativa de que este Gobierno cumpla con las comunidades originarias y con los campesinas.
- ¿Por qué?
Porque no hay políticas que vayan más allá del periodo 76-83.
- ¿Y con el nuevo Secretario de Derechos Humanos (Martín Fresneda)? Es hijo de desaparecidos, proviene de la militancia y conoce de cerca las consecuencias del modelo de agronegocios en Córdoba.
Lo conozco, me vino a ver. Hasta ahora no ha hecho absolutamente nada por los pueblos originarios. No tengo expectativa que haga cumplir los derechos humanos en su integralidad. No lo veo. Si en el futuro lo veo en hechos concretos, lo diré de inmediato. Pero este Gobierno ni siquiera tiene diálogo con los pueblos originarios. El INAI juega contra las comunidades, el INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación) ni juega. El gobierno nacional y los provinciales, como el de Formosa, juegan al desgaste duro.
- ¿Desgaste duro?
Reuniones que no resuelven nada, sin avances. Un día, junto a Félix (Díaz) estuvimos desde las 17 hasta las 2 de la mañana en la mesa de diálogo con el Gobierno. Y (Florencio) Randazzo (ministro del Interior) nos decía “somos un país federal, no podemos meternos en la provincia”. ¡Por favor! ¡Somos grandes como para que nos digan eso! El gobierno nacional no quiere solucionar el conflicto, prioriza a sus aliados provinciales. La verdad es que no hay avances porque en el Gobierno no hay voluntad política de respetar a los pueblos originarios. Es duro, pero no me lo contaron, lo viví.
- ¿El “desgaste duro” incluye represión?
El avance de la soja y de la minería incluye amenazas, persecuciones y claro que incluye represión. Sólo hay que mirar Formosa, Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja. Y es claro que los gobiernos provinciales que reprimen son aliados del gobierno nacional. Exigimos que se deje de perseguir y de reprimir a quienes luchan, pero no somos optimistas en ese sentido. Ver a La Cámpora haciendo campaña contra Félix (Díaz), y apoyando al que apadrina Gildo Insfrán, no es como para esperar un cambio positivo.
- La Cámpora, con el actual diputado Andrés Larroque al frente, fue quien desalojó a los Qom de Avenida de Mayo y 9 de Julio en mayo de 2011.
Recuerdo ese desalojo. La Cámpora como fuerza de choque contra los pueblos originarios.
- Por sus críticas lo van a acusar de “hacerle el juego a la derecha”.
No me pueden correr con eso. El juego a la derecha lo hacen quienes miran para otro lado. Nosotros denunciamos injusticias porque queremos un país mejor, para todos y con verdadero respeto por los derechos humanos, de todos. Y siempre, desde hace décadas, estamos del lado de los que sufren. En este caso estamos junto al Pueblo Qom. ¿De qué lado está La Cámpora? ¿De qué lado está el Gobierno?
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Otras noticias:


Fuente: Servindi

viernes, 15 de junio de 2012

Chile: Carta al presidente Sebastián Piñera.


por Adolfo Pérez Esquivel
Presidente del Servicio Paz y Justicia
Premio Nobel de la Paz

“Con dolor y sorpresa vemos que tu gobierno consiente un acto de homenaje a Augusto Pinochet”


Carta abierta al Presidente de Chile
Sr. Sebastián Piñera

Recibe el fraterno saludo de Paz y Bien

Estos días he participado en la Asamblea Continental del SERPAJ, realizada en Santiago de Chile con representantes de 14 países, acompañando el caminar y compromiso del querido pueblo chileno y de nuestros compañeros y compañeras del Serpaj-Chile, solidarios trabajadores por los derechos y la vida de los pueblos latinoamericanos.

Recordaba cuando nos conocimos en Quito, Ecuador, apoyando al Presidente Rafael Correa solidariamente para fortalecer su gobierno y evitar un golpe de Estado, mientras llegaba el Presidente de Bolivia Evo Morales, y el oportuno y decidido apoyo de la UNASUR, gobiernos y pueblos en todo el continente.

Recuerdo con agrado ese gesto solidario con el fortalecimiento de la democracia en el Ecuador y el continente, del cual fuiste parte, apoyando a tu colega ecuatoriano.

Sin embargo, lamentablemente, la política que vienes desarrollando en tu país es contradictoria con ese gesto. Con dolor y sorpresa vemos que tu gobierno consiente un acto en homenaje a Augusto Pinochet y al golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, ese hecho que inauguró momentos de oscurantismo y dolor con un alto costo en vidas humanas. Un acto de traición y violencia para derrocar un gobierno democrático elegido por y para el pueblo chileno, e implantar un Estado de terror.

Es necesario tener memoria para no perder los valores éticos: Cuando tu gobierno permite homenajes a quienes torturaron, mataron, encarcelaron, impusieron la desaparición de personas y provocaron el exilio de miles de hombres y mujeres, imponiendo políticas del terrorismo de Estado en Chile y en el Cono Sur, como fue el Operativo Cóndor; estás desconociendo la dignidad de tu pueblo y la de todos los pueblos latinoamericanos.

Basta recordar los asesinatos ordenados por el dictador Augusto Pinochet, contra Letelier en los Estados Unidos, el asesinato del general Prat en Buenos Aires y el intento de asesinato a Bernardo Leighton en Roma, quien logró sobrevivir. Así como la complicidad con los Estados Unidos, y el en ese entonces el Secretario de Estado, Henry Kissinger.

¿Cómo puede tu gobierno tener tantas contradicciones? ¿Porqué mientras un funcionario de tu gobierno dice que una democracia no puede impedir el homenaje a Augusto Pinochet, tu administración no vacila en reprimir a los hermanos Mapuches por reclamar sus territorios y les aplican la ley antiterrorista y los encarcelan?

¿De que democracia habla el gobierno chileno, cuando no tiene la capacidad de escuchar a los estudiantes y su única respuesta es la represión violenta a sus reivindicaciones?

Estimado Sebastián, sabemos que no faltan presiones sobre el gobierno de sectores autoritarios que revindican lo actuado por la dictadura.

Sólo puedo decirte que debes confiar en tu pueblo, que la dignidad no se compra, ni se vende. Si no lo entiendes así, es porque te han derrotado y te han asimilado.

Tienes que optar en tus funciones como servidor del pueblo y no de sectores nefastos que buscan justificar sus atrocidades. Con los mismos criterios que plantea tu gobierno otros pueden reivindicar a Hitler, Mussolini, Videla, o Stalin. Es una ofensa a la conciencia de la humanidad.

Las democracias son espacios a construir para la vigencia de los derechos humanos y de los pueblos. Estos son valores indivisibles para todos y todas.

Te saludo deseándote fuerza y esperanza junto a tu pueblo. Paz y Bien

Adolfo Pérez Esquivel
Presidente del Servicio Paz y Justicia
Premio Nobel de la Paz